LOGIN—¿Estás bien?
Estrella levantó la vista hacia el hombre alto que permanecía bajo el paraguas negro. —Cuñado… —su voz salió baja y rasposa. Así era como siempre llamaba a Damien Montalvo. Desde que entró a formar parte de la familia Montalvo, Estrella nunca se sintió cercana a él. Damien era un hombre reservado, distante. Tampoco mostró jamás demasiada simpatía hacia ella desde el día en que se casó con Sebastián. Su mirada solía ser fría, como si la presencia de Estrella en la familia fuera algo no deseado. Y, sin embargo, esa noche se encontraban en una situación como aquella. —Estoy… estoy bien —respondió en voz baja. Aún tenía la cabeza hecha un caos. Darse cuenta de que acababa de chocar contra el auto del hermano de su esposo le oprimía el pecho con más fuerza. —Lo siento mucho, cuñado. Estrella miró el auto de lujo de Damien; el lateral estaba destrozado. —No estaba prestando atención. Me pasé el semáforo en rojo. Ha sido totalmente mi culpa. Yo me haré cargo de todos los gastos de reparación. Damien apartó los ojos del vehículo y los fijó en ella. Su mirada se detuvo en la frente sangrante de la mujer. —El auto puede esperar —dijo con tono plano—. Dile a Sebastián que se encargue. La reparación no va a ser barata. —No —rechazó Estrella al instante. Sin darse cuenta, apretó con los dedos la manga del saco de Damien. Damien no se movió. Bajó la vista hacia la mano que sujetaba su brazo y volvió a mirar el rostro pálido de ella. Estrella reaccionó al momento y soltó la tela. —Quiero decir… no hay necesidad de meter a Sebastián en esto —se esforzó por controlar el temblor de su voz—. Fui yo quien chocó tu auto, así que yo lo pagaré. Dame un poco de tiempo. Te prometo que te lo liquidaré. Damien frunció levemente el entrecejo. —¿Por qué esperar si tu esposo puede pagarlo ahora mismo? Estrella apretó los puños bajo la tela de su vestido empapado. Bajó la mirada. Obviamente no podía contarle a Damien sus planes de divorcio. Si la noticia llegaba a los Montalvo antes de tiempo, todo se iría al traste. —Solo quiero hacerme responsable de mi propio error —respondió de forma escueta—. Por favor, deja que esto quede entre nosotros. Damien la observó en silencio durante unos segundos. Tenía una mirada tan penetrante que Estrella sintió que intentaba desenterrar lo que ella guardaba en secreto. Sin embargo, no indagó más. —Está bien —hizo una breve pausa—. Pero no des este asunto por cerrado. Estrella se quedó en silencio. No le quedaban fuerzas para darle vueltas al significado de sus palabras. El hombre le tendió entonces el paraguas negro que llevaba sosteniendo. —Toma esto. Estrella lo aceptó con cierta duda. —Gracias. Damien no respondió. Se quitó el abrigo pesado sin decir una palabra y se lo lanzó directamente a su chófer. El chófer lo atrapó en el aire con agilidad y se lo extendió a Estrella. —Señora, póngase esto —le dijo al ofrecérselo—. Su ropa está empapada. Podría enfermarse. Estrella bajó la vista. El vestido de noche estaba mojado y pegado a su cuerpo. Ella era la culpable del accidente y, aun así, Damien tenía ese gesto. Al final, tomó la prenda. —Gracias. Se lo devolveré lo antes posible. El chófer le dedicó una sonrisa amable y regresó corriendo al vehículo. Pocos segundos después, el sedán de lujo aceleró y se perdió tras la cortina de lluvia. Estrella se quedó completamente sola. Buscó a tientas en su bolso y sacó el teléfono para pedir un taxi. La pantalla siguió negra. Sin batería. —Maldita sea. Tragó saliva con frustración. ¿Por qué tenían que juntarse todas las desgracias esta misma noche? Apenas comenzaba a caminar en busca de un refugio cuando un auto se detuvo en seco frente a ella. La puerta del conductor se abrió de golpe. Un hombre salió y corrió bajo la lluvia. Estrella solo pudo esbozar una sonrisa amarga. Así que Damien lo había llamado. —¡Estrella! —Sebastián se acercó a ella con el rostro desencajado por la preocupación. —¿Estás bien? —Lo siento mucho por la ausencia. Un arrepentimiento dulce. Y absurdamente tardío. Si Estrella siguiera siendo la de antes, esa angustia en los ojos de Sebastián habría bastado para ablandarle el corazón. Por desgracia, esta noche estaba demasiado agotada como para volver a creerle. —Mira, sigo viva —sonrió de forma leve—. Eso significa que estoy bien. Sebastián alzó la mano para tocar el moretón de su frente, pero ella se apartó de inmediato. —Menos mal —Sebastián dejó ir un suspiro de alivio—. Vámonos a casa. Estrella no protestó. Subió al auto no porque quisiera volver al lado de Sebastián, sino porque solo deseaba llegar a casa y esperar a que Carmen terminara los documentos del divorcio. Hasta que todo estuviera listo, tendría que seguir interpretando su papel de esposa. Después de eso, todo se habría acabado. Durante todo el trayecto, Estrella permaneció en silencio, con la mirada fija en las gotas que resbalaban por la ventanilla. Sebastián intentó romper el hielo varias veces. —Pensé que no me esperarías hasta tan tarde —dijo con tono despreocupado mientras giraba el volante—. La próxima vez no me esperes si se me pasa avisarte. Estrella no dijo nada. No tenía energías para discutir. Y, sobre todo, no quería escuchar ni una sola mentira más de la persona que tenía al lado. El silencio terminó por incomodar a Sebastián. Su mirada descendió entonces hacia el abrigo que ella llevaba puesto. —¿De quién es ese abrigo? Estrella bajó la vista. —De alguien. Ni siquiera reconoció el abrigo. Era lógico; a su esposo jamás le había importado nada que no tuviera que ver con Elsa. Sebastián frunció el ceño. Sin pedir permiso, tomó la orilla del abrigo y se lo arrancó del cuerpo. Bajó la ventanilla y lo arrojó fuera del auto. —¡Sebastián! —Estrella lo miró sin poder creérselo. El abrigo ya descansaba sobre el barro del arcén, empapándose bajo el aguacero. —Sabes que tienes la piel sensible. No andes aceptando cosas de extraños. Estrella apretó los puños. Ese abrigo era de Damien. ¿Qué le diría cuando volviera a verlo? Antes de que pudiera pronunciar palabra, Sebastián tomó su propio abrigo del asiento trasero y se lo dejó en el regazo. —Ponte el mío. Estrella observó la prenda y luego miró a Sebastián, que ya volvía a concentrarse en el camino. De no haber visto aquel video, un detalle tan pequeño como este aún habría encendido alguna esperanza en ella. Pero ahora, nada de eso significaba nada. *** Dos días después, el cuerpo de Estrella terminó por ceder. La fiebre alta la obligó a permanecer en cama casi todo el día. La actitud de Sebastián dio un giro drástico. Pero Estrella conocía bien ese patrón. Cada vez que cometía un error grave, Sebastián se transformaba en un hombre sumamente atento. Sabía exactamente cómo ablandarla, y hasta ahora ese método siempre le había funcionado. Esta vez, incluso había bajado él mismo a la cocina para prepararle un tazón de avena. Estrella lo miró desde la cama con una ligera sonrisa. Qué fácil le resultaba ser atento cuando quería conseguir algo. Conocía de sobra el motivo. Todavía la necesitaba como esposa. Su matrimonio aún le resultaba útil para los intereses de los Montalvo. —¿Te terminaste la avena? Sebastián entró con la bandeja vacía. Sonrió con satisfacción al ver el tazón limpio. —Sí. Se acercó y le puso el dorso de la mano en la frente. —Menos mal. Ya te bajó la fiebre. Estrella lo miró con expresión neutra. —¿No vas a trabajar? —Mientras sigas enferma no puedo dejarte sola —la sonrisa cálida seguía intacta en el rostro de Sebastián. Sin embargo, justo al terminar de pronunciar la frase, el teléfono en el bolsillo de su pantalón empezó a vibrar. Sebastián se quedó petrificado. Su expresión cambió en cuestión de segundos. Estrella lo observó sin emitir sonido. —Tengo... tengo que tomar esta llamada un momento —su voz sonó nerviosa. Se dio la vuelta a toda prisa y salió de la habitación. En cuanto la puerta se cerró, Estrella soltó un largo suspiro. ¿Quién más podría poner a Sebastián así de pálido con solo una llamada? Elsa Moora, por supuesto. El teléfono de Estrella, situado junto a la almohada, vibró de pronto. Había entrado un mensaje. Estrella lo tomó. [Carmen: Ya está listo el borrador de todos los documentos de la demanda de divorcio que me pediste.]El mundo de Estrella se desmoronó en un segundo. El ruido de fondo en el elegante vestíbulo se apagó de golpe, reemplazado por un zumbido sordo en sus oídos.¿Entregado a Damien Montalvo?Las palabras del Sr. Mateo destrozaron los últimos restos de confianza que Estrella había intentado reunir desde la mañana. Este proyecto en colaboración era su mayor oportunidad para valerse por sí misma sin la ayuda de nadie; sobre todo, sin la sombra de Sebastián.Sin embargo, ahora esa oportunidad quedaba en manos del hombre que acababa de mudarse el apartamento de al lado.—¿Señorita Estrella? ¿Se encuentra bien? —La voz del Sr. Mateo la trajo de vuelta a la realidad.Estrella cerró los puños a los costados del cuerpo, intentando ocultar el temblor de sus manos. Respiró hondo antes de volver a mirar al hombre que tenía enfrente.—Sr. Mateo, ¿no hay posibilidad de revisar mi propuesta? —preguntó. Su voz tembló apenas un poco—. Traigo un enfoque totalmente distinto, y estoy segura de que...
Estrella nunca imaginó que Damien se instalaría en la unidad justo al lado de su penthouse.¿Lo había hecho a propósito? Era imposible que aquello fuera una simple coincidencia. Un hombre del nivel de Damien Montalvo no elegía dónde vivir al azar, sin pensarlo bien.Mierda. Y pensar que su primer día en el nuevo hogar debía ser el mejor momento, la culminación de esa libertad que llevaba tanto tiempo esperando. Sin embargo, su tranquilidad se había visto interrumpida desde el principio.Pero, pensándolo bien, tampoco tenía sentido que Damien se hubiera sometido a Sebastián o estuviera conspirando con él. Siempre había sido frío, distante y solo se había preocupado por su propia vida y sus asuntos personales.Entonces, ¿qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué tenía que vivir justo en ese edificio?El estridente sonido del teléfono sobre la cama estuvo a punto de hacer que Estrella saltara del susto.—Mierda. ¡Qué manera de asustar! —masculló en voz baja mientras se frotaba el pecho, sin
—Lo siento, señora. Su tarjeta fue rechazada.Estrella frunció el ceño. Sin decir una palabra, sacó una segunda tarjeta de crédito de su bolso.—Esta tampoco funciona.—Es imposible. Ayer mismo la usé.El empleado del taller negó con la cabeza, incómodo.Estrella probó una tercera tarjeta, una cuarta y hasta una quinta: la última que le quedaba. El resultado fue el mismo.—Lo siento, señora. El sistema rechaza todas sus tarjetas.A Estrella se le tensó la mandíbula.Maldita sea. Esto tiene que ser obra de Sebastián.Esas tarjetas estaban vinculadas a las cuentas y los fondos de la familia Montalvo. Si Sebastián le había cortado el acceso, significaba que pretendía ponerle las cosas difíciles después de su partida.—Un momento.Estrella sacó el teléfono y lo encendió. En cuanto la pantalla se iluminó, aparecieron decenas de notificaciones de llamadas perdidas y mensajes. Entre ellas también figuraba el nombre de Renata.Antes de que pudiera revisar los mensajes, recibió una llamada de
Estrella permanecía sentada frente al tocador, inmóvil, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Acababa de recibir un mensaje de Héctor, el hombre de confianza de su padre. Ella misma le había pedido que investigara el asunto, pero la realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba.[Llevan tres meses viviendo allí. Lo he confirmado. Se trata del ático que su suegro le regaló a usted].Sus dedos se aferraron al borde del tocador. La rabia le apretó el pecho. Aquel ático no era solo una propiedad valiosa, sino también parte del acuerdo matrimonial que su suegro había destinado exclusivamente a ella. Apenas lo utilizaba porque no lo necesitaba, pero Sebastián se había atrevido a instalar allí a Elsa y a su hijo.Estrella soltó una risa amarga. Aquello ya no era una simple infidelidad. Sebastián había ido demasiado lejos.Se levantó y tomó el sobre con los documentos de divorcio que había preparado. No iba a seguir posponiéndolo.Cruzó el pasillo en dirección al despacho de
Un mensaje de texto llegó a su teléfono.[Surgió algo en la oficina. Tengo que irme, no me esperes.]Desde la ventana del dormitorio, Estrella vio el auto de Sebastián salir de la propiedad. Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios. Él nunca podía quedarse mucho tiempo en casa; menos ahora que Elsa había regresado. Sabía perfectamente que no iba a la oficina.Sin perder el tiempo, se giró hacia el armario y se cambió rápido. Quedarse en esa casa solo le consumía energía. Como su auto seguía en el taller, tomó su bolso y pidió un taxi por la aplicación.El vehículo se detuvo frente a la reja unos minutos después. Estrella salió sin dudarlo. No tenía por qué pedir permiso ni darle explicaciones a Sebastián; él mismo se había ido a toda prisa sin despedirse a la cara.Subió al taxi, apoyó la espalda en el respaldo y le dio la dirección al chofer. Veinte minutos más tarde, el auto frenó justo enfrente del despacho jurídico de Carmen.Estrella entró a la oficina de su
—¿Estás bien?Estrella levantó la vista hacia el hombre alto que permanecía bajo el paraguas negro.—Cuñado… —su voz salió baja y rasposa. Así era como siempre llamaba a Damien Montalvo.Desde que entró a formar parte de la familia Montalvo, Estrella nunca se sintió cercana a él. Damien era un hombre reservado, distante. Tampoco mostró jamás demasiada simpatía hacia ella desde el día en que se casó con Sebastián.Su mirada solía ser fría, como si la presencia de Estrella en la familia fuera algo no deseado.Y, sin embargo, esa noche se encontraban en una situación como aquella.—Estoy… estoy bien —respondió en voz baja.Aún tenía la cabeza hecha un caos. Darse cuenta de que acababa de chocar contra el auto del hermano de su esposo le oprimía el pecho con más fuerza.—Lo siento mucho, cuñado.Estrella miró el auto de lujo de Damien; el lateral estaba destrozado.—No estaba prestando atención. Me pasé el semáforo en rojo. Ha sido totalmente mi culpa. Yo me haré cargo de todos l







