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Capitulo. 5

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-14 03:46:35

Pov Valentino

—Déjame probarte —repetí, con la voz rota por una urgencia que me quemaba la garganta, incapaz de apartar la vista de su boca entreabierta.

Ella me miraba fijamente, con los ojos oscurecidos por una mezcla de terror y una excitación que intentaba ocultar en vano. El pulso le saltaba visiblemente en la garganta, traicionando la máscara de frialdad que quería mantener.

—Yo... —susurró ella, con la respiración entrecortada, las manos aferrándose al borde de la encimera de granito hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

No pude aguantar más. Aquella tensión eléctrica que crepitaba entre los dos desde anoche era insoportable. Deslicé mi mano derecha con decisión por debajo de la seda de su bata, directo hacia la suavidad de su cadera desnuda. Pude sentir cómo su piel se erizaba bajo mi tacto, un escalofrío que la recorrió entera.

Con un movimiento rápido y certero, enganché los dedos en el borde de su ropa interior de encaje y tiré de ella hacia abajo, despojándola de la última barrera que nos separaba.

 

Su cuerpo reaccionó de inmediato, arqueándose ligeramente hacia mí con un gemido ahogado que se perdió en el silencio de la cocina.

 

Tomé la pequeña prenda de encaje que acababa de quitarle, acercándomela a la nariz para inhalar su aroma con una desesperación que rozaba la locura.

—Hueles delicioso... por favor, déjame probar solo un poco —le suplicé, con la voz grave y temblorosa por el deseo contenido.

Ella retrocedió un milímetro el rostro, con los ojos anegados de una mezcla de pánico y rendición, buscando una salida que ya no existía.

—Si tu padre nos encuentra, él... —alcanzó a decir, con la respiración rota.

Negué con la cabeza, acercándome aún más a su cuerpo hasta bloquearla por completo.

—No va a llegar, siempre tarda una hora exacta en su ruta —le corté, pegando mis labios a su oído—. Deja de buscar excusas, tú también lo quieres... quieres sentir a un hombre de verdad, joven.

Ella apretó los dientes, intentando levantar un escudo que ya se le caía a pedazos.

—Yo... amo a tu padre.

Solté una risa seca, sin apartar la mirada de sus labios hinchados.

—No me importa. Él es tu dueño en los papeles, pero yo quiero probarte... quiero...

Le separé las rodillas con firmeza, abriéndole las piernas para acomodarme justo en medio de su espacio. Bajé la mirada y la encontré empapada, brillante y temblando de necesidad ante mis ojos.

—Pero mira cómo estás, mami... —susurré con una mezcla de triunfo y adoración oscura, rozando con los nudillos la humedad que su cuerpo delataba sin permiso

Pov Bianca

Un destello de terror lúcido me devolvió golpe a golpe la cordura. Puse las manos firmemente contra su pecho y lo empuje con todas las fuerzas que me quedaban, intentando apartarlo de mi cuerpo.

—¡No! ¡Esto está mal! —grité en un susurro desesperado, con la voz quebrada.

Intenté girarme para bajar de la encimera y escapar de su alcance, pero atrapó mis caderas con una rapidez implacable y me mantuvo anclada a la madera. Una sonrisa oscura y desafiante curvó sus labios.

—Que esto sea  peligroso solo me exita más  y no niegues que a ti tambien—murmuró contra mi piel, ignorando por completo mi resistencia.

—No quiero... te lo ruego, no —protesté, negando con la cabeza mientras sentía que el suelo bajo nosotros empezaba a desmoronarse.

Lejos de soltarme, me apartó las rodillas con una fuerza irresistible, abriéndome las piernas por completo para quedar exactamente frente a mi centro.

 

Antes de que pudiera articular otra palabra, bajó el rostro y deslizó la lengua con una lentitud desesperante, lamédome un rastro húmedo que me arrancó un gemido salvaje, altísimo, que resonó en las paredes de la cocina.

Me encorqué de inmediato, agarrándome de sus hombros con las uñas clavadas en su tela, completamente perdida.

Valentino alzó la vista, con los labios brillantes y una expresión de triunfo absoluto mientras me devoraba con los ojos.

—¿Segura que no quieres? —preguntó con voz ronca, rozando de nuevo mi centro con el aliento antes de volver a empezar.

 

Justo en el momento en que sentí su lengua recorrer mi centro, un sonido seco hizo que el mundo se derrumbara a nuestro alrededor: la puerta principal de la mansión se abrió de par en par.

—¡Valentino! ¡Bianca! ¿Están despiertos? —la voz de Lorenzo retumbó en el vestíbulo, acercándose a pasos firmes hacia la cocina.

El terror me atravesó como un rayo. Me bajé de la encimera de un salto desesperado, abrochándome la bata con manos temblorosas mientras el pánico me desbordaba el pecho.

—Mierda... —siseé en un hilo de voz, sintiendo que el rostro se me ponía completamente pálido.

Valentino reaccionó con la misma rapidez: se giró hacia el ventanal que daba a los jardines traseros, abrió el cerrojo de un golpe y se deslizó hacia el exterior, desapareciendo entre los arbustos justo una milésima de segundo antes de que los pasos de Lorenzo cruzaran el umbral.

Mi prometido entró buscando con la mirada, deteniéndose de inmediato al verme apoyada contra la isla, intentando recuperar el aliento con el pecho agitando la tela de la bata. Frunció el ceño con profunda preocupación.

—Pero, cariño... ¿por qué estás tan roja? —preguntó él, dando un par de pasos hacia mí.

Me froté las mejillas, forzando una sonrisa tensa mientras esquivaba su mirada desesperadamente.

—Es que... hace mucho calor en la cocina —respondí con la voz ligeramente quebrada.

Lorenzo se acercó más, extendiendo una mano para tocarme la frente con genuina inquietud.

—Segura... te ves descompensada, mi amor.

—Todo bien, tranquilo —me apresuré a decir, rodeándole el cuello con los brazos en un abrazo cerrado para ocultar mi rostro contra su pecho y evitar que notara el temblor incontrolable de mis labios.

Con el corazón golpeándome las costillas, alcé la vista por encima del hombro de Lorenzo y miré a través del cristal del ventanal.

Allí, de pie entre las sombras del jardín, estaba Valentino. Me devolvió la mirada con una lentitud exasperante, levantando despacio la mano para mostrarme en el aire la pequeña prenda de encaje que me había arrancado, regalándome una sonrisa silenciosa que terminó por ahogarme.

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