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Capítulo 3

Autor: Salsa Picante
—Valeria, lo que pasó ya quedó atrás. Todos tenemos que seguir con nuestras vidas. No le hagas las cosas más difíciles a Camila.

—Exacto. Camila solo vino a brindar contigo por cortesía. Sebastián la adora. Si se entera de que volviste a meterte con ella, capaz que esta misma noche te manda fuera de la capital.

Valeria recorrió con la mirada a los presentes y sonrió levemente.

Años atrás, esos mismos hombres también andaban detrás de ella, desviviéndose por complacerla y tratándola como si ya fuera la mujer de Sebastián.

—Camila —dijo Valeria mientras se ponía de pie—. Tú fuiste la otra en mi relación con Sebastián, igual que tu madre lo fue en el matrimonio de sus padres. Tu padre mató al padre de Sebastián y después incriminó al mío. Por su culpa, tanto mi familia como la de Sebastián quedaron destruidas.

La miró fijamente.

—Tú y tus padres son mis enemigos jurados. ¿Brindar contigo? No estás ni cerca de merecerlo.

—¡Valeria, deja de decir tonterías!

Un hombre con una camisa estampada se levantó de golpe, indignado.

—El caso se resolvió hace años. Tu padre fue declarado culpable. Encontraron sus huellas en el arma. ¿Por qué sigues echándole la culpa a Camila?

—Exacto. Tu padre cargaba con varias muertes. Hasta el señor Soto terminó apuñalado…

Valeria ya no tenía ganas de seguir perdiendo el tiempo con ellos.

Tomó su bolso.

—Lucía, perdóname. Hay demasiados idiotas aquí y ya no tengo ganas de quedarme. Otro día nos vemos tú y yo solas.

Dicho eso, se dio la vuelta para irse.

—Espera.

Camila extendió la mano para detenerla.

Valeria se apartó, pero Camila pareció perder el equilibrio y cayó hacia delante.

—¡Ah!

La copa se le escapó de la mano y todo el licor se derramó sobre su costoso vestido.

Camila cayó junto a la mesa de centro.

Todo pasó en cuestión de segundos.

Justo entonces, la puerta del salón se abrió.

Sebastián estaba en la entrada.

Lo primero que vio fue a Camila en el suelo, con el vestido empapado y manchado.

Después miró a Valeria, que seguía de pie a un lado, y su rostro se ensombreció al instante.

Cruzó el salón a grandes pasos y ayudó a Camila a levantarse.

—¿Qué pasó?

—Sebas…

Camila se apoyó contra su pecho. Sus ojos se enrojecieron de inmediato.

Se mordió el labio y negó con la cabeza.

—No pasa nada. Fue culpa mía. No sujeté bien la copa. No culpes a Valeria. Ella no quiso brindar conmigo, pero no lo hizo con mala intención.

Sebastián levantó la vista hacia Valeria.

—Discúlpate —dijo con una mirada fría.

Valeria soltó una risa sin humor.

—¿Otra vez vas a cargarme la culpa? Igual que hace tres años, cuando ella misma montó aquella farsa de la bebida envenenada.

—Te dije que te disculpes.

Sebastián se incorporó y caminó despacio hacia ella.

Luego señaló una botella de licor fuerte que acababan de abrir sobre la mesa.

—Bébetela. Con eso bastará como disculpa.

El salón quedó en completo silencio.

Todas las miradas estaban puestas en ellos.

Valeria tomó la botella.

Lucía se apresuró a detenerla.

—Vale, no puedes…

Pero antes de que terminara la frase, Valeria levantó la botella y vació todo el contenido sobre la cabeza de Camila.

El licor le empapó el cabello, arruinó su maquillaje y deshizo por completo su peinado.

Camila perdió la compostura y soltó un grito.

Valeria dejó la botella vacía sobre la mesa.

—¿Ven? Esto sí fue cosa mía.

No mostró el menor arrepentimiento. Luego miró directamente a Sebastián.

—Nuestros padres deben estar viéndonos desde donde estén —dijo con voz clara y firme—. ¿De verdad me estás obligando a beber para disculparme con la hija de nuestro enemigo? ¿No te preocupa que algún día todo esto se te devuelva?

—¿Que se me devuelva? —dijo Sebastián con una risa fría—. Si de verdad todo se pagara en esta vida, tú serías la primera en recibir tu merecido.

Hizo una pausa.

—No sé cómo pude creerte en aquel entonces.

Valeria se quedó desconcertada. No entendía de dónde venía aquello.

Estaba a punto de preguntarle qué quería decir cuando Camila, todavía con lágrimas en los ojos, tiró suavemente del pantalón de Sebastián.

—Sebas, ¿puedes llevarme a cambiarme? Tengo toda la ropa pegajosa y me siento muy incómoda...

—No culpo a Valeria. Déjala ir.

Sebastián miró a Valeria y luego a Camila.

Al final, se inclinó, tomó a Camila en brazos y se dirigió hacia una de las habitaciones privadas del piso de arriba.

Antes de irse, volvió la cabeza.

—Esto no se queda así.

Valeria tampoco quería terminar de arruinarle la despedida de soltera a Lucía, así que no se quedó mucho más.

Al salir del club, vio un Bentley negro estacionado junto a la acera.

En cuanto el chofer la vio, bajó del auto y le abrió la puerta.

—Señorita Reyes, el señor Salazar me pidió que viniera por usted.

El aire fresco del auto disipó enseguida el calor sofocante de aquella noche de otoño.

Valeria apenas se había acomodado cuando la pantalla de su celular se iluminó.

Adrián la estaba llamando por video. Aceptó de inmediato.

Parecía seguir trabajando. Detrás de él, un enorme ventanal mostraba las luces de la ciudad.

Pero incluso con aquella vista a sus espaldas, era difícil apartar la mirada de él. Había algo naturalmente elegante en cada uno de sus gestos.

Por más veces que lo hubiera visto, Valeria todavía tenía que admitir que Adrián era un hombre demasiado atractivo.

—¿Ya te recogió el chofer? —preguntó él.

—Sí. Ya estoy en el auto.

Valeria se recostó contra el asiento mientras las luces de la calle se deslizaban por su rostro cansado.

Adrián la observó en silencio durante unos segundos.

—¿Te pasa algo?

—No —respondió Valeria, negando con la cabeza—. Solo estoy un poco cansada.

Adrián notó que algo no andaba bien, pero no insistió de inmediato.

Tras unos segundos de silencio, dijo:

—Pásame la dirección.

—¿Qué? —preguntó Valeria, confundida.

—Valeria —repitió él con calma—. Dame la dirección del lugar donde vas a dormir esta noche.

—¿Para qué?

Valeria se incorporó un poco, alerta.

Adrián se quitó los lentes de montura dorada y se frotó el puente de la nariz con resignación.

—Sé que viste a Sebastián esta noche. Ahora eres mi esposa. No quiero que tu ex aparezca a molestarte porque no sabe mantener las distancias.

Hizo una pausa.

—Voy a mandar a alguien para que te proteja.

Valeria entendió enseguida.

No discutió y le dio la dirección del apartamento.

Antes de cortar la llamada, bromeó:

—Estoy aquí y aun así sabes perfectamente dónde estoy y qué hago. Veo que el señor Salazar tiene ojos en todas partes.

—¿Tanto miedo tienes de que me arrepienta de donar el riñón y desaparezca?

Una leve sonrisa suavizó las facciones normalmente frías de Adrián.

—Sí. Me preocupa que salgas corriendo. Así que pórtate bien.

El auto se detuvo frente a un lujoso edificio residencial.

Sebastián le había regalado aquel apartamento cuando se comprometieron.

Después de romper el compromiso, nunca se lo pidió de vuelta, así que Valeria simplemente se lo quedó.

La ubicación era excelente, el departamento estaba bien distribuido y no tenía ninguna razón para deshacerse de él.

Mientras el ascensor subía, Valeria observó cómo cambiaban los números de los pisos.

Por alguna razón, sintió como si hubiera pasado toda una vida.

Hacía tres años que no volvía.

Ni siquiera sabía en qué estado estarían las cosas que había dejado allí.

El pasillo estaba completamente en silencio.

Valeria llegó hasta aquella puerta tan familiar e introdujo la contraseña... Era incorrecta.

Frunció el ceño y volvió a intentarlo. Tampoco funcionó.

Pulsó el botón para llamar a la administración del edificio.

Cinco minutos después, el administrador llegó apresuradamente acompañado de un técnico.

Al reconocerla, su expresión se volvió incómoda.

—Señorita Reyes, veo que ya regresó. El señor Fuentes cambió personalmente la contraseña de este departamento hace un año. La cerradura no tiene ningún problema.

¿Sebastián?

¿Y por qué demonios había cambiado la contraseña de su departamento?

Algo no le gustó nada.

—Ábranlo.

El administrador vaciló.

—Bueno… para eso necesitamos la autorización del propietario…

—Yo soy la propietaria —dijo Valeria con voz fría—. ¿Quieren que les enseñe las escrituras? Este departamento está a mi nombre desde hace años.

El administrador se secó el sudor de la frente y finalmente le indicó al técnico que abriera la puerta.

En cuanto entró, Valeria percibió un olor que no reconocía.

El olor de un aromatizante barato se mezclaba con el de la comida y la grasa.

Junto a la entrada había varios pares de zapatos que no eran suyos.

Valeria se quedó quieta por un instante.

¿Se habría metido un ladrón?

Se puso en guardia y entró.

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