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Una Decision Impulsiva

Author: AZAHARA
last update publish date: 2026-09-02 15:27:55

No entendía qué me estaba pasando. Sentir celos por Asdrúbal era absurdo. Lo conocía desde hacía un par de horas. Ni siquiera sabía demasiado sobre él, excepto lo que me había contado minutos antes, que era empresario, tenía una constructora y que, según él, acababa de pasar por una ruptura amorosa.

Entonces, ¿por qué me había molestado tanto cuando mencioné a su supuesta novia y él decidió no responder?

Quizá estaba demasiado sensible, después de lo que había ocurrido con Diego. 

Terminé mi trago, dejé la copa sobre la barra y me levanté de mi asiento. 

—Ya regreso. Necesito ir al baño. —murmuré mientras tomaba mi bolso. 

Apenas estuve de pie, sentí que el suelo se movía ligeramente bajo mis pies.

Asdrúbal me observó con atención.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí rápidamente. 

—¿Segura?

—Sí.

Él se encogió de hombros. Yo sonreí y me dirigí hacia el pasillo  tratando de no tambalearme. Me sentía algo perturbaba por el licor. Por suerte conocía perfectamente aquel lugar, por lo que pude llegar sin problema al baño de damas. 

Abrí la puerta, entré y coloqué mi bolso encima del mesón de mármol. Apoyé ambas manos y me miré al espejo. Tenía el cabello un poco desordenado y los ojos algo hinchados por haber llorado.

—Qué tonta eres, Clara. —me dije a mí misma—. ¿Cómo puedes ponerte celosa de un hombre que acabas de conocer?

Aquel hombre debía tener un pasado. Yo no podía pretender que no hubiera existido ninguna mujer antes que yo.

Además, ¿qué me importaba? Me recriminé a mi misma y me crucé de brazos. Tal vez, ni siquiera lo volvería a ver después de esta noche. 

Lo que más me perturbaba de todo aquello, era que durante mi relación con Diego nunca había sentido celos por él. Al contrario, había confiado plenamente en él. Al punto que jamás imaginé que pudiera engañarme.

Quizás ese había sido mi mayor error, confiar demasiado. Dejé escapar un suspiro. Me lavé el rostro, acomodé un poco mi cabello y respiré profundamente.

—Ya está.

No iba a permitir que una noche terrible terminara convirtiéndome en alguien que no era. Regresé a la barra y él seguía allí.

Cuando me vio acercarme, se puso de pie.

—Creo que es hora de marcharme. —dije, abrí mi bolso para sacar  mi tarjeta. 

Pero antes de que pudiera entregársela al camarero, Asdrúbal negó con la cabeza.

—No te preocupes. Ya pagué.

Lo miré con el entrecejo fruncido. 

—Esta noche invito yo.

La forma en que dijo aquellas palabras me hizo pensar que no hablaba únicamente de aquella copa, como si estuviera dando por hecho que habría una segunda vez.

—Está bien. —sonreí y guardé la tarjeta en mi bolso. 

Iba a dar el primer paso hacia la entrada, cuando tropecé con uno de los asientos. 

Asdrúbal me sujetó suavemente del brazo.

—¿En verdad estás bien?

—Sí, claro. Tal vez un poco mareada.

—Entonces te llevo.

—No hace falta. Vine en mi coche.

—Precisamente por eso. No deberías conducir en ese estado. 

Negué con la cabeza.

—Puedo conducir. Estoy bien —insistí. 

—Déjalo aquí. —dijo con voz firme—. Conozco al dueño del bar. Puedo pedirle que lo cuide y mañana vienes por él.

Guardé silencio. Aunque quisiera ocultarlo, no me sentía del todo bien. Estaba mareada y en cierta forma, no quería que la noche terminara todavía.

—Está bien.

Asdrúbal sonrió.

Salimos juntos del bar. Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, él colocó una mano sobre mi espalda para ayudarme a avanzar. El roce de sus dedos, justo en el escote de mi vestido, me hizo estremecer. 

Aunque fue un ligero roce, mi cuerpo reaccionó inmediatamente.

Me quedé en silencio y continué caminando.

Cuando llegamos al estacionamiento, el valet apareció con el coche de Asdrúbal.

Me quedé mirando el lujoso automóvil. Era elegante, moderno y claramente de alta gama.

—Vaya…

Él sonrió. 

—¿Te gusta? 

—Es impresionante. 

—Entonces sube. —fijo abriéndome la puerta del copiloto. 

Entré y me acomodé en el asiento.

Asdrúbal le dio algunas indicaciones al valet respecto a mi coche y después rodeó el vehículo, subió y arrancó.

Durante unos minutos ninguno dijo nada. Yo me distraje mirando por la ventana. 

—¿Ocurre algo? —preguntó él. 

Giré para verlo y negué con la cabeza. 

—No.

—Pareces preocupada.

—Estoy pensando en lo que tengo que hacer mañana.

No era exactamente mentira. Tenía muchas cosas que resolver, pero en realidad estaba intentando no pensar en Diego. Al llegar a casa, estaría sola y entonces los recuerdos me invadirían. 

—Entiendo.

El trayecto continuó en silencio hasta que reconocí la calle cercana a mi casa. 

—Es por allí —Le señalé. 

Justo cuando dobló la esquina, mi teléfono vibró. Pensé que era Helen, debía estar preocupada por mí. Lo saqué del bolso, pero al ver el mensaje, supe que no era ella. 

Tenía varios mensajes de Diego. 

“Necesito hablar contigo.”

“Por favor, déjame explicarte.”

“Solo dame una oportunidad.” 

Sentí que la rabia me invadía nuevamente. Hasta ese momento había conseguido olvidarme de él.

Mientras estuve en el bar conversando con Asdrúbal, me había reído y, por un rato, había dejado de pensar en la traición. Ahora Diego volvía a aparecer. 

Guardé el teléfono con fuerza.

—¿Todo bien? —preguntó Asdrúbal.

—Sí. —contesté con rapidez. 

Cuando llegamos frente a mi casa, apagó el motor, bajó inmediatamente y rodeó el coche. Abrió la puerta y cuando salí del automóvil me sentí nuevamente mareada, él me sujetó por la cintura y quedé muy cerca de él.

Levanté la mirada. 

—Gracias —murmuré.

—Voy a acompañarte hasta la puerta. 

—No hace falta.

—Todavía estás un poco mareada.

Caminamos hasta la entrada.

Abrí mi bolso y busqué las llaves, pero no las encontraba. Finalmente las saqué, pero se me resbalaron de los dedos.

—Mierda.

Las dos nos agachamos al mismo tiempo, nuestras manos casi se tocaron. Asdrúbal levantó el rostro y nuestras miradas se encontraron reviviendo en mi interior la extraña sensación de calor. 

Definitivamente aquello no tenía nada que ver con el alcohol.

Él tomó las llaves antes que yo.

—Permíteme.

Se incorporó y abrió la puerta. 

Yo entré mientras él permanecía de pie en el umbral.

—Bueno… —dijo con voz grave y suave—. Ha sido un placer conocerte, Clara.

Tuve que forzar una sonrisa. 

—También para mí.

Asdrúbal dio un paso hacia atrás.

—Que descanses.

Se giró para marcharse y entonces hice algo que no había planeado. Sentí el impulso de detenerlo. Lo tomé del brazo y tiré suavemente de él hacia mí obligándolo a entrar. 

Él cerró la puerta, yo rodeé su cuello con mis brazos y lo besé.

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