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作者: Ornella Carey
last update 公開日: 2026-10-27 04:14:23

Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.

El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.

Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.

Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.

Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.

Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.

Raven: ¿Fuiste al médico?

Addison: Tengo cita mañana.

Raven: ¿Y estás comiendo?

Addison miró la barra de cereal aplastada dentro de su bolso.

Addison: Sí.

Raven: Mentira.

Addison sonrió a pesar de todo.

Mark escribió casi al mismo tiempo.

Mark: Si necesitas que te lleve a alguna cita, me avisas. No voy a preguntar nada hasta que quieras hablar.

Aquello le apretó el pecho.

Todavía no les había contado del embarazo, ni siquiera sabía cómo hacerlo.

¿Qué debía decir?

“Hola, fui a donar óvulos y regresé embarazada del CEO que me despidió sin despedirme él mismo”.

Sonaba como una historia que Reven le prohibiría leer a las adolescentes del orfanato.

Maya apareció a su lado con dos cafés y le entregó uno.

—Descafeinado.

Addison la miró con horror.

—¿Tú también?

—Yo no estoy del lado de Hades.

—Eso sonó sospechosamente como alguien del lado de Hades.

—Estoy del lado de que no te desmayes otra vez y me hagas cargar contigo. Pesas poco, pero eres puro mal carácter.

Caminaron hacia la avenida, Addison bebió un sorbo y puso una mueca.

—Esto sabe a tristeza.

—Tu vida sabe a tristeza, el café solo está acompañando. —Addison soltó una risa corta, pero Maya no sonrió—. Tenemos que hablar en serio.

—No.

—Qué lástima.

Maya se detuvo frente al semáforo y la obligó a mirarla.

—Tú puedes decidir ser orgullosa, puedes decidir no aceptar un centavo de Sinclair. Incluso puedes decidir meterte otra vez con esos tipos si te da la gana. Pero no puedes decidir por Reven, por Mark ni por los niños del hogar.

Addison se quedó rígida.

—No los estoy metiendo en esto.

—Ya están metidos.

La frase fue seca y muy dura.

—Esos hombres tienen fotos de Santa Brígida. Saben cuándo sale Reven y dónde trabaja Mark. Allí viven niños, Addison. Niños que no tienen seguridad, ni guardaespaldas, ni idea de por qué un carro puede estar estacionado afuera mirándolos. Si rechazas ayuda solo porque viene del infame Hades y algo pasa allí, ¿de verdad vas a poder vivir con eso?

Addison sintió que el café se volvía ácido en su estómago.

—Eso fue cruel.

—Sí —dijo Maya y no bajó la mirada—. Porque llevas días necesitando que alguien sea cruel contigo.

El semáforo cambió y Addison cruzó sin responder.

Tenía ganas de gritarle. De decirle que no entendía, que aceptar la ayuda de Hades significaba abrir una puerta que no sabía cerrar. Él ya había querido escoger médicos, pagar abogados y organizarle la vida como si su embarazo fuera una división nueva del conglomerado.

Pero Maya tenía razón en una cosa, Santa Brígida no era solo Reven.

Había veintisiete niños viviendo allí.

Veintisiete.

El número la acompañó dos cuadras.

—Te odio —murmuró.

Maya enlazó un brazo con el suyo.

—También te quiero.

Se separaron frente a la entrada del metro porque Maya debía volver al Bar de Joe. Addison bajó sola las escaleras, pero una avería en la línea la obligó a salir dos estaciones después y caminar varias cuadras hasta otra ruta.

Estaba revisando el mapa en su teléfono cuando notó el vehículo negro.

No tenía nada especial, era una camioneta grande, vidrios oscuros, estacionada junto a la acera. Así que siguió caminando y la camioneta avanzó. Addison redujo el paso, también lo hizo el vehículo.

En se instante el corazón empezó a golpearle con fuerza.

No.

Guardó el teléfono y cruzó la calle sin esperar el semáforo. Un taxi tocó la bocina y alguien le gritó, pero ella no se detuvo.

La camioneta cruzó detrás y el miedo dejó de ser sospecha.

Addison buscó un comercio abierto. Había una farmacia media cuadra adelante, así que aceleró. La puerta lateral de la camioneta se abrió antes de que llegara y dos hombres bajaron. Uno era el mismo que había aparecido en su apartamento con los pagarés.

—Señorita Harper.

Addison retrocedió.

—Aléjense.

—Solo queremos hablar.

—Ya hablamos.

Intentó caminar hacia la farmacia, pero el segundo hombre se movió para bloquearle el paso.

—Suba al vehículo.

El frío le atravesó la espalda.

—Ni loca.

—No complique esto.

—¡Quítate!

Él intentó agarrarla del brazo, pero Addison reaccionó con toda la rabia que llevaba acumulada y le clavó el borde del bolso en la cara. El hombre maldijo y ella corrió, pero no llegó lejos. El primero la sujetó por detrás y Addison gritó mientras pateaba, arañaba y golpeaba cualquier parte que pudiera alcanzar.

—¡SUÉLTAME!

—¡Deja de moverte!

—¡AUXILIO!

El segundo abrió la puerta de la camioneta y el terror fue instantáneo.

No iban a asustarla, iban a llevársela.

Addison hundió el tacón sobre el pie del hombre que la sostenía. Él gruñó y aflojó apenas.

Entonces todo ocurrió demasiado rápido.

Un cuerpo impactó contra el hombre y lo arrancó de ella. Otro sujeto apareció desde la esquina y golpeó al segundo cobrador contra la camioneta.

Addison tropezó hacia atrás.

Reconoció a Dorian, el hombre que acompañaba a Hades en la clínica.

—¡Señorita Harper, atrás!

Dos hombres más rodearon el vehículo, el cobrador que había intentado subirla sacó algo de la cintura, pero Dorian fue más rápido.

—No lo hagas —dijo Dorian con firmeza.

Su voz no fue alta, tampoco necesitó serlo.

Un automóvil oscuro frenó de golpe junto a la acera, la puerta se abrió y Hades salió.

Addison jamás lo había visto así.

No llevaba chaqueta. La corbata estaba floja y su rostro no mostraba ni una sombra del hombre que bromeaba sobre helicópteros. Cruzó la distancia en segundos, la tomó por los hombros y recorrió su cuerpo con la mirada.

—¿Está herida?

—¿Qué...?

—Addison, míreme. ¿T lastimaron?

—Estoy bien.

Hades vio una marca roja en su brazo y algo brutal cruzó sus ojos, luego se giró hacia los hombres.

—¿Quién la tocó?

—Hades.

No la escuchó, dio un paso hacia el cobrador que Dorian mantenía contra la camioneta.

—Pregunté quién la tocó.

—Señor Sinclair —intervino Dorian—. La policía viene en camino.

El hombre sonrió pese a tener sangre en el labio.

—Así que el rumor era verdad.

Hades se quedó inmóvil.

—¿Qué rumor?

—La pelirroja encontró un dueño nuevo.

Addison sintió cómo Hades se endurecía.

—No soy propiedad de nadie —espetó ella.

El cobrador soltó una risa.

—Entonces tienes peores problemas de los que creíamos.

Hades avanzó y Dorian tuvo que colocarle una mano en el pecho.

—No vale la pena.

—Quítate.

—No.

Addison observó la escena con el pulso disparado.

Hades estaba furioso, no irritado, ni molesto. Furioso de una manera silenciosa que daba más miedo que un grito y cuando finalmente se giró hacia ella, su voz seguía dura y volvió a tratarla de usted.

—Viene conmigo.

La adrenalina de Addison encontró un nuevo objetivo.

—No.

—No estoy preguntando.

—Pues yo sí estoy respondiendo.

—Acaban de intentar meterla a la fuerza en un vehículo.

—Lo noté.

—Y si mi equipo no hubiera estado siguiéndola...

Addison dejó de respirar.

—¿Qué dijo? —preguntó ella, Hades se quedó quieto y Dorian cerró los ojos como si quisiera estar en otro continente—. ¿Su equipo estaba qué?

—Addison...

—Me puso vigilancia.

—Seguridad.

—Sin mi permiso.

—Precisamente porque esto podía pasar.

—¡Le dije que no quería escoltas!

—Y estaba equivocada.

La respuesta la golpeó como una bofetada.

—No se atreva.

—Casi la secuestran a plena luz del día, así que me atrevo.

Addison dio un paso hacia él, temblando de miedo y furia.

—Salvarme no le da derecho a ignorarme.

Hades bajó la mirada hasta ella.

—Preferiría que me odie viva.

La frase la dejó muda durante un segundo, solo uno.

—Eso no es romántico, es controlador.

—No intentaba ser romántico.

—Excelente, porque está haciendo un trabajo terrible.

Dorian se acercó sosteniendo el teléfono de uno de los cobradores.

—Señor Sinclair.

Algo en su tono cambió el aire, así que Hades tomó el aparato y Addison vio cómo su expresión se volvía de piedra.

—¿Qué pasa?

Él no respondió.

—Hades.

Intentó quitarle el teléfono y él lo apartó.

—No.

—Es sobre mí.

—No necesita verlo.

La sangre de Addison hirvió.

—Dámelo.

—Addison...

—¡DÁMELO!

Hades dudó, ese segundo fue suficiente para asustarla más que cualquier respuesta. Finalmente giró la pantalla, había una fotografía tomada desde el otro lado de la calle.

La verja azul de Santa Brígida, Reven estaba en el patio y a su alrededor había seis niños.

La imagen tenía una hora escrita en la esquina, había sido tomada once minutos antes.

Debajo aparecía un único mensaje.

Veintisiete niños son demasiados para vigilar a la vez.

El ruido de la calle desapareció.

Addison solo veía a Tommy, de ocho años, agachado junto a una maceta; a Lucía sosteniendo una pelota contra el pecho; a la pequeña Emma pegada a la falda de Reven. Niños que discutían por cereales, que dejaban zapatos en los pasillos y que todavía creían que el peor peligro del mundo era una tormenta.

—No —susurró ella con terror.

Intentó respirar, pero el aire no llegó.

Hades la sostuvo por los codos cuando las rodillas cedieron.

—Dorian, manda dos equipos a Santa Brígida. Ahora. Otro con Mark. Nadie entra ni sale sin identificación.

—En camino.

—Llama a la policía del distrito y diles que Sinclair Crown asumirá cualquier gasto de vigilancia adicional.

Addison levantó la cabeza.

—No puedes...

—Ahora no.

—Hades...

—Ahora no voy a discutir contigo.

Su tono habría provocado una pelea en cualquier otro momento. Esta vez Addison apenas consiguió sostenerle la mirada.

—Los niños no tienen nada que ver conmigo.

—Lo sé.

—Si les pasa algo...

La voz se le rompió.

Por primera vez desde que lo conocía, Hades no respondió con una orden. Simplemente acercó una mano a su nuca, firme, cálida, protegiéndola del mundo durante un segundo que ella no tuvo fuerzas para rechazar.

Las sirenas empezaron a escucharse a lo lejos y Dorian miró otra vez el teléfono del cobrador.

—Hay algo más.

Hades levantó la vista.

—¿Qué?

Dorian palideció apenas.

—La foto no la tomó ninguno de estos dos.

Addison sintió que el estómago se le hundía. Eso significaba que mientras aquellos hombres intentaban llevársela, alguien más seguía frente al hogar.

Mirando y esperando.

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