MasukEsto tenía que ser una broma.
Addison permaneció junto a Maya al fondo de la sala Imperial mientras Hades Sinclair hablaba como si comprar hoteles fuera lo mismo que cambiar de camisa.
—Sinclair Crown Hospitality ha adquirido el Hotel Imperial junto con otras cuatro propiedades del corredor de Manhattan —anunció Hades con una calma que a Addison le pareció ofensiva—. La operación busca modernizar la cadena, integrar servicios y mejorar la rentabilidad.
Rentabilidad.
La palabra casi le arrancó una carcajada a ella.
A su alrededor nadie parecía tranquilo. Había empleados veteranos retorciéndose las manos, supervisores evitando mirarse y gerentes fingiendo tomar notas para ocultar el miedo. Una camarera mayor se había persignado dos veces y el encargado de mantenimiento no dejaba de mirar hacia la puerta.
Hades, en cambio, parecía tallado en piedra.
—Durante las próximas semanas habrá cambios en estructura, tecnología y personal. Quienes permanezcan recibirán nuevas funciones y capacitación.
Un murmullo recorrió la sala y Maya se inclinó hacia Addison.
—“Quienes permanezcan” sonó horrible.
—Porque lo es.
—Quizá solo habla como empresario.
—Ese es exactamente el problema.
Addison levantó la mirada justo cuando Hades hizo lo mismo. Sus ojos verdes encontraron los de ella con una precisión irritante. Él no sonrió, pero tampoco apartó la vista.
Arrogante.
Ella cruzó los brazos.
Hades sostuvo el contacto un segundo más antes de volver a la pantalla y continuar hablando de inversiones, remodelaciones y nuevos estándares. Addison apenas escuchó el resto. Solo veía a la gente a su alrededor preguntándose si podría pagar la renta el mes siguiente mientras aquel hombre hablaba de optimización como si detrás de las cifras no existieran vidas.
En cambio, Hades la había reconocido desde que entró.
El cabello rojo cobrizo estaba recogido en una cola alta y las pecas resaltaban bajo la iluminación blanca. Era pequeña, pero sostenía la barbilla con un desafío que hacía imposible verla como alguien frágil. También tenía un moretón mal cubierto en una mejilla.
Aquello lo irritó sin motivo.
¿Quién te hizo eso?
Descartó la pregunta de inmediato porque no era asunto suyo.
Llevaba años separando negocios y emociones, y Addison no debía ser una excepción. Aun así, siguió pendiente de la mujer que lo miraba como si quisiera lanzarle otra bebida.
Problema.
Eso era.
Una empleada problemática, nada más.
La reunión terminó cuarenta minutos después. Addison fue enviada con una supervisora a revisar un almacén del ala oeste, pero Recursos Humanos llamó a la mujer antes de llegar.
—Quédate aquí y verifica las cajas de lencería, alguien vendrá a buscarte —le indicó la supervisora.
Addison entró mascullando.
No había dormido, debía dinero a criminales y ahora tenía que contar sábanas mientras el hombre del whisky jugaba a conquistar Manhattan.
Maravilloso.
El almacén era estrecho, lleno de estanterías metálicas y con una única bombilla al fondo. Addison se agachó ante una caja cuando oyó abrirse la puerta.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó una voz que reconoció antes de verlo.
Ella cerró los ojos con irritación.
No puede ser.
Hades apareció entre las estanterías.
—¿Me está siguiendo? —cuestionó ella con molestia.
Él arqueó una ceja.
—Este hotel es mío.
—Qué conveniente.
—¿Siempre responde así?
—Solo cuando me hacen preguntas obvias.
La mirada de Hades se afiló, aunque Addison juraría que había diversión escondida debajo.
—Busco el panel secundario de climatización.
—Pues felicidades.
Ella volvió a la caja. Él pasó junto a ella y el pasillo era tan estrecho que su brazo rozó el suyo. Fue apenas un contacto y, aun así, Addison lo sintió como una descarga.
Ella se apartó con demasiada rapidez, Hades también lo notó, pero ninguno comentó nada. Entonces la luz se apagó. La bombilla murió, el ventilador dejó de sonar y el almacén quedó completamente negro.
Addison dejó de respirar.
No fue un miedo normal, fue algo viejo y brutal.
El almacén desapareció. Durante unos segundos volvió al día de su accidente, al automóvil deformado: metal aplastado, olor a gasolina, sangre en las manos, la pierna atrapada y el cinturón clavándosele en el pecho mientras golpeaba una puerta que no podía abrir.
—No... —susurró ella con pavor y Hades de inmediato se giró a verla.
—¿Addison?
Ella retrocedió hasta chocar con una estantería.
—Abre la puerta.
—Estoy buscando el picaporte.
—¡Ábrela! —gritó ella con la garganta apretada.
Su respiración se volvió corta y desordenada.
Hades dejó de moverse.
Ya no vio a la mujer insolente del bar ni a la empleada que lo había desafiado durante la reunión. Había pánico real en aquella voz.
—Addison, escúchame.
—No puedo...
—Sí puedes.
—No.
—No voy a tocarte.
Aquello atravesó el ruido dentro de su cabeza.
—¿Qué?
—No voy a acercarme hasta que me digas que puedo. —Hades sacó el teléfono y encendió la linterna, pero dirigió la luz hacia el suelo—. Mira la luz. Respira conmigo.
—No necesito...
—Por una vez, no discutas.
Ella habría querido insultarlo, pero no pudo.
Hades inhaló lentamente.
—Cuatro segundos.
Addison intentó seguirlo.
El primer intento fue un desastre, pero segundo, un poco mejor.
—Otra vez.
Él no hizo preguntas ni trató de sujetarla. Solo respiró con ella hasta que el almacén volvió a ser un almacén y no un coche destrozado.
—¿Puedo acercarme? —preguntó Hades.
Addison tardó unos segundos, pero finalmente asintió.
Él dio dos pasos y se detuvo frente a ella. De cerca era peor, mucho peor.
La linterna dejaba medio rostro de Hades en sombra. Addison aún tenía el pulso acelerado, aunque ya no sabía cuánto era por el ataque y cuánto por tenerlo tan cerca. Olía limpio, caro y peligrosamente agradable.
—¿Mejor?
—Un poco.
—¿Claustrofobia?
Addison bajó la mirada.
—Después de un… accidente.
Hades no preguntó cuál accidente, no quiso detalles y tampoco la miró con lástima. Eso a ella le gustó mucho más de lo que quería admitir.
—Gracias —murmuró.
La palabra pareció sorprenderlo.
—No sabía que podía decirla.
Addison alzó la vista.
—No arruine el momento.
La boca de Hades se curvó apenas y ahí estaba otra vez esa maldita sensación.
Calor, atracción y confusión.
Este hombre me desespera.
La puerta se abrió de golpe y ambos se separaron demasiado rápido. Un técnico apareció.
—Señor Sinclair, hubo una falla en el circuito.
—Ya lo noté.
Addison salió primero, necesitaba aire y distancia.
Hades la observó alejarse.
El movimiento de sus caderas consiguió llamar su atención de una forma completamente inconveniente. Su cuerpo reaccionó de inmediato y Hades tuvo que acomodarse el saco con disimulo para que no se notara.
Excelente.
Treinta y siete años, CEO de un conglomerado y ocultando una erección en un almacén porque una mucama pelirroja le había dado las gracias.
Era ridículo, aun así, no podía negar que la deseaba.
Le atraían aquellos ojos ámbar, las pecas, el temperamento imposible y, sobre todo, la contradicción entre su descaro y la vulnerabilidad que acababa de ver.
Ella era un enigma y, probablemente, una loca.
Una loca increíblemente atractiva a la que no volvería a ver cuándo terminara la reestructuración.
Eso debía ser todo.
Horas más tarde, Addison descubrió que el día todavía guardaba algo peor.
Los empleados fueron convocados por departamentos. Recursos Humanos repartió sobres y usó palabras cuidadosamente escogidas para disfrazar una realidad sencilla: despidos masivos.
Maya conservaba su puesto, Addison no.
La mujer de Recursos Humanos le entregó un sobre.
—Lo siento. Su posición será absorbida por el nuevo modelo operativo.
Addison miró el documento.
—¿Absorbida?
—Se automatizarán ciertos procesos y habrá redistribución de personal.
—Soy mucama. ¿Qué exactamente van a automatizar? ¿Las sábanas se cambiarán solas?
La mujer tensó la boca.
—La decisión viene de arriba.
Aquello bastó.
Todo lo acumulado desde la noche anterior se encendió de golpe: Dylan, Karen, las drogas, los préstamos, las amenazas, la beca y ahora aquello.
Addison no aguantaba más.
—¿Dónde está Sinclair?
Maya abrió mucho los ojos.
—Addison, no.
—¿Dónde está?
—En la sala ejecutiva, pero no hagas una locura.
Addison levantó el sobre.
—Ya me despidieron. ¿Qué van a hacer? ¿Despedirme otra vez?
Cruzó el pasillo ignorando a Maya y entró en la sala ejecutiva sin tocar. Hades estaba reunido con cuatro directivos y todos levantaron la mirada.
—Fuera —dijo Addison.
Uno de los hombres casi se atragantó y Hades la observó con absoluta calma.
—¿Perdón?
—Necesito hablar con usted.
—Estoy en una reunión.
—Yo estaba en un empleo.
Silencio y Hades cerró lentamente la carpeta que tenía delante.
—Cinco minutos —ordenó a los demás.
Los ejecutivos abandonaron la habitación y Addison lanzó el sobre sobre la mesa.
—¿Esto es suyo?
—Recursos Humanos gestiona las bajas.
—Qué cómodo.
—¿Qué quiere decir?
—Que compra un hotel, habla de rentabilidad, despide a gente que lleva años aquí y manda a otros a dar la cara.
—No conoce los números.
—Conozco a las personas.
—No es lo mismo.
Addison soltó una risa amarga.
—Claro, para usted solo somos cifras.
Hades se levantó despacio.
—Cuidado.
—¿Con qué? ¿Va a despedirme?
La mandíbula de él se tensó.
—No decidí su baja personalmente.
—Qué casualidad que ocurra un día después de tirarle whisky encima.
Hades la miró incrédulo.
—¿De verdad cree que manejo un conglomerado vengándome de camareras?
—No sé cómo maneja nada. Lo conozco desde ayer y ya tengo suficientes razones para pensar mal.
Él bordeó la mesa.
—Está descargando algo que no tiene que ver conmigo.
La frase dio justo donde dolía y a Addison los ojos le ardieron, pero no bajó la mirada.
—No sabe nada de mí.
—Sé que tiene un moretón en la cara, que casi sufrió un ataque de pánico en un almacén y que está lo bastante furiosa como para entrar aquí y echar a cuatro vicepresidentes.
Ella se quedó rígida.
—No vuelva a mencionar lo del almacén.
—Entonces deje de actuar como si yo fuera responsable de todo lo que le está pasando.
Addison avanzó.
—Hoy sí es responsable de algo —dijo ella y quedaron frente a frente—. De quitarme el trabajo.
Hades bajó la mirada hacia ella.
Era diminuta comparada con él y aun así no retrocedía.
Eso lo fascinaba.
—La reestructuración habría ocurrido, aunque nunca nos hubiéramos conocido.
—Qué alivio.
—Y si quisiera vengarme de usted, señorita Harper, encontraría algo bastante más creativo que eliminar un puesto.
Addison lo miró con rabia, aunque la misma tensión del almacén seguía allí, incómodamente viva.
—Es insoportable —murmuró ella.
—Me lo han dicho.
—Arrogante.
—También.
—Controlador.
—Eso depende.
—Insensible —espetó ella con rabia y aquella palabra borró parte de la diversión del rostro de Hades y algo Addison respiró con dificultad—. Lo odio.
Él inclinó apenas la cabeza.
—No parece.
Ella se quedó sin palabras por primera vez.
La mirada de Hades descendió durante un instante hacia su boca antes de regresar a sus ojos.
Addison lo notó y lo peor fue que tuvo que contener el impulso absurdo de acercarse.
¿Qué demonios me pasa?
Agarró el sobre con prisa y lo miró con odio puro.
—Váyase al infierno.
La esquina de la boca de Hades se levantó.
—Tengo entendido que lleva mi nombre.
Addison lo fulminó, dio media vuelta y salió cerrando la puerta con tanta fuerza que el cristal vibró.
Hades permaneció quieto unos segundos, después exhaló.
Completamente loca.
Temperamental, impulsiva, insolente y absolutamente fascinante.
La observó alejarse por el pasillo a través del cristal y algo en él se calmó cuando supo que nunca volvería a verla.
Y por alguna razón que no quiso analizar, la idea le desagradó profundamente.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







