LOGINHades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.
No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.
Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.
No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.
Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.
—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.
Hades apartó la mano de la puerta.
—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.
—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.
—Si estás consciente, decides tú.
—Siempre decido yo.
—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.
—Mi representante médico.
—¿Quién?
—Eso tampoco es asunto tuyo todavía.
Hades apretó la mandíbula y Maya se cruzó de brazos.
—Ella tiene razón.
—No pedí una votación.
—Pues la tienes gratis.
Addison señaló la puerta.
—Última oportunidad.
Hades la miró durante varios segundos, quería discutir.
Quería desmontar cada condición, añadir cláusulas de seguridad, rutas de evacuación, médicos disponibles y una lista de personas autorizadas para acercarse a ella. Quería hacer lo que siempre hacía; eliminar variables. Pero Addison no era una variable.
Y si la obligaba a aceptar protección bajo sus términos, no estaría protegiéndola. Estaría encerrándola.
La idea le desagradó.
—De acuerdo.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Acepto que ninguna decisión médica se tomará sin tu consentimiento mientras puedas expresarlo. Si no puedes, se respetarán tus instrucciones médicas y tu representante legal, salvo lo que un médico de urgencias deba hacer para mantenerte con vida.
Addison lo estudió.
—Eso debe quedar escrito.
—Quedará escrito.
—Por un abogado que no trabaje para ti.
—Sí.
—Elegido por mí.
Hades respiró hondo.
—Sí.
Maya levantó las cejas.
—Mira eso… evolución.
—No ayudes —murmuró Addison.
—Estoy presenciando historia.
Hades sacó el teléfono.
—Dorian conseguirá...
Addison levantó un dedo.
—No.
Él cerró los ojos.
—¿Qué ahora?
—Tú no consigues el abogado.
—Acabas de decir que...
—Yo lo busco.
—Eso puede tardar.
—Tengo una clínica jurídica en la universidad.
Hades quiso decir que un estudiante de derecho no iba a negociar un acuerdo de seguridad relacionado con Sinclair Crown, pero no lo dijo. Aprendía rápido cuando la alternativa era verla marcharse.
—Bien.
Addison entrecerró los ojos.
—Estás aceptando demasiado.
—No se acostumbre.
Ella casi sonrió.
Tres horas después, Hades estaba sentado en una pequeña oficina prestada de Santa Brígida mientras Addison hablaba por videollamada con una abogada de una organización de asistencia legal recomendada por la clínica universitaria.
Se llamaba Nora Bennett y parecía tener sesenta años, cero paciencia y ninguna impresión especial por su apellido. Hades la respetó de inmediato por eso.
—Señor Sinclair —dijo Nora desde la pantalla—, este documento no le otorga autoridad médica sobre la señorita Harper.
—Entendido.
—Tampoco le permite restringir su movilidad fuera de una amenaza inmediata y verificable.
Hades miró a Addison y ella sonrió dulcemente.
—Entendido —dijo él con más seriedad.
—Y cualquier seguridad asignada deberá informarle quién la acompaña y con qué propósito.
Eso le gustó menos.
—Puede comprometer protocolos.
—Entonces busquen mejores protocolos.
Addison tosió para esconder una risa y Hades decidió que odiaba un poco a Nora Bennett.
Firmaron un acuerdo temporal de convivencia y seguridad, sujeto a revisión. Dormitorios separados, estudios sin interferencias, representación legal independiente y autonomía médica. Hades consiguió incluir una cláusula que permitía modificar rutas y transporte ante amenazas específicas.
Addison discutió veinte minutos por ella, pero al final aceptó porque Nora dijo que era razonable.
Hades disfrutó demasiado aquella pequeña victoria.
—No pongas esa cara —dijo Addison cuando cerraron la videollamada.
—¿Qué cara?
—La de “gané algo”.
—Gané algo.
—Una ruta alternativa.
—Toda victoria cuenta.
Ella negó con la cabeza.
—Eres agotador.
—Y aun así viene a vivir conmigo.
—Bajo amenaza criminal, no te emociones.
Eso no impidió que lo hiciera.
Mark los miró con sorpresa, luego miró a Raven y antes asintieron antes de dejarlos a solas. Ese gesto inquietó a Addison, pero se controló y respiró hondo ante el cambio que se avecinaba.
Rato después, la vida de ella dio el giro más impresionante de todos.
La mansión Sinclair estaba a menos de una hora del centro, pero Hades vio el cambio en Addison desde que atravesaron las puertas. Ella dejó de hablar y miró el camino arbolado, las cámaras discretas, la entrada amplia y la fachada de piedra como si hubiera entrado en otro país.
—Esto no es una casa —dijo finalmente.
—Sí lo es.
—Tiene una rotonda.
—Eso no invalida su función residencial.
—Hay una fuente.
—Las fuentes tampoco.
—Vi una caseta de seguridad más grande que mi apartamento. —Hades decidió no responder y ella lo miró—. Es más grande, ¿verdad?
—Probablemente.
—Te odio.
—Ha sido un día consistente.
El vehículo se detuvo frente a la entrada. Dos empleados salieron para ayudar con las pocas cosas que Addison había aceptado recoger del apartamento bajo escolta. Aun así ella abrazó su mochila.
—Nadie toca esto.
—Solo intentan ayudar.
—Puedo cargar una mochila.
—Tienes una rodilla lesionada.
—Tengo brazos funcionales.
Uno de los empleados quedó atrapado entre ambos, sin saber a quién obedecer, pero Hades señaló discretamente las maletas.
—Solo esas.
Addison lo vio.
—Bien.
Él arqueó una ceja.
—¿Bien?
—No abuses del momento.
Reven había enviado tres mensajes durante el trayecto.
Raven: Escríbeme cuando llegues.
Raven: Y no dejes que el dinero te impresione, los ricos también dejan calcetines en el suelo.
Raven: Si el señor Sinclair te molesta, recuerda que Dios perdona. Yo evalúo caso por caso.
Mark tampoco se había quedado atrás.
Mark: Mándame la ubicación exacta.
Mark: Ya sé quién es Sinclair, igual quiero la dirección.
Mark: Y una foto del cuarto. Si tiene candado por fuera, voy por ti.
Hades vio a Addison sonreír leyendo el teléfono.
—¿Reven?
—Y Mark.
—¿Me están amenazando otra vez?
—Con cariño.
—Eso no mejora la amenaza.
Ella guardó el teléfono.
—Mi habitación, por favor.
Hades la condujo al segundo piso.
Había elegido una suite del ala este, suficientemente lejos de la suya para respetar el acuerdo y suficientemente cerca de la escalera principal para evacuarla rápido.
Addison entró, miró la cama enorme, el baño, el pequeño salón y las puertas francesas que daban al jardín.
—No.
Hades se quedó en el umbral.
—¿Qué no?
—Esto parece una habitación de hotel de cinco mil dólares.
—No sé cuánto costaría.
—Eso es lo más rico que has dicho hoy.
—Es un dormitorio.
—Tiene una sala dentro.
—¿Prefiere uno más pequeño?
Ella lo miró con sospecha.
—¿Hay uno?
—Sí.
—Quiero ese.
Hades frunció el ceño.
—Este es más cómodo.
—No necesito cómodo, necesito no sentir que voy a romper una lámpara y deberte otro riñón.
—No me debe nada.
La frase hizo que ella guardara silencio.
—Entonces el pequeño.
Hades cedió. Diez minutos después Addison estaba instalándose en una habitación mucho más sencilla al otro lado del pasillo.
Esa fue la primera batalla doméstica perdida que él tenía y Hades no estaba acostumbrado.
La segunda ocurrió en la cocina.
Había pedido al chef preparar algo ligero y nutritivo. Cuando bajó, encontró a Addison abriendo una caja de macarrones instantáneos.
—No.
Ella ni siquiera se giró.
—¿Perdón?
—Hay comida hecha.
—Quiero esto.
—Eso tiene más sodio que...
Addison dejó la caja sobre la encimera.
—No termines esa frase.
—Solo iba a decir que hay opciones mejores.
—Mi condición médica incluía decisiones sobre comida.
—Comer no es un procedimiento.
—Controlar lo que como sigue siendo controlar.
Hades apoyó ambas manos sobre la isla.
—Está embarazada.
—Y sigo teniendo lengua, estómago y voluntad propia.
—La nutrición importa.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces puedo elegir comer macarrones una noche sin que el CEO de Manhattan convoque una junta.
Hades respiró hondo.
—No soy CEO de Manhattan.
—Dale tiempo.
Addison abrió la caja.
Él la miró y ella lo miró.
—No pienso perder contra pasta en polvo.
—Esto no es perder.
—Tu cara dice otra cosa.
Hades tomó la caja y Addison abrió la boca, indignada.
—Devuélvemela.
—No.
—Hades.
—Haré un trato.
—No negocio con secuestradores de macarrones.
—El chef prepara algo que quiera comer y usted conserva esto para mañana.
—Hoy quiero esto.
—Addison.
Ella se acercó, demasiado.
—Devuélveme. Mi. Cena.
Hades bajó la mirada, estaba tan cerca que podía contar las pecas sobre su nariz.
Error.
Addison también lo sintió. Su expresión cambió apenas y sus ojos bajaron por un instante hacia la boca de Hades.
La cocina quedó demasiado silenciosa, así que él dejó la caja sobre la encimera.
—Victoria —susurró ella.
—No.
—Acabas de rendirte.
—Elegí otra batalla.
El color subió por su cuello.
—Eres un descarado.
—Y usted sigue aquí.
Addison tomó la caja y se alejó.
Hades la observó preparar su cena con una sensación absurda de domesticidad que le resultó más peligrosa que cualquier discusión. Por primera vez en años, alguien estaba haciendo ruido en su cocina, abriendo cajones, quejándose de sus platos, pupando espacio.
La casa no parecía vacía y eso debería haberlo preocupado.
Lo hizo, pero no tanto como debería.
Dorian apareció en la entrada, no dijo nada, solo levantó el teléfono y Hades reconoció de inmediato la expresión.
—¿Qué pasó?
Addison se giró y Dorian mostró la pantalla.
Era una imagen captada por una cámara exterior veinte minutos antes, una camioneta negra estaba estacionada al otro lado del perímetro, la misma marca, el mismo modelo. Debajo de la fotografía había un mensaje enviado al número privado de seguridad de Sinclair.
Bonita casa.
Hades sintió cómo toda la calidez de la cocina desaparecía y Addison dejó caer la cuchara dentro de la olla.
—¿Cómo consiguieron ese número?
Dorian negó.
—Eso es lo que estamos revisando.
Hades ya estaba caminando hacia la puerta.
—Cierra el perímetro, nadie entra. Duplica hombres en el lado este y revisa cada vehículo de servicio de las últimas cuarenta y ocho horas.
—Hades —lo llamó Addison.
Él se giró y ella estaba pálida otra vez, pero no retrocedió.
—No conviertas esto en una prisión.
—Esta noche sí.
—No.
—Addison.
—Acepté seguridad, no encierro.
—Hay alguien afuera de mi casa enviando mensajes a mi equipo.
—Y yo sigo teniendo derecho a saber qué haces conmigo dentro.
La frustración lo golpeó con violencia.
—¿De verdad vamos a discutir esto ahora?
—Precisamente ahora.
Hades se acercó.
—Entonces escucha bien. Nadie va a sacarte de esta casa esta noche, nadie va a acercarse a ti, a Reven, a Mark ni a un solo niño de ese hogar.
—No puedes prometer eso.
—Voy a intentarlo igual.
El teléfono de Dorian vibró y miró la pantalla, su rostro cambió.
—Hades.
—¿Qué?
—Entraron al sistema de cámaras hace tres minutos. —El silencio fue total y Dorian levantó la vista—. La foto no fue tomada desde afuera.
Hades sintió que el cuerpo se le helaba.
—¿Dónde?
Dorian tragó saliva.
—Desde una cámara dentro de la propiedad.
Hades supo que había dicho exactamente lo incorrecto cuando Addison dejó de parpadear.No porque fuera mentira, ese era el problema, lo había dicho porque era verdad.Si alguna vez un médico le pedía decidir entre una instrucción escrita y verla morir, Hades no confiaba en sí mismo para escoger el papel. Había pasado demasiados años viendo cómo la gente desaparecía de su vida: sus padres, su hermana, Ares, Ada. El cáncer también había intentado llevárselo a él.No estaba preparado para añadir a Addison a esa lista.Aunque ella no fuera suya, especialmente porque no lo era.—Eso —dijo Addison con una calma peligrosa—, es exactamente lo que intento explicarte.Hades apartó la mano de la puerta.—No voy a pedir disculpas por querer mantenerte viva.—No te estoy pidiendo eso, te estoy pidiendo que entiendas que salvarme no significa sustituir mi voluntad.—Si estás consciente, decides tú.—Siempre decido yo.—Si estás inconsciente, alguien tendrá que hacerlo.—Mi representante médico.—¿Q
El grito llegó desde el segundo piso.Addison corrió antes de pensar.Hades dijo su nombre detrás de ella, pero no se detuvo. Atravesó el vestíbulo de Santa Brígida con el corazón golpeándole las costillas y subió las escaleras casi de dos en dos, olvidándose de la rodilla hasta que una punzada de dolor la hizo trastabillar.Hades la sostuvo del brazo.—Despacio.—Suéltame.—Cuando deje de intentar romperse la otra pierna.No tuvo tiempo de discutir y otro llanto sonó al final del pasillo.Una de las cuidadoras abrazaba a Emma, la niña de siete años que dormía en la habitación más cercana al patio trasero. El cristal de una de las ventanas estaba roto.Addison sintió que el mundo se detenía.—¿Qué pasó?Emma la vio y se soltó de la cuidadora.—Addy.Addison se agachó pese al dolor y la niña se lanzó contra ella.—Estoy aquí. ¿Te lastimaste?Emma negó con fuerza.—Había un hombre.La sangre de Addison se heló y Hades se volvió hacia Dorian.—Cierra el edificio.—Ya está hecho.—Nadie s
Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.Ahora tenía otra cosa que contar.Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.—No puedes convertir un orfanato en una base militar.—Puedo e
Addison había llegado a una conclusión después de conocer a Hades Sinclair.El hombre tenía un talento especial para aparecer cuando ella menos quería verlo y, peor aún, para quedarse en su cabeza cuando por fin lograba perderlo de vista.Dos días después de la conversación en el restaurante, todavía recordaba demasiado bien la forma en que él la había sujetado por la cintura cuando casi se desmayó. También recordaba su sonrisa, esa que parecía ocurrir pocas veces y que, por alguna razón absurda, la había dejado más alterada que todas sus órdenes juntas.Por suerte, la realidad se encargaba de aplastar cualquier pensamiento inconveniente.Tenía clases, turnos en el restaurante, una cita pendiente con un obstetra que había elegido por su cuenta y ciento dieciocho mil dólares en deudas que seguían existiendo, aunque un multimillonario quisiera resolverlas con una transferencia.Su teléfono vibró cuando salió de la universidad.Raven: ¿Fuiste al médico?Addison: Tengo cita mañana.Raven:
Hades Sinclair había negociado adquisiciones por cientos de millones sin que le temblara un músculo.Había despedido juntas enteras, enfrentado demandas, pasado meses escuchando a médicos hablar de porcentajes de supervivencia y aprendido a vivir con la posibilidad de que su apellido terminara con él.Nada de eso lo preparó para ver a Addison Harper salir de una sala de reuniones llevándose con ella la posibilidad más concreta que había tenido de convertirse en padre.La puerta se cerró y Hades siguió mirando el lugar por donde ella había desaparecido hasta que Martin Cole, su abogado, carraspeó.—Necesitamos hablar.—No.—Hades.—He dicho que no.La doctora Ward seguía de pie al otro lado de la mesa, pálida. Uno de los abogados de Everwell hojeaba documentos con una velocidad que solo podía significar pánico.—Quiero saber exactamente cómo ocurrió —dijo Hades.Ward respiró hondo.—Hubo una cadena de errores de identificación. Se intercambiaron expedientes y una autorización no fue ve
No puede ser.La frase seguía golpeándole la cabeza a Addison mientras miraba a Hades Sinclair al otro lado de la sala.La doctora Ward acababa de decirlo con una tranquilidad que a ella le parecía casi obscena:—La muestra utilizada durante su procedimiento pertenecía a Hades.Él era el padre biológico del embarazo que Addison ni siquiera sabía que tenía hasta unas horas antes.Durante unos segundos nadie se movió.Maya seguía sentada a su lado, con los dedos aferrados a su antebrazo. Los dos abogados permanecían demasiado erguidos, como si respirar de forma incorrecta pudiera generar una demanda millonaria. Hades, en cambio, parecía haberse convertido en piedra.Solo sus ojos lo traicionaban, verdes y fijos en ella.—Diga algo —espetó Addison.La doctora Ward abrió la boca.—Señorita Harper...—No usted, él.Hades parpadeó por fin.—Estoy intentando entenderlo.—Pues avíseme cuando termine, porque yo llevo una mañana excelente.Maya le apretó el brazo.—Addison.—No, Maya. Fui a ven







