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Capitulo. 9

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-16 01:51:20

Pov Bianca

El sol del domingo brillaba con fuerza sobre el puerto privado, reflejándose en el agua cristalina del mar.

Lorenzo había cumplido su palabra. Su yate privado nos esperaba amarrado al muelle, una mole de lujo y fibra de vidrio que prometía una tregua... o una trampa mortal.

Llevaba puesto un bikini minimalista bajo un pareo de gasa blanca y unos lentes de sol oscuros que ocultaban las ojeras de una noche en la que apenas había logrado conciliar el sueño.

—Arriba, mi amor, el día está perfecto para navegar —dijo Lorenzo con una sonrisa radiante, ayudándome a subir por la pasarela.

Para mi desgracia, Valentino ya estaba a bordo.

Vestía una camisa de lino abierta y gafas de sol, recostado contra la barandilla de la cubierta con una copa de agua con hielo en la mano. Cuando crucé la cubierta, sus ojos oscuros me recorrieron de pies a cabeza con una lentitud descarada, recordándome cada segundo de lo que había pasado horas antes en el pasillo.

Zarpamos poco después. El rugido de los motores se fundió con el sonido de las olas mientras el yate se adentraba en alta mar, dejándonos rodeados de una inmensidad azul donde nadie podía escucharnos.

Lorenzo se mantuvo charlando con el capitán en la zona de mando, revisando las rutas y disfrutando de la brisa.

Yo me había sentado en una de las tumbonas de popa, intentando calmar el pulso, cuando una sombra se proyectó sobre mí.

Valentino se detuvo a mi lado, tomando asiento en la tumbona contigua con una naturalidad exasperante.

—Dime una cosa, mami... ¿dormiste bien anoche después del susto? —preguntó en voz baja, inclinándose hacia mí para que solo yo pudiera escucharle.

Apreté los dientes bajo las gafas oscuras, girándome para mirarlo con furia contenida.

—Cierra la boca, Valentino...

Antes de que pudiera replicar algo más, los pasos firmes de Lorenzo resonaron en la cubierta. Se acercó a nosotros con una expresión pensativa y se detuvo frente a mi asiento, cruzándose de brazos.

—Bianca... te he estado notando extrañamente nerviosa desde anoche —comenzó Lorenzo, con el ceño ligeramente fruncido mientras me estudiaba con fijeza—. Te ves tensa.

Tragué saliva con dificultad, obligándome a mantener la compostura y a levantar la barbilla para mirarlo directo a los ojos.

—No es nada, cariño... solo el cansancio de la fiesta y los preparativos de la boda —mentí con la voz más suave y convincente que pude reunir.

Lorenzo no pareció convencido del todo. Dio un paso más hacia mí y desvió la mirada hacia su hijo, buscando una confirmación absurda.

—¿Tú notas algo raro en ella, hijo? Anoche también los encontré hablando muy tarde en el pasillo... ¿A qué le teme tanto mi futura esposa?

El corazón se me detuvo en el pecho.

Contuve la respiración por completo, sintiendo que el suelo del yate se desplomaba bajo mis pies, mientras Valentino me devolvía la mirada con una sonrisa lenta, peligrosa y dueña absoluta de la situación.

 

Valentino dejó escapar una risa corta, relajando los hombros con una falsa inocencia que me revolvió las entrañas.

—Papá, solo está nerviosa por la boda, déjala respirar —respondió Valentino con total naturalidad, cruzando las piernas—. No todos los días una mujer se casa con el amor de su vida... ¿no es así, Bianca?

Lo miré con puro odio disimulado tras los lentes oscuros, sintiendo la burla cínica goteando de cada una de sus palabras.

—Por supuesto... —le contesté entre dientes, forzando una sonrisa tensa.

Lorenzo soltó una carcajada ruidosa, contagiado por el comentario, y se inclinó para acariciarme la mejilla con una ternura ciega.

—Mi amor, tómalo con calma —dijo con una sonrisa comprensiva—. Esta es mi segunda boda y ya no es nada del otro mundo.

—Pero es la primera mía —le recordé en un hilo de voz, con el pecho apretado.

Lorenzo le dio un beso rápido en la frente, enderezándose de inmediato.

—Voy con el capitán un momento a revisar la ruta. Cuídamela bien, hijo —le pidió Lorenzo a Valentino, dándole una palmada en el hombro antes de alejarse hacia la zona de mando.

Valentino sonrió de lado, viendo cómo su padre se alejaba, y se levantó para sentarse justo en la tumbona que Lorenzo acababa de dejar vacía, acortando cualquier distancia que nos quedara.

Me incliné un poco hacia él, conteniendo la rabia para que mi voz no pasara de un susurro afilado.

—Eres un imbécil...

Valentino ensanchó la sonrisa, disfrutando cada segundo de mi desesperación, y estiró el brazo con total parsimonia.

—Me dijeron que te cuidara... déjame cuidarte, mami —murmuró con una burla helada.

Tomó una toalla de algodón blanco que descansaba en la mesita auxiliar y la dejó caer pesadamente sobre mis piernas desnudas.

—Para que no te quemes con el sol... o con el fuego equivocado —añadió en voz baja, rozando con el dedo el borde de la tela antes de recostarse con absoluta comodidad.

Ignoré su provocación, abrí mi bolso de playa y saqué un libro de tapa blanda, decidido a fingir que él no existía a pocos centímetros de mí.

Valentino cerró los ojos, estirando las piernas con tanta tranquilidad que parecía haberse quedado dormido bajo el sol.

Mantenía los ojos fijos en las páginas del libro, intentando concentrarme en la lectura, cuando sentí un peso cálido sobre mi pierna.

Una mano firme se deslizó por debajo de la toalla que Valentino me había colocado momentos antes.

Me tensé de inmediato, deteniendo la respiración mientras el corazón me golpeaba las costillas con violencia. Intenté moverme, pero él apretó ligeramente los dedos sobre mi piel, obligándome a quedarme congelada en el asiento.

Por fuera, Valentino seguía con los ojos cerrados y el rostro relajado, como si estuviera profundamente dormido.

Pero bajo la protección de la toalla, su mano comenzó a subir con una lentitud deliberada, recorriendo la curva de mi muslo hasta rozar el borde de la tela de mi bikini y apartarlo a un lado con total destreza.

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