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Capitulo. 10

Autor: Belladonna
last update Fecha de publicación: 2026-10-16 02:04:20

Pov Bianca

Apreté el libro entre mis manos con tanta fuerza que los bordes de las páginas se arrugaron. Incliné apenas la cabeza hacia él, intentando que mis labios apenas se movieran al hablar.

—¿Qué m****a crees que haces...? —le susurré con la voz temblando de rabia y pánico.

Valentino ni siquiera parpadeó. Siguió con los ojos cerrados bajo las gafas oscuras, simulando una paz absoluta mientras el sol le calentaba el pecho.

—Mi padre está arriba... deja de moverte y sigue leyendo —murmuró su voz ronca en un eco apenas audible para mí—. No vaya a ser que baje la mirada y se dé cuenta de dónde está mi mano justo ahora.

 

Sus dedos comenzaron a moverse con una precisión desesperante, explorando mi centro con una lentitud que me quemaba por dentro.

Cerré los ojos con fuerza y me coloqué los lentes de oscuridad para ocultar la marea de emociones que amenazaba con desbordarse. El pulso me latía en las sienes, febril y caótico, mientras el contraste del sol en la cubierta y el calor de su mano me dejaban sin aire.

Instintivamente, traicionada por mi propio cuerpo, abrí un poco más las piernas bajo la cobertura de la toalla, concediéndole un acceso absoluto.

Valentino no me dio tregua. Siguió tocándome con una insistencia hambrienta, aumentando el ritmo en silencio mientras la fricción me hacía sentir que me quemaba viva bajo la mirada invisible de Lorenzo.

 

El ritmo de sus dedos se volvió implacable, buscando el punto exacto con una precisión cruel y perfecta que me robó el último rastro de voluntad.

No pude contener el estremecimiento que recorrió cada centímetro de mi cuerpo. Con las manos temblando, levanté el libro de tapa blanda y me lo cubrí contra el rostro, escondiendo los labios abiertos y el rastro de mis lágrimas de frustración y éxtasis.

Me contraje con violencia contra su mano, mordiéndome las páginas de cartón para ahogar el grito desgarrador que amenazaba con escapar de mi garganta, cayendo en un orgasmo silencioso, febril y devastador mientras el yate seguía avanzando en medio de la inmensidad del mar.

 

Valentino retiró la mano con una lentitud deliberada, sacando los dedos de debajo de la toalla.

Los levantó despacio y se los llevó a los labios frente a mí, probando el rastro de mi propia entrega con una calma descarada.

Me bajé el libro del rostro, con la respiración todavía pesada y las mejillas ardiendo, y lo miré con una mezcla de furia y desconcierto.

—Sabes deliciosa... a mar y a gloria —murmuró él con voz ronca, esbozando una sonrisa torcida.

Se puso de pie con total naturalidad y se estiró un poco bajo el sol. Al levantarse, la tela de su pantalón del corto de baño reveló una erección enorme y evidente que marcaba cada centímetro de su deseo.

—Creo que debo ir al baño... a menos que me quieras ayudar con esto —soltó con descaro, señalando discretamente el bulto antes de dar un paso hacia mí.

Giré la cara de inmediato, apartando la mirada con desprecio y negándome a pronunciar una sola palabra, mientras me levantaba de la tumbona para escapar de allí antes de que Lorenzo regresara.

 

El resto de la mañana transcurrió en una tensa calma que rozaba lo surrealista.

Me mantuve pegada a Lorenzo, bebiendo limonada y fingiendo una alegría que estaba a años luz de sentir, mientras Valentino se había alejado a la proa, limitándose a observarme de vez en cuando con esa media sonrisa que parecía prometer catástrofes.

El yate redujo la velocidad de golpe, meciéndose suavemente sobre las olas turquesas, hasta que la voz del capitán resonó a través de los altavoces de la embarcación.

—Señores, hemos llegado a la zona de los arrecifes. Este es un punto excelente para bucear; hay una gran variedad de corales y peces de todos los colores.

Se me encendieron los ojos de emoción genuina al escuchar la propuesta. Dejé la copa sobre la mesita y me volví hacia mi prometido con entusiasmo.

—¡Lorenzo, vamos! Hace mucho tiempo que no buceo... por favor —le pedí, tomando sus manos con insistencia.

Lorenzo hizo una mueca de desdén, negando con la cabeza mientras se acomodaba las gafas de sol.

—No, mi amor, yo paso de esos deportes. Además, ya me tomé un par de tragos de vino y prefiero quedarme aquí cómodo... pero Valentino puede ir contigo. Es experto.

El nombre de su hijo cayó como un balde de agua helada sobre mi espalda.

—No... no es necesario, de verdad —me apresuré a decir, sintiendo que el aire me faltaba.

Pero Lorenzo ya había tomado una decisión, agitando la mano con total despreocupación.

—Vamos, no seas aguafiestas. Ve con él; es experto en buceo y te aseguro que te va a cuidar muy bien en el agua.

En ese mismo instante, Valentino se acercó a nosotros con paso lento, secándose las manos en una toalla, y clavó sus ojos oscuros en mí con un brillo peligroso.

—Claro... a mí no me molesta en absoluto ayudarla —dijo Valentino con una voz cargada de una promesa silenciosa que solo yo alcancé a comprender.

 

Nos cambiamos de ropa en los camarotes separados, enfundándonos en los trajes de neopreno y el equipo de buceo antes de encontrarnos en la parte trasera del yate.

El capitán se asomó desde la borda con un par de silbatos de emergencia en la mano y nos indicó las instrucciones finales.

—No vayan muy lejos de la zona demarcada. Cuando estén listos para subir, solo suenen los silbatos y les bajaré las escaleras del muelle de popa —advirtió el capitán con profesionalismo.

Ambosasentimos en silencio, ajustándonos las gafas y los tanques de oxígeno a la espalda, antes de lanzarnos al agua cristalina al mismo tiempo.

El impacto del agua fría me sacudió los sentidos de inmediato. Al sumergirme, el mundo se silenció por completo, convirtiéndose en un escenario azul y vibrante lleno de corales de colores y bancos de peces que se dispersaban a nuestro paso.

Navegué junto al arrecife durante un buen rato, intentando mantenerme a una distancia prudente de Valentino, concentrada en el paisaje submarino para olvidar el calor de su presencia.

Pero cuando finalmente decidimos ascender y sacamos la cabeza a la superficie, flotando a pocos metros del casco del yate, la tensión regresó de golpe.

Valentino se quitó el regulador de los labios y esbozó una sonrisa insolente bajo la luz del sol.

—Por fin solos... —murmuró con una burla ronca.

Me coloqué el tubo de respiración a un lado, mirándolo con el ceño fruncido a través del agua salada.

—Ni se te ocurra hacer una estupidez, Valentino...

Él ladeó la cabeza, acercándose con brazadas lentas y precisas hasta cerrar el espacio entre nosotros.

—¿Cómo qué? ¿Como besarte? —preguntó con total descaro.

—Justo como eso... —le advertí, sintiendo que el corazón me latía con fuerza, atrapados bajo la sombra del yate y fuera de la vista de Lorenzo.

Valentino flotó hasta quedar a centímetros de mi cuerpo, estirando las manos con una calma desesperante para quitarme las gafas de buceo y apartarles el cabello mojado de la cara.

—¿Y qué tal si sí quiero hacer una estupidez? —susurró contra mis labios, justo antes de atraparlos sin previo aviso.

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