Se connecterTres semanas después, Valery se detuvo en la esquina de la acera y alzó la mirada para detallar la enorme edificación de vidrio y concreto que se erguía frente a ella.
—Bien, aquí estoy —se dijo, algo nerviosa.
Por solidaridad, su amigo y abogado, Trevor Jenkins, la ayudó a conseguir un mejor empleo en la sede central del Grupo Estratégico Dawson, una consultora de alto nivel que era una de las más confiables y rentables de la ciudad.
Apenas tenía dos años de haberse graduado en la universidad y ocuparía un puesto por el que se necesitaba más de cinco de experiencia y en una de las empresas más importantes de Seattle.
Miró su reloj de muñeca, notando que había llegado quince minutos antes. El movimiento hizo que la manga de su chaqueta bajara mostrando las cicatrices de los últimos correazos que le había propinado su madre.
Con premura la acomodó para ocultarlas y lanzó ojeadas precavidas a los alrededores asegurándose que nadie las hubiera visto.
Luego se irguió, acomodándose con una mano sus cabellos oscuros y lacios que caían con suavidad sobre sus hombros. Cruzó la calle aparentando una seguridad férrea.
—Tranquila —murmuró para sí misma, luego de atravesar las puertas giratorias y encontrarse dentro de la elegante recepción—. Este es un trabajo cualquiera, igual a otros que has llevado a cabo. Puedes hacerlo —se mintió.
Aquel no era «un trabajo cualquiera», era «EL TRABAJO», con todas las letras en mayúsculas. La oportunidad de su vida.
El empleo que la ayudaría a pagar todo lo que le exigían los Contreras por la protección de su padre en prisión, así como los gastos de los trámites legales que hacía a escondidas con ayuda de Trevor para sacarlo de ese infierno.
Se acercó al escritorio de recepción con paso firme y mirada decidida. Brenda, la recepcionista, la recibió con una sonrisa profesional demasiado perfecta. Ya se habían conocido antes, mientras ella acudía como aspirante al cargo a las entrevistas.
—Valery Roswell. ¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer sin modificar su expresión.
—Me llamaron para el trabajo. Comienzo hoy.
Brenda arqueó las cejas, sorprendida, y tomó el sobre que habían dejado los de Recursos humanos en su mesa abriéndolo con premura.
—Vaya. De verdad lo lograste. No me lo esperaba —expuso con petulancia al confirmarlo con los documentos que estaban dentro—. Lo digo porque había muy buenos candidatos.
La competencia por el cargo había sido feroz, se presentaron aspirantes que poseían una extensa experiencia, con currículos tan inflados como las deudas que Valery poseía.
Que ella alcanzara el puesto, al ser tan joven y casi recién salida de la universidad, era un milagro.
—Sí. Como ves, resulté ser la mejor —respondió, buscando impregnar sus palabras de arrogancia.
Nunca había sido tan altiva, pero si quería desde ya hacerse respetar en ese lugar debía hacerlo.
El Grupo Estratégico Dawson solo contenía en su nómina a los mejores profesionales y ella, por tener tan poca experiencia, podía aparentar no estar del todo a la altura.
—Espero lo resistas —dijo la recepcionista—. Aunque te advierto que no será fácil, el CEO es… difícil. No da segundas oportunidades.
Valery sonrió, asumiendo un semblante de superioridad para demostrar que esas palabras no podían afectarla. «Difícil» era su vida y ella la enfrentaba día a día sobreviviendo a cada una de sus pruebas.
Luego de días de largas y difíciles entrevistas, desde ese momento asumiría el cargo de asistente ejecutiva de Isaac Dawson, el CEO del Grupo. Sería su mano derecha operativa, quien organizaría su agenda y reestructuraría sus prioridades.
Muchos grandes empresarios consideraban el criterio de ese hombre como palabra sagrada, confiaban en él con los ojos cerrados, por tanto, su labor allí sería muy importante.
—Esta será tu credencial —informó Brenda entregándole el carnet que la identificaba como empleada de alto nivel, que los de Recursos humanos habían enviado en el sobre—. Cuando estés dentro del edificio úsalo siempre colgado de tu ropa, en un lugar visible. Tiene un chip interno con el que puedes acceder a todas las oficinas y salones, es tu llave maestra. No lo pierdas o tendrás que pagar una multa por uno nuevo. Además de obtener una penalización por crear un pequeño caos en la empresa, ya que habrá que cambiar todos los códigos de acceso por seguridad.
Valery asintió y firmó el libro de entregas sosteniendo luego el carnet con firmeza. Como si este fuese un crucifijo bañado en agua bendita que la salvaría de los demonios.
Atravesó las puertas de seguridad y caminó hacia los ascensores forzando su optimismo.
Subió hasta el piso veinte, donde se ubicaban las oficinas de Presidencia, pero el ascensor llegó demasiado rápido para su gusto. Cuando las puertas se abrieron, el ambiente cambio.
Allí había mucho silencio y un intenso aroma a lavanda. La pulcritud era exagerada y la gente se movía de un lado a otro como si fuesen piezas de ajedrez con las que se realizaban jugadas bien coordinadas.
Se presentó ante la secretaria, quien enseguida le entregó un cuaderno grueso que contenía el orden de trabajo del CEO y la hizo entrar en una oficina amplia, minimalista e intimidante.
Toda la pared del fondo era de vidrio y a través de ella se mostraba una buena parte del dowtown de la ciudad con la bahía al fondo.
Frente al cristal y con su mirada fija en las intrincadas calles, se hallaba un hombre alto, de hombros anchos y caderas estrechas, vestido con un traje impecable y oscuro hecho a la medida.
Hablaba por móvil, pero al escuchar que alguien entraba enseguida cortó la llamada y giró la cabeza.
Tenía el rostro anguloso y los cabellos castaños bien peinados; su apariencia era varonil y atractiva, con la mandíbula poblada por una suave barba.
Valery quedó por un instante paralizada al recibir su mirada. Su ceño estaba muy fruncido y sus ojos grises parecían un arma de rayos láser capaz de desintegrar cualquier soberbia.
Su frialdad la erizó. Sus iris tenían un tono similar al de un cielo encapotado de nubes oscuras que presagiaban una tormenta peligrosa.
—Señor Dawson, esta es la nueva asistente ejecutiva. La señorita Valery Roswell —anunció Clarisa, la secretaria.
Él se giró por completo hacia ella, encarándola, y avanzó un par de pasos con la lentitud propia de un depredador que acechaba a su próxima víctima.
—Valery Roswell —repitió él, repasándola de pies a cabeza con seriedad—. Llegas tarde para ser tu primer día.
Ella se irguió, tratando de mantenerse serena a pesar del estremecimiento general que la voz gruesa y potente del hombre le produjo.
—Disculpe, señor Dawson, son las ocho y cuarenta y cinco de la mañana. Me citaron para las nueve.
Él no se inmutó.
—Entonces, llegaste tarde para prepararte. Se necesita media hora para adaptarse a un nuevo ambiente y más si es el primer día.
Ella parpadeó, confusa, y arqueó las cejas. ¿Iban a empezar de esa manera?
Al regresar a la empresa, Valery pensó que las cosas marcharían mejor con su jefe luego de aquella reunión, pero no, Isaac Dawson siguió siendo el mismo sujeto exigente y asfixiante que todo lo pedía a medias y con días de retraso.En una ocasión, la obligó a dejar lo que hacía porque él necesitaba «para ayer» que duplicara un grueso informe que necesitaba evaluar. Ella obedeció resignada y, al estar en la fotocopiadora, se topó con un empleado de Recursos humanos que trabajaba en otra máquina duplicando diversos documentos.Él la recordó de las jornadas de entrevistas, por eso le sonrió con complicidad.—Hola, ¿cómo te ha ido con el puesto de asistente ejecutiva?Valery captó un rastro de burla en sus palabras. Eso le molestó y le recordó a Brenda, la recepcionista, y a sus amigas, quienes ansiaban que Isaac cayera para que el tal Román Dawson ocupara el cargo de CEO solo porque era muy generoso con ellas.—Muy bien, la verdad. Hoy…Tuvo intención de contarle sobre la invitación a un
Valery se obligó a mantener la calma para dar las respuestas necesarias. Procuró no pensar que tenía frente a ella a dos CEOs millonarios, poderosos y dueños de las empresas más rentables de Seattle, sino a un par de exigentes profesores universitarios ansiosos por llevarle la contraria solo para ponerla a prueba.—Danny Foods no está quebrada. El problema es que intentan venderla como una empresa estable cuando en realidad se sostiene de una deuda a corto plazo. La marca funciona, la distribución sigue siendo fuerte y todavía tienen buenos contratos regionales, pero el precio que piden fue calculado con cifras infladas.—¿Infladas, cuánto? —exigió Rebecca con el ceño fruncido.—Entre un quince y un veinte por ciento.Valery sacó el informe de su maletín y lo abrió en una página en especial.—Mire esto. Están usando inventario que casi no rota para aumentar el valor de activos. Además, movieron parte de la deuda operativa a largo plazo para que el flujo de caja pareciera más saludable
Llegaron a un restaurante elegante, discreto y exclusivo. Del tipo al que asistían grandes empresarios e inversores para tomar decisiones importantes en medio de copas de vino o platos de caviar, sin que nadie los molestara.El cliente interesado en adquirir Danny Foods era Rebecca Reynolds, una mujer alta, atractiva y sofisticada que poseía una sonrisa calculada.Al ver a Isaac, su expresión se iluminó. Enseguida se levantó de la mesa para darle un beso de apenas un toque en los labios y un abrazo apretado.Valery se detuvo a un paso de distancia mirando con cierto asombro la forma íntima y cariñosa con que se saludaron. Era evidente que entre ellos había algo más que una simple relación entre cliente y asesor empresarial.—Isaac, no sabes cuánto me alegra que hayas podido venir —expresó la mujer manteniéndose más cerca de lo necesario.—Tenemos firmado un contrato que señala ciertos privilegios. Nunca me negaría.Pero entonces, Rebecca descubrió la presencia de Valery e hizo una pau
Un par de días después, Valery llegó temprano al edificio del Grupo Estratégico con su café en mano, como lo había hecho todos esos días, pero se detuvo de golpe en la puerta de la oficina al encontrar algo inesperado: Isaac Dawson ya estaba allí.Se había quitado la chaqueta del traje y reordenó las carpetas que ella había dejado listas la noche anterior para revisarlas siguiendo el orden que a él le gustaba.—Buenos días, Valery. Hoy llegaste tarde.Ella entrecerró los ojos.—Llegué con más de cuarenta minutos de antelación, señor.—Pero no es suficiente. Ya tengo diez minutos trabajando aquí y sin mi asistente.Ella respiró hondo para llenarse de paciencia y entró dejando el café sobre el escritorio. Isaac enseguida lo tomó para darle un trago.—Bien, agenda del día —empezó, sacando su tableta de su bolso—: reunión con finanzas a las diez, llamada con proveedores a las once y treinta y revisión de contratos pendientes. Eliminé dos encuentros innecesarios de esta tarde.El hombre al
A la mañana siguiente, Valery llegó cuarenta y cinco minutos antes de la hora de entrada. Se había enterado por Clarisa, la secretaria, que Isaac solía llegar media hora antes a la oficina, pues ella decidió adelantarse.Cuando él apareció, ya tenía la agenda organizada, el café listo y los documentos preparados.—Buen día, señor Dawson. Ya está todo en orden para la reunión de hoy y el informe de finanzas que corrigió ayer fue enviado.Isaac la escuchó con los ojos muy abiertos, aunque no hizo ningún comentario. Entró y se concentró en reordenar las carpetas como le gustaba revisarlas.—Bien. Para la reunión te quiero conmigo en el salón, voy a necesitar de tu ayuda, así que prepárate.Ella se emocionó por la oferta. Estar en medio de la acción le permitiría mostrarle con mayor detalle sus capacidades.Cuando llegó la hora de aquel encuentro trabajaron como un equipo. Se complementaron sin haberlo preparado. Él hablaba y ella anticipaba facilitándole todos los datos e informes necesa
Las siguientes horas fueron un torbellino. Valery se movía rápido, sin ser suficiente. Su trabajo era hacerlo todo más eficiente, pero aquella empresa funcionaba como si fuese un tren fuera de control y sin nadie en la cabina de mando.En la mañana, solo se equivocó una vez, al enviar un correo electrónico a un destinatario incorrecto.No había sido algo grave, por suerte se trató de un empleado discreto, pero Isaac lo notó cuando entró a la oficina de ella y vio la copia del documento sobre su escritorio con el remitente tachado.—Cometiste un error —dijo masticando con rabia las palabras.—Lo siento, señor, pero ya está corregido. Envié el correo a la persona indicada y una disculpa a la otra.—Evita repetirlo. La información que manejo es confidencial, no puede caer en manos equivocadas.—No volverá a suceder, señor, pero cuando dicte cinco órdenes al mismo tiempo procure ser específico porque es mi primer día de trabajo. Aún no estoy familliarizada con nombres de personas y de emp







