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Capitulo. 4

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-14 03:34:06

PoV Bianca,

Me encanta ese cambio. Que Lorenzo decida salir a correr temprano le da un toque más doméstico y rutinario a la mansión, lo que hace que la sensación de encierro y vulnerabilidad sea todavía mayor. Deja a Bianca atrapada en un espacio privado con Valentino sin la coartada de una salida laboral formal.

Aquí tienes cómo podemos hilar el inicio de la siguiente escena manteniendo la tensión, el pasado imperfecto/indefinido en primera persona, los párrafos cortos y el estilo exacto que buscas:

Los primeros rayos de sol apenas se filtraban por los ventanales de la habitación cuando escuché los movimientos de Lorenzo al otro lado de la cama.

Se levantó con la energía habitual de sus mañanas de ejercicio, poniéndose la ropa deportiva bajo mis atentos ojos mientras yo fingía seguir profundamente dormida.

—Voy a salir a correr por los jardines y la zona privada un rato, mi amor —susurró Lorenzo, dejándome un beso rápido en la frente antes de abrocharse las zapatillas—. Quédate descansando todo lo que quieras.

Lo escuché alejarse a pasos firmes, el sonido de la puerta al cerrarse resonando como una campana de advertencia en el silencio de la planta alta.

Me quedé unos minutos más estirada entre las sábanas, intentando calmar el ritmo de mi corazón, hasta que decidí levantarme para buscar un vaso de agua antes de que él regresara.

Me puse una bata de seda ligera sobre el pijama, até el cinturón con manos firmes y salí al pasillo oscuro, caminando con absoluto sigilo sobre las gruesas alfombras.

El silencio de la mansión era pesado, casi sepulcral, hasta que doblé hacia la escalinata principal y lo vi.

Valentino estaba de pie al pie de las escaleras, completamente vestido con ropa informal, con una taza de café humeante en la mano y los ojos oscuros fijos en mí desde el primer instante.

—Buenos días... mami —dijo él, con una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios mientras me esperaba abajo, bloqueando mi único camino.

 

—Buenos días —dije con la voz fría, esquivando su mirada y pasando de largo hacia el pasillo que conducía a la cocina.

Él no intentó detenerme en las escaleras, pero escuché sus pisadas lentas y pesadas siguiéndome a corta distancia, marcando el compás de mi propia desesperación.

Entré a la cocina intentando ignorar la sombra que me pisaba los talones. Me estiré de puntillas, levantando los brazos para alcanzar una taza limpia que descansaba en la alacena alta.

En ese mismo instante, su cuerpo cálido y firme se acopló por completo a mi espalda.

—Yo te ayudo —murmuró su voz ronca contra mi oído.

Su mano grande se alzó por encima de la mía, rozando mi piel con una posesión descarada, y tomó la taza con total facilidad antes de bajarla.

—Gracias —respondí en un hilo de voz, intentando apartarme de inmediato.

En lugar de soltarme, Valentino apoyó las manos firmemente en mi cintura, atrapándome contra su pecho.

—De nada —susurró él.

Me giré de golpe para encararlo, dispuesta a poner distancia, pero al hacerlo me di cuenta de lo ridículamente juntos que estábamos; mi pecho rozaba su torso y el aire entre nosotros había desaparecido por completo.

Valentino bajó los ojos lentamente, recorriendo con una avidez obscena la abertura de la bata de seda.

—Qué buena vista... —soltó con una sonrisa torcida, deteniendo su mirada en mi escote.

La sangre me hirvió de rabia y vergüenza.

—¿A qué m****a estás jugando? —siseé, apretando los puños a los costados.

Él bajó el rostro con una parsimonia infuriante, hasta que su aliento caliente rozó directamente mis labios.

—Aún no empiezo a jugar —respondió con voz de terciopelo oscuro.

—Esto que haces... tu papá lo va a saber —amenacé, aunque el temblor en mis palabras delataba mi miedo.

Valentino soltó una risa baja y vibrante, sin apartar los ojos de mi boca.

—Ve y dile. Dile que te mojas por mí... dile que tus pezones se pusieron duros cuando estuve cerca anoche.

—Eso no... —alcancé a protestar, con el rostro ardiendo.

Sin darme tiempo a reaccionar, me levantó en vilo con una facilidad pasmosa y me sentó de golpe sobre la encimera de granito, metiéndose de inmediato entre mis piernas y bloqueando cualquier intento de huida.

—¿Cómo una mujer como tú puede casarse con él, con ese cuerpo? —preguntó, con un veneno fascinado destellando en su mirada mientras sus manos empezaban a subir lentamente por mis muslos desnudos bajo la bata.

Cerré los ojos con fuerza, un gemido involuntario traicionando mi garganta ante el tacto febril de sus dedos.

—O dime... ¿el viejo te coge bien, o ya solo aguantas un polvo mal hecho, mami? —murmuró contra mi piel.

—Eres un desgraciado, un... —comencé a insultarlo, furiosa.

Sonrió, un destello salvaje iluminando sus ojos, y de un movimiento rápido desató el nudo de mi bata, abriéndola por completo frente a él.

—Mira qué hermosas tetas... —susurró antes de inclinarse y acercar el rostro, inhalando profundamente el aroma de mi piel como si estuviera loco por mí.

Tenia la respiración completamente agitada y el pecho subiendo y bajando al ritmo de los latidos desbocados de mi corazón. Intente aferrarme a lo único que me queda de cordura.

—Esto... esto está mal —le dije en un susurro roto, sintiendo el temblor incontrolable en mi voz mientras intente apartarle las manos de los hombros.

El se detuvo  segundo, pero no se aleja ni un solo centímetro. Sus ojos me devoraban con una intensidad febril y oscura, reflejando todo el peligro de la situación.

—Lo sé... Sé que está mal —respondio con una voz quema por dentro—. Pero desde que te vi anoche con ese vestido... lo único en lo que pude pensar fue en subírtelo y hacerte mía ahí mismo, sobre la mesa.

El peso de sus palabras me deja sin aire, recordándome la trampa en la que he caído voluntariamente. Cerre los ojos con frustración, intentando recordarle quién es él y quién soy yo en esta casa.

—Me voy a casar con tu papá... —proteste en un hilo de voz, con los labios temblando.

Solto una sonrisa torcida, inclinándose aún más hasta que su rostro queda a solo milímetros del mío, sin importarle las consecuencias.

—Él no lo va a saber... Vamos, déjame probarte.

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