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Capítulo 5: No soy tonta

last update Date de publication: 2026-10-30 07:31:32

Andrea cerró la puerta del coche con suavidad; el clic resonó como un disparo en medio del silencio.

Se quedó de pie bajo el frío de la madrugada, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando el vehículo. Sus ojos se detuvieron en la leve huella de un dedo sobre el retrovisor: pequeña, delicada, desconocida.

Había dejado el labial exactamente donde lo encontró. No por miedo.

Por cálculo.

Esta vez, no iba a hacer la vista gorda.

Esta vez, lo estaba poniendo a prueba.

Porque si seguía allí, intacto, significaría que no lo había notado en absoluto. Lo que significaría que no le importaba en absoluto.

Pero si ya no estaba...

Entonces alguien tenía algo que ocultar.

Andrea dio media vuelta y entró en la casa con pasos lentos y decididos, cada uno más pesado que el anterior. Al llegar al dormitorio, el aroma de la colonia de Gabriel aún flotaba en el aire.

Se quedó en el umbral, mirando el lugar donde él solía estar de pie, sonreír, besarle la frente como si todo estuviera bien.

Sus labios se separaron ligeramente.

—Veamos qué tan bueno eres mintiendo de verdad, Gabriel.

Cerró la puerta en silencio tras de sí.

Y empezó a esperar.

~

Era casi medianoche cuando Andrea escuchó el sonido familiar de las llaves tintineando fuera de la puerta principal.

No se movió del sofá.

La televisión estaba encendida, pero con el volumen bajo: lo justo para que pareciera que había estado viendo algo, aunque en realidad no hubiera visto ni un solo fotograma. Tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho y las piernas recogidas debajo de ella. Esperando.

Se abrió la puerta. Gabriel entró, con una actitud demasiado relajada, vestido con su polo blanco y unos pantalones algo arrugados.

—Ah —dijo él, parpadeando al verla—. Sigues despierta. ¿Por qué me esperaste? Te dije que quizás llegaría tarde, ¿no?

Andrea sonrió, una sonrisa tensa y contenida. —Sí. No podía dormir.

Gabriel dejó las llaves sobre la mesa y se acercó a ella, inclinándose para besarle la mejilla. Ella se giró ligeramente, haciendo que el beso cayera sobre su sien en su lugar.

Él no pareció notarlo. O tal vez sí lo notó, pero decidió ignorarlo.

—¿Día largo? —preguntó ella, fingiendo que miraba la pantalla.

—Sí. Agotador —Se estiró y se pasó una mano por el cabello—. Clientes, reuniones una tras otra, y el tráfico era un caos.

Ella asintió lentamente. —Seguro que sí.

Hubo una pausa, densa y tensa.

El corazón de Andrea latía con fuerza, pero su rostro permanecía impasible. Se giró para mirarlo, estudiándolo. Parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

—¿Pasaste por el coche hoy? —preguntó ella, con tono ligero.

Gabriel parpadeó. —¿Eh?

—El coche —repitió ella, ajustando su tono como si le estuviera preguntando por el clima—. Creo que dejé algo ahí ayer. Solo quería saber si lo viste.

Él frunció el ceño. —No. No me fijé. ¿Por qué?

—¿Estás segura? Creo que olvidé algo de mis cosas ahí —se tragó saliva con dificultad; recordaba el labial y el bolso que le había devuelto a Celina porque se le habían quedado en su coche el día anterior. Pero estaba seguro de que allí no quedaba nada para Andrea.

—Sí... ¿por qué? ¿Es importante?

Andrea ladeó la cabeza, y una sonrisa lenta empezó a formarse en sus labios. —Nada. Solo preguntaba.

Lo observó con atención: cada movimiento de sus cejas, cada cambio en su expresión.

Y ahí estaba.

Apenas visible.

Pero estaba allí: un destello en sus ojos. Un retraso al responder.

—¿Estás bien? —preguntó de pronto, caminando hacia la cocina—. Pareces... tensa.

Andrea lo siguió, con los brazos cruzados. —Solo cansada, como te dije.

Gabriel abrió la nevera, sacó una botella de agua y se recostó contra la encimera para beber un poco.

Andrea apoyó suavemente una mano en el borde de la encimera; su voz era suave, pero ahora había algo más en ella.

—¿Alguna vez me has mentido, amor...?

Él se detuvo a medio trago. —¿Qué?

—Me has oído.

Se rio, pero el sonido salió demasiado rápido. —¿De dónde sacas eso?

Andrea se encogió de hombros, jugando con el borde de su manga. —No lo sé. Solo era una pregunta.

Gabriel se acercó a ella y dejó la botella a un lado. Le tomó el rostro entre sus manos, con suavidad.

—Claro que no. No digas tonterías.

Ella hizo un esfuerzo por no estremecerse. Por no apartarse.

En su lugar, asintió.

—Tienes razón. Qué tonta soy.

Pero la llama en su pecho no se apagó.

Al contrario, ardió con más fuerza.

 

Más tarde esa noche, mientras Gabriel se duchaba, Andrea se quedó junto a la ventana del dormitorio, abrazándose a sí misma. Su mente repasaba cada palabra, cada pausa, cada pequeño cambio en su expresión.

Y lo supo.

Lo supo con certeza.

Él había visto el labial.

Y lo había quitado.

Lo que significaba que ocultaba algo. Porque, ¿dónde estaba ahora? O lo había tirado o se lo había devuelto a quien pertenecía.

Andrea cerró los ojos lentamente y soltó el aire despacio.

No era tonta. Necesitaba saber la verdad.

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