ログインNo puede ser.
La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.
La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:
—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.
Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.
Durante unos segundos nadie se movió.
Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.
Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.
—Diga algo —espetó Addison.
La doctora Ward abrió la boca.
—Señorita Harper...
—No usted, él.
Hades parpadeó por fin.
—Estoy intentando entenderlo.
—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.
Maya le apretó el brazo.
—Addison.
—No, Maya. Fui a vender óvulos porque estoy hasta el cuello de deudas, terminé embarazada por accidente y resulta que el padre es el hombre que me dejó sin trabajo. Discúlpame si no estoy reaccionando con elegancia.
Hades tensó la mandíbula.
—Yo no la despedí.
—Perfecto, una preocupación menos —espetó Addison con sarcasmo.
La doctora Ward respiró hondo.
—Necesitamos mantener la calma. Lo ocurrido es grave y Everwell asumirá su responsabilidad. Tenemos protocolos para este tipo de contingencias.
Addison giró tan lentamente hacia ella que Maya murmuró algo parecido a un “ay, no”.
—¿Protocolos para embarazar a la mujer equivocada?
Uno de los abogados intervino.
—Señorita Harper, entendemos su enojo.
—No, no lo entiende, usted no es capaz de gestar.
—Lo que queremos decir es que la clínica cubrirá todos los gastos médicos relacionados con...
—¿Con qué? —Addison se levantó—. ¿Con el embarazo que ustedes provocaron sin mi consentimiento?
La sala quedó en silencio, aquello sí había sido dicho con la palabra correcta.
Consentimiento.
No era error administrativo, ni una confusión, ni un inconveniente.
Era su cuerpo, su vida y su decisión.
En ese instante algo dentro de Addison se quebró y sintió que las manos empezaban a temblarle, así que las escondió bajo los brazos cruzados.
Hades dio un paso.
—Siéntese.
Ella lo miró.
—No me dé órdenes.
—Está pálida.
—Y usted sigue siendo insoportable, así que me alegra comprobar que algunas cosas no cambian.
—Addison...
—No.
La forma en que dijo su nombre fue demasiado familiar, demasiado grave. Le recordó el almacén oscuro, su voz guiándola para respirar y la mano que no la tocó hasta que ella se lo permitió.
Justamente por eso le molestó más.
—No use ese tono conmigo.
Los ojos de Hades se estrecharon.
—¿Qué tono?
—Ese de “yo tengo todo bajo control”.
—Alguien tiene que tenerlo.
Addison soltó una risa sin humor.
—Claro… Y qué conveniente que siempre sea usted.
La doctora Ward intentó recuperar la conversación. Explicó fechas, procedimientos y pruebas necesarias para confirmar que el embarazo evolucionaba correctamente. Addison escuchó solo fragmentos: análisis, ultrasonido, valoración obstétrica, opciones.
Opciones.
Esa palabra sí atravesó el ruido.
—¿Cuáles? —preguntó.
Ward hizo una pausa.
—Las que legalmente correspondan y las que usted decida considerar con su médico.
Hades se volvió hacia la doctora.
—Quiero una evaluación completa hoy.
Addison lo miró.
—¿Perdón?
—Necesitamos saber que está bien.
—Yo necesito saber que estoy bien.
—Eso acabo de decir.
—No. Usted dijo “quiero”.
Hades respiró por la nariz, lentamente.
—No voy a discutir semántica.
—Pues vaya acostumbrándose, porque si hablamos de mi cuerpo, cada palabra importa.
Maya bajó la mirada para esconder una expresión que se parecía demasiado a satisfacción.
Hades la vio.
—¿Le parece divertido?
—No —respondió Maya—. Pero llevo años diciéndole que es terca y ahora es problema suyo.
—Maya.
—Te apoyo, pero también tengo ojos.
Addison habría querido estrangularla si no estuviera demasiado ocupada intentando entender cómo su vida había saltado de ciento dieciocho mil dólares en deudas falsas a un embarazo accidental del nuevo dueño del Imperial.
Hades tomó asiento frente a ella.
—De acuerdo, hablemos.
—No tengo nada que hablar con usted todavía.
—Ese embarazo nos involucra a ambos.
—Mi embarazo me involucra primero a mí.
—No he dicho lo contrario.
—Lo piensa muy fuerte.
Por primera vez, algo parecido a irritación real atravesó el control de Hades.
—Señorita Harper, no sé qué clase de hombre cree que soy, pero no voy a ignorar que existe la posibilidad de que usted esté embarazada de un hijo mío.
—No soy una incubadora.
—No la llamé así.
—Todavía.
El abogado de Hades se removió incómodo, mientras que la doctora Ward parecía querer desaparecer detrás de su carpeta.
Addison tomó su bolso.
—Me voy.
Hades se puso de pie.
—No.
Ella soltó una carcajada.
—Acaba de demostrar mi punto en una sola palabra.
—Necesita terminar la evaluación.
—La terminaré cuando yo decida y con un médico que no pertenezca a una clínica que confundió mi nombre con el de otra mujer.
Eso pareció hacer que Hades reconsiderara.
—Bien, otro médico.
—Elegido por mí.
—De acuerdo.
—Y no pagado por usted.
—Eso es absurdo.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué cosa?
—El dinero como respuesta para todo.
Hades bajó la voz.
—No es una respuesta… es una herramienta.
—Para usted.
—Para cualquiera que necesite algo.
Addison sintió que la rabia volvía a encenderse.
—¿Y qué cree que necesito? ¿Un cheque? ¿Una cuenta nueva? ¿Que me compre otro apartamento porque sabe que estoy endeudada? —El silencio de Hades duró apenas un segundo, pero fue suficiente y Addison abrió mucho los ojos—. Ya pensó en hacerlo.
—Pensé en asegurarme de que no le falte nada.
—No quiero nada suyo.
—Eso no es razonable.
—Mi vida dejó de ser razonable el día que mi novio me robó la identidad.
Maya se levantó también.
—Addison, vámonos.
Pero Hades no apartaba los ojos de ella.
—Sé que tiene problemas financieros.
Addison quedó inmóvil.
La vergüenza llegó antes que la rabia.
—¿Cómo sabe eso?
—No lo sabía con seguridad hasta ahora, lo dijiste hace minutos.
Ella recordó lo que acababa de decir.
M****a.
Hades entendió la respuesta en su cara.
—¿Qué tan grave es?
—No es asunto suyo.
—Si está embarazada de...
—Termine esa frase y le juro que le lanzo otra bebida.
Él casi sonrió, casi. Y fue tan absurdo que Addison sintió una punzada de calor en medio del desastre.
No.
No iba a encontrarlo atractivo ahora, no mientras discutían sobre un embarazo accidental. No mientras él estaba parado frente a ella con aquel traje oscuro, la camisa abierta apenas en el cuello y esa forma irritante de mirarla como si pudiera ver detrás de cada respuesta.
—No me mire así —murmuró.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera intentando descifrarme.
—Lo estoy haciendo.
La sinceridad la descolocó y durante un instante quedaron en silencio. La tensión cambió, no desapareció la ira, solo se mezcló con algo peor.
Hades miró su boca, fue breve, pero Addison lo vio y recordó el almacén, el calor de su cuerpo cerca, la respiración acompasada y la manera en que él había preguntado antes de acercarse.
Su corazón hizo una estupidez.
Entonces Maya carraspeó.
—Creo que este es un excelente momento para recordar que estamos en una clínica y hay dos abogados mirando.
Addison dio un paso atrás.
—Nos vamos.
Hades volvió a endurecerse.
—Le enviaré un médico.
—No.
—Una lista de médicos.
—No.
—Seguridad.
—Menos.
—Addison.
—Hades.
Su nombre salió con una familiaridad involuntaria que hizo que ambos se quedaran quietos. Ella lo odió, sobre todo porque le gustó cómo sonó.
—No necesito que me rescate —dijo con más calma—. Necesito tiempo para entender qué demonios me pasó y decidir qué quiero hacer.
La expresión de Hades cambió apenas.
—¿Está considerando no continuar?
Addison sintió que algo se tensaba en él.
No era enojo, era algo mucho peor: miedo.
Aquello la sorprendió lo suficiente para apagar parte de su furia.
—No sé qué estoy considerando. Me enteré hace unas horas de que estoy embarazada y hace diez minutos de que usted es el padre. No tengo una respuesta preparada para hacerle sentir mejor.
A ella misma le aterraba la pregunta.
Hasta esa mañana, embarazo era una palabra que pertenecía a otras mujeres, a otros planes, a una vida que ni siquiera se había detenido a imaginar. Ahora todo el mundo parecía esperar de ella una respuesta inmediata, como si unas horas bastaran para decidir qué hacer con algo que podía cambiarle el cuerpo, la universidad, el trabajo y el resto de su vida.
No iba a permitir que el miedo de Hades se sumara a esa presión.
Hades apretó la mandíbula.
—No le estoy pidiendo que me haga sentir mejor.
—Entonces no actúe como si ya hubiera tomado decisiones por los dos.
Él sostuvo su mirada durante varios segundos.
—Necesito saber que está segura.
—Necesita aprender que querer algo no significa tener derecho a obtenerlo.
La frase golpeó y Addison lo vio en su rostro, aun así, Hades asintió una sola vez.
—Tiene razón en eso.
La respuesta fue tan inesperada que ella tardó en reaccionar.
—¿Qué?
—He dicho que tiene razón.
—¿Puede repetirlo? Maya, graba.
—No abuse.
Por primera vez desde que entró, Addison sonrió.
Fue mínimo e voluntario.
Hades la observó como si acabara de descubrir algo nuevo y aquella mirada volvió a ponerle el cuerpo demasiado consciente. Así que ella tomó el bolso de inmediato.
—Voy a hacerme una evaluación con otro especialista, después decidiré qué sigue.
—Quiero estar informado.
—Puede querer muchas cosas.
—Addison.
—No es un no definitivo.
Él respiró hondo.
—Tampoco es un sí.
—Exactamente.
Se dirigió hacia la puerta junto a Maya, pero antes de salir se giró y Hades seguía mirándola.
No parecía el CEO del hotel, ni el hombre arrogante del bar. Parecía alguien que acababa de recibir algo que deseaba desde hacía años y temía perder antes siquiera de tocarlo.
Eso la inquietó más de lo que quería admitir.
—No intente comprarme —dijo ella con firmeza.
Hades frunció el ceño.
—No compraría a una persona.
—Bien —dijo Addison y abrió la puerta—. Porque no está en venta.
Ella salió antes de que él pudiera responder. Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron apoyó la espalda contra la pared y permitió que sus piernas temblaran.
Maya la observó.
—¿Quieres gritar?
Addison cerró los ojos.
—Quiero despertar.
—Eso no puedo arreglarlo.
—Entonces sí, quiero gritar.
Maya apretó el botón de planta baja.
—Perfecto, pero espera a que salgamos. Esta clínica ya tiene suficientes problemas legales.
Addison soltó una risa quebrada, después se llevó una mano al vientre sin pensar y la retiró enseguida, como si el gesto quemara.
Pero ya era demasiado tarde, algo había cambiado.
Y lo peor era que no tenía idea de qué iba a hacer con ello.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







