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Me perdió: ahora soy esposa de su enemigo
Me perdió: ahora soy esposa de su enemigo
Autor: Salsa Picante

Capítulo 1

Autor: Salsa Picante
Valeria y Sebastián volvieron a cruzarse con Camila Soto, la hija de la familia enemiga, durante una reunión con un cliente importante en el Altavista Lounge.

En ese momento, Valeria jamás habría imaginado que Sebastián llegaría a enamorarse tanto de Camila. Mucho menos que, por ella, sería capaz de dejar atrás los más de veinte años que habían compartido desde niños y apartarla de su vida por completo.

Por Camila perdió la cabeza más de una vez... incluso dejó de lado el odio entre sus familias, pese a todo lo que aquella tragedia les había arrebatado.

Incluso llegó a perdonarla en nombre de los padres de ambos.

Y a Valeria le dijo:

—Valeria, te voy a dar dinero. Vete y no vuelvas. A Camila le molesta que sigas aquí. Es muy celosa y cuesta calmarla.

Y Valeria se fue. Durante tres años, no volvió.

***

Tres años después, volvió a encontrarse con Sebastián en el Club Privado Altavista, uno de los clubes privados más exclusivos de la capital.

Su mejor amiga, Lucía León, celebraba allí su despedida de soltera. Valeria había regresado para ser su dama de honor y, de paso, volver a ver a algunos viejos amigos.

Apenas abrió la puerta del salón privado, Valeria recorrió el lugar con la mirada hasta detenerse en el sofá principal.

Allí, rodeado de gente, había un hombre alto y de presencia imponente, sentado entre luces y sombras.

Parecía cansado. Hacía girar distraídamente el whisky con hielo dentro del vaso, y la tenue iluminación acentuaba la frialdad de sus facciones.

Durante unos segundos, pareció absorto en el leve tintineo del hielo dentro del vaso.

Quizá aburrido, alzó la vista sin demasiado interés.

Entonces vio a Valeria.

Su mano se detuvo.

Valeria alcanzó a captar el fugaz destello de sorpresa en los ojos de Sebastián.

Pero duró apenas un instante.

Sebastián apartó la mirada y se inclinó hacia la elegante mujer sentada a su lado para decirle algo en voz baja. Hasta sus facciones, casi siempre serias, se suavizaron un poco.

Solo entonces Valeria se fijó en Camila.

Quedaba muy poco de aquella joven que, años atrás, apenas podía permitirse ropa barata. Ahora llevaba prendas de las últimas colecciones de marcas de lujo. Su largo cabello caía suavemente sobre los hombros y dejaba al descubierto su cuello de piel tersa.

A simple vista, se notaba que la habían mimado mucho.

Camila también la vio. Por un instante, su expresión se tensó.

Valeria los recorrió con una mirada impasible, no les prestó atención y siguió avanzando.

Lucía, en cambio, ya la había visto entre la gente y enseguida se abrió paso hacia ella, saludándola con entusiasmo.

—¡Vale! ¡Por fin llegaste!

Alguien bajó un poco el volumen de la música y varias miradas se volvieron hacia Valeria.

—Había un poco de tráfico.

Ella sonrió y le entregó el regalo a Lucía.

En ese momento, volvió a sentir una mirada fija sobre ella.

Esta vez era mucho más directa.

Camila fue la primera en romper aquella incómoda tensión.

—Valeria, ¡cuánto tiempo sin verte! —dijo con una sonrisa, como si de verdad le alegrara encontrársela.

Cualquiera que las viera habría pensado que eran dos viejas amigas que siempre se habían llevado de maravilla.

Valeria ni siquiera le respondió. Siguió caminando y se volvió hacia Lucía.

—Lucía, felicidades.

Lucía la tomó del brazo y la llevó al otro extremo del sofá. Una vez allí, se disculpó en voz baja.

—Perdón, Valeria. No sabía que iban a venir. Mateo los trajo…

—No pasa nada.

Tres años habían sido suficientes para borrar lo que alguna vez había sentido por Sebastián.

A esas alturas, ya no le importaba.

Tres años atrás, Sebastián había hecho todo lo posible por hacerle la vida imposible con tal de estar con Camila, la hija del hombre que había matado a su padre.

La había obligado a romper con él, cancelar el compromiso y marcharse al extranjero. Pero lo peor había ocurrido cuando Valeria, incapaz de soportar más, terminó peleándose a golpes con Camila.

Sebastián llamó a la policía.

Valeria pasó siete días detenida.

Por culpa de aquello, no alcanzó a despedirse de su tía antes de que muriera.

Además de su madre, era la única familia que le quedaba.

Desde que su madre había perdido la razón, su tía prácticamente se había encargado de criarla sola. Para Valeria, había sido como una segunda madre.

Y Sebastián sabía perfectamente cuánto significaba para ella. Aun así, por vengar a Camila, lo hizo.

Mientras aquellos recuerdos volvían a su mente, uno de sus viejos conocidos tiró suavemente de ella para que se sentara.

—Valeria, por fin volviste. Tres años sin saber nada de ti. Hasta pensé que ibas a ser tan cruel como para olvidarte de nosotros.

—Sí. En aquel entonces todos pensábamos que tú y Sebas iban a ser los primeros del grupo en casarse. Quién iba a imaginar que…

—La verdad, sí es una lástima. Ustedes se querían muchísimo. Cuando te pidió matrimonio, hasta se arrodilló frente a todo el mundo en lo alto de la Torre Aurora y transmitió la propuesta en vivo. Sebas, ¿todavía te acuerdas?

Parecía que alguien había sacado el tema a propósito para ponerse de parte de Valeria.

Camila perdió el color del rostro.

Los dedos, ocultos a un costado, se aferraron con fuerza a la tela de su vestido.

Sebastián, en cambio, volvió a hacer girar el vaso, como si el tema no tuviera mayor importancia.

—¿Y qué tiene de triste darse cuenta de que te equivocaste de persona? Todos hacemos tonterías cuando somos jóvenes.

Hizo una breve pausa.

—Ahora mi prometida es Camila, y estoy muy bien con ella.

—Sebastián, ya basta… —Lucía, indignada, hizo ademán de levantarse, pero Valeria la detuvo.

—Déjalo, Lucía. Vine a felicitarte. No dejes que alguien que ya no importa te arruine la noche.

Valeria negó suavemente con la cabeza.

Alguien que ya no importa... no hacía falta decir nada más.

Con esas pocas palabras había dejado muy claro el lugar que Sebastián ocupaba ahora en su vida.

Él no cambió de expresión, pero su mirada se enfrió un poco más.

Después de aquello, los viejos amigos retomaron la conversación y el ambiente fue recuperando poco a poco la normalidad.

Más tarde, mientras jugaban a las cartas, Camila perdió varias rondas y terminó algo mareada por el alcohol, medio recostada contra el pecho de Sebastián.

Al verla así, él tomó un vaso de agua y se lo acercó a los labios.

—Tonta. Si no aguantas el alcohol, no tomes tanto. Tenías a tu prometido al lado. ¿Por qué no me dejaste tomar por ti?

Camila rozó la mejilla contra su palma con un gesto coqueto.

—Sé que te preocupas por mí, pero tampoco quería arruinarles la diversión a tus amigos.

Tal vez fuera solo una impresión suya, pero Valeria sentía que Camila la miraba de vez en cuando.

Como si quisiera asegurarse de que lo estuviera viendo.

Qué infantil.

Valeria bajó la mirada, tomó un sorbo de agua mineral y se levantó.

—Lucía, voy al baño.

Al salir del baño, encendió un cigarrillo.

Apenas se lo llevó a los labios, oyó unos pasos tranquilos detrás de ella.

Antes de que pudiera volverse, Sebastián le quitó el cigarrillo de la mano, lo tiró al suelo y lo apagó despacio con la suela del zapato.

—¿Ahora fumas?

De cerca, Valeria percibió un ligero olor a whisky.

Sebastián la miró fijamente.

—Ahora te empeñas en convertirte justo en lo que yo más detestaba, ¿no?

Valeria alzó la vista con una sonrisa irónica. Aquel rostro seguía resultándole demasiado familiar, pero ahora solo le provocaba fastidio.

—¿Y a ti qué te importa? ¿No tienes ya bastante con beber por tu prometida?

Intentó pasar junto a él.

Sebastián no se movió. Al contrario, dio un paso al frente y la dejó contra la pared.

De pronto, quedaron demasiado cerca.

Tenerlo así frente a ella le resultaba extrañamente familiar y, al mismo tiempo, lejano.

—Tres años sin verte y veo que ahora tienes más carácter.

Sebastián le sujetó la muñeca y pasó lentamente el pulgar sobre su piel.

—¿No te dije que no volvieras? Valeria, ¿por qué te cuesta tanto hacer caso?

—Sebastián —dijo Valeria mientras le apartaba la mano de un manotazo y desviaba la mirada—. Este también es mi lugar. Vuelvo cuando se me da la gana. Tú no tienes ningún derecho a impedírmelo.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Además, hace mucho que dejaste de importarme.

—Se te da bastante bien fingir —dijo Sebastián con una risa cargada de desdén.

Luego le sujetó la nuca y la acercó a él de un tirón.

—¿Qué pasa? ¿No soportas verme con Camila?

La miró fijamente.

—Volviste justo ahora porque tienes miedo de que de verdad me case con ella. Si todavía te importa, podrías simplemente…

—Sebastián.

Valeria no tenía la menor intención de seguir escuchando sus tonterías.

Con evidente fastidio, levantó la mano derecha y le mostró el sencillo anillo que llevaba en el dedo anular.

—Ya estoy casada.

Sebastián se quedó inmóvil por un instante.

La expresión se le congeló en el rostro.

Luego, como si acabara de escuchar algo absurdo, una sonrisa burlona apareció en sus labios.

—¿Casada? ¿Con quién? ¿No te parece un poco ridículo inventarte algo así?

Bajó la mirada hacia su mano.

—¿Y qué se supone que demuestra ese anillo?

Su sonrisa se hizo más evidente.

—El anillo de compromiso que yo te regalé tenía un diamante rosa de diez quilates. ¿Y ahora quieres hacerme creer que terminaste conformándote con un anillo así de sencillo?

—Valeria, nunca has sabido mentir.

—Porque se me da la gana —respondió Valeria, arqueando una ceja sin dejarse intimidar—. Si quiero a alguien, me da igual si me da una alianza sencilla o un anillo de lujo. Lo que vale para mí no depende de cuánto haya costado.

Después añadió con calma:

—No todo el mundo mide el valor de las cosas como tú.

Valeria no tenía ninguna intención de explicarle que aquella alianza aparentemente sencilla era una joya heredada durante generaciones en la familia Salazar y, además, distinguía a la señora de la familia.

Y su esposo, Adrián Salazar, no era precisamente un desconocido para Sebastián. Era uno de sus rivales más difíciles. Y también el hombre al que más detestaba.

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