ログインHades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.
Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.
Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.
La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.
—Necesitamos hablar.
—No.
—Hades.
—He dicho que no.
La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.
—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.
Ward respiró hondo.
—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue verificada correctamente.
—¿Con una de mis últimas muestras?
La doctora bajó la mirada y algo frío se instaló dentro de él.
—¿Cuántas quedan?
—Debo revisar el inventario actualizado.
—Hágalo.
Martin intervino.
—También debemos discutir la posición de la señorita Harper.
Hades giró hacia él.
—¿Qué posición?
—Legalmente, puede demandar a la clínica. Y puede tomar decisiones respecto al embarazo que...
—Lo sé.
Las palabras salieron más duras de lo necesario.
Martin guardó silencio un momento.
—Entonces no hagas nada impulsivo. No le envíes dinero, no compres sus deudas, no mandes seguridad a su casa y no cambies su apartamento sin su consentimiento.
Hades lo miró con los ojos entrecerrados y Martin cerró los ojos.
—Ya pensaste en todo eso.
—Sí.
—Por supuesto —dijo Hades con cansancio y se levantó—. Solo quiero saber que está segura.
—Entonces empieza por escuchar lo que te dijo.
Aquello lo detuvo.
Querer algo no significa tener derecho a obtenerlo.
La frase de Addison seguía molestándolo porque llevaba años viviendo exactamente de la forma contraria. Quería una empresa, la compraba. Quería información, la conseguía. Quería seguridad, contrataba a los mejores.
Pero Addison no era una adquisición y el embarazo tampoco.
La palabra padre todavía le resultaba demasiado grande.
Durante el cáncer había aprendido a no imaginar futuros que quizá nunca llegaran. Después, cuando los médicos confirmaron que su fertilidad había quedado comprometida, convirtió aquel deseo en un problema práctico: especialistas, muestras, contratos, una gestante. Era más fácil organizarlo como un proyecto que admitir cuánto le dolía regresar cada noche a una casa vacía.
Por eso la noticia de Addison había atravesado todas sus defensas. No era el plan que había construido, pero podía ser la oportunidad que creyó perdida.
Lo que más lo inquietaba era no tener ninguna autoridad sobre el resultado. Addison podía marcharse, cambiar de médico, negarse a hablar con él o tomar una decisión que lo dejara fuera por completo. Hades entendía cada una de esas posibilidades y, aun así, una parte de él quería cerrar puertas, contratar seguridad y construir alrededor de ella una muralla.
Era exactamente el impulso que ella acababa de rechazar.
La puerta se abrió y Dorian apareció.
—La señorita Harper acaba de salir del edificio.
—¿Sola?
—Con su amiga.
Hades tomó el saco y Martin soltó una maldición.
—No la persigas.
—No voy a perseguirla.
—¿Entonces?
—Voy a hablar con ella.
—Eso se parece bastante.
Hades salió sin responder y encontró a Addison a media cuadra de la clínica.
Maya intentaba detener un taxi mientras Addison permanecía apoyada contra una pared con los brazos cruzados y la mirada perdida. Se veía cansada, demasiado y eso, lo perturbó.
—Addison.
Ella cerró los ojos antes de girarse.
—No.
Hades frenó.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Precisamente… ¡quiero conservar ese milagro!
Maya los miró a ambos.
—Voy a hacer algo inteligente y alejarme tres metros.
—Maya.
—Tres, no treinta.
Se apartó lo suficiente para fingir privacidad y seguir escuchándolo todo.
—Necesitamos hablar —dijo Hades.
—Ya hablamos.
—No terminamos.
—Yo sí.
—Quiero ofrecerle ayuda.
Addison soltó una risa.
—Claro que sí.
—No tiene por qué sonar como una amenaza.
—Cuando la ayuda viene acompañada de usted decidiendo todo, sí.
Hades respiró hondo.
—No intento decidir por usted.
—Hace veinte minutos quiso elegir mi médico.
—Porque estaba pálida y acababa de enterarse de que está embarazada.
—Eso no convierte mi cuerpo en una subsidiaria de Sinclair Crown.
La frase casi le arrancó una sonrisa.
—Tiene una respuesta para todo.
—Es un mecanismo de supervivencia.
Eso borró cualquier diversión.
Hades estudió su rostro. El moretón en la mejilla casi había desaparecido, pero seguía ahí. También notó el agotamiento bajo sus ojos.
—¿Las deudas tienen algo que ver con eso?
Addison endureció la expresión.
—Le dije que no era asunto suyo.
—Y yo escuché que fue a donar óvulos porque necesitaba dinero.
—Eso tampoco le da derecho a investigar.
—No he investigado nada.
Todavía.
No dijo la última palabra, pero Addison lo miró como si la hubiera escuchado.
—No quiero su dinero.
—No le he ofrecido una cifra.
—Porque todavía está calculando cuál sería suficientemente grande.
Hades dio un paso hacia ella.
—¿De verdad cree que intento comprarla?
—Creo que está acostumbrado a resolver todo pagando.
—Porque a veces funciona.
—Conmigo no.
—Ya lo noté.
Ella levantó la barbilla.
—No use mis problemas para meterse en mi vida.
—Existe la posibilidad de que lleve a mi hijo.
—Existe la certeza de que es mi cuerpo.
—Nunca he discutido eso.
—Lo discute cada vez que da una orden.
Hades se inclinó apenas.
—Y usted convierte cada preocupación en una invasión.
—Porque las suyas vienen con chofer, abogado y probablemente un helicóptero.
—No tengo un helicóptero.
Addison lo miró con sospecha.
—¿En serio?
—Tengo tres.
Maya soltó una carcajada desde su falsa distancia y Addison se llevó una mano a la frente.
—Dios, lo odio.
—Eso sigue sonando poco convincente.
Sus ojos chocaron y fue un error.
Hades sintió la misma descarga del almacén. Addison también dejó de respirar durante un segundo y el ruido de Manhattan pareció alejarse.
Hades bajó la mirada hacia su boca sin querer hacerlo. Ya había pensado en besarla antes de la clínica, antes del embarazo, cuando solo era la mujer insolente que le había arruinado una camisa.
Addison humedeció los labios, la reacción en su cuerpo fue inmediata e inconveniente. Hades retrocedió medio paso y ella lo notó.
—No me mire así.
—Otra vez con eso.
—Porque sigue haciéndolo.
—Quizá debería dejar de darme razones.
Los ojos ámbar de Addison se abrieron.
—¿Perdón?
Hades supo que había cruzado una línea, pero no lamentó del todo haberlo hecho.
—Nada.
—No, ahora termina.
—No sería prudente.
—Cobarde.
Hades sonrió, esta vez de verdad y fue tan sorprendente que Addison se quedó mirándolo.
—¿Qué? —preguntó él.
Ella desvió la vista.
—Nada.
—Está mirándome.
—Tiene dientes. ¡Felicidades!
—Y usted es terrible mintiendo.
Addison iba a responder cuando perdió el color y Hades lo vio de inmediato.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Dio un paso y se tambaleó. Él la sujetó por la cintura antes de que cayera, el contacto fue instantáneo, demasiado íntimo. Addison apoyó una mano sobre su pecho por puro reflejo y Hades tuvo que recordarse que no era momento para notar lo pequeña que cabía entre sus brazos.
—Suélteme.
—Cuando deje de caerse.
—No me estoy cayendo.
—Está literalmente sobre mí.
Ella alzó la vista, estaban demasiado cerca., otra vez.
La respiración de Addison golpeó su barbilla. Hades no la soltó de inmediato y ella tampoco apartó la mano.
La química entre ambos dejó de ser una sospecha, era un maldito gran problema.
Maya reapareció.
—Bueno, esto es incómodo y sexy, pero principalmente incómodo.
Addison se apartó de golpe.
—Estoy bien.
—No lo está —dijo Hades.
—No empiece.
—Necesita comer.
—¿También va a decirme qué almorzar?
—Si es necesario.
—Lo juro...
—Hay un restaurante al otro lado de la calle.
Addison lo miró.
—No voy a tener una cita con usted.
—No la invité a una cita.
—Bien.
—La invité a comer porque casi se desmaya.
—Eso sigue pareciendo una cita cuando lo dice con esa cara.
Hades no sabía qué tenía su cara. Maya, en cambio, parecía entenderlo perfectamente.
Al final de una breve guerra de miradas, Addison terminó aceptando únicamente porque Maya amenazó con llamar a Reven.
Cuando cruzaron la calle y entraron, el restaurante estaba casi vacío. Se sentaron en una mesa apartada y Addison pidió sopa, probablemente solo para evitar otra discusión.
Hades esperó hasta que comió varias cucharadas.
—Ahora sí. Quiero saber qué necesita.
Ella dejó la cuchara.
—Tiempo.
—Además de eso.
—Nada suyo.
—Puedo cubrir cualquier gasto médico.
—La clínica debe hacerlo.
—Puedo pagar un abogado independiente.
—Entonces no sería independiente.
Hades apretó la mandíbula.
—Puedo depositar dinero en un fideicomiso para cualquier necesidad relacionada con el embarazo.
Addison se echó hacia atrás.
—No.
—Ni siquiera escuchó los términos.
—Porque no quiero términos.
—No es para comprarla.
—Entonces deje de ofrecer dinero cada cinco minutos.
—Es mi responsabilidad.
—Su responsabilidad empieza por respetar lo que estoy diciendo.
Hades guardó silencio y Addison sostuvo su mirada.
—No quiero que pague mis deudas. No quiero que compre mi apartamento. No quiero escoltas detrás de mí ni médicos apareciendo en mi puerta. Y no quiero despertar mañana y descubrir que decidió cómo será mi vida porque quizá esté esperando a su hijo.
Cada palabra fue clara y Hades sintió el impulso de discutirlas todas, pero se contuvo.
—De acuerdo.
Ella frunció el ceño.
—¿De acuerdo?
—Por hoy.
—Eso no cuenta.
—Es lo máximo que obtendrá.
Addison soltó una risa incrédula.
—Es insufrible.
—Y usted imprudente.
—Controlador.
—Obstinada.
—Arrogante.
—Orgullosa.
—Millonario irritante.
Hades inclinó la cabeza.
—Eso no es un defecto objetivo.
Addison intentó no sonreír y falló.
Fue apenas un segundo, pero Hades lo vio y algo dentro de él se movió de una forma que no tenía nada que ver con el embarazo. Eso era lo peligroso, porque la deseaba antes de saber que llevaba algo suyo.
Y ahora no sabía dónde terminaba una cosa y empezaba la otra.
Addison dejó la servilleta sobre la mesa.
—No hemos acordado nada.
—Lo sé.
—No puede aparecer mañana con un contrato.
Hades pensó en Martin.
—No prometo eso.
Ella lo fulminó.
—Hades.
Otra vez su nombre y aquella reacción absurda.
Él se inclinó hacia ella.
—Addison.
El silencio se cargó entre ambos.
Maya, desde otra mesa, fingió mirar el teléfono y Addison, inteligentemente, fue la primera en apartarse.
—Necesito pensar.
Hades asintió.
—Piense.
—Sola.
Eso le gustó menos.
—Lo intentaré.
Ella negó con la cabeza, tomó el bolso y se levantó.
—No hemos llegado a ningún acuerdo.
Hades la observó marcharse.
—No.
Pero mientras Addison cruzaba la puerta del restaurante, tuvo una certeza que no le gustó en absoluto.
No pensaba desaparecer de su vida.
Y Addison Harper iba a odiarlo por ello.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







