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Capítulo 4

ผู้เขียน: Elena Castro
Deslicé el convenio firmado frente a Alejandro.

Él permaneció de pie junto a la mesa.

—Enciéndelo.

Negué con la cabeza, saqué el celular y escribí:

"Firma".

Alejandro echó un vistazo al documento, pero no lo tomó. Comenzó a hablar y apenas conseguí leerle los labios.

—Aunque no puedas oír, seguirás siendo mi esposa.

Apartó el rostro mientras terminaba la frase y no pude entender el resto.

Volví a escribir:

"No busco que sientas lástima. Ya pagué mi parte de todos los gastos de Bellacosta. Los bienes que tenemos en nuestro país se repartirán conforme al acuerdo prenupcial. Cuando firmes, mi abogado se encargará de lo demás".

Tomó el convenio y fue directamente a la sección patrimonial. Su rostro se ensombreció más con cada página.

—¿No quieres nada?

Leí la pregunta en sus labios y asentí.

Alejandro se inclinó sobre la mesa, apoyando las manos para obligarme a mirarlo.

—Dime qué quieres. Repetiremos la ceremonia, recuperaré la entrada y te acompañaré al médico. Pero no aceptaré el divorcio.

Leí con total claridad la última frase.

Dobló el convenio y se lo guardó en el bolsillo interior del saco. Intenté quitárselo, pero él se adelantó y tomó el audífono que estaba sobre la mesa.

—Devuélvemelo.

Oí mi propia voz solo dentro de mi cabeza.

La mirada de Alejandro vaciló. Levantó una mano, como si quisiera acariciarme el rostro, pero terminó guardando el audífono en un cajón y cerrándolo con llave.

—Ya que no quieres escucharme, quédate en silencio unos días.

Se guardó la llave en el bolsillo y articuló cada palabra con lentitud para que pudiera leerle los labios.

—Cuando termine de acompañar a Lina en la presentación, volveremos a hablar. Para entonces estarás más tranquila y te lo devolveré.

Miré fijamente el cajón.

El médico ya me había advertido que seguir usando el audífono durante esos días no mejoraría mi audición y que incluso podía agravar el tinnitus. A esas alturas, aquel aparato ya no me servía de mucho.

Pero Alejandro no lo sabía.

Solo sabía que, si me quitaba el objeto del que dependía para comunicarme, podría obligarme a regresar al lugar que él había elegido para mí.

Antes de salir, sacó mi pasaporte del mueble de la entrada. Me interpuse frente a la puerta.

Se detuvo y me mostró un mensaje en su celular:

"Estás alterada. Descansa. Cuando termine la gira, regresaremos juntos".

Me observó durante unos segundos. Finalmente devolvió el pasaporte al mueble, guardó en mi celular el número de su asistente y lo llamó.

—Si necesitas algo, comunícate con él.

Al cerrar la puerta, se volvió por costumbre. Por un instante, volví a ver en él al hombre que, años atrás, me había esperado fuera del estudio de radio.

Cuando terminó mi último programa, cruzó entre los compañeros que me felicitaban y tomó mis auriculares para ponérselos. En aquel entonces, su condición todavía no era tan grave como para rechazar cualquier sonido.

Después de escuchar la grabación, me dijo con los ojos enrojecidos:

—Renunciar no significa perderlo todo. A partir de ahora, yo llenaré tu mundo.

Le creí.

Por eso fui apagando, uno tras otro, la música, mis programas y hasta mi propia voz.

Ahora, el hombre que había prometido llenar mi mundo acababa de silenciarlo con sus propias manos.

La puerta se cerró por completo.

Saqué el pasaporte del mueble de la entrada y recuperé del doble fondo de mi maleta otra copia del convenio de divorcio. La guardé en una carpeta.

El auto que había enviado mi abogado ya me esperaba abajo.

Perdí por completo la audición camino al aeropuerto.

No hubo un dolor repentino ni un último sonido a modo de despedida.

Bellacosta seguía bulliciosa al otro lado de la ventanilla. La gente conversaba, los autos avanzaban sobre el pavimento y, a lo lejos, alguien tocaba un instrumento.

Mi mundo, en cambio, había quedado al otro lado de una pared de cristal.

Más de diez horas después, aterricé en mi país.

Mi abogado fue a recibirme y me explicó por escrito que Alejandro ya había regresado al hotel. Al descubrir que yo no estaba, canceló todos sus compromisos con la gira y tomó un vuelo de regreso.

Después de leer aquellas palabras en el celular, dejé el dedo suspendido sobre su foto de perfil.

Había más de veinte mensajes en nuestra conversación. El primero todavía era una orden:

"Vuelve al hotel".

Más adelante, había enviado una foto de mi audífono:

"Lo tengo conmigo. No te vayas a ninguna parte".

El último decía únicamente:

"Espera a que vaya a buscarte".

No respondí.

El primer día de regreso en mi país, puse a la venta por un precio muy bajo el apartamento que había comprado antes de casarme. Entre sus paredes estaban los cinco años transcurridos desde que dejé la radio y la vida que Alejandro creía inmutable.

El agente inmobiliario encontró un comprador esa misma noche. Cuando llegó el momento de aceptar la oferta y firmar el acuerdo de compraventa, dudé durante largo rato.

Las patas de la mesa todavía conservaban las almohadillas amortiguadoras que había instalado por él. Los paneles acústicos que había retirado dejaron marcas en la pared del estudio. En el refrigerador no había una sola botella de vidrio que pudiera chocar con otra.

No borré ninguna de aquellas huellas. Una vez vendido el apartamento, tampoco me pertenecerían.

A la mañana siguiente, subí a un tren expreso rumbo a Santa Aurelia, en el sur del país.

De pronto, el agente inmobiliario me envió un video subtitulado.

Una caravana de autos decorados con flores se había detenido frente al edificio. Alejandro estaba al frente con mi audífono en una mano y un ramo de rosas blancas en la otra.

Había pasado toda la noche en un avión y su traje seguía arrugado. Levantó la mano y llamó a la puerta de la que había sido nuestra casa.

El agente abrió y le impidió el paso. Con frialdad, le informó:

—La propietaria aceptó anoche una oferta por el apartamento muy por debajo de su valor. Ya se fue.

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