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CAPITULO 53: Despidete como se debe

Author: Malv14
last update publish date: 2025-11-06 00:34:06

El cuarto de Laila parecía más chico esa tarde. Las paredes angostas, la ventana pequeña con el vidrio temblando por el ruido de la calle, la cama sin cabecera, la cortina deslavada. Todo era igual que siempre, y aun así, todo parecía distinto. Como si el aire se hubiera llenado de una electricidad silenciosa que le erizaba la piel sin viento alguno.

Sobre el colchón, la ma

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  • La niñera del CEO   EPÍLOGO

    El tiempo no pasa de golpe.Se acomoda.Eso es lo primero que Marcus nota cuando, una mañana cualquiera, se queda unos segundos más mirando la cocina antes de entrar. No hay silencio absoluto: hay pasos pequeños, un murmullo infantil desde un cuarto, el sonido distante de una licuadora. La casa está despierta, pero no agitada. Está viva.Hace años —no tantos, pero suficientes— ese mismo escenario le habría provocado una presión en el pecho. Una lista mental de pendientes. Una urgencia por ponerse en marcha antes de que algo fallara. Hoy no.Hoy entra sin apuro.Laila está de espaldas, con el cabello recogido de cualquier manera, preparando algo simple. No parece cansada. Tampoco perfecta. Parece ella. Marcus se apoya en el marco de la puerta sin interrumpirla. Observa cómo se mueve, cómo ocupa el espacio sin pedir permiso.—Buenos días —dice ella sin girarse.Marcus sonríe.—Buenos.Se acerca y la abraza por detrás. No como refugio. Como encuentro. Laila se recarga en él unos segundos

  • La niñera del CEO   CAPITULO 155: el amor

    El ritual no nace de una idea brillante.Nace de una noche en la que ambos entienden que seguir improvisando ya no alcanza.El bebé duerme por fin. Los gemelos están rendidos. Melissa se quedó dormida con la luz encendida y un libro abierto sobre el pecho. Marcus apaga la lámpara con cuidado. Observa su respiración pareja. Esa calma infantil que solo existe cuando nadie les pidió sostener nada.En la cocina, Laila está sentada con la espalda encorvada, las manos rodeando una taza fría. No llora. No suspira. Está vacía.Marcus se sienta frente a ella sin decir nada. Se queda ahí. No pregunta “¿estás bien?”. Esa pregunta ya no sirve cuando el cansancio es hondo.—No quiero que esto nos vuelva ásperos —dice Laila de pronto.Marcus asiente.—Ni que nos volvamos eficientes y ausentes —responde.Se quedan en silencio unos segundos. No incómodo. Productivo.—Necesitamos algo que nos sostenga cuando no tengamos energía para sostenernos solos —dice Marcus.Laila lo mira.—No un plan —aclara—.

  • La niñera del CEO   CAPITULO 154: El cansancio

    El cansancio no llega de golpe.No irrumpe.Se infiltra.Marcus no lo nota el primer día. Tampoco el segundo. Lo confunde con normalidad: noches cortas, mañanas largas, decisiones constantes. La vida funcionando. La casa llena. El amor presente. Todo “bien”.Pero el cuerpo empieza a hablar antes que la cabeza.Una mañana, Marcus se queda sentado en la orilla de la cama más tiempo del habitual. No está triste. No está ansioso. Está pesado. Como si cada movimiento requiriera un segundo extra de voluntad. Escucha la casa despertar: un gemelo lloriquea, el bebé se mueve, pasos pequeños cruzan el pasillo.Antes, ese sonido lo habría puesto en marcha automática.Ahora, se queda quieto.No porque no quiera levantarse.Porque no puede hacerlo todo al mismo tiempo.Laila aparece en la puerta, despeinada, con el bebé en brazos.—¿Estás bien? —pregunta.Marcus levanta la vista. Sonríe apenas.—Sí —responde—. Solo… lento.Laila asiente. No interpreta de más. Se acerca, deja al bebé en la cuna y l

  • La niñera del CEO   CAPITULO 153: las cosas se acomodan

    El pasado no vuelve con estruendo.No irrumpe.No exige.Vuelve como suelen volver las cosas que alguna vez dolieron de verdad:con una presencia discreta, casi educada, que podría ignorarse… pero que no conviene.Marcus lo siente antes de entenderlo.Es un martes cualquiera. Está en el coche, detenido en un semáforo, con la radio baja y la cabeza despejada. No piensa en nada importante. Ese es el primer signo de que algo cambió: ya no vive en alerta constante. El cuerpo va solo, sin tensión.Entonces lo ve.No es alguien irreconocible. Tampoco alguien cercano. Es una figura del pasado, sentada en una terraza, hablando con otra persona, gesticulando de una forma que Marcus conoce demasiado bien. No es nostalgia lo que aparece. Es memoria corporal. Un ajuste automático en los hombros. Un leve apretón en la mandíbula.El semáforo cambia. Marcus avanza. La imagen se queda atrás.Pero el eco ya entró.Durante el día, la sensación vuelve de forma intermitente. No como pensamiento obsesivo,

  • La niñera del CEO   Capitulo 152: Readaptación

    El primer choque no llega como ataque.Llega como suelen llegar las cosas que más daño hacen: disfrazadas de normalidad.Es un domingo al mediodía. La familia está reunida en una comida amplia, de esas donde nadie parece tener prisa y todos creen saber cómo deben hacerse las cosas “bien”. La mesa es grande, el ruido es constante, y Melissa se mueve entre las sillas con naturalidad, riéndose de algo que dijo uno de los gemelos.Laila la observa sin intervenir. Marcus también. Ambos han aprendido a no anticiparse, a no corregir antes de tiempo.—Melissa —dice una voz desde el otro extremo de la mesa—, ¿no deberías ayudar un poco más con los niños?No es una orden. No es un reproche frontal.Es esa frase que se lanza como quien comenta el clima.Melissa se queda quieta. No se tensa, pero registra. Mira a Marcus. Luego a Laila. No buscando permiso. Midiendo terreno.—Estoy jugando —responde.La persona sonríe, condescendiente.—Claro, pero tú ya eres la grande. Eso se nota.Marcus siente

  • La niñera del CEO   CAPITULO 151: El crecimiento de Melissa

    Melissa no despierta distinta de un día para otro.No salta de la cama cantando ni se vuelve extrovertida de pronto. Su cambio es más silencioso, más profundo, como esas plantas que no hacen ruido al crecer, pero un día ocupan todo el espacio que antes parecía vacío.El primer indicio aparece una mañana cualquiera, mientras se pone los zapatos para ir a la escuela. Marcus la observa desde la puerta, apoyado en el marco, sosteniendo al bebé que todavía duerme con ese peso tibio que obliga a bajar el ritmo.—¿Lista? —pregunta.Melissa asiente, pero no se levanta de inmediato. Está sentada en el suelo, concentrada en amarrar las agujetas con una paciencia nueva. Antes, siempre tenía prisa. Prisa por no estorbar, por no llegar tarde, por no sumar peso a una mañana ya cargada.Ahora no.—¿Sabes qué? —dice de pronto—. Hoy no quiero llevar la mochila grande.Marcus frunce el ceño.—¿Por?—Porque pesa —responde—. Y solo tengo dos cuadernos.Marcus se inclina, revisa. Tiene razón.—Está bien —

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