LOGINCarlo metió la cabeza bajo la ducha y apoyó las manos sobre los azulejos fríos, como si eso pudiera darle un poco más de perspectiva a las muchas inquietudes que le rondaban la mente. El juego que su mujer estaba jugando le era completamente desconocido y precisamente por eso tenía que permanecer en guardia.
Había sido distinto siete años atrás, ella era una coqueta estudiante universitaria y él un idiota que la había embarazado, sin embargo esa no había sido la razón por la que se había casado con ella, le resultaba agradable, era una buena compañera para el estilo de vida que llevaba la familia Di Sávallo, era excepcionalmente buena como anfitriona y tenía unos modales exquisitos, exactamente lo que se esperaba de una dama de sociedad. Pero el nacimiento de Stefano lo cambió todo, Aitana había afianzado sus amarras y la buena vida fue entonces como la había imaginado. Se perdió entre casas de moda, viajes de retiro espiritual y tres o cuatro tarjetas de crédito ilimitadas.
El niño pasó a ser un objeto decorativo para ella, y no habían servido de nada las súplicas o los reclamos de Carlo para que estuviera pendiente de él. Y por último, cuando una demanda de divorcio se hizo inminente, se las había ingeniado para salir embarazada de nuevo y allí estaba Maya como testimonio de que un hombre podía tropezar más de una vez con la misma piedra.
Sin embargo ya era tiempo de sacar esa piedra del camino, y si antes se había negado a hacerlo, ahora Carlo estaba dispuesto a darle todo el dinero que quisiera para que los dejara a él y a sus hijos en paz.
Dos toques en la madera y luego el sonido de una puerta al abrirse con suavidad lo sacaron de su ensimismamiento. Stefano y Maya habían hecho su oído lo suficientemente fino y sabía que nadie más en la casa se atrevía a entrar a su recámara sin su consentimiento, de modo que cerró la ducha, se envolvió como pudo en una toalla y se preparó para la batalla.
— ¿Te he dado yo permiso para que invadas mi privacidad?
Aitana había pasado media tarde con Maya en brazos paseando por la casa, tratando de aprenderla, de ubicarse en aquel laberinto de salas, habitaciones y corredores. No podía quedarse en el cuarto de los niños a dormir y no sabía precisamente cuál era su recámara… o si se suponía que debía dormir con su marido.
Borró aquel pensamiento de su cabeza con tanta rapidez como lo había formulado. Carlo Di Sávallo era un medio para un fin, una forma de conocer, localizar y arreglar como pudiera la vida de su hermana. No debía mirarlo, no podía mirarlo, sin embargo aquel hombre medio desnudo al que le corría el agua desde los cabellos mojados la dejó en el puesto, inmóvil y encima, muda.
— ¿Voy a tener que ponerle seguro a la puerta de mi habitación de nuevo?
— ¿Qu… qué?
— No quiero que entres en mi cuarto, Aitana, te lo he dicho mil veces. No hay nada aquí que no hayas visto, o que necesites ver de nuevo.
Solo entonces se dio cuenta de que lo había estado mirando como una idiota, ¡y hasta había balbuceado!
— Vístete por favor. — le pidió dándose la vuelta y acercándose a la ventana — Solo vine porque hay algunas cosas que quisiera consultar contigo.
Era mentira, sencillamente necesitaba saber dónde iba a dormir y le había dicho a una de las empleadas que había perdido algo en su habitación. La mujer la había llevado directo a aquella puerta, pero por las palabras de Carlo era evidente que se había confundido.
— Tú no acostumbras a consultar nada.
— Entonces es hora de cambiar de métodos. Creo que no nos haría mal probar uno nuevo.
— ¿Un nuevo método para qué, Aitana? ¿Para que logres meterte de nuevo en mi cama? No, gracias.
— Por Dios, Carlo. ¿Quién quiere seducirte? — se volvió para enfrentarlo pero no esperaba que estuviera tan cerca. Retrocedió y se apoyó en el marco de la ventana mientras el hombre la estudiaba con detenimiento.
Había algo distinto en ella, Carlo podía sentirlo en su ansiedad, en el nerviosismo con que se aferraba al alfeizar o la forma en que desviaba la mirada para que no se encontrara con la suya. Lo presentía en la forma fresca y perfecta de sus labios, y esta vez fue él quien retrocedió. Su instinto le decía que Aitana era una mujer de cuidado.
— Tienes muchas fotos aquí. — dijo apartándose del médico para tomar una fotografía de él y los niños. A lo largo de la pared había innumerables imágenes de Carlo y sus hijos en cada cumpleaños, partiendo el pastel, soplando las velas y midiendo la altura de los festejados en una de las vigas de una glorieta del lago.
— ¿Por qué no está Lia…? ¿Por qué hay ninguna foto mía aquí? — preguntó.
— Si hubieras estado presente seguro habrías salido en las fotos, pero como comprenderás no se puede fotografiar tu llamada telefónica.
— ¿De veras me los he perdido todos? — murmuró con tristeza.
— ¡Santa Madre! No me digas que esta es tu epifanía, Aitana, porque sinceramente, no te creo.
— No. — respiró hondo y tomó una decisión — No es una epifanía pero supongo que tengo un poco más claras las cosas. Por ahora quiero consultar contigo lo referente al cumpleaños de Stefano, es en dos días y tengo toda la intención de celebrárselo como Dios manda.
— ¿Voy a tener que contratar al Circo del Sol?
— No, vas a tener que traer a toda la familia, incluyendo a su abuelo materno.
— ¿A tu padre? — Carlo la miró con desconfianza — ¿Por qué ibas a querer saber de él ahora, después de que te abandonó cuando eras una niña?
Aitana arrugó el entrecejo y apretó las mandíbulas sin tener modo seguro de contestarle sin decir una barbaridad. Su padre no la había abandonado, la había criado como una mujer respetable y con principios, algo de lo que al parecer Lianna estaba muy lejos. No comprendía como podía haber mentido de aquella manera sobre su padre, pero fue fácil imaginar que su madre viviera en tan precarias condiciones y que, muy posiblemente, Carlo no tuviera idea de que tenía una gemela.
— Carlo, solo sígueme la corriente, por favor, déjame ocuparme del cumpleaños de Stefano, trae a tu familia y yo me encargo de mi padre. No voy a prometerte el cielo porque a estas alturas imagino que no me creerás nada, pero voy a hacer esto y no quisiera que fuera a tu disgusto. — firme sin ser grosera, se dijo, tal como lidiar con una novia nerviosa el día de la boda.
— Nada que puedas hacer por mi hijo me disgusta. Haz lo que quieras. — aceptó él con seriedad.
— Gracias. — Aitana dejó la fotografía sobre la mesa y se dirigió a la puerta con decisión — Y Carlo… por favor no me hagas la grosería de tener un plan de respaldo.
El hombre se mesó los cabellos mojados y arrugó el entrecejo.
— ¿Por qué piensas que tendría un plan de respaldo?
— Porque yo lo tendría.
Sonrió, cerrando la puerta tras de sí, sonrió porque le habían bastado unas horas para descifrar el carácter reservado y hosco de Carlo, porque le bastarían unos días para dominarlo.
Carlo respiró hondo cuando la vio salir y sin embargo eso no le produjo la sensación de tranquilidad –aún momentánea- que en otras ocasiones había sentido al verla alejarse.
Esta vez Aitana no había hecho nada por acercarse, nada por seducirlo, al contrario, si la vista no le fallaba podía apostar cualquier cosa a que la había visto sonrojarse al encontrarlo medio desnudo.
— Olvídalo. — se dijo en voz alta, como si eso lo ayudara a convencerse— Nada ha cambiado, y ella no dejará de ser una gran manipuladora.
Epílogo—¿Estás lista para esto? —preguntó Carlo dos días después, tomando la mano de Aitana mientras entraban en la estación de policía.—Sí. Tengo que terminar con esto de una vez —declaró Aitana armándose de valor.Hans había sobrevivido a la caída, pero por más que los médicos habían intentado ayudarlo, había quedado inválido. Ya no sería una amenaza para ellos, pero Carlo había preferido que se quedara en una institución donde pudieran cuidar de él como lo necesitaba.Por otro lado, solo por estar en un escándalo que involucraba a los Di Sávallo, el Colegio de abogados le había retirado la licencia para practicar, pero lo que sucediera con él, dependía de lo que Aitana quisiera hacer.El jefe de la estación,
Carlo no era capaz de describir el terror que se había acendrado en su alma al ver a Aitana en aquella cornisa. Solo dio gracias a Dios que tuviera la entereza suficiente como para distraer a Hans. Le importó muy poco que lo besara, solo que le diera el tiempo para alcanzarla y ponerla a salvo.Tampoco pudo describir la sensación de paz cuando la tuvo entre sus brazos, a salvo, con una barrera de hombres entre ellos y el psicópata de Hans. La dejó ocultar la cara en su pecho y la abrazó con fuerza mientras lo miraba. No iba a dejar que la tuviera nunca más, que la asustara nunca más.Pudo ver la determinación en sus ojos, era un hombre enfermo después de todo, y ninguno de sus hombres logró alcanzarlo antes de que saltara. Cuando el cuerpo de Hans chocó contra una de las camionetas estacionadas abajo, Carlo sintió que el el cuerpo de Aitana se relajaba por completo.Le ech
Aitana no sabía precisamente qué estaba pasando por la cabeza de Carlo, ni la de Hans ni la de nadie, pero sintió alivio cuando se vio encerrada de nuevo en el baño. Estaba mareada y se sentía débil, pero era mejor que estar con Hans y con su madre.Sabía que Carlo no se quedaría tranquilo sabiendo que estaban en peligro, así que solo tenía que esperar, solo tenía que esperarlo. No había pasado ni una hora cuando el escándalo afuera la hizo levantarse llena de esperanzas. Pero cuando la puerta se abrió de par en par, la persona que entró fue la que menos esperaba.Hans la tomó el brazo con fuerza, lastimándola, y la sacó del baño.—¡Recoge todo, nos vamos! —exclamó mientras miraba a todos lados como si estuviera loco.—¿Qué…? ¿Mi madre…? ¿El dinero&hell
—Corre. Aquella era una palabra simple y estaba llena de agresividad, de odio y de un resentimiento infinito. Y se escapaba entre los dientes apretados de Ilenia como si fuera veneno. Habían ido al primer banco que tenían cerca del motel y el mismo gerente los había recibido en sus oficinas al saber que iban a hacer dos depósitos millonarios. Varios asesores internos se habían acercado para ayudar con los trámites, y en el mismo segundo en que el primer fajo de billetes había sido ingresado a la máquina de contar, la sonrisa del gerente general pareció atornillarse a su cara. Hans estaba demasiado entusiasmado o estaba demasiado loco para darse cuenta, pero a Ilenia no le pasó desapercibido aquel gesto, y en el mismo segundo en que un par de hombres de traje entraron en el banco se dio cuenta de que todo estaba perdido. Habían cometido un error. Miró los billetes desparramados entre un escritorio y cuatro máquinas de contar, y se dio cuenta de que ya
Carlo sintió que se le cerraba la garganta mientras veía a Aitana alejarse a paso rápido, y Fabio llegó hasta él, sosteniéndolo porque parecía que se iba a desmayar de un momento a otro.—¿Tú también oíste lo que dijo…? ¿Lo escuchaste…? —dijo apoyándose en la pared mientras palidecía.—No —dijo su hermano—. No pude escuchar nada pero ¿qué te dijo Aitana?—Dijo que no había querido lastimar a mis hijos… ¡a ninguno de los tres! —exclamó Carlo y Fabio abrió mucho los ojos.—¡Santa m13rd@! —se espantó Fabio—. De todos los momentos ¡¿tenía que ser ahora?!Carlo se mesó los cabellos, desesperado.—Tenemos que sacarla ya, Fabio. No puedo dejarla ni un minuto más con esa gente.
Aitana sintió un peso en el estómago en el mismo momento en que salió de aquella oficina. Solo podía esperar a que Carlo entendiera su mensaje, pero más importante, esperaba que hiciera algo al respecto pronto.Evadir a Hans esa noche fue extremadamente difícil, y solo lo logró haciendo algo que detestaba: comió todo lo que le daba asco y vomitó en sus zapatos pocos minutos después.—¡Tienes que llevarme a un médico! No me siento bien, por favor —le suplicó, pero estaba bastante segura de que no conseguiría nada con eso.—Ya estamos muy cerca de terminar con todo. Mañana a las ocho tendremos nuestro dinero y nos iremos para siempre —siseó Hans—. Entonces te llevaré al médico que quieras… solo espero por tu bien, Lianna que lo que tengas sea un virus, porque si te me apareces con otra cría del mil







