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Author: Ornella Carey
last update publish date: 2026-10-15 01:04:46

La puerta del departamento de Addison sonó con fuerza esa noche.

Tres golpes secos la sacaron de su aturdimiento y ella no solo se tensó, sino que recordó la advertencia de Dylan. Así que algo en ella se tensó.

No abras la puerta, pensó con calma.

Pero los golpes volvieron de nuevo.

No eran golpes impacientes de un vecino ni el repiqueteo acelerado de Maya cuando llegaba sin avisar. Fueron tres nuevos golpes, espaciados, seguros. Como si quien estuviera afuera supiera que ella estaba dentro y no tuviera ninguna prisa.

Addison se quedó inmóvil en mitad de la sala.

Habían pasado unos minutos desde que finalmente llamó a la policía. La operadora le indicó que podía enviar una unidad para tomar una declaración preliminar, pero que tendría que acudir después a una comisaría con los documentos del fraude.

Ella tomó su teléfono de inmediato para llamar al alguien, pero una voz la detuvo.

—¿Señorita Harper? —preguntó un hombre desde el pasillo—. Solo queremos hablar.

Su estómago se apretó.

La policía no dice “solo queremos hablar”.

Addison miró el cuchillo que había dejado sobre la mesa y luego la puerta, todavía bloqueada con una silla. El corazón le golpeaba tan fuerte que podía sentirlo en la garganta.

—¿Quién es? —preguntó ella con firmeza y hubo un breve silencio.

—Personas a las que debe dinero.

El frío le recorrió los brazos y Addison retrocedió un paso.

—Yo no le debo dinero a nadie.

—Eso podemos discutirlo.

La voz seguía siendo tranquila y eso la asustó más que un grito, así que, con rapidez, le envió un mensaje a su mejor amiga.

Addison: Maya, hay hombres afuera de mi apartamento. No vengas. Llama a la policía.

Mandó otro mensaje a Reven, pero lo borró antes de enviarlo. No iba a asustarla sin saber qué estaba ocurriendo.

Los golpes volvieron, esta vez con más insistencia.

—Señorita Harper, abrir ahora sería más sencillo para todos.

—Ya llamé a la policía.

Esta vez oyó una risa apagada.

—Entonces deberíamos apresurarnos.

Addison sintió que la sangre se le iba del rostro.

La cerradura se movió y algo en ella se rompió. No intentaban derribar la puerta, alguien estaba usando una llave.

—¡¿Qué m****a?!

Ella agarró la silla y la presionó contra el picaporte mientras buscaba el cuchillo con la otra mano. La llave giró, pero el pasador resistió.

—Tiene treinta segundos para abrir —dijo otra voz—. Después hablaremos de otra manera.

Addison miró alrededor desesperada.

Vio las ventanas, recordó que estaba en un tercer piso y que escapar sería misión imposible. Lo peor era que la policía tardaría demasiado.

—¡Váyanse! —gritó ella con fuerza, rogando que sus vecinos la escucharan.

—Abra y nos vamos.

Era una vulgar mentira, ella lo sabía. Aun así, necesitaba saber qué querían y evitar que rompieran la puerta de un apartamento cuyo alquiler apenas podía pagar.

Respiró hondo, retiró la silla y mantuvo el pasador puesto.

Abrió apenas unos centímetros y miró que dos hombres ocupaban el pasillo.

Ninguno parecía un matón de película. Ese detalle la inquietó todavía más. Ambos tenían trajes discretos, abrigos oscuros y rostros comunes. El más alto llevaba una carpeta de cuero.

—Addison Harper —dijo uno y ella frunció el ceño, en un intento de calmar sus nervios.

—¿Quiénes son?

El hombre sacó varias hojas de la carpeta y las deslizó por la abertura.

—Firmó tres pagarés. El primero está vencido.

Addison tomó los documentos, revisó y se dio cuenta de que su nombre estaba allí, así como su número de Seguro Social, su dirección y una firma que se parecía demasiado a la suya.

—Esto es falso —dijo ella de inmediato.

—La firma dice otra cosa.

—Yo no firmé nada.

—Eso tendrá que discutirlo con el señor Mercer.

Dylan.

El nombre le dio náuseas.

—Él hizo esto —dijo ella con rabia.

Los hombres se miraron sin interés.

—Eso no cambia quién aparece como responsable.

Addison hojeó las páginas. Los montos eran mayores que los que había visto en la universidad, mucho mayores.

—Aquí dice sesenta mil.

—Con intereses, penalizaciones y otros adelantos, la cifra es superior.

—¿Cuánto?

El hombre sonrió apenas.

—Ciento dieciocho mil.

Addison se quedó sin aire.

—Eso es imposible —dijo ella con la voz rota.

—Y, sin embargo, aquí estamos.

Ella apretó los papeles.

—Voy a denunciarlo.

La sonrisa desapareció.

—Puede hacerlo —dijo uno de los hombres y algo en la forma en que lo dijo la hizo levantar la mirada—. Pero antes debería preguntarse qué tan grande quiere hacer su problema.

Addison sintió la amenaza antes de comprenderla por completo.

—¿Qué significa eso?

El hombre más alto abrió su teléfono y le mostró una fotografía.

Era Hogar Santa Brígida y Addison dejó de respirar.

Era una imagen tomada esa misma mañana. Se veía la entrada principal de orfanato sonde se crio, la verja azul y una parte del pequeño jardín que Reven obligaba a los niños a cuidar.

—¿Qué demonios es esto?

El hombre pasó a la siguiente fotografía, era Reven saliendo por la puerta lateral con dos bolsas de compras. Luego otra fotografía y en esta salía Mark junto al Cuartel 17, hablando con otro bombero.

Addison abrió completamente la puerta sin darse cuenta.

—No los metan en esto —rogó ella de inmediato.

—Nosotros no los hemos metido en nada.

—¡No se acerquen a ellos!

—Entonces haga lo que corresponde.

La rabia venció al miedo durante un instante.

—¿Qué quieren de mí? ¡Yo no tengo ciento dieciocho mil dólares!

—Como es la primera vez que te cobramos… Vamos a darte una muestra de buena fe —dijo uno de los hombres con diversión—. Tiene hasta el final de su semestre universitario para conseguir una cantidad suficiente para demostrar buena voluntad.

—¿Cuánto?

—Veinte mil.

Addison soltó una carcajada desesperada.

—Apenas tengo veintitrés dólares en mi cuenta.

—Ese no es nuestro problema.

—¡Tampoco es el mío! ¡Dylan pidió ese dinero!

El hombre se inclinó apenas hacia ella.

—Señorita Harper, el señor Mercer ya dejó claro que usted respondería por la deuda.

Aquella frase fue peor que todo lo demás.

—¿Qué dijo?

—Que usted conseguiría el dinero.

Addison sintió algo quebrarse dentro del pecho.

Dylan no solo había usado sus datos, la había entregado.

Me vendió para salvarse.

—Tienes ese tiempo —repitió el hombre—. Después volveremos a hablar. Y le recomiendo que, antes de involucrar más a la policía, piense en las personas que todavía considera familia.

Addison cerró la puerta de golpe y puso el pasador.

No se movió, no pudo.

Permaneció apoyada contra la madera, sosteniendo aquellos pagarés falsos mientras sus manos temblaban.

El teléfono sonó y Addison contestó enseguida.

—¿Estás bien?

La voz de Maya salió tan fuerte que tuvo que alejar el aparato.

—Se fueron.

—¡¿Quiénes eran?!

Addison miró la fotografía de Reven que uno de los hombres había dejado entre los documentos.

—No sé.

—La policía está en camino.

—Maya... —dijo ella y su voz se quebró.

Eso bastó para que su amiga dejara de gritar.

—¿Qué pasó?

—Saben dónde está Santa Brígida.

Silencio.

—¿Qué?

—Tienen fotos de Reven, de Mark… saben todo. —Maya soltó una maldición y Addison se dejó caer al suelo—. Dylan me metió con gente peligrosa.

Decirlo en voz alta lo volvió real.

Y ya no era una mala relación, ni una infidelidad, ni solo un préstamo fraudulento. Era algo que podía alcanzar a las únicas personas que Addison consideraba familia.

La policía llegó veinte minutos después.

Ella enseñó los pagarés, describió a los hombres y explicó lo ocurrido, pero cuando preguntaron por nombres, placas o empresa, no tenía nada útil. Solo una deuda que no reconocía y amenazas demasiado cuidadosas para ser explícitas.

Uno de los agentes tomó los documentos.

—Tiene que ir mañana a delitos financieros.

—¿Y Santa Brígida?

—Podemos dejar constancia de la amenaza y pedir vigilancia adicional.

No era suficiente, nada le parecía suficiente.

Cuando finalmente se quedó sola, Addison llamó a Reven.

—¿Estás bien?

—Qué manera tan romántica de saludar —respondió la monja—. Sí. ¿Por qué?

Addison cerró los ojos porque no podía contárselo todavía.

—Solo quería escucharte.

Hubo una pausa.

—Entonces algo está mal.

—Estoy cansada.

—Ven mañana.

—Tengo reunión en el Imperial temprano.

—Ven después de eso.

Addison prometió intentarlo y colgó antes de que Reven pudiera arrancarle la verdad.

Durmió menos de dos horas.

A las seis y media de la mañana ya estaba vestida con el uniforme del Hotel Imperial, corrector sobre el moretón de la mejilla y una rodillera bajo las medias. Había escondido los pagarés dentro de una carpeta y guardado las fotografías en otro sobre, como si mantenerlas fuera de vista pudiera reducir la amenaza.

No funcionó.

Cada vez que cerraba los ojos veía a Reven caminando frente al orfanato.

Hasta el final del semestre, unas pocas semanas.

El teléfono vibró.

Maya: Ven rápido. Esto está peor de lo que pensé.

Addison: Estoy llegando.

Maya: Hay seguridad nueva, ejecutivos por todas partes y echaron al gerente de operaciones.

Addison salió del metro casi corriendo.

Maya: Ah, y dicen que el nuevo dueño viene personalmente.

Ella guardó el teléfono sin responder.

Que viniera el Papa si quería.

Addison tenía ciento dieciocho mil dólares falsos sobre la cabeza, una beca a punto de desaparecer y hombres fotografiando a su familia.

Cuando llegó al Imperial, el lobby parecía otro lugar. Habían colocado flores nuevas, retirado parte del mobiliario y hombres con credenciales desconocidas controlaban los accesos. Empleados que normalmente se detenían a conversar caminaban deprisa, con la tensión dibujada en el rostro.

Maya apareció casi corriendo.

—Pareces muerta.

—Gracias.

—Lo digo con amor.

Addison le entregó una mirada cansada.

—¿Qué está pasando?

—Sinclair Crown compró el Imperial y otros cuatro hoteles. Nadie sabe quién se queda ni quién se va.

Addison frunció el ceño.

El nombre le resultaba familiar, pero su cabeza estaba demasiado saturada para ubicarlo.

—¿Sinclair?

—Sí. ¿En serio no te acuerdas?

—Maya, dormí dos horas.

—Hades Sinclair.

Addison se detuvo y por un instante volvió a oler whisky.

Vio ojos verdes y una camisa blanca empapada.

Veremos.

—No.

Maya sonrió, pese al ambiente.

—Sí.

—No puede ser.

—¿El tipo del bar? Ese Hades.

Addison sintió que el universo tenía un sentido del humor miserable.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Claro. Mi novio me engaña con su hermanastra, me roba, debo dinero a delincuentes, mi universidad cree que soy una estafadora y ahora el imbécil más arrogante que conocí resulta ser dueño del lugar donde trabajo. Me parece coherente.

Maya abrió la boca, pero una voz interrumpió desde el fondo.

—Todos a la sala Imperial. Ahora.

Los empleados comenzaron a moverse.

Addison respiró hondo y siguió al grupo.

La sala de reuniones estaba llena cuando entró. Directivos ocupaban las primeras filas y el personal se distribuía detrás. Addison se quedó junto a Maya, intentando parecer invisible.

No funcionó.

Las puertas laterales se abrieron y entraron cuatro hombres.

Ella reconoció primero a dos de los que habían acompañado a Hades en el Bar de Joe. Después entró él. Traje gris oscuro, corbata negra, cabello rizado perfectamente ordenado y la misma expresión severa.

Hades avanzó hasta la cabecera de la sala mientras todos guardaban silencio.

Entonces levantó la mirada, sus ojos verdes recorrieron el salón y se detuvieron directamente en Addison.

Ella sintió cómo su estómago caía.

Hades no sonrió, pero la reconoció. Lo supo por la forma en que una de sus cejas se elevó apenas.

Addison cerró los ojos durante medio segundo.

No. Hoy no.

Cuando volvió a abrirlos, Hades seguía mirándola.

—Buenos días, soy Hades Sinclair —dijo él con aquella voz grave que ella ya conocía, hizo una pausa, pero su mirada continuó clavada en ella—. Y desde hoy, este hotel me pertenece.

Addison tuvo una certeza inmediata.

Su día todavía podía empeorar.

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