LOGINEstrella permanecía sentada frente al tocador, inmóvil, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Acababa de recibir un mensaje de Héctor, el hombre de confianza de su padre. Ella misma le había pedido que investigara el asunto, pero la realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba.
[Llevan tres meses viviendo allí. Lo he confirmado. Se trata del ático que su suegro le regaló a usted]. Sus dedos se aferraron al borde del tocador. La rabia le apretó el pecho. Aquel ático no era solo una propiedad valiosa, sino también parte del acuerdo matrimonial que su suegro había destinado exclusivamente a ella. Apenas lo utilizaba porque no lo necesitaba, pero Sebastián se había atrevido a instalar allí a Elsa y a su hijo. Estrella soltó una risa amarga. Aquello ya no era una simple infidelidad. Sebastián había ido demasiado lejos. Se levantó y tomó el sobre con los documentos de divorcio que había preparado. No iba a seguir posponiéndolo. Cruzó el pasillo en dirección al despacho de Sebastián. La casa estaba en silencio, pero la luz que se filtraba por debajo de la puerta le indicó que él seguía despierto. La rabia le tensó el cuerpo. Respiró hondo varias veces para calmarse antes de levantar la mano y llamar a la puerta. —Adelante —respondió Sebastián desde el interior con su voz grave. Estrella apretó los documentos y abrió. Se obligó a esbozar una sonrisa mientras se acercaba al escritorio, cubierto de papeles. Sebastián tenía el rostro cansado, aunque sus facciones seguían siendo firmes. —¿Estás ocupado? Necesito que firmes unos documentos —dijo ella sin rodeos. Sin esperar una respuesta, dejó los papeles frente a él, abrió el sobre por la página correspondiente y se los acercó. Sebastián frunció el ceño. —¿Qué es esto? —Échales un vistazo —respondió Estrella con indiferencia. Él la observó durante unos segundos. Después tomó la pluma y firmó rápidamente, sin molestarse siquiera en leer el contenido. Estrella tragó saliva. Había sido demasiado fácil. Sebastián siempre había confiado en ella para gestionar los asuntos administrativos, pero verlo firmar sin dedicarle ni una mirada le dejó un sabor amargo. —¿Ya está? —preguntó él mientras le devolvía los documentos. Estrella los recogió y comprobó las firmas. Una sonrisa fría apareció en sus labios. —Ni siquiera los has leído. ¿No te da curiosidad saber qué acabas de firmar? —¿Para qué? Siempre te ocupas de lo mismo —contestó él con naturalidad—. Terrenos, propiedades, apartamentos... Esas cosas siempre te han interesado. —Está bien. Volveré a mi habitación. Estrella se dio la vuelta y salió del despacho con los documentos apretados contra el pecho. La sonrisa desapareció de su rostro en cuanto dejó atrás a Sebastián. Al entrar en su habitación, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. Permaneció así unos instantes, hasta que las piernas le fallaron y terminó deslizándose lentamente hasta el suelo. Miró los documentos firmados por ambos. Ya no había motivos para seguir aferrándose a aquel matrimonio. Se puso de pie, entró en el vestidor, sacó una maleta grande y comenzó a guardar su ropa y sus pertenencias personales. Estaba segura de que Sebastián ni siquiera notaría que faltaban sus cosas. *** A la mañana siguiente, Sebastián terminaba de ajustarse el reloj y acomodarse la chaqueta del traje junto al comedor. Parecía tener prisa por salir. —¿No vas a desayunar? —preguntó Estrella con tranquilidad mientras tomaba un sorbo de té. Sebastián se detuvo un momento, aunque no la miró. —No tengo tiempo. Ha surgido una reunión de última hora y voy justo. —Ah, entonces será mejor que te des prisa. Él recogió su maletín. —Probablemente vuelva tarde esta noche. Estrella le dedicó una sonrisa serena. —De acuerdo. Que tengas un buen día. Lo siguió con la mirada hasta que cruzó la puerta principal. Cuando el sonido del motor se desvaneció, la sonrisa desapareció de su rostro. Sebastián seguía mintiéndole como si nada hubiera ocurrido. Pero a ella ya no le importaba adónde iba ni con quién pasaba el tiempo. Dejó la taza sobre la mesa y regresó a su habitación. La maleta, llena con sus pertenencias, la esperaba junto a la cama. Estrella se quedó quieta unos segundos, mirando aquella habitación que durante tres años había sido testigo de sus decepciones y de tantas promesas incumplidas. Esta vez se marcharía de verdad. Sacó el teléfono del bolsillo y escribió un mensaje a Sebastián. [Adiós. Espero que no volvamos a vernos nunca.] Lo envió y bloqueó su número de inmediato. Después guardó el teléfono en el bolso, agarró la maleta y salió de la habitación. Cerró la puerta de la casa con llave antes de subir al taxi que la esperaba afuera. No pensaba utilizar ninguno de los vehículos de la familia Montalvo. Quería distanciarse tanto como fuera posible de aquella vida que solo le había causado sufrimiento. Desde el asiento trasero, contempló la ciudad a través de la ventanilla. Bajó un poco el cristal y dejó que el aire fresco de la mañana le diera en la cara. La decisión le dolía, pero no se arrepentía. Tenía derecho a abandonar un matrimonio vacío y empezar de nuevo. Su teléfono vibró dentro del bolso. Lo sacó y contestó la llamada de Héctor. —Todo está listo, señora. El apartamento está completamente vacío y la venta ya se ha cerrado. El dinero se transferirá a su cuenta en breve, y el nuevo propietario tomará posesión hoy mismo. Estrella esbozó una sonrisa fría. Aquello solo era el primer paso. Todavía le quedaban muchas cosas por recuperar.—Lo siento, señora. Su tarjeta fue rechazada.Estrella frunció el ceño. Sin decir una palabra, sacó una segunda tarjeta de crédito de su bolso.—Esta tampoco funciona.—Es imposible. Ayer mismo la usé.El empleado del taller negó con la cabeza, incómodo.Estrella probó una tercera tarjeta, una cuarta y hasta una quinta: la última que le quedaba. El resultado fue el mismo.—Lo siento, señora. El sistema rechaza todas sus tarjetas.A Estrella se le tensó la mandíbula.Maldita sea. Esto tiene que ser obra de Sebastián.Esas tarjetas estaban vinculadas a las cuentas y los fondos de la familia Montalvo. Si Sebastián le había cortado el acceso, significaba que pretendía ponerle las cosas difíciles después de su partida.—Un momento.Estrella sacó el teléfono y lo encendió. En cuanto la pantalla se iluminó, aparecieron decenas de notificaciones de llamadas perdidas y mensajes. Entre ellas también figuraba el nombre de Renata.Antes de que pudiera revisar los mensajes, recibió una llamada de
Estrella permanecía sentada frente al tocador, inmóvil, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Acababa de recibir un mensaje de Héctor, el hombre de confianza de su padre. Ella misma le había pedido que investigara el asunto, pero la realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba.[Llevan tres meses viviendo allí. Lo he confirmado. Se trata del ático que su suegro le regaló a usted].Sus dedos se aferraron al borde del tocador. La rabia le apretó el pecho. Aquel ático no era solo una propiedad valiosa, sino también parte del acuerdo matrimonial que su suegro había destinado exclusivamente a ella. Apenas lo utilizaba porque no lo necesitaba, pero Sebastián se había atrevido a instalar allí a Elsa y a su hijo.Estrella soltó una risa amarga. Aquello ya no era una simple infidelidad. Sebastián había ido demasiado lejos.Se levantó y tomó el sobre con los documentos de divorcio que había preparado. No iba a seguir posponiéndolo.Cruzó el pasillo en dirección al despacho de
Un mensaje de texto llegó a su teléfono.[Surgió algo en la oficina. Tengo que irme, no me esperes.]Desde la ventana del dormitorio, Estrella vio el auto de Sebastián salir de la propiedad. Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios. Él nunca podía quedarse mucho tiempo en casa; menos ahora que Elsa había regresado. Sabía perfectamente que no iba a la oficina.Sin perder el tiempo, se giró hacia el armario y se cambió rápido. Quedarse en esa casa solo le consumía energía. Como su auto seguía en el taller, tomó su bolso y pidió un taxi por la aplicación.El vehículo se detuvo frente a la reja unos minutos después. Estrella salió sin dudarlo. No tenía por qué pedir permiso ni darle explicaciones a Sebastián; él mismo se había ido a toda prisa sin despedirse a la cara.Subió al taxi, apoyó la espalda en el respaldo y le dio la dirección al chofer. Veinte minutos más tarde, el auto frenó justo enfrente del despacho jurídico de Carmen.Estrella entró a la oficina de su
—¿Estás bien?Estrella levantó la vista hacia el hombre alto que permanecía bajo el paraguas negro.—Cuñado… —su voz salió baja y rasposa. Así era como siempre llamaba a Damien Montalvo.Desde que entró a formar parte de la familia Montalvo, Estrella nunca se sintió cercana a él. Damien era un hombre reservado, distante. Tampoco mostró jamás demasiada simpatía hacia ella desde el día en que se casó con Sebastián.Su mirada solía ser fría, como si la presencia de Estrella en la familia fuera algo no deseado.Y, sin embargo, esa noche se encontraban en una situación como aquella.—Estoy… estoy bien —respondió en voz baja.Aún tenía la cabeza hecha un caos. Darse cuenta de que acababa de chocar contra el auto del hermano de su esposo le oprimía el pecho con más fuerza.—Lo siento mucho, cuñado.Estrella miró el auto de lujo de Damien; el lateral estaba destrozado.—No estaba prestando atención. Me pasé el semáforo en rojo. Ha sido totalmente mi culpa. Yo me haré cargo de todos l
El mensaje llegó a las tres de la tarde. [Ven a La Terraza a las siete de la tarde. Ya reservé una mesa.] Estrella Paredes se quedó mirando la pantalla del teléfono un buen rato. Era de Sebastián, su esposo. En sus tres años de matrimonio, esta era la primera vez que la invitaba a cenar a solas. Nunca antes lo había hecho sin que hubiera de por medio una cena de negocios, un compromiso familiar o alguna rueda de prensa del grupo Montalvo. Por lo general, Sebastián solo la buscaba cuando necesitaba algo: un escándalo que apagar, periodistas exigiendo explicaciones sobre sus amoríos o la imagen de una esposa ejemplar al lado de la cual sonreír para fingir que todo marchaba bien. Esta vez era distinto. Él mismo la había invitado. El corazón de Estrella aceleró el ritmo. Esa noche, además, cumplía veinticinco años. Tendría que haber sido un día feliz, pero a Estrella esa fecha siempre le recordaba a su madre, fallecida años atrás. Hacía tiempo que no celebraba su cumpleaños







