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Capítulo 2

Penulis: Crispy Coco
A la mañana siguiente, Lorenzo entrelazó sus dedos con los míos mientras caminábamos hacia mi control.

—El bebé está perfectamente —anunció el médico, entregándonos la ecografía—. La fecha de parto sigue siendo la que dije.

Lorenzo tomó la imagen.

—Gracias, doctor —dijo con una suavidad casi… paternal—. Arabella estaba muy preocupada. Me alegra saber que todo está bien.

—Es usted una mujer afortunada, señora Falcone —sonrió el doctor Reeves—. El jefe no se pierde ni una cita. Es un esposo ejemplar.

¿Ejemplar?

Estuve a punto de soltar una carcajada.

Lorenzo me ayudó con el abrigo, mirándome con esa calidez perfectamente ensayada.

—Este es el heredero que mi familia ha esperado por años. Claro que voy a cuidarte.

Tomó mi mano y salimos del consultorio.

Y entonces la vi.

Isabella.

Su vientre, alto y perfectamente redondeado bajo un vestido holgado. Hablaba con una enfermera, como si nada.

Como si no estuviera viviendo mi vida.

Sus ojos se iluminaron al vernos.

—¡Arabella! Qué coincidencia…

Se acercó con esa sonrisa dulce… demasiado dulce.

Sentí cómo Lorenzo se tensaba apenas un segundo antes de volver a su papel.

—Isabella. ¿También viniste a control? —pregunté, manteniendo la voz firme.

—Claro —respondió, acariciando su vientre falso—. Mi fecha es casi igual a la tuya.

“Por supuesto.

Porque tú no estás embarazada.

Solo estás esperando a que yo dé a luz a tu hijo”.

Se acercó un poco más, extendiendo la mano hacia mí.

—Déjame tocarte la pancita. Dicen que da buena suerte…

Sus uñas rojas, intensas como sangre, avanzaron directo hacia mi vientre.

Mis ojos se endurecieron.

Le sujeté la muñeca antes de que pudiera tocarme.

—¿Qué crees que estás haciendo?

Su expresión cambió al instante, la dulzura evaporándose.

Justo cuando iba a explotar, solté un leve quejido y llevé la otra mano a mi vientre.

—Me duele… —susurré, débil.

Las palabras se le quedaron atoradas.

Lorenzo reaccionó al instante, rodeándome con los brazos.

—¿Estás bien? Vámonos a casa.

Su voz estaba cargada de preocupación… pero sus ojos no estaban en mí.

Miraban por encima de mi hombro.

A ella.

Tranquilizándola en silencio.

—Creo que solo me mareé —murmuré, bajando la mirada—. Quiero sentarme un momento.

—Voy contigo.

—No —lo interrumpí—. Quédate. Habla con Isabella. Yo solo necesito unos minutos.

Dudó.

Pero al final asintió.

—Está bien. Ten cuidado.

Caminé hacia la sala de espera.

Y en cuanto la puerta se cerró… miré por la rendija.

Tal como imaginé.

Ya estaba junto a ella.

Corriendo hacia su verdadero amor.

Los seguí en silencio, ocultándome tras la esquina.

Entraron a una sala vacía.

—Lorenzo… ¿no me digas que te estás encariñando con ella? —la voz de Isabella sonó afilada, llena de celos.

—No digas tonterías —respondió él con calma—. Todo está saliendo exactamente como lo planeamos.

—Entonces ¿por qué no me defendiste? Dijo que le dolía el vientre… y parecías preocupado de verdad.

Lorenzo suspiró.

—Todo esto es por nuestro hijo. Después de todo… ella lo está cargando…

Su voz se desvaneció.

Sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo.

Dentro… un broche antiguo de zafiro.

Se lo colocó con cuidado en el vestido.

—Lo querías en la subasta. Es tuyo.

Isabella sonrió, satisfecha. Victoriosa.

—Por cierto —murmuró, mimada—, el dato sobre el cargamento de los O’Connell fue muy útil. Matteo y los Moretti quedaron encantados conmigo. ¿Y lo de Venecia?

—Todo listo. Doscientos millones en arte llegan la próxima semana. Arabella revisará los manifiestos finales. Todo será auténtico.

Un dolor agudo me atravesó.

Mi conocimiento.

Mi criterio.

Solo herramientas para ellos.

Para hacerlos más poderosos.

Y mi cuerpo…

Un recipiente.

Nada más.

Contuve las lágrimas, me di la vuelta y saqué el teléfono.

—¿Doctor Martínez? Soy Arabella.

—Señora Falcone. ¿En qué puedo ayudarla?

—El procedimiento de mañana… ¿podemos confirmar la hora?

Silencio.

—¿Está segura de querer hacerlo?

—Completamente. Mañana a las tres. Ahí estaré.

Colgué.

Y justo entonces…

—¿Mañana?

La voz de Lorenzo detrás de mí fue como un disparo.

—¿A dónde vas?

Me giré despacio, con una leve sonrisa.

—Tengo una cita con un pintor. Quiero un retrato… de los tres. Antes de que nazca el bebé. Como recuerdo.

La tensión en sus ojos se disipó.

—¿Cuándo?

—Mañana por la tarde. Tú tienes esa reunión familiar, ¿no? Es perfecto.

—Puedo cancelarla.

—No —dije con suavidad—. Odias esas cosas. Solo llevaré una foto tuya.

Me observó en silencio, tratando de descifrarme.

Sonreí… y me acerqué, rodeándolo con los brazos.

Jugando a la esposa perfecta, la mujer enamorada.

Finalmente se relajó.

Su mano acarició mi mejilla.

—Siempre tan comprensiva… ¿qué haría sin ti?

Yo sí sabía la respuesta.

Y pronto… él también la sabría.
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