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Los Comentarios Me salvaron De La Muerte.
Los Comentarios Me salvaron De La Muerte.
Penulis: Ferrari

Capítulo 1.

Penulis: Ferrari
Había trabajado como ginecoobstetra durante casi diez años, por lo que conocía bien los riesgos y el dolor que enfrentan las mujeres durante el parto.

Y como Isabella White era mi mejor amiga, no dudé ni un instante cuando recibí su llamada.

—Kayla, ¡se me rompió la fuente y el dolor es insoportable, como si me partieran en dos! ¡Necesito que vengas al hospital ahora mismo! ¡Quiero que seas tú quien reciba a mi bebé! —Su voz temblaba sin control.

Corrí de vuelta al hospital mientras intentaba tranquilizarla.

—No entres en pánico. Ya voy en camino. ¿En qué sala de partos estás?

—¡En el quirófano tres! El doctor Miller y el equipo ya están listos. ¡Te están esperando para recibir al bebé!

Seguí corriendo hacia el edificio, chapoteando en los charcos; el agua embarrada salpicaba mis pies con cada paso.

Justo cuando estaba a punto de pasar junto a una alcantarilla abierta, una línea de texto en movimiento apareció de repente ante mis ojos. Las palabras, de un azul pálido y semitransparente, parecían los mensajes flotantes de un videojuego. Permanecían suspendidas justo por encima de mi campo de visión y se desplazaban siguiendo la dirección de mi mirada.

«No entres a la sala de partos».

«Isabella ya perdió al bebé. No quiere que atiendas su parto; solo está buscando un chivo expiatorio».

«Su esposo, el jefe de la mafia, estallará de furia y te matará con sus propias manos».

«Y no serás la única en peligro: toda tu familia sufrirá las consecuencias de su ira».

Miré fijamente esas palabras mientras mi corazón latía con fuerza en mi pecho.

Isabella había sido mi mejor amiga durante quince años. ¿Por qué querría hacerme daño?

En ese instante, escuché a unos transeúntes murmurar cerca de mí:

—¿Viste a esa embarazada en el hospital? Estaba perdiendo muchísima sangre. Era aterrador. No creo que hayan podido salvar al bebé.

—Esa embarazada conducía un Ferrari rojo de edición limitada. Se nota que es alguien importante. ¿Por qué habríamos de preocuparnos nosotros por los problemas de los ricos?

Lo extraño era que Isabella tenía exactamente ese mismo Ferrari rojo de edición limitada. Solo había unos pocos en todo el mundo.

En ese momento, mi teléfono volvió a vibrar. Isabella me había enviado un mensaje de voz.

—Kayla, ¿ya estás aquí? Estoy teniendo contracciones cada tres minutos. Tengo mucho miedo... ¿Podrías venir lo antes posible? Mi esposo llegará en cualquier momento y quiere agradecerte personalmente.

Al escuchar el llanto contenido en su voz, un escalofrío me recorrió la espalda.

Apreté el teléfono con fuerza, con mis uñas clavándose en las palmas de mis manos. ¿De verdad podía existir una coincidencia así en este mundo?

Además, desde que Isabella quedó embarazada, la familia de su esposo, los Clark, le había dado prioridad absoluta y había contratado a un equipo médico de primer nivel para cuidarla. ¿Por qué necesitaría precisamente mi ayuda para dar a luz en ese momento?

Mientras reflexionaba sobre ello, las advertencias que parpadeaban ante mis ojos me parecían cada vez más reales. Si entraba a la sala de partos, me convertiría en el chivo expiatorio y terminarían responsabilizándome de la pérdida del bebé. No me atreví a seguir pensando en esa posibilidad. Cuanto más vueltas le daba al asunto, más intensa se volvía la angustia que me invadía.

A unos tres metros de distancia había una vieja alcantarilla de mantenimiento, de poco más de un metro de ancho. La cinta de precaución se había soltado por el viento y las luces no funcionaban, por lo que era casi imposible distinguir el peligro en medio de la oscuridad de la noche.

Respiré hondo y tomé una decisión rápida. Como aquel texto parpadeante había indicado que Isabella quería tenderme una trampa, no tenía más remedio que arriesgarme.

Mientras no entrara a esa sala de partos, ella no tendría forma de responsabilizarme por la pérdida del bebé.

Clavé la mirada en la alcantarilla y fingí tropezar con unas piedras sueltas al borde del camino. Me tambaleé hacia adelante, agitando los brazos mientras perdía por completo el equilibrio.

—¡Ah! —Mi espalda chocó contra el borde de concreto en el fondo de la alcantarilla, y mi pantorrilla derecha se golpeó contra un trozo de varilla de metal que sobresalía, provocándome un dolor agudo. Todo mi cuerpo se estremeció, y mi rostro quedó cubierto de sudor frío mezclado con barro.

El teléfono salió disparado de mi mano y cayó en el agua lodosa a unos pasos de distancia. La pantalla seguía encendida mientras las llamadas de Isabella continuaban entrando.

Me quedé allí tendida, sin mover ni un solo músculo.

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