LOGINLas siguientes horas fueron un torbellino. Valery se movía rápido, sin ser suficiente. Su trabajo era hacerlo todo más eficiente, pero aquella empresa funcionaba como si fuese un tren fuera de control y sin nadie en la cabina de mando.
En la mañana, solo se equivocó una vez, al enviar un correo electrónico a un destinatario incorrecto.
No había sido algo grave, por suerte se trató de un empleado discreto, pero Isaac lo notó cuando entró a la oficina de ella y vio la copia del documento sobre su escritorio con el remitente tachado.
—Cometiste un error —dijo masticando con rabia las palabras.
—Lo siento, señor, pero ya está corregido. Envié el correo a la persona indicada y una disculpa a la otra.
—Evita repetirlo. La información que manejo es confidencial, no puede caer en manos equivocadas.
—No volverá a suceder, señor, pero cuando dicte cinco órdenes al mismo tiempo procure ser específico porque es mi primer día de trabajo. Aún no estoy familliarizada con nombres de personas y de empresas.
—No estás en posición de darme consejos —rebatió irritado.
—Y usted no está en posición de desperdiciar a una asistente eficiente. Si no colabora, al menos, estos primeros días, podrían presentarse inconvenientes.
Aquellas palabras las dijo como si fuese una madre aleccionando a su hijo ansioso. Isaac la miró con una expresión de asombro y molestia al mismo tiempo, manteniendo un silencio que resultaba electrizante y volvía el ambiente pesado.
—Sigue trabajando —cortó con voz seca y enseguida regresó a su oficina.
Valery suspiró hondo. Aunque aquel trabajo era difícil, no debía rendirse. No podía hacerlo, pero a media tarde apareció otro inconveniente. Entregó el informe financiero con errores.
—¡Esto es inaceptable! —se quejó Isaac, dejando el documento de mala gana sobre su escritorio y golpeando la madera haciendo un ruido estruendoso—. ¡Esos datos no son reales!
—Esos fueron los datos que me enviaron del departamento de finanzas, señor.
—¡Están desactualizados! ¡Tu trabajo es detectar estos fallos!
—¡Mi trabajo es organizar la información que generan los departamentos para que llegue a usted de forma sintetizada, no adivinarla! —explicó ella con la voz más alta de lo indicado.
El hombre la miró pasmado unos segundos. Jamás le habían respondido de esa manera, utilizando su mismo tono de voz. De forma involuntaria bajó varios niveles su arrebato.
—Entonces, quizás no estás lista para este puesto.
A Valery esa acusación le dolió. Se irguió, procurando mostrarse segura de sí misma antes de hablar.
—Sí estoy lista, señor. El problema es que su equipo de trabajo no es confiable.
—¿Estás cuestionando la forma en que dirijo mi empresa? —preguntó él con la mandíbula prieta.
—Estoy señalando un problema, señor. Dijo que yo debería detectar los fallos y eso estoy haciendo. Los responsables del departamento de finanzas no revisan los informes que envían, porque saben que usted rápido los corrige ya que evalúa constantemente esos números, pero yo recién los veo. Lo que haré será comunicarme con ese departamento y exigir una revisión, y el pronto envío de la información correcta para reparar el informe.
Se miraron con tanta intensidad que parecía que estuviesen a punto de debatirse mano a mano.
—Necesito ese informe corregido ya, Valery. Están esperando desde hace horas la decisión que debo tomar frente a esos resultados —pidió eso último con un enfado visible.
Ella se asustó al ver el rostro enrojecido y tenso de su jefe, allí entendió que de verdad aquel error le había resultado un problema de mucha gravedad.
—Lo haré enseguida, señor —aseguró, y tomó con rapidez el documento errado para regresar a su oficina y arreglarlo.
Esa noche, Valery se quedó trabajando hasta tarde. No porque su jefe se lo hubiese pedido, sino porque quería ponerse al día con toda la información de la empresa para que no le sucedieran otros inconvenientes como los de ese día. No estaba dispuesta a perder ese empleo.
Se familiarizó con los clientes más importantes y con los proveedores y financistas de los que dependían a muerte. Terminó los informes que tenía pendientes para el día siguiente y los guardó en carpetas identificadas. Fue a ponerlos sobre el escritorio de su jefe, pero quedó paralizada al atravesar la puerta que comunicaba las oficinas.
Isaac Dawson todavía estaba presente.
Ella había estado tan concentrada en su trabajo, y él hacía el suyo de forma tan silenciosa, que no se percató de que aún estuviesen juntos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Isaac con desagrado.
Valery iba a explicarle, pero la imagen que tenía su jefe congeló su cerebro un instante.
Isaac ya no llevaba la chaqueta del traje puesta, ni la corbata. La camisa la tenía arremangada hasta los codos y los primeros botones abiertos revelaron su pecho bañado por un suave vello castaño.
Pudo apreciar las venas remarcadas de sus brazos y la forma en que la camisa se ajustaba a un torso ejercitado de músculos duros. Esa visión le alborotó un enjambre de avispas en el estómago, aunque se irguió para disimular su estado desconcertado y recuperar la cordura.
—Disculpe, señor. No sabía que aún estaba aquí.
—Y yo pensé que se había retirado con el resto del personal. El horario de los empleados es hasta las seis.
—Lo sé, pero… quería ponerme al día con la información de la empresa. Así no dudaba de nuevo de mis capacidades —dijo con seguridad, acercándose al escritorio para dejar las carpetas que había llevado.
—¿Qué es esto? —preguntó él con desconfianza, y vio los documentos como si fuesen artefactos electrónicos que contaban con un temporizador adaptado y un cartucho de dinamita.
—Son los informes que pidió para mañana. Ya están listos.
—¿Por qué los hiciste hoy?
—Porque usted todo lo quiere para ayer y ahora es el ayer de mañana.
Las facciones del rostro de Isaac se relajaron. Tomó las carpetas y comenzó a revisarlas una por una, en silencio.
—¿Te comunicaste con los departamento correspondientes para verificar estos datos?
—Sí, señor. Con cada uno.
—Bien. Si lo que buscabas era sorprenderme, te confieso que lo lograste —reveló, dejando las carpetas sobre el escritorio.
—En realidad, señor, no lo hice con intención de sorprenderlo, sino de adelantar trabajo para tener tiempo disponible y seguir revisando la información de esta consultora.
Él calló un momento, dedicándose solo a verla.
—Muy bien, haz lo que consideres necesario para que no vuelvan a suceder problemas como los de hoy. Para mí el tiempo es oro y cada minuto de atraso son miles y hasta millones de dólares que no solo pierdo yo, sino mis clientes.
—Le prometo que no volverá a suceder, señor —garantizó, dando media vuelta para volver a su oficina.
Al estar sola, sonrió satisfecha. Isaac Dawson no había alabado su trabajo, pero dijo que lo había sorprendido, eso le servía.
Sin embargo, su felicidad se cortó al oír que llegaba una notificación a su teléfono. Era un mensaje de texto de su madre.
«Me enteré que ya tienes un nuevo y mejor empleo. En tres semanas iré por el pago del mes. Espero cumplas o tu padre la pasará mal».
La rabia, el miedo y la desesperación le corrieron por las venas, amargándole el triunfo que había logrado aquel día.
Al regresar a la empresa, Valery pensó que las cosas marcharían mejor con su jefe luego de aquella reunión, pero no, Isaac Dawson siguió siendo el mismo sujeto exigente y asfixiante que todo lo pedía a medias y con días de retraso.En una ocasión, la obligó a dejar lo que hacía porque él necesitaba «para ayer» que duplicara un grueso informe que necesitaba evaluar. Ella obedeció resignada y, al estar en la fotocopiadora, se topó con un empleado de Recursos humanos que trabajaba en otra máquina duplicando diversos documentos.Él la recordó de las jornadas de entrevistas, por eso le sonrió con complicidad.—Hola, ¿cómo te ha ido con el puesto de asistente ejecutiva?Valery captó un rastro de burla en sus palabras. Eso le molestó y le recordó a Brenda, la recepcionista, y a sus amigas, quienes ansiaban que Isaac cayera para que el tal Román Dawson ocupara el cargo de CEO solo porque era muy generoso con ellas.—Muy bien, la verdad. Hoy…Tuvo intención de contarle sobre la invitación a un
Valery se obligó a mantener la calma para dar las respuestas necesarias. Procuró no pensar que tenía frente a ella a dos CEOs millonarios, poderosos y dueños de las empresas más rentables de Seattle, sino a un par de exigentes profesores universitarios ansiosos por llevarle la contraria solo para ponerla a prueba.—Danny Foods no está quebrada. El problema es que intentan venderla como una empresa estable cuando en realidad se sostiene de una deuda a corto plazo. La marca funciona, la distribución sigue siendo fuerte y todavía tienen buenos contratos regionales, pero el precio que piden fue calculado con cifras infladas.—¿Infladas, cuánto? —exigió Rebecca con el ceño fruncido.—Entre un quince y un veinte por ciento.Valery sacó el informe de su maletín y lo abrió en una página en especial.—Mire esto. Están usando inventario que casi no rota para aumentar el valor de activos. Además, movieron parte de la deuda operativa a largo plazo para que el flujo de caja pareciera más saludable
Llegaron a un restaurante elegante, discreto y exclusivo. Del tipo al que asistían grandes empresarios e inversores para tomar decisiones importantes en medio de copas de vino o platos de caviar, sin que nadie los molestara.El cliente interesado en adquirir Danny Foods era Rebecca Reynolds, una mujer alta, atractiva y sofisticada que poseía una sonrisa calculada.Al ver a Isaac, su expresión se iluminó. Enseguida se levantó de la mesa para darle un beso de apenas un toque en los labios y un abrazo apretado.Valery se detuvo a un paso de distancia mirando con cierto asombro la forma íntima y cariñosa con que se saludaron. Era evidente que entre ellos había algo más que una simple relación entre cliente y asesor empresarial.—Isaac, no sabes cuánto me alegra que hayas podido venir —expresó la mujer manteniéndose más cerca de lo necesario.—Tenemos firmado un contrato que señala ciertos privilegios. Nunca me negaría.Pero entonces, Rebecca descubrió la presencia de Valery e hizo una pau
Un par de días después, Valery llegó temprano al edificio del Grupo Estratégico con su café en mano, como lo había hecho todos esos días, pero se detuvo de golpe en la puerta de la oficina al encontrar algo inesperado: Isaac Dawson ya estaba allí.Se había quitado la chaqueta del traje y reordenó las carpetas que ella había dejado listas la noche anterior para revisarlas siguiendo el orden que a él le gustaba.—Buenos días, Valery. Hoy llegaste tarde.Ella entrecerró los ojos.—Llegué con más de cuarenta minutos de antelación, señor.—Pero no es suficiente. Ya tengo diez minutos trabajando aquí y sin mi asistente.Ella respiró hondo para llenarse de paciencia y entró dejando el café sobre el escritorio. Isaac enseguida lo tomó para darle un trago.—Bien, agenda del día —empezó, sacando su tableta de su bolso—: reunión con finanzas a las diez, llamada con proveedores a las once y treinta y revisión de contratos pendientes. Eliminé dos encuentros innecesarios de esta tarde.El hombre al
A la mañana siguiente, Valery llegó cuarenta y cinco minutos antes de la hora de entrada. Se había enterado por Clarisa, la secretaria, que Isaac solía llegar media hora antes a la oficina, pues ella decidió adelantarse.Cuando él apareció, ya tenía la agenda organizada, el café listo y los documentos preparados.—Buen día, señor Dawson. Ya está todo en orden para la reunión de hoy y el informe de finanzas que corrigió ayer fue enviado.Isaac la escuchó con los ojos muy abiertos, aunque no hizo ningún comentario. Entró y se concentró en reordenar las carpetas como le gustaba revisarlas.—Bien. Para la reunión te quiero conmigo en el salón, voy a necesitar de tu ayuda, así que prepárate.Ella se emocionó por la oferta. Estar en medio de la acción le permitiría mostrarle con mayor detalle sus capacidades.Cuando llegó la hora de aquel encuentro trabajaron como un equipo. Se complementaron sin haberlo preparado. Él hablaba y ella anticipaba facilitándole todos los datos e informes necesa
Las siguientes horas fueron un torbellino. Valery se movía rápido, sin ser suficiente. Su trabajo era hacerlo todo más eficiente, pero aquella empresa funcionaba como si fuese un tren fuera de control y sin nadie en la cabina de mando.En la mañana, solo se equivocó una vez, al enviar un correo electrónico a un destinatario incorrecto.No había sido algo grave, por suerte se trató de un empleado discreto, pero Isaac lo notó cuando entró a la oficina de ella y vio la copia del documento sobre su escritorio con el remitente tachado.—Cometiste un error —dijo masticando con rabia las palabras.—Lo siento, señor, pero ya está corregido. Envié el correo a la persona indicada y una disculpa a la otra.—Evita repetirlo. La información que manejo es confidencial, no puede caer en manos equivocadas.—No volverá a suceder, señor, pero cuando dicte cinco órdenes al mismo tiempo procure ser específico porque es mi primer día de trabajo. Aún no estoy familliarizada con nombres de personas y de emp







