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Capítulo 6

last update Date de publication: 2026-04-15 04:18:37

La noche en Milán se había sumergido en un azul eléctrico y profundo, pero dentro del ático de Lorenzo Moretti, el aire era espeso por el peso de una tormenta inminente. Eran casi las dos de la madrugada cuando Sofía Duarte, impulsada por una mezcla de insomnio y frustración técnica con los esquemas hidráulicos del Teatro di Milano, entró en su estudio sin llamar. Esperaba que la habitación estuviera vacía, pero Lorenzo estaba allí, una silueta imponente contra el cristal de la ventana, sosteniendo una copa de cristal con el último sorbo de whisky. No llevaba corbata y los botones superiores de su camisa estaban desabrochados, dejando ver la base de su cuello, donde su piel parecía irradiar un calor febril.

—Dije que este lugar estaba prohibido, Sofía —su voz fue un látigo de autoridad, aunque había un dejo de cansancio que la hacía peligrosamente humana.

—Y yo dije que no sigo horarios —replicó ella, arrojando una carpeta de cuero sobre el escritorio de ébano—. El ayuntamiento envió una notificación. Cuestionan la viabilidad de la restauración del teatro bajo la nueva dirección de Moretti Holdings. Si tu objetivo era salvar mi empresa, estás fracasando estrepitosamente en garantizar la autonomía técnica que me prometiste.

Lorenzo se giró lentamente, sus oscuros ojos brillando con una intensidad predatoria que hizo que se le erizara la piel a Sofía. Caminó hacia el escritorio, cada paso resonando como una sentencia en el silencio del estudio.

—Lo que te prometí fue liquidez y protección —dijo, deteniéndose a centímetros de ella—. Si el ayuntamiento cuestiona, es porque huele la incertidumbre. Ven a una esposa que camina sola por la ciudad en lugar de usar la seguridad que le ofrezco. Ven una unión que parece… frágil.

—¿Frágil? —Sofia soltó una risa cortante, avanzando un paso, negándose a retroceder ante su estatura—. ¡Es frágil porque es una mentira, Lorenzo! Quieres que sea una extensión de tu voluntad, una muñeca de porcelana que asiente para tus inversores. Yo soy arquitecta. Construyo cosas que perduran. Y lo que tenemos aquí es un castillo de naipes que tú insistes en llamar imperio.

—Yo lo llamo necesidad estratégica —gruñó Lorenzo, con las manos apoyadas en el borde del escritorio, encerrando su cuerpo—. No tienes idea de lo que está en juego. Si este contrato fracasa, si nuestra imagen se derrumba, Vincenzo tendrá los votos para expulsarme. Y lo primero que hará será vender los activos de tu familia para pagar las deudas que ya liquidé por ti.

—Entonces quizás deberías haber elegido a alguien más maleable. Alguien a quien no le importara ser solo una cláusula en tu contrato de hierro.

—Tal vez —admitió él, con la voz bajando a un tono ronco y peligroso. Se acercó tanto que Sofía pudo sentir el calor que irradiaba su pecho, el olor a whisky y poder que parecía embotar sus sentidos—. Pero ninguna de esas mujeres tendría el valor de enfrentarme así. Ninguna tendría ese fuego en los ojos que me hace querer…

Se detuvo, la frase quedando suspendida en el espacio denso entre sus labios. La tensión física, latente desde la primera vez que se conocieron en su taller, rompió la barrera de la razón. Sofía pudo ver el pulso frenético en la base de su garganta, una señal de que el Rey de Hierro estaba perdiendo su armadura.

—¿Querer qué, Lorenzo? —desafió ella, con voz apenas un susurro. La rebeldía en su mirada era una mezcla de orgullo y un deseo crudo que ya no podía disimular—. Termina la frase. ¿O acaso el gran Lorenzo Moretti tiene miedo de admitir que hay algo que no puede controlar mediante abogados?

La respuesta no llegó con palabras. En un movimiento que fue a la vez brutal y cargado de necesidad desesperada, Lorenzo le sujetó la nuca, sus dedos enredándose en su cabello, y la atrajo hacia un beso que fue una declaración de guerra.

No hubo suavidad ni preámbulo. Fue un choque de dientes y labios, una explosión de deseo reprimido que convirtió el estudio en un campo de batalla de los sentidos. Sofía soltó un gemido ahogado contra su boca, pero en lugar de apartarse, lo agarró por los hombros, clavando sus uñas en la tela de su camisa. El sabor de Lorenzo era embriagador: tabaco caro, whisky y un hambre que reflejaba la suya propia.

Él la empujó contra el borde del escritorio de ébano, y los papeles de la restauración y los diagramas técnicos cayeron al suelo con un susurro seco. Lorenzo pegó su cuerpo al de ella, su muslo encajándose entre sus piernas, creando una presión que hizo que ella arqueara la espalda. Su mano se deslizó desde el cuello de ella hasta la base de su espalda, bajando hasta la zona lumbar, atrayéndola más hacia él como si quisiera fusionar sus existencias.

—Maldita sea, Sofía —murmuró contra sus labios, con la respiración entrecortada—. Esto no debería estar pasando.

—Entonces para —lo provocó ella, aunque sus manos ya estaban ocupadas desabrochando los botones de su camisa, ansiosas por el contacto con su piel caliente.

Lorenzo no se detuvo. Hundió el rostro en el cuello de ella, sus labios trazando un rastro de fuego sobre la piel sensible mientras sus manos exploraban ahora la línea de sus caderas. La frontera del deseo había sido cruzada, y el contrato, con todas sus prohibiciones sobre implicaciones emocionales y sexuales, parecía ahora un papel sin valor frente a la realidad vibrante de sus cuerpos.

Por un breve e intenso momento, Lorenzo se permitió sentir. Sintió la suavidad de su piel, el aroma a jazmín que parecía nublar su mente lógica, y la fuerza de los brazos de Sofía sosteniéndolo con un posesividad que ninguna mujer se había atrevido a mostrarle. Estaba perdiendo el control, las métricas estaban rotas, y la sensación era la más aterradora y adictiva que jamás hubiera experimentado.

De repente, como alcanzado por un relámpago de conciencia, Lorenzo se apartó. Se apoyó en el escritorio, con la cabeza gacha, tratando de recuperar el aliento. El silencio que siguió fue cortante, solo el sonido de su respiración agitada llenaba el aire.

Sofía permaneció sentada en el escritorio, el cabello desordenado y los labios hinchados, mirándolo. El impacto de la realidad fue como un cubo de agua helada. Vio al Rey de Hierro intentando reconstruir sus murallas ante sus ojos, sus manos temblando ligeramente mientras intentaba abrocharse la camisa.

—Sal de aquí —dijo él, sin mirarla. Su voz había recuperado su fría cortante, pero había una grieta en la fachada que no podía ignorarse—. Vuelve a tu habitación, Sofía. Lo que pasó aquí fue… un error de juicio. Una anomalía física.

—¿Una anomalía? —Sofía se levantó, alisándose el vestido con manos temblorosas—. Puedes llamarlo como quieras, Lorenzo. Puedes esconderte detrás de tus términos legales y tu obsesión por el control. Pero ambos sabemos que ese beso fue la única cosa real que ha sucedido en este apartamento desde que llegué.

Caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Puedes intentar arreglar tu hardware, Moretti. Pero el fuego ya ha comenzado. Y dudo mucho que sepas cómo apagarlo.

Lorenzo no respondió. Permaneció inmóvil, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. Cuando finalmente se quedó solo, miró los planos del teatro esparcidos por el suelo: los diseños de reconstrucción de Sofía, ahora arrugados bajo el peso de su propia debilidad. Se dio cuenta de que la frontera del deseo era una frontera que, una vez cruzada, cambiaba el mapa de todo lo que conocía. El contrato de hierro seguía allí, pero el hombre que lo había firmado ya no era el mismo. Y en la oscuridad del estudio, el Rey de Hierro de Milán sintió, por primera vez, que el verdadero peligro no provenía de sus rivales externos, sino de la mujer que ahora habitaba sus noches y desafiaba cada una de sus certezas.

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