INICIAR SESIÓNLisa se aclara la garganta y dice en voz baja:
―El joven Patrick siempre sale con las empleadas de la revista. Claro que, tenía al menos un par de años que no venía, pero siempre lo hace, sale con alguna de las secretarias o redactoras, pero la peor parte es lo que pasa después
Yo escucho incrédula, pero ansiosa por saber el resto.
―Cuando ya no quiere andar con ellas, dejan de venir a trabajar, ni siquiera renuncian personalmente, envían una carta. Se rumorea que él les da una buena cantidad de dinero para que ya no vuelvan a trabajar en la revista.
Mientras Lisa habla yo la miro desconcertada, mi ceño está fruncido y estoy segura de que las ganas de llorar se me notan a leguas. Me pone la mano en el hombro
―Lo siento, pero es la verdad ―habla despacio, articulando cada palabra con movimientos exagerados de los labios, como si tratara de convencer a un niño de que no existe el hada de los dientes. Desvío la mirada al piso y luego a la copiadora, saco los papeles y me voy sin decirle nada.
Arrojo los folders con documentos en el escritorio de Eleonor, Patrick me mira desconcertado.
―Mérida ¿qué pasa?
Me dirijo a la salida.
―No seré una más en tu lista de conquistas Patrick. Y mucho menos me costará mi empleo.
Salgo de la oficina dando un sonoro portazo y bajo las escaleras con los puños cerrados; las uñas hundidas en la piel blanda de las palmas de mis manos. Voy hacia la salida. Podría jurar que una mueca de satisfacción se asoma sutil en la cara de Lisa. Patrick me sigue, pero tras caminar un par de cuadras, miro atrás y ya no está.
*******
Brillantes gotitas de diferentes colores salpican sobre un lienzo verde luminoso, bañado por un radiante sol primaveral.
En las veredas que circundan el césped, caminan personas paseando perros, parejas tomadas de la mano, y niños corriendo, riendo o haciendo pataletas. Yo llevo puesto un vestido negro ceñido al cuerpo con transparencias en las mangas que me llega a la mitad de las pantorrillas y zapatos cerrados puntiagudos con tacón.
Camino hacia una banqueta ubicada frente a la zona de juegos, me siento y me quito los zapatos. Contemplo por un rato a los niños jugando. Mi teléfono no deja de sonar así que lo saco del bolso y lo apago. Me fijo en un pequeño en los columpios; estira y dobla sus piernitas, inclina su cuerpo adelante y atrás mientras se sujeta fuertemente de las dos cadenas a sus lados, lo hace con fuerza, con esmero, con determinación, pero no consigue columpiarse, es obvio que sabe la teoría: sabía que debía combinar brazos, piernas y movimientos de cintura y lo intentaba; realmente lo intentaba. Pero el maldito columpio no cogía vuelo.
En este momento me siento tan jodida como ese niño. Se que me gusta Patrick, sé que yo le gusto, siento que hasta podría estar enamorándome de él, tanto como él dice estarlo de mí. ¡Joder! Me estoy contoneando con todas mis fuerza para que el puto columpio se mueva, estirando y doblando mis piernas, inclino mi cuerpo adelante y atrás, me estoy sujetando fuerte de las cadenas, y realmente siento como el columpio ha echado a andar, pero no vuela, ¡el jodido columpio no coge vuelo!
Me levanto de la banqueta, agarro mis zapatos y camino descalza para acercarme un poco a este tonto niño que no es capaz de mover un columpio. Estando más cerca puedo escuchar una voz muy dulce decirle:
―Tú puedes cariño, vamos, sigue intentándolo.
Es una mujer como de mi edad parada a una corta distancia del niño, este la mira a los ojos y empieza a moverse con más fuerza, el columpio se mueve con él, al principio despacio, pero después empieza a moverse más y más, en unos minutos el crio se columpia ágilmente. ¡Claro! le faltaba confianza; que le dijeran que podía hacerlo, que se siguiera esforzando, que si lo lograría.
Yo no tengo esa voz inspiradora. Sí que hay una voz en mi interior, pero esta siempre me dice que salga corriendo al primer indicio de que algo no está bien, me asegura que si me alejo a tiempo no volverán a lastimarte.
Esa voz en mi interior es como una mamá sobreprotectora que al ver que su hijo no logra balancearse va y lo baja del columpio y le dice que es esta bien, que es mejor así.
―Si el columpio se balanceara pudiera hacerte caer, te romperías el cráneo, tus sesos se desparramarían por el suelo y morirías de inso facto, no vale la pena correr ese riego ―Eso le diría mi voz interior a su hijo; el crio jamás se subiría a un columpio, el crio ni siquiera saldría de su habitación.
Dejando de lado mis extrañas reflexiones sobre columpios y mamás sobreprotectoras; la verdad, es que quiero estar con Patrick y sé que si quiero que lo nuestro dure tengo que confiar en él; no puedo salir corriendo cada vez que algo me de mala espina.
Llego a mi departamento a las seis treinta y Patrick está sentado en el piso recostado en la puerta. Lleva una pequeña caja cuadrada aguantada debajo del brazo mientras revisa su teléfono y con la otra mano sujeta un ramo de flores. Me ve llegar; guarda el teléfono en el bolsillo de su sudadera, coge la caja con la mano y se levanta apoyándose en el ramo que ya está un poco desarmado.
―No sé qué ha pasado Mérida. No sé si hice algo mal. Si es así perdóname.
―¿¡Enserio!? ¿chocolates y flores? No tenía idea de que fueras tan romántico ―le digo con sarcasmo, mientras sonrío.
Patrick me mira interrogativamente, como preguntándose por la Mérida que salió de la oficina hecha un lio hacía tan solo unas horas atrás.
―Lo siento; no debí irme así ―le digo un poco avergonzada―, entremos y te cuento por qué todo el drama.
―No voy a mentirte; esa tía te ha dicho la verdad. Pero eso fue hace mucho tiempo Mérida. He cambiado. No eres otra chica más.
―No sé qué creer Patrick, la verdad me hubiese gustado escuchar que todo era mentira, que Lisa es hija de una amiga de la familia y que tuvieron que darle el empleo aunque no aprobó la prueba psicológica, que inventa cosas, que habla sola y que ve duendes en los servicios higiénicos, pero todos hacen la vista gorda porque con ese tema de la inclusión laboral debían tener al menos un empleado con problemas psiquiátricos en nómina, pero es cierto lo que ha dicho, no se lo ha inventado y… ―hago una pausa― quiero confiar en ti Patrick, pero…
―No te lastimaré. Te lo prometo. Por favor confía en mí. Te amo y no quiero perderte.
Me levanto de un salto
―Pondré las flores en agua ― “Te amo” ha dicho “te amo” ¡joder! ¿Qué le pasa?
―¿Cómo supiste que me encantan los lirios? ―le pregunto mientras salgo de la cocina con las flores puestas en un jarrón con agua.
―Es que el otro día mientras dormías entré a la habitación donde pintas. Había muchos lirios en tus pinturas. Ah, son hermosas, por cierto. Espero que no te moleste que haya entrado sin tu permiso.
―No, para nada. No me molesta. Bueno, las pinturas son… Son rostros de las chicas, ya sabes, con las que sueño.
―¿Nunca has tratado de investigar quiénes son?
―La verdad es que no. Siempre había tenido la idea de que las había inventado mi subconciente. Nunca había soñado con ninguna chica que conociera hasta que soñé con Jada.
»No me había planteado la posibilidad de que fueran reales y que de verdad las hayan asesinado. Llevo un par de años soñando con ellas. Son como unas cincuenta, no las he pintado a todas, no las recuerdo a todas. A veces me despierto y sé que he tenido una de estas pesadillas, pero solo recuerdo fragmentos, y el rostro de la chica es borroso, pero otras veces el sueño es crudamente real; siento los cortes, la mano apretándome la garganta hasta que quedo sin aliento…
Patrick mira al piso
―No estoy loca ok.
―Oh no, sé que no estás loca, si lo estuvieras tendríamos que despedirte, la ley no nos permite tener más de un empleado que hable solo y vea duendes en los sanitarios. ―Suelto una carcajada, él sonríe ¡joder! ¡Esa maldita sonrisa! ―no estás loca, la verdad es que, eres perfecta. Desesperadamente desordenada, impulsiva y sarcástica, pero… perfecta.
Se me acerca y me acomoda un mechón de cabello detrás de la oreja. Me sonrojo.
―Qué sincero. Bueno tu no estas mal. Digo, eres algo estirado y cursi, pero soportable ―Lo miro a los ojos.
¡Joder! ¡Qué guapo es! Tiene ojos verdes aceituna enmarcados en unas pestañas tupidas. Su olor es.. Siempre huele demasiado bien, su perfume tiene un tono amaderado simplemente exquisito. Pienso en todo esto mientras él me besa en los labios. Me separo un poco y le digo:
―Tengo hambre, no he almorzado.
―Eso es, por mucho, lo más romántico que me has dicho ―Se levanta del sofá ―te voy a preparar algo que te vas a…
―No. No quiero que te vayas a la cocina, quiero que estés aquí, ordenemos algo, así me das un masaje mientras llega la comida ―le digo mientras me doy la vuelta y me masajeo el cuello indicándole cómo hacerlo
―Está bien. Pero no comeremos pizza.
―Sí me das un masaje puedes pedir caviar si quieres ―Saco un chocolate de la cajita y le quito el envoltorio.
A los cinco minutos de ordenar la comida tocan el timbre.
―Eso fue rápido ―dice Patrick. Se levanta y abre la puerta
―Ah, eres tú.
―¡Johnny! Me legra verte ―digo con emoción, me levanto y lo saludo con un beso en la mejilla.
―A mí también Mérida. Habíamos quedado para cenar hoy. ¿Se te olvidó? ―dice Johnny con reproche. Se le siente muy enojado
―Sí, lo siento no lo recordé. Discúlpame, Johny, tengo tantas cosas en la cabeza. Te lo compensaré sí.. ¿Qué tal si cenamos aquí hoy y mañana almorzamos?
―Sí, como sea ―dice Johnny con cara de disgusto mientras se afloja la corbata y se sienta a mi lado.
Patrick mueve el sillón al centro, acercándolo al sofá se sienta y enciende la tele. Se les nota que no se soportan, pero tratan de ser diplomáticos.
*******
Es jueves. El dia que Patrick debía volver a Francia. O al menos eso fue lo que le dijo a Theodora. Patrick me había contado que Teodora era su asistente, su mano derecha, quien lo ayudaba a llevar los asuntos de la agencia de publicidad.
―Es una señora de cuarenta y cinco años, bajita y regordeta. No tienes de que preocuparte
―Ah, me estas queriendo decir que si yo fuera bajita y regordeta no estarías conmigo, que superficial eres ―le dije en tono burlón. Nos reímos.
Pero entre tantas cosas que habíamos hablado, no me dijo si se iría hoy o no. Entro a la oficina esperando ver su rostro, como si hubiesen pasado años y no unas cuantas horas.
―¡Señora Eleonor! ¡qué gusto verla! ―digo al entrar mientras inspecciono rápidamente la oficina en búsqueda de Patrick. Él no está.
―Igual querida. Necesito que me pongas al día por favor. Trae los artículos que se publicaron esta semana. Si hay alguno que no me agrade le jalaré las orejas a Patrick.
―Patrick ―Pienso en voz alta sin darme cuenta. Me aclaro la garganta―. Si, el joven Patrick estuvo supervisando cada artículo que se escribió, se los traeré. Me dirijo al archivador. Saco algunos folders y los pongo sobre el escritorio de Eleonor.
―Prepararé café ―digo como si a Eleonor se interesara. Me acerco a mi escritorio y reviso mi teléfono. No hay mensajes de Patrick. El día se me hace infinitamente largo.
Al salir escucho una voz femenina que me llama desde la recepción. En el mostrador hay un gran arreglo floral con crisantemos y lirios. Me acerco.
―Señorita Mérida, esto es para usted. Le dije al mensajero que su oficina quedaba arriba. Pero me dijo que recibió órdenes estrictas de dejar el arreglo en recepción hasta que usted bajara ―explica la señora Smith, recepcionista de la revista.
Cojo la tarjetita que decía. Si, soy cursi, “Culpable”. Pero sé que te encanta que lo sea. Hay un auto afuera. Te llevara a mi departamento. Patrick.
Antes de salir le envío un mensaje de texto:
«¿Eres tú el de las flores y el auto estacionado afuera? Con tanto psicópata por ahí tengo que estar segura»
«Si. Soy yo»
Responde Patrick rápidamente.
Camino hacia la salida cargando el pesado arreglo de flores, en lo que me asomo, un hombre vestido de traje se me acerca.
―Yo llevaré eso señorita Mérida ―Me retira el arreglo de las manos―. Sígame ―Abre la puerta del copiloto de un auto muy parecido a los de hombres de negro y pone el arreglo floral delante del asiento. Me abre la puerta de atrás y me dice:
―Adelante ―Señalando hacia adentro con su mano. Me asomo y ahí está: Patrick
Me siento a su lado y lo saludo con un beso en los labios.
―¿A dónde vamos? ―le pregunto
―A mi departamento.
―¿tu departamento? pero si vives en Francia.
―¿Y dónde crees que me quedo cuando vengo de visita?
―Pues pensé que te quedabas con tu madre.
―oh no. Esa mujer es insoportable ¿no crees?
Hemos llegado a su departamento y es un lugar hermoso, tiene piso de madera y muebles modernos con diferentes tonos de grises y negro. Elegante como se esperaría de él y demasiado ordenado por supuesto.
Entra, se lava las manos en la cocina que está en el mismo ambiente que la sala separada de esta por un desayunador con encimera de mármol negro. Me sirve una copa de vino y dice que iría al baño.
Le doy un sorbo al vino y lo escupo en la copa. No me gusta el vino. Debería decírselo en algún momento.
Me siento en un enorme mueble modular negro. Lleno de cojines grises, echo el vino en un macetero y pongo la copa vacía en la mesita de centro. Patrick se sienta a mi lado y me jala poniéndome de espalda a él. Me hace el cabello a un lado y me da un masaje en el cuello. Empieza a besarme en la nuca y la espalda. Se detiene y me dice:
―No te he traído aquí con esas intenciones. Te traje para tener una cena elegante ―dice mientras se levanta. Me toma de la mano y me guía hacia el comedor que está decorado con velas y flores.
―Ah, pero primero debes cambiarte.
―Pero no traje nada que ponerme.
―Te compré algunas cosas. Puedes elegir lo que te guste.
―¿¡enserio!? ¿Me compraste ropa?
―y zapatos también ―Nos reímos.
―No era necesario. Pudiste enviarme un mensaje diciéndome que llevara ropa para cambiarme.
―Si, pero eso me hubiese quitado el factor sorpresa. La ropa está en mi habitación. Puedes cambiarte ahí. ―dice señalando la puerta.
Entro a la habitación. Está irritantemente ordenada. La cama es enorme y sobre ella hay cuatro mudas de ropa, incluyendo zapatos. Bueno, la verdad es que tiene buen gusto; pienso mientras reviso cada muda. Opto por un vestido blanco estilo griego con un escote que deja al descubierto los hombros, brazos y parte de la espalda, va atado por la parte posterior del cuello. Es de una tela ligera y me llega un poco más arriba de las rodillas, lo combino con sandalias doradas.
Salgo de la habitación y Patrick está poniendo la mesa, sirve tres platos.
―¿Quién vendrá? Le pregunto mientras me acerco al comedor.
Patrick me mira y se aclara la garganta mientras pone una botella de vino en el centro.
―¿ya podrías dejar de verme como un idiota?
―Es que estás hermosa. Claro, tú siempre estás hermosa, pero, ese vestido, es una pasada. Quien lo haya elegido tiene buen gusto ―dice y poniendo cara de presunción.
―Si, ya enserio. ¿Quién nos acompañará? ―pregunto inquisitivamente. Entonces suena el timbre.
―Ya está aquí ―dice mientras va rápidamente hacia la puerta.
―Madre, me alegra que hayas podido venir.
―¿¡Mérida!? ―dice Eleonor con gran sorpresa en su rostro
―Hola señora Eleonor.
Eleonor le lanza una mirada interrogativa a Patrick que dura un segundo. Luego vuelve a mirarme y me dice:
―Me alegra verte querida. Bueno, nos vimos hoy en la oficina; me refiero a que me alegra que nos acompañes hoy a cenar.
―Gracias señora Eleonor. También me alegra que nos acompañe ― ¡Mentira! me aterra su presencia, es decir, como jefa puedo manejarla, pero como madre de mi novio, no lo sé. Aunque ha salido de su evidente sorpresa y se está comportando de forma muy amable
―La cena está servida. ¿Nos sentamos? ―dice Patrick.
Mientras comemos, conversamos de todo un poco. Me la estoy pasando de maravilla y no me lo creo. Me había imaginado a Eleonor preguntándonos hasta donde pensamos seguir con esto. Insinuando de alguna forma cruel, que una secretaria es poca cosa para el futuro heredero de la fortuna de los Strong. La había imaginado mirándome con desdén cuando cogiera el cubierto equivocado para comer los platos elegantes preparados por Patrick , pero al parecer, la relación romántica entre su hijo y su secretaria, no está entre las preocupaciones de Eleonor.
Eleonor y yo nos hemos sentado en el sofá viendo fotos de la infancia de Patrick que tiene guardadas en su teléfono. Me río a carcajadas con cada anécdota.
―Por dios, son las once. Debo irme ―dice Eleonor.
―Madre sabes que puedes quedarte. Tienes algo de ropa por ahí.
―Está bien, me quedaré. Pero solo porque aún no le he contado a Mérida sobre tu época de rockero; quiso aprender a tocar la guitarra, pero lo obligué a tomar clases de piano ―agrega Eleonor dirigiéndose a mí.
―Eso suena interesante ―le digo con complicidad.
Patrick alza los brazos como en señal de rendirse y dice:
―Claro, termina con la poca dignidad que me quedaba madre. Las dejaré solas un rato para que puedan burlarse mejor de mis sueños de púbero.
Eleonor entra a la cocina, sirve dos copas de helado y se sienta cerca de mí. Después de contarme acerca de los años de rebeldía de Patrick. Hace una pausa, mira al piso, se quita los lentes mientras saca de su bolsillo un pañuelo blanco de seda, su rostro se llena de tristeza. Limpia sus lentes, se los pone nuevamente. Me mira a los ojos y me dice:
―Es un buen chico Mérida. Ha cometido muchos errores, un montón para serte sincera. Hizo cosas de las que se arrepiente, todavía lidia con las consecuencias. Pero sé que te quiere. Me dijo que estaba saliendo con alguien y que quería que la conociera hoy, ha estado tan feliz esta última semana. No pensé que fueras tú, pero me alegra.
Sus palabras me hacen sentir una presión en el pecho.
―Señora Eleonor yo...
―Eleonor, puedes llamarme Eleonor.
―Eleonor, no sé qué decirle, yo…
―No tienes que decir nada querida. Solo sean felices y trata de entenderlo, déjalo darte sus razones por favor, no lo sentencies sin antes escucharlo. Bueno, mañana hay que ir temprano a la oficina. Así que me iré a dormir. Buenas noches
―Buenas noches Eleonor, que descanse.
No sé qué pensar acerca de lo que Eleonor acaba de decirme. En pocas palabras me ha advertido que me enteraré de cosas acerca de Patrick que no son nada lindas, ¿qué tan graves pueden ser las cosas que hizo para que Eleonor me esté preparando para el momento en que las sepa? ¿Cuándo me contará Patrick los secretos de su pasado? Me recuesto en el sofá y miro mi teléfono. ¡joder! Johnny; había quedado con él para cenar hoy y tengo un montón llamadas perdidas suyas. Lo llamo, pero no contesta. Intento un par de veces más y nada.
―Lo siento. Se me presentó algo. ¿Me disculpas?” ―le escribo en un mensaje.
Enciendo la tele y veo una peli de esas post apocalípticas.
En algún momento debí quedarme dormida en el sofá y Patrick debió llevarme cargada a su habitación porque he amanecido en su cama. Él no está, son las seis. Me ducho, y me pongo la ropa del día anterior que está en la habitación. Lavada y planchada y por supuesto perfectamente doblada. También hay ropa interior nueva. A Patrick no se le escapa ningún detalle. Pienso mientras me calzo mis balerinas turquesas.
Salgo de la habitación, Patrick y Eleonor desayunan en la cocina.
―Buenos días Mérida ―dice Eleonor―, apúrate querida, desayuna. Debemos irnos.
Patrick me sirve café, jugo de naranja y tostadas con queso y huevo.
Al salir del trabajo me voy directo a ver a Johnny. No contesta mis llamadas ni mis mensajes.
Johnny vive en una casa, en zona suburbana a unos cuarenta y cinco minutos del centro de la ciudad por lo que tomo un taxi. Al llegar recuerdo que ya llevo un par de semanas sin visitarlo; ahora que estoy saliendo con Patrick he abandonado nuestra amistad. Entiendo que esté algo enojado. He comprado pizza, pero ahora creo que fue mala idea porque se ha enfriado. Me bajo del auto y me dirijo a la entrada.
Toco la puerta y miro a mi alrededor notando que el jardín está un poco abandonado. Aunque Johnny no es de regar las plantas, cocinar, lavar o hacer ningún otro oficio del hogar, sé que tiene personal para realizar esos trabajos. Pero su casa se ve un poco descuidada, eso no es habitual. Toco nuevamente.
―Ah miren quien decidió aparecer ―dice Johnny al abrir la puerta
―Discúlpame Johnny. Se me presentó algo. He traído una ofrenda de paz ―digo levantando la caja de pizza. Johnny enarca una ceja.
―¿Hawaiana? ―pregunta.
―Americana, le respondo.
―Entonces sí, estas perdonada. Porque si me traías pizza con trozos de piña podías dar media vuelta y largarte ―dice en tono juguetón cambiando su semblante.
―No entiendo que tienen contra la pizza con piña, si es la mejor combinación del mundo ―refuto mientras cruzo la entrada.
La casa de Johnny se ve igual por dentro que por fuera; un tanto desordenada, pero sigue siendo acogedora, siempre me había resultado un ambiente familiar, no es la típica casa de un chico soltero, es esa casa de revistas en la que quisieras criar a tus hijos y envejecer junto a tu esposo. Al pensar en esto automáticamente viene Patrick a mi mente.
Johnny me cuenta que había logrado una venta increíble. Era un edificio de oficinas cuyo estacionamiento se había incendiado hacia un tiempo.
―Era una locura lo que ocurría con este edificio, supuestamente no estaba apto para ser habitado, pero puedes creer que vivían personas ahí. Eran inmigrantes que trabajaban en una fábrica textil. Vivían como animales; más de diez personas por oficina. El dueño de la fábrica es un empresario acaudalado que los hacía trabajar horas y horas al día solo por comida y techo.
― ¡Joder! ¿quién haría algo así? ―digo después de escuchar atentamente todo lo que Johnny me cuenta. Parece un niño pequeño contándole a su madre que hubo una pelea en la escuela. Se le oye impactado, emocionado, sus palabras salen atropelladas de sus labios.
―Y eso no es todo, lo peor es que encontraron un cadáver en el estacionamiento ―agrega―, una llamada anónima alertó a la policía y cuando los oficiales llegaron descubrieron a las personas que vivían allí. Todos niegan haber visto antes a la chica o saber que le sucedió. Pero toda esta situación del cadáver expuso lo de los inmigrantes. Enseguida se puso en venta el edificio, nadie ofertaba, los dueños del doble de lo que pedían.
―Claro ¿quién puede resistirse a tus encantos? Venderías refrigeradores en el polo norte si quisieras. ―Nos reímos.
El sábado muy temprano recibo un mensaje de Patrick:
―Te presenté a mi madre. Te toca.
―¿quieres conocer a mi madre? ―le pregunto intrigada
―Si (carita sonrojada)
―Claro. Te la presentaré algún día cuando venga a visitarme
―No lo has pillado. Me refería a hoy. ¿Qué te parece si la tomamos por sorpresa?
―¿Hablas enserio? (carita soprendida)
―Muy enserio
―Está bien. Aunque sé que solo son excusas para verme
―Alquilaré un auto. Paso por ti a las diez
―Vale.
CAPITULO 10
Son casi dos horas de viaje hasta el pueblito a afueras de la ciudad que me vio crecer.
No puedo evitar ponerme melancólica durante el trayecto. A medida que avanzamos, los bosques tupidos de pinos van dando paso a grandes extensiones de planicie; llanuras manchadas de diferentes tonos de verde, marrón y amarillo pálido.
En cierto punto del camino aparece en la carretera una isleta con una larga fila de estrellas llameantes, aunque estas no florecen hasta verano, ya se pueden ver algunos destellos de su característico color morado, entonces, un círculo de pinceladas amarillas, moradas y verdes que rodean un frondoso árbol en el medio de una redoma, nos dan la bienvenida. Hemos llegado.
A medida que nos adentrámos en el pueblito, recreo en mi mete escenas de mi infancia recortadas en pequeños fragmentos que no llegan a esbozar una anécdota en particular; parecen más bien un collage formándose súbitamente en mi cabeza.
―¿izquierda o derecha? ―pregunta Patrick interrumpiendo bruscamente mi instante de retrospectiva.
―Izquierda ―contesto y mientras el auto gira en dirección a mi casa, que se encuentra a tan solo unas cuantas cuadras, mi corazón empieza a saltar dentro de mi pecho. Patrick toma mi mano acariciando suavemente el dorso de esta con su dedo pulgar.
―¿Estás bien? ―me pregunta con tono de preocupación sin dejar de ver el camino frente a él.
¿Es tan evidente el cúmulo de emociones que revolotean dentro mí?
―Es ahí ―le digo señalando la casa, dejando en el aire la respuesta a su pregunta.
Patrick suelta mi mano para maniobrar, se estaciona y apaga el coche.
―¿¡Mérida, por Dios, eres tú!? ―grita mi madre al verme. Obvio que sabe que soy yo, pero tengo tanto tiempo sin visitarla que la pregunta hasta parece lógica. Me abraza y le saltan las lágrimas.
―Siento no haber venido antes mamá. Te extrañé mucho.
―Yo también hija ¿Y quién es este joven tan apuesto? ―pregunta rompiendo el abrazo y limpiando las lágrimas que corren por sus mejillas.
―Es Patrick, y es el responsable de que esté aquí sin avisar.
A mi madre se le ilumina el rostro.
―Mucho gusto Patrick. Disculpa todo el drama, soy un poco sentimental, lloro con facilidad.
―Ya veo de donde lo ha sacado Mérida ―responde Patrick mientras estrecha la mano de mi madre. Ella sonríe.
―Traje algunas cosas señora Rodríguez. ¿puedo usar su cocina?
―Claro cariño, sígueme. Ah y puedes llamarme Betty por favor. Dice mi madre dirigiéndose a la cocina. Patrick la sigue cargando las bolsas con víveres.
Mientras Patrick y mi madre conversan acerca de la frescura de los vegetales cual dos señoras, yo subo a mi habitación. Está igual que siempre excepto por la estantería vacía. Llevé conmigo todos los libros, aunque ya había leído cada uno de ellos al menos un par de veces.
No tener amigos me había dado un pase especial a mundos de fantasía, de islas misteriosas, tesoros enterrados y viajes bajo el mar. Muchas veces estuve en medio de terribles venganzas, mentiras descubiertas y amores prohibidos. Tenía una compañera de aventuras que escuchaba atenta cada historia: mi madre. ¡me he alejado tanto de ella! Y no me he detenido a pensar en el daño que esto le hace.
No soy capaz de darle un beso en la mejilla y decirle un te quiero, de esos que se sueltan espontáneamente porque salen del alma y el alma no pide permiso para decir “te quiero”. Me he vuelto incapaz de mostrarle afecto y no puedo explicar por qué. Muchas veces quise decirle la trillada frase “no eres tú, soy yo” pero no lo hice, la dejé pensar que me alejé por su culpa, que era ella la que había hecho algo mal. ‘
Hoy vi surcos en su piel que antes no estaban, su mirada luce cansada, aunque apenas tiene cuarenta y dos o cuarenta y cinco ¡joder! Ni siquiera se su edad. También ha perdido unos kilos y la dulzura de esa vocecita aguda que acunaba mis sueños de niña ha menguado.
Nunca la había visto así: batida, derrotada. Ni siquiera cuando trabajaba planchando ropa de día y como mesera en un bar por la noche para pagar las cuentas, todo porque el maldito que la embarazó siendo una niña de dieciséis años no tuvo huevos para asumir sus responsabilidades. Ella salió adelante sola y jamás la oí quejarse o culpar a otros por la vida que le tocó.
La primera vez que le pregunté por qué no tenía papá me dijo que a veces la vida nos quita cosas que en realidad no necesitamos. Fue la última vez que le hablé del tema. La voz de Patrick al otro lado de la puerta me saca de mis pensamientos.
―Mérida, ¿estás ahí?
―Si, ya salgo.
Bajamos las escaleras en silencio. Tomo la mano de Patrick y dejo escapar un suspiro.
Almorzamos y nos sentamos en el porche. Tomamos café y por supuesto Patrick está teniendo su revancha. Él también está disfrutando de las anécdotas de mi infancia y de mi adolescencia, estas últimas más vergonzosas que las primeras. Ríe a más no poder mientras mi madre le cuenta del día que me puse papel higiénico en el pecho porque a todas las chicas de mi edad se les había desarrollado el busto menos a mí. Todavía hoy me veo tentada a poner relleno en mi brasier.
Patrick y yo nos acostamos en la pequeña cama de mi habitación, él se ha quedado dormido apenas cerró los ojos pero yo no puedo conciliar el sueño así que bajo a la cocina a prepararme un té.
―¿tampoco puedes dormir? ―Pregunta mi madre mientras entra a la cocina.
―No. La cama es muy pequeña. Y Patrick duerme a sus anchas.
―Me parece que es un buen chico ―dice mi madre
―Lo es ―le contesto mientras cojo dos tazas y las coloco sobre la encimera.
―Siento no haber venido, ni haber llamado ―digo cortando el incomodo silencio que se ha extendido por unos segundos.
―No te preocupes Mérida, sé que estás ocupada con tus cosas entiendo que…
―No, no es justo ―le interrumpo―, ha estado mal que no te llamara. No finjas que no. Se que es así y…
―Tengo cáncer ―Ahora me interrumpe ella a mí en el momento justo en que yo estoy levantando la taza para entregársela, la dejo caer por la impresión.
―¿estás bien cariño? ―pregunta mi madre mientras busca un paño para secarme.
―Sólo me he quemado un poco, no es nada. Mamá ¿hace cuánto lo sabes? ¿Ya comenzaste el tratamiento? Perderás el cabello, te sentirás mal, pero te recuperarás. Cuando la detección es temprana no pasa nada. Me mudaré contigo y te acompañaré a…
―Está en fase cuatro Mérida
―¿y eso qué significa?
―Que ha hecho metástasis, está en todo mi cuerpo no hay nada que hacer ―dice con demasiada serenidad para las palabras que está pronunciando
―No mamá, tenemos que buscar una segunda opinión, a veces se equivocan, tenemos que…empiezo a sollozar y no puedo terminar la frase. Me dejo caer de rodillas sosteniéndome apenas de la encimera, no puedo estar en pie, ella se arrodilla a mi lado y me abraza.
Aquí esta mujer; a la que había dejado de ver, a la que no había llamado en meses: consolándome como a una niña pequeña, cuando soy yo quien debiera consolarla a ella. Lloramos, lloramos a más no poder. Terminamos en el sofá compartiendo una taza de té y poniéndonos al día de todo lo que ha ocurrido en nuestras vidas durante los pasados meses.
―¿y ya se lo has dicho? Me pregunta entrecerrando los ojos.
―¿el qué? ¿a quien?
―a Patrick, ¿le has dicho que lo amas?
― ¡Mama!
―Te conozco hija. Lo miras de una forma especial. Se cuando estás enamorada. ¿lo alejarás también a él?
Suspiro y me quedo pensando en sus palabras.
********
Al día siguiente me despierto, busco mi teléfono y veo la hora: las once menos diez. Dormí toda la mañana. Patrick no está a mi lado. Salgo de la habitación y bajo las escaleras tratando de no hacer ruido, pero es imposible los viejos escalones rechinan solo de mirarlos.
Al entrar en la cocina encuentro a Patrick, ha hecho el desayuno y por supuesto ha limpiado el té derramado y los pedazos de la taza rota de anoche.
―Han estado hablando hasta muy tarde anoche. Tu madre aun no despierta.
―Si, seguro está bastante cansada.
Termino de desayunar y subo a preparar nuestras cosas para regresar. Bajo con la pequeña maleta que habíamos llevado ya lista para irnos. Me he puesto vaqueros, camiseta negra y unas vans rojas. Me recojo el pelo en una cola de caballo.
―Estoy lista ―le grito a Patrick desde la sala, mientras me pongo unos lentes oscuros sobre la cabeza.
―¿ya se van? Dice mi madre con tristeza. Bajando las escaleras
―Sí mamá ya nos vamos, pero prometo que vendré el otro fin de semana. Te llamaré cuando lleguemos. ―¡Te quiero! ―Me sale del alma mientras la abrazo.
―Yo también cariño.
―Fue un placer Betty. Seguro nos veremos pronto ―le dice Patrick a mi madre dándole un beso en la mejilla y un abrazo
―Claro cariño, eres bienvenido siempre. Con o sin Mérida dice mi madre con una sonrisa en sus labios.
******
De vuelta en la ciudad, nos hemos venido al departamento de Patrick, me he quedado dormida enseguida. Despierto a media noche. He dormido todo el día. Patrick duerme a mi lado. Me levanto y salgo de la habitación. Recorro el departamento con curiosidad, hay otras dos habitaciones. Entro a una de ellas; tiene una cama pequeña, un closet y un escritorio. Intento entrar en la otra habitación, pero está cerrada con llave. Recuerdo que, al lado del reloj, en la habitación principal hay un llavero. No sé por qué siento la necesidad de abrir esa puerta. Así que voy por las llaves. Pruebo con un par de estas sin resultados positivos. La tercera abre la puerta.
Entro y no puedo creer lo que ven mis ojos; una de las paredes de la habitación está llena de fotos de chicas, hay unos quince rostros diferentes y recortes de periódicos donde se reportaba la desaparición o la muerte de estas mismas chicas, hay también un escritorio con fotos, fotos de cadáveres. Y aunque esto es lo suficientemente macabro, hay algo en especial que me resulta más perturbador.
En esa pared hay una fotografía de Jada, y de la chica con la que había soñado hacía unos días y de la chica con la que soñé el mes pasado. Conozco todas las caras en esa pared a todas las había visto morir en mis sueños.
Estoy boquiabierta, petrificada sin saber que hacer, empiezo a sollozar, no puedo calmarme, me tapo la boca con mi mano en un intento por callarme, temo despertar a Patrick. Mi teléfono suena, está en el bolsillo de atrás de mis vaqueros, lo saco rápidamente, lo pongo en silencio y fotografío toda la habitación. Vuelvo a poner mi teléfono en el bolsillo.
―Puedo explicártelo Mérida ―Patrick ha entrado a la habitación cerrando la puerta tras de sí
―¿¡Qué me vas a explicar? ¿Por qué tienes todo esto? ¿pues te diré lo que parece, me parece que son trofeos, Patrick, si, tienes todo esto para recrear lo que les has hecho a estas mujeres. Por eso te acercaste a mí, porque de alguna u otra forma estoy conectada a ellas. Como supiste de los sueños, como sabias que yo las vi morir que te vi violarlas, que te vi matarlas de las formas más enfermizas posibles
―Mérida, ¡No! ―dice Patrick mientras se me acerca
Me doy cuenta de que lo que estoy pensando es una locura, pero entonces alcanzo a ver algo debajo de un montón de papeles; la prueba irrefutable de que Patrick está metido en todo esto.
―Hola Mérida ―el doctor Black me saluda en cuanto entro en la habitación ―¿cómo han estado?― Hemos estado mejor ―le contesto―¿Alguno quiere hablar hoy?―Anya. Anya siempre quiere hablarle, pero ya sabe cómo se pone―Pues escuchemos a Anya.La sesión con el doctor Blake transcurre con normalidad, he podido desahogarme respecto a la ansiedad que me ha causado el viaje que haré hoy. Anya se ha quejado de que no ha tenido sexo en mucho tiempo, habló de Harley otra vez y de cómo lo rechacé cuando se me declaró.―Quise que fuera solo sexo, pero siento que no puedo estar sin ti, Mérida. Dame una oportunidad, que tengas un hijo con Patrick no quiere decir que tengas que estar con él ―fueron las palabras de Harley. Pero yo fui tajante―Lo siento Harley, amo a Patrick y no sé si pueda amar a alguien más de esa fo
Regreso los álbumes a su lugar y cierro la casa. Harley permanece aún sentado en las escaleras que dan del porche hacia la salida.―Vamos ―le digo con autoridad y el se levanta enseguida.Harley ha estacionado su auto justo enfrente de mi casa. Espero a que el suba para que abra el seguro y subo en el asiento de adelante. He guardado la foto de Johnny en mi bolsillo.―Y ¿a dónde vamos?―A casa de Johnny―¿y eso dónde es?―tú conduce, yo te guío.Harley se limita aconducir sin hacer más preguntas. Por lo menos le advertí que me comportaría de forma extraña. En mi cabeza se gesta una discusión entre Sofía y Dante―¿Sabías de esto? ―le pregunta Sofía a Dante.―¿Cómo iba a saberlo? Esto es tan extraño para mí como para ti. Pensé que Johnny nos cuidaba
―Llévame a mi departamento por favor ―le digo a Patrick mientras me pongo el cinturón de seguridad. Él me mira confundido ―quiero estar sola, por favor― le lanzo una mirada un poco borde.No sé por qué me siento de esta forma. Solo quiero llegar a casa, dormir un poco y olvidarme de las personas por un buen rato.*******Estoy en mi departamento, sola, tal como quería. Pero estar sola no me ha hecho sentir mejor, al contrario. No puedo dormir, cambio de canal cada dos minutos y me muerdo las uñas sin parar. Me fulmino a mí misma con preguntas como ¿Por qué el arma que guardaba en mi departamento es de Johnny? ¿Se la he pedido yo? ¿Él me ha sugerido tenerla? Y si es así ¿con qué intención?―No ha hecho nada malo ―dice Dante mientras yo me planteo todas estas incógnitas―¿Quién?
Escucho pasos ingresando a la casa al trote. Abro los ojos y veo a cinco uniformados entrar. Apuntan sus armas hacia Olivia por un par de segundos. Ella todavía apunta el arma hacia el cadáver de Ryan, pero en cuanto nota la presencia de los oficiales, se asusta, tira el arma y se sienta en el piso. Llora con desespero.Una mujer del grupo de policías enfunda su arma y se acerca Olivia, se pone a su nivel arrodillándose frente a ella―Tranquila nena, todo estará bien ―le susurra y la abraza. Otro ofivial se acerca al arma tirada en el piso y la patea lejos de Olivia.Dos personas alejan a Patrick de mí y me revisan. Miro el cadáver de Ryan, no puedo dejar de verlo, hasta que apuntan a mis ojos una pequeña linterna.Ryan ha muerto y pensar en ello hace que me recorra un aire de satisfacción. No solo me alegra que Ryan esté muerto, también siento alivio por no hab
Camino por la vereda que da hacia una casa descuidada. No recuerdo haber estado aquí antes. Todos los recuerdos de Ryan que han venido a mi mente hasta ahora, ocurrieron en mi casa, donde se supone que debía estar segura.Me detengo frente a la casa sin saber qué hacer. Golpeo a la puerta y no sale nadie. Golpeo una vez más y en un par de minutos sale Ryan. Me observa con cara de satisfacción.―Creí que ya no vendrías más ¿Estás sola? ―recorre el panorama con su mirada y se detiene en el auto―Es mi auto, es nuevo ―le digo. Y con un ademán me indica que entre ―Cambié de opinión ―le digo estando dentro de la casa, fuerzo la voz para que se escuche grave, cómo la de Sofi.La idea principal era que Sofi se acercara a Ryan. Mi forma de actuar tal vez no se parezca a la de ella y eso podría causar suspicacia en Ryan. Pero Sofi está aterra
Salgo de mi departamento y al dar un par de pasos hacia las escaleras recuerdo que se me ha pasado por alto un pequeño detalle. No tengo auto. No tengo idea de dónde está mi auto. Camino de regreso a mi departamento. Lo último que recuerdo es haber estado en el departamento de Patrick, llegué ahí en mi auto nuevo. No tengo idea de cómo llegué casa de Ryan , solo sé que volví en el auto de Patrick . ¡Joder! “tomaré un taxi” pienso antes de poner la mano en la manilla de la puerta, me doy media vuelta y avanzo hacia las escaleras, me detengo frente a una puerta. No he querido detenerme, mi cuerpo se ha plantado ahí sin mi consentimiento.―Creemos que un auto prestado sería mejor que un taxi ―dice Anya. He sabido que es ella, su voz, es diferente a la de Dante y a la de Sofi; tiene una calma y despreocupación impregnada en cada una de sus palabras. Comp