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Author: Ornella Carey
last update publish date: 2026-10-27 04:14:44

Hades había aprendido hacía años que el miedo era más útil cuando se convertía en acción.

Durante el cáncer, había contado ciclos de quimioterapia en vez de probabilidades. Después del accidente aéreo que mató a su familia, había leído informes hasta memorizar números de serie, horarios y nombres de tripulantes porque era más sencillo revisar datos que aceptar que toda su familia había desaparecido en unas pocas horas.

Ahora tenía otra cosa que contar.

Dos hombres detenidos, un vehículo identificado, tres equipos moviéndose hacia Santa Brígida y uno hacia el cuartel de Mark.

Y veintisiete niños que no tenían absolutamente nada que ver con Addison Harper ni con las deudas que alguien había colocado sobre sus hombros.

—Quiero cámaras en ambos accesos —ordenó mientras Dorian conducía—. Dos hombres dentro del perímetro y dos fuera. Nadie con uniforme de Sinclair.

Addison giró hacia él desde el otro extremo del asiento trasero.

—No puedes convertir un orfanato en una base militar.

—Puedo evitar que alguien se acerque.

—Sin asustar a los niños.

—Eso acabo de decir.

—No, dijiste cámaras, perímetro y hombres.

Hades la miró.

Ella estaba pálida, pero seguía discutiendo, eso lo tranquilizó más de lo que quería admitir.

—La seguridad irá vestida de civil.

—Y Reven tiene que saberlo.

—Por supuesto.

—Yo se lo diré.

—Dorian ya está coordinando...

—Yo. Se. Lo. Diré —dijo ella entre dientes.

Hades apretó la mandíbula.

—Bien.

Addison tomó su teléfono, sus dedos temblaban y él los vio. También vio cómo ella escondía la mano contra el muslo.

Raven: ¿Por qué hay dos policías afuera?

El mensaje apareció en la pantalla antes de que Addison pudiera bloquearla.

Luego otro.

Raven: Addison Harper, llámame AHORA.

Hades desvió la mirada.

—No leas mis mensajes.

—No estaba leyendo.

—Tus ojos estaban exactamente allí.

—Tengo buena visión periférica.

Ella le lanzó una mirada asesina.

—Qué conveniente.

Addison llamó a Reven. Hades intentó no escuchar, aunque resultó imposible dentro del vehículo.

—Estoy bien —dijo ella de inmediato, luego una pausa—. Sí, ya sé que siempre digo eso cuando no estoy bien.

Otra pausa, más larga y Addison cerró los ojos.

—Hubo un problema con la gente de las deudas.

Hades observó cómo su garganta se movía al tragar.

—No, no me hicieron nada. Estoy con... alguien.

Lo miró.

—Con Hades Sinclair.

Incluso a él le pareció extraño escuchar su nombre en aquella conversación. Reven debía estar hablando fuerte porque Addison alejó un poco el teléfono.

—No, madre Reven, no es mi novio.

Hades arqueó una ceja y Addison lo fulminó.

—No importa quién es. Importa que habrá seguridad alrededor del hogar por un tiempo . —Pausa—. Sí. Ya sé.

Otra pausa y la expresión de Addison cambió.

—No digas eso.

Hades dejó de mirar por la ventana.

—Reven...

La voz de Addison se quebró apenas.

—No es culpa mía, pero empezó por mí.

Hades sintió una irritación inmediata, aunque no contra ella.

Addison escuchó unos segundos más y terminó la llamada.

—¿Qué dijo?

—Nada.

—Eso fue claramente algo.

—Dijo que, si alguien se atreve a tocar a uno de sus niños, va a descubrir que una monja con un b**e de béisbol también puede ser un instrumento de Dios.

Dorian soltó una risa desde el volante y Hades casi sonrió.

—Me cae bien.

—No te emociones. También dijo que, si me llevas a algún lugar contra mi voluntad, va a golpearte a ti primero.

—Ya no me cae tan bien.

Addison miró por la ventana, pero la esquina de su boca se movió.

Duró poco.

El teléfono volvió a vibrar.

Mark: Estoy bien. Hay dos tipos de seguridad aquí y uno parece capaz de levantar un camión. ¿Esto tiene que ver contigo?

Otro mensaje apareció.

Mark: No me mientas. Raven ya me llamó.

Addison se frotó la frente.

—Perfecto.

—Llámalo.

Ella giró hacia Hades.

—No necesito instrucciones para usar mi teléfono.

—Era una sugerencia.

—Sonó como una orden.

—Todo le suena como una orden.

—Porque todo lo dices como si estuvieras comprando una empresa.

Dorian carraspeó.

—Voy a fingir que no estoy aquí.

Hades ignoró el comentario.

Llegaron a Santa Brígida diez minutos después.

La verja azul estaba cerrada. Dos agentes uniformados hablaban con un hombre de seguridad de Sinclair junto a la entrada lateral. Hades reconoció inmediatamente el punto desde donde habían tomado la fotografía.

Demasiado cerca.

La rabia regresó.

Addison abrió la puerta antes de que el vehículo se detuviera por completo.

—Espere.

—Ni sueñes.

Hades salió detrás de ella.

El patio estaba tranquilo. Varios niños jugaban cerca del edificio principal, aunque dos cuidadoras los mantenían más cerca de lo habitual. Reven apareció en la puerta con los brazos cruzados.

Era pequeña.

Hades comprendió enseguida de dónde había aprendido Addison a mirar a alguien como si pudiera reducirlo a cenizas.

Addison corrió hacia ella y Reven la abrazó sin decir nada.

Hades se detuvo a varios metros, algo en aquella escena le resultó demasiado íntimo para invadirlo. Después apareció una niña de cabello oscuro que rodeó la cintura de Addison. Otro niño salió detrás.

—¿Por qué hay policías? —preguntó la niña.

Addison se agachó.

—Porque están revisando unas cosas.

—¿Hicimos algo malo?

—No, cielo.

Hades apartó la vista.

Veintisiete.

Dorian se acercó.

—La policía revisó el perímetro, no encontraron nada.

—Quiero saber quién tomó esa fotografía.

—Estamos rastreando cámaras de tráfico.

—Hoy.

—Hades.

—Hoy.

Dorian asintió y Reven se acercó después de mandar a los niños adentro.

—Usted debe ser Sinclair.

—Hades.

Ella le dio una mirada larga.

—No me importa cómo lo llamen en Wall Street. ¿Mi niña está segura?

Hades respondió sin pensar.

—Lo estará.

Addison se volvió de inmediato.

—No prometas cosas que no puedes controlar.

La frase lo golpeó porque tenía razón.

Reven alternó la mirada entre ambos.

—Veo que se entienden maravillosamente.

—No —dijeron al mismo tiempo.

La monja alzó ambas cejas y Dorian volvió a fingir interés en otra cosa.

Hades respiró hondo.

—Lo que puedo prometer es que habrá seguridad aquí mientras exista una amenaza.

—Eso sí lo acepto —dijo Reven—. Sin armas visibles cerca de los niños.

—De acuerdo.

Addison lo miró, sorprendida por la rapidez.

—¿Qué?

—Puedo negociar.

—Cuando quieres.

—Cuando la otra persona es razonable.

—No empieces.

Reven levantó una mano.

—Los dos, silencio.

Hades obedeció.

Aquello sorprendió a todos, incluido él mismo.

Pasaron la siguiente hora revisando accesos, cámaras y rutinas. Hades descubrió que el hogar tenía demasiados puntos ciegos y un presupuesto de seguridad inexistente. También descubrió que Addison conocía el nombre de cada niño, quién odiaba las zanahorias, quién tenía pesadillas y quién escondía caramelos debajo de la cama.

Ella pertenecía a aquel lugar y eso hacía la amenaza mucho peor.

Mark llegó cerca del mediodía todavía con pantalones del uniforme del cuartel.

—¿Dónde está?

Addison se volvió.

—Mark.

El hombre cruzó el patio y la abrazó con tanta fuerza que sus pies casi abandonaron el suelo.

—Me vas a matar antes que cualquier delincuente.

—Estoy bien.

—Deja de decir eso.

Hades observó el vínculo entre ambos y Mark lo vio por encima del hombro de Addison.

—¿Tú eres Sinclair?

—Sí.

—¿El que la dejó sin trabajo?

Addison cerró los ojos.

—Por favor, no.

—Técnicamente...

—No termines esa frase —dijo ella.

Mark señaló a Hades.

—Si le haces daño, tengo amigos que saben abrir autos con herramientas muy creativas.

Hades lo estudió.

—Yo tengo amigos que fabrican autos.

Mark sonrió.

—Bien, entonces nos entenderemos.

Addison se llevó ambas manos a la cara.

—Quiero otra familia.

Por un segundo, el patio pareció normal, después Dorian apareció con una tableta y Hades reconoció su expresión.

—¿Qué encontraste?

—La camioneta fue rentada con documentación falsa. Pero revisamos las llamadas del teléfono del hombre detenido.

Addison se tensó.

—¿Y?

Dorian miró primero a Hades y ese gesto bastó.

—Habla.

—Hay varios mensajes sobre ella. Horarios de universidad, el restaurante, el apartamento.

Hades sintió que algo dentro de él se enfriaba.

—¿Desde cuándo?

—Semanas.

Addison palideció.

—¿Semanas?

—También hay referencias al hogar y al cuartel —continuó Dorian—. Alguien les estaba enviando información.

Mark dejó de sonreír y Reven apretó la camádula que llevaba en la muñeca.

Hades ya había tomado una decisión.

—Addison no vuelve a ese apartamento.

Ella giró.

—Perdón.

—No es seguro.

—Eso lo decido yo.

—No después de esto.

—No vuelvas a empezar.

—Alguien conoce tus horarios desde hace semanas.

—Y eso no significa que puedas mudarme como una caja.

—Significa que no pienso dejar que duermas sola en un lugar cuya dirección tienen.

Addison avanzó hacia él.

—No eres mi dueño.

—Nunca he dicho que lo sea.

—Entonces deja de actuar como si pudieras ordenar dónde vivo.

Hades bajó la voz.

—Ven a mi casa.

El silencio fue inmediato y Addison parpadeó.

—¿Qué?

—La mansión tiene seguridad, perímetro cerrado, cámaras y personal las veinticuatro horas.

—No.

—Addison.

—No.

Maya llegó en ese momento, casi corriendo desde la verja.

—¡¿Estás bien?!

Abrazó a Addison, revisó su cara y después miró a Hades.

—¿Qué pasó?

—Intentaron meterla en un vehículo —respondió él.

Maya perdió el color.

—¿Qué?

Addison lanzó una mirada de advertencia.

—Estoy bien.

—Te voy a estrangular.

—Ponte en la fila.

Maya escuchó la explicación completa sin interrumpir. Después miró hacia el edificio, donde dos niños observaban desde una ventana.

Su expresión se endureció.

—Vete con él.

Addison se quedó quieta.

—No.

—Sí.

—Maya...

—No me importa si te gusta, si lo odias o si quieres tirarlo por una ventana. Allí hay niños. Si esos tipos creen que pueden usarlos para llegar a ti, cada noche que duermas sola es otra oportunidad para que vuelvan.

—No quiero depender de él.

—Entonces no dependas, negocia.

Addison no respondió.

Maya se acercó.

—Pero deja de confundir independencia con ponerte en peligro. Tu orgullo no vale la vida de Reven, de Mark ni de ninguno de esos niños.

Hades vio el golpe en el rostro de Addison.

Quiso intervenir, pero no lo hizo porque Maya tenía razón.

Addison miró hacia Santa Brígida durante varios segundos y finalmente respiró.

—Si voy, será temporal.

Hades asintió.

—Bien.

—Y con condiciones.

Él ya esperaba eso.

—Hablemos de ellas.

—No aquí.

Antes de que pudiera responder, el teléfono de Dorian sonó y contestó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Cuándo?

Hades se acercó.

—¿Qué ocurre?

Dorian apartó el teléfono.

—El equipo del perímetro encontró a alguien en la parte trasera del hogar.

Addison palideció.

—¿Quién?

Dorian miró hacia la verja.

—No lo sabemos.

Entonces un grito infantil llegó desde el interior.

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