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Capítulo 2

مؤلف: Salsa Picante
Sebastián sonrió al oírla y pasó el pulgar por la leve marca que el anillo había dejado en su piel.

—¿Cuánto llevas con ese anillo? ¿Tres meses? ¿Seis? Yo podría dejarte una marca igual en un solo día.

La miró con total seguridad.

—¿De verdad crees que podrías enamorarte de alguien más?

Era evidente que no le creía. Después de todo, años atrás todos sabían que Valeria había estado loca por él.

Valeria lo vio claro en sus ojos: Sebastián estaba convencido de que todo aquello no era más que una de sus maniobras.

Así que sacó el celular y llamó a Adrián delante de él.

Adrián contestó casi de inmediato. Su voz grave y serena sonó al otro lado de la línea.

—¿Cómo es que me llamas? ¿No estabas en la fiesta de tu amiga?

—Nada. Solo te extrañaba —respondió Valeria con toda naturalidad.

Adrián guardó silencio un par de segundos.

Luego soltó una risa baja. Se notaba que le había gustado oír aquello.

—Entonces intentaré terminar el trabajo cuanto antes para volver la próxima semana.

—Está bien —respondió Valeria con la voz un poco más suave—. No trabajes de más. Y no te desveles tanto.

—Está bien. Avísame cuando termine la fiesta. Mandaré al chofer por ti.

—Te amo, mi amor.

En Ladera, en pleno distrito financiero de la capital, donde cada metro cuadrado costaba una fortuna, se alzaba la sede del Grupo Salazar.

En el despacho del presidente, en el último piso, Adrián seguía sentado detrás de su escritorio, impecable en su traje, con el celular todavía en la mano.

Aquel inesperado "te extrañaba", seguido de un "te amo, mi amor", había conseguido distraerlo por completo.

Alzó la vista hacia su asistente.

—Acelera el proyecto. Y consígueme el primer vuelo de regreso disponible.

El asistente cerró la carpeta que llevaba en las manos.

—¿Extraña a su esposa, señor?

Adrián bajó la mirada. Sus ojos se ensombrecieron apenas.

—No.

Algo no cuadraba.

Valeria nunca le hablaba así.

Al fin y al cabo, lo suyo no era un matrimonio de verdad.

Años atrás, uno de los hombres que Adrián había puesto a vigilar a Sebastián le contó que este había abandonado a Valeria. Ella estaba destrozada, había caído en una fuerte depresión y había terminado en Ladera.

Al principio, Adrián no tenía intención de meterse.

Pero un día Valeria fue a buscarlo por su cuenta.

Le ofreció donar uno de sus riñones a su hermano a cambio de que la ayudara a vengarse.

Como cabeza de la poderosa familia Salazar, Adrián tenía prácticamente todo a su alcance. Todo menos un riñón compatible que pudiera salvar a su hermano menor.

Nicolás Salazar tenía una condición médica particular y, después de años buscando, todavía no habían encontrado un donante compatible.

Adrián no sabía cuándo se había hecho Valeria las pruebas de compatibilidad, pero tuvo que reconocer que aquella mujer tenía agallas.

Estaba dispuesta a dar hasta un riñón con tal de vengarse.

Habían acordado realizar la operación cuando la salud de Nicolás empeorara.

Y para asegurarse de que Valeria no se echara atrás, Adrián se casó con ella.

Así, incluso si Valeria moría, él podría autorizar la donación como su familiar más cercano.

Adrián golpeó distraídamente el escritorio con los nudillos.

Cuando volvió a alzar la vista, ya había tomado una decisión.

—Averigua con quién estuvo hoy mi esposa y qué pasó.

Hizo una breve pausa.

—Y manda más guardaespaldas con ella. Quiero que esté bien protegida.

No podía permitir que le pasara nada a ese riñón.

Aquella llamada no había durado ni un minuto, pero bastó para inquietar a Adrián y borrar cualquier rastro de calma del rostro de Sebastián.

Sebastián seguía arrinconando a Valeria contra la pared, con una rabia difícil de ocultar en los ojos.

Porque, en su cabeza, Valeria debía haber acabado arruinada. Debía haberse arrepentido. Debía verlo a él triunfando, con otra mujer a su lado, y sentirse destrozada.

Lo último que esperaba era encontrársela allí, tan tranquila, diciéndole que ya se había casado.

Valeria arqueó una ceja, guardó el celular en el bolso y sacó otro cigarrillo.

Lo encendió con calma.

—Ya oíste. ¿Me dejas pasar?

—¿Le pagaste a alguien para que te siguiera el juego? —preguntó Sebastián entre dientes mientras le sujetaba la barbilla—. Valeria, ¿eso es lo mejor que se te ocurrió?

—Piensa lo que quieras.

Valeria le apartó el brazo y le echó el humo en la cara.

—Me da igual si me crees o no. Tú y yo no tenemos nada que ver desde hace mucho.

Sebastián tosió por el humo.

Entonces pareció ocurrírsele algo y sonrió con burla.

—Exacto. Hace mucho que tú y yo no tenemos nada que ver —dijo con la voz fría—. Así que haz lo que viniste a hacer y lárgate de una vez.

Valeria pensó que estaba loco. Pasó a su lado y volvió al salón.

Pero al darle la espalda, no pudo evitar una sonrisa amarga.

Habían crecido juntos y habían estado el uno para el otro en los peores momentos.

Después de tantos años de cariño, confianza y compañía, habían acabado así.

Qué ironía.

Había sido él quien alguna vez le dijo que ella era la única persona que le importaba en el mundo.

También le había dicho que ella era su vida y que estarían juntos hasta el final.

Pero entonces apareció Camila, y todo cambió.

Después, la persona a la que Sebastián quería proteger con su propia vida pasó a ser Camila. Decía que no quería perderla y pasar el resto de su vida arrepintiéndose.

Cuando Valeria regresó al salón privado, Camila estaba cantando con el micrófono en la mano.

Al verla entrar, miró un par de veces hacia la puerta, buscando a Sebastián.

Cuando comprobó que Valeria venía sola, pareció relajarse.

Valeria volvió a sentarse junto a Lucía.

Lucía se inclinó hacia ella.

—¿Todo bien, Valeria? Apenas saliste, Sebastián fue detrás de ti. ¿No fue a molestarte?

—No —respondió Valeria, negando con la cabeza.

Comparado con todo lo que él había hecho antes, aquello no era nada.

Lucía suspiró, apenada.

—Ustedes se querían muchísimo. Me da pena que hayan terminado así —continuó luego—. El padre de Camila fue el verdadero responsable de que las dos familias acabaran destruidas. Ustedes la metieron a trabajar en la empresa para vengarse y terminaron hundiendo a la familia Soto… ¿Cómo pudo Sebastián enamorarse de ella de la noche a la mañana?

—No fue de repente —murmuró Valeria mientras bajaba la mirada y daba un largo trago—. No fue de repente…

Todo empezó cuando Sebastián vio a Camila vendiendo cerveza en un puesto callejero y sintió lástima al verla soportar malos tratos.

Después vio cómo pasó de ser una joven rica que vivía en una mansión a tener que mudarse, tras la quiebra de su familia, a un edificio viejo y en ruinas.

Más tarde, Camila lloró entre sus brazos y, entre lágrimas, le dijo que no lo culpaba por nada.

Las señales habían estado ahí desde el principio. Sebastián había ido cambiando poco a poco.

Valeria ya no quería revolver aquel pasado humillante. Recordarlo solo le hacía daño.

Al verlas tan concentradas en su conversación, Camila dejó el micrófono y se acercó con una sonrisa y una copa en la mano.

—Valeria, ya que por fin estás de vuelta, brindemos.

Le tendió la copa.

Valeria ni siquiera extendió la mano para recibirla.

Alzó la vista y la miró.

La sonrisa de Camila seguía siendo dulce e impecable.

De pronto, Valeria sintió ganas de arrancarle aquella máscara.

—Lo siento. No brindo con gente sin principios.

La sonrisa de Camila se congeló.

—Valeria, tú… ¿todavía me guardas rencor?

Bajó un poco la mirada, incómoda.

—¿Todavía no superas lo de Sebas y yo? Pero nadie puede controlar de quién se enamora. Sé que en aquel entonces te hice daño…

Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas.

—Pero Sebas dijo que me amaba. Y yo también lo amo. No podía decirle que no…

—¡Ya basta! —la interrumpió Lucía, que no aguantó más—. Camila, Sebastián ni siquiera está aquí. ¿A quién quieres engañar con todo este teatro?

La miró con evidente desprecio.

—Y no creas que porque Sebastián te protege puedes hacer lo que quieras. Te metiste en una relación ajena y todavía tienes el descaro de venir aquí a provocarla.

Camila se tambaleó ligeramente con la copa en la mano y buscó con la mirada a varios de los amigos más cercanos de Sebastián, los mismos que siempre la trataban con cariño.

Ellos salieron enseguida en su defensa.

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