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CAPÍTULO 24

Autor: Sasa Roand
last update Data de publicação: 2021-06-21 10:43:23

CAPÍTULO 24

Un absurdo, un disparate de m****a; esa era la única forma de describir lo que acababa de pasar. Cuando salí de esa habitación pensé que nunca tendría que cuidar de Mérida otra vez, renunciaría a ese trabajo que me había autoimpuesto. Pero ese trabajo apenas comenzaba.

―Johnny, no te duermas. Ya casi llegamos

―¡Joder, Patrick! No estoy dormido. Solo estoy…pensando

―¡Vale! Si no estás dormido, entonces explícame para qué me has llevado a ese estacionamiento. Se supone que me dirías quien mató a mi hermana, pero la verdad es que en estos momentos el principal sospechoso eres tú. Has matado a Hannah

―¿Y eso quién te lo ha dicho? ¿Mérida? Mérida no sabe una m****a. Te dije que la dejaras en un lugar seguro

―¿Y se supone que debía dejarla encerrada?

―Pues eso hubiese estado bien, pero en vez de eso, has tenido la brillante idea de decirle dónde estábamos. Te dije que…― Patrick me interrumpe para anunciar que hemos llegado al hospital.

********

En el hospital comparto la habitación con otro paciente y me pregunto a qué sitio de m****a me ha traído Patrick. A la hora de visitas el cuarto se llena de gente, obvio que por el tipo de la otra cama, no por mí. ¡Joder! Deben estar pensando que soy un ser miserable al que nadie ha venido a visitar.

Aparte de Mérida ninguna persona vendría a verme en un hospital. Desde siempre me he preocupado por ella, pero esta preocupación ha sido mutua, ella también ha visto por mí.

Recuerdo las llamadas, todos los días a la misma hora, las esperaba con ansias al lado del teléfono, aunque nunca le respondí, escuchar la voz de Mérida era… era como escapar de mi mundo, ese mundo en el que mi madre se había ido y mi padre era un monstruo.

Empiezo a sentirme desesperado; estando aquí no podré tenerlo todo bajo control. Saber que Mérida pudiera estar en peligro y no poder hacer nada es frustrante, como cuando éramos niños y descubrí que yo no era el único al que maltrataban en casa, si de maltratos hablamos, Mérida se llevaba la mayor parte.

El verano estaba en pleno apogeo y yo había estado jugando en la calle. Entré como un rayo directo hacia la cocina, cogí un vaso y fui a servirme agua del grifo, pero el vaso se cayó, se rompió y me hice un pequeño corte en la mano. De inmediato empecé a llorar. Algo que mi padre odiaba que hiciera. “los hombres no lloran” solía decir. Cuando yo lloraba me llamaba marica y me golpeaba. Al escuchar mis sollozos levantó su asqueroso ser del sofá y me aventó encima los platos de losa.

Aunque este tipo de escenas eran ya habituales, cuando acababan yo solía quedar en shock, me invadía una mezcla de ira, de tristeza y de no sé qué. Cuando Mérida entró y me vio en el piso casi en posición fetal me sentí avergonzado, humillado. Ella había ido a obsequiarme una piedrecita muy curiosa, pero yo ni siquiera me molesté en verla, la cogí la arrojé fuera de la casa. Escupí en Mérida todo el enojo que llevaba por dentro. Pero al rato me invadió la culpa, tenía que ir a verla. Al salir de casa encontré la roca que me había regalado Mérida puesta sobre el tapete.

Llegué a la casa de Mérida y quería darle una sorpresa, entrar a hurtadillas, darle un pequeño susto, sería una travesura, eso rompería el hielo para después disculparme por haberle gritado. Cogí la llave escondida debajo de un gnomo de loza en el jardín, abrí la puerta y escuché ruidos en la cocina, me escabullí hasta ahí.

No comprendí lo que mis ojos vieron entonces, pero sabía que estaba mal. Un chico de la escuela: Ryan, estaba en la cocina, tenía los pantalones abajo, Mérida estaba parada frente al él. Ryan sujetaba el cabello de Mérida acercándole la cabeza a su miembro, Mérida lloraba. Salí de ahí con el mismo sigilo con el que había entrado. Jamás le dije a nadie lo que vi, me arrepiento de ello. En aquel entonces no ayudé a Mérida, fui un cobarde, era un crío, pero esa no es un pretexto válido, sabía que lo que había visto estaba mal. Cuidar de Mérida ahora es mi forma de enmendarlo. Pero todo este asunto se me está escapando de las manos, la ayuda de Patrick no me vendrá mal.

―Creo que tienes mucho que explicarme ―Al parecer invoqué a Patrick cuando lo nombré en mis pensamientos

―Este no es momento Patrick ―Miro  hacia la cama del otro paciente

―¿y cuándo lo será?

―No lo sé, tal vez cuando me den de alta. No tenemos privacidad porque me has traído a este cuchitril dónde tengo que compartir habitación con un extraño que se ha traído todo un circo de visita ―sigo susurrando

 ―Vale, digamos que tienes razón pero…

―¿Has ido a ver a Mérida? ―le pregunto y la cara de preocupación que le asalta el rostro me lo dice todo

―Mérida no aparece. He ido a mi departamento, solo estaban Paulette y Adrien. Ha dejado sus cosas; el bolso con el que ha salido en la mañana, en el que  están sus llaves, su identificación, dinero, todo lo ha dejado. He ido a su departamento, a su casa. No tengo idea de dónde pueda estar.

―Yo…creo que sé dónde puede estar, pero…no irás solo, iré contigo

―Vamos Johnny, no esperaré a que te den el alta para poder ir a buscar a Mérida

―No tendrás que esperar, me iré de aquí

―¿Estás diciendo que te escaparás del hospital?

―¡Joder Patrick! ¿qué crees que es estamos en una jodida película de acción? No, no escaparé sólo solicitaré irme, exigiré irme, me dejarán, solo me harán firmar un documento en el que exonero al hospital y al personal médico de cualquier consecuencia que mi decisión de marcharme y bla, bla, bla…

―Se ha acabado la hora de visita, por favor, le agradecería a todos los familiares que se retiren ―dice una enfermera entrando a la habitación. Creo que mide casi dos metros y es de contextura robusta, me resulta algo intimidante, pero aun así pongo en marcha el plan para largarme de este sitio

*******

 He hecho mi actuación de portarme como un cretino, se me da bien. Les he amenazado con demandarlos, he llamado a mi abogado, en fin, me han dejado ir. Voy en el auto con Patrick y su forma de conducir me desespera. Si baja un poco la velocidad nos detendremos, cómo lamento no poder conducir.

El viaje normal dura dos horas, pero con Patrick al volante seguro serán tres. Aprovecho para contarle todo de principio a fin. Vi la expresión de alivio en su rostro cuando supo que no violó.

―Si lo piensas, ella te violó a ti ―le dije tratando de hacer más ligera el resto de la verdad que estaba por contarle. Sonrió

La reacción de Patrick al tener el panorama completo no fue la que yo esperaba, creí que daría media vuelta, dejaría de buscar a Mérida e iría directo a buscar a su hijo para tomar el primer vuelo a Francia y alejarse de todo este rollo. Pero no, Patrick quiere encontrar a Mérida tanto como yo.

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