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Capítulo 3

Penulis: Elena Castro
En el momento en que apareció la confirmación en la pantalla, el zumbido de mis oídos ahogó cualquier otro sonido. Solo vi que Alejandro apretaba los labios.

Tomó una de las tarjetas de la suite y deslizó la otra hacia mí.

—Descansa esta noche. Mañana volveré para que hablemos.

Cuando se marchó con Lina, apagó el equipo de sonido antes de cerrar la puerta. La habitación quedó nuevamente en silencio.

Por primera vez comprendí que, aunque Alejandro realmente sufría con el ruido, por Lina estaba dispuesto a soportar algo que conmigo siempre había considerado imposible. Simplemente yo nunca había merecido esa excepción.

A la mañana siguiente, el audífono emitió la alerta de batería baja. Aunque el sonido era débil y se perdía entre una espesa interferencia, el pitido agudo me provocó un dolor punzante en las sienes.

En la sala, Alejandro hablaba por celular con Lina.

—Anoche le dolían demasiado los oídos; no podrá ir al concierto. No dejes su asiento vacío; dale la entrada al tecladista. ¿No llevaba tiempo queriendo ver el concierto sensorial de Bellacosta? El sistema de bajas frecuencias del escenario puede ayudarle con sus arreglos.

Me quedé en la puerta, aferrada al marco con las yemas de los dedos.

Eran dos entradas para el Concierto Sensorial Aurora. El público percibía la música mediante las vibraciones del piso, las luces y los sonidos de baja frecuencia.

El día en que me diagnosticaron una pérdida auditiva irreversible, vi el cartel promocional al salir del hospital. Alejandro me abrazó y prometió acompañarme.

—Si un día ya no puedes oír, aprenderé a ser tus oídos.

Habíamos comprado aquellas entradas con seis meses de anticipación.

Alejandro terminó la llamada. Solo cuando se volvió y me vio pareció recordar algo.

—¿Ya despertaste? Hay que cargar el audífono.

Extendió la mano, pero no se lo entregué.

—Regalaste mi entrada.

Su mirada rehuyó la mía por un instante y enseguida bajó la voz.

—El tecladista de Lina está experimentando con sonidos de baja frecuencia. Tú no te sientes bien y quizá el concierto solo empeore las molestias. Cuando volvamos, te compraré el modelo de audífono más reciente.

—Yo quiero esa entrada.

—Es solo un concierto.

Abrió una página en su celular y me mostró varios modelos de audífonos. Eran costosos, tenían especificaciones complejas y el formulario de reserva ya estaba completado con mis datos.

—Este es mucho mejor que el que usas ahora. Podemos dejar la ceremonia para más adelante e ir a otro concierto cuando tu audición se estabilice.

Lo había organizado todo a la perfección.

Si no estuviera a apenas un día de perder por completo la audición, quizá aceptaría su solución, como siempre.

—Recupera mi entrada —insistí.

Alejandro empezó a perder la paciencia.

—Ya se la prometí. Si cambio de opinión a última hora, ¿cómo se lo explicará Lina a la banda?

—¿Y qué pasó con lo que me prometiste a mí?

Guardó silencio unos instantes y dejó el celular boca abajo sobre la mesa.

—Antes no te molestaban tanto estas cosas.

A través del zumbido confuso del audífono, cada palabra me llegó como si atravesara el agua.

—La entrada no se puede devolver. Si no estás en condiciones de ir, tampoco tiene sentido dejar el asiento vacío.

Lo miré y, de pronto, ya no me quedaron fuerzas para explicarle nada.

Lina le envió una nota de voz. Alejandro la reprodujo en altavoz, y su voz sonriente atravesó la interferencia.

—Alejandro, Rebeca no se habrá enojado por una entrada, ¿verdad? Mejor olvídalo. No quiero causar problemas entre ustedes.

Él tomó el celular de inmediato y respondió.

—Anoche tuvo un episodio de tinnitus muy intenso y no puede ir. Después hablaré con ella.

Daba por sentado que yo lo comprendería, que volvería a ceder, que seguiría esperándolo en el mismo lugar cada vez que decidiera regresar.

Me quité el anillo de bodas y lo dejé donde antes había estado el sobre con las entradas.

En cuanto Alejandro lo vio, su expresión se volvió gélida.

—Póntelo.

—Me lastima el dedo.

—¿Te quitas el anillo por una entrada?

En el celular, abrí el convenio electrónico que me había enviado mi abogado y pulsé el botón de imprimir. La impresora de la suite empezó a funcionar.

La mirada de Alejandro cayó sobre la primera página.

Al leer las palabras "convenio de divorcio", por fin dio un paso hacia mí.

—¿Hablas en serio?

No respondí.

El zumbido del audífono se volvió cada vez más agudo. Levanté la mano y lo apagué por completo.

Antes de que el mundo se hundiera en el silencio, lo último que oí fue a Alejandro contener la rabia para decir:

—Rebeca Suárez, no intentes asustarme con el divorcio.

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