Mag-log inUn mensaje de texto llegó a su teléfono.
[Surgió algo en la oficina. Tengo que irme, no me esperes.] Desde la ventana del dormitorio, Estrella vio el auto de Sebastián salir de la propiedad. Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios. Él nunca podía quedarse mucho tiempo en casa; menos ahora que Elsa había regresado. Sabía perfectamente que no iba a la oficina. Sin perder el tiempo, se giró hacia el armario y se cambió rápido. Quedarse en esa casa solo le consumía energía. Como su auto seguía en el taller, tomó su bolso y pidió un taxi por la aplicación. El vehículo se detuvo frente a la reja unos minutos después. Estrella salió sin dudarlo. No tenía por qué pedir permiso ni darle explicaciones a Sebastián; él mismo se había ido a toda prisa sin despedirse a la cara. Subió al taxi, apoyó la espalda en el respaldo y le dio la dirección al chofer. Veinte minutos más tarde, el auto frenó justo enfrente del despacho jurídico de Carmen. Estrella entró a la oficina de su amiga y se dejó caer directamente en la silla frente al escritorio. Carmen la miró con atención. —Estás pálida. ¿Te sientes bien? —Solo un poco indispuesta, nada grave —respondió sin dar detalles. —Menos mal. —Carmen sacó un legajo de documentos del cajón y lo deslizó sobre la mesa. —Aquí está todo lo del divorcio —dijo Carmen—. Revisé cada cláusula. Si acepta firmar sin armar un drama, el trámite saldrá rápido. Pero conociendo a Sebastián, dudo que te deje ir tan fácil. Estrella fijó la vista en los papeles y estiró la mano para abrirlos. Sus dedos se detuvieron un segundo al tocar la primera hoja. Carmen soltó un chasquido molesto. —No me digas que estás dudando. Pasé casi dos días sin dormir para tener esto listo. Estrella levantó la mirada. Las ojeras oscuras de Carmen confirmaban que no mentía. —Esto es lo que más me revienta de ti. Siempre pierdes el juicio cuando se trata de Sebastián —espetó Carmen mientras le pasaba un sobre de Manila con brusquedad—. Mira esto. Abre bien los ojos. —¿Qué es? —Abrelo. Y ni se te ocurra pensar que lo inventé; hasta me tocó tragarme el orgullo para conseguir estas pruebas. Estrella abrió el sobre y sacó el contenido. Las fotografías eran claras: Elsa junto a un niño pequeño, y en otras, Sebastián cargándolo en brazos con una sonrisa enorme. Parecían la estampa de una familia feliz. —Supongo que eres lo bastante inteligente como para entender lo que significan —añadió Carmen con frialdad. A Estrella se le oprimió el pecho un instante ante la evidencia directa del engaño. Sin embargo, en lugar de romper a llorar, apretó la imagen entre sus dedos hasta arrugarla por completo. Su mirada se volvió dura y distante. Sebastián iba a pagar muy caro cada segundo que le había hecho perder durante esos tres años. Miró a Carmen con firmeza. —Quiero todos los bienes de Sebastián a mi nombre. Carmen se quedó helada. —¿Hablas en serio? Sabes cómo es. Se va a volver loco si le quitas todo. —Que se vuelva loco —contestó Estrella sin dudar—. Él empezó esto, así que ahora le toca asumir las consecuencias. Asegúrate de que no le quede ni un solo euro. Ni siquiera así compensa todo lo que tiré a la basura por él. Carmen la observó con una mezcla de inquietud y admiración, antes de soltar una risita baja. —Me gustas así. Resultó que también sabes ser desalmada y ambiciosa. Está bien, me encargo de todo. *** Al salir del despacho, Estrella no regresó a casa de inmediato; se detuvo en un supermercado. El refrigerador estaba prácticamente vacío y necesitaba surtirlo para que Sebastián no sospechara que estaba preparando su salida. Recorrió pasillo por pasillo, tomando de todo un poco —frutas, verduras, carne, bebidas— hasta llenar el carrito. Mientras hacía fila en la caja, su mirada dio con una figura conocida. Se le quedó viendo un momento, hasta que el hombre a su lado se giró y le sonrió a la mujer. Sebastián y Elsa. Estaban concentrados eligiendo pañales para bebé, comportándose con la naturalidad de un matrimonio. Estrella soltó una risa irónica para sus adentros. Qué ridículo. Sebastián ni siquiera se daba cuenta de que ella estaba a unos metros. —Son 185 euros en total —dijo la cajera cuando llegó su turno. Estrella no sacó ni la tarjeta ni el efectivo. Miró hacia el pasillo de artículos para bebé, donde Sebastián seguía parado con Elsa, y señaló en esa dirección. —Esa compra es de mi jefe —le dijo con calma a la empleada—. Está allá con su esposa. Pídale a él que lo pague. La cajera la miró confundida. Estrella sabía que probablemente pensaba que se lo estaba inventando. —Le dejo las cosas aquí. Que lo pague él y se lo lleve a casa —añadió antes de darse la vuelta e irse. Salió directo al taxi que la esperaba. Una vez dentro del vehículo, sacó el teléfono y le escribió un mensaje a Sebastián: [Acabo de hacer la compra en el supermercado, pero olvidé la billetera. Dejé las bolsas en la caja porque pensaba ir a buscarla, pero de repente me sentí muy mal y sin fuerzas. ¿Puedes pasar a pagar y llevártelo a casa? Perdón por la molestia.] Estrella sonrió de lado al imaginar el papelón de Sebastián ante la cajera y la rabia que estaría pasando Elsa en ese momento. *** 8:00 p.m. Estrella descansaba en la sala tomándose una taza de chocolate caliente. En su regazo, una tableta mostraba documentos clave sobre la estructura comercial y el paquete accionario del Grupo Montalvo. Antes de quitarle el control a Sebastián, necesitaba dominar cada punto débil del negocio familiar y asegurar el respaldo de los accionistas. A pesar de que Sebastián era conocido por su falta de capacidad y por tomar decisiones absurdas en los negocios, su posición se mantenía gracias al peso y la influencia de su padre. Estrella sabía muy bien que necesitaba todo el poder de su lado para derribarlo de manera legal y definitiva. El rugido del motor de un auto anunció la llegada en la entrada, seguido de unos pasos apresurados. Sebastián entró a la sala cargando dos bolsas enormes de supermercado. Estrella lo miró de reojo, aguantándose las ganas de reírse. —Si sabías que te sentías mal, ¿para qué carajos sales? —Sebastián tiró las bolsas al suelo, cerca de ella, con brusquedad. Tenía la cara roja de pura frustración—. ¡Pudiste haberme dicho y yo lo compraba! No había necesidad de salir y... —Te vi —lo interrumpió Estrella con frialdad. La voz de Sebastián se cortó en seco. La molestia de su rostro se transformó en una sorpresa evidente. —¿Q-qué? ¿Me viste? ¿Dónde? —balbuceó. Estrella dejó la tableta sobre la mesa y lo miró fijamente. Disfrutó cada segundo de cómo le cambiaba la cara a una de pura angustia. Sebastián se rascó la nuca para intentar recomponerse. —¿Por eso me hiciste esa jugada? ¿Hacerte la que no traías la billetera solo para dejarme en ridículo enfrente de todos? Por Dios, Estrella, qué madurez la tuya. Trataba de enredar las cosas para cambiar de tema. Estrella se quedó callada, observándolo con la mirada helada para ver hasta dónde era capaz de mentir. —Yo solo estaba... —Estaba adivinando —dijo ella con voz plana—. ¿Por qué te pones tan nervioso? ¿Me estás ocultando algo? La tensión en la cara de Sebastián fue cediendo, sustituida por un chispazo de rabia al darse cuenta de que se habían burlado de él. —Nada que ver —se escudó rápido—. Voy a subir. Tengo el cuerpo pegajoso, me voy a bañar. Estrella no respondió. Dejó que pasara a su lado rumbo a las escaleras. —Ay, pero qué le pasa ahora... —murmuró él por lo bajo, aunque Estrella alcanzó a oírlo. Se quedó mirando su espalda hasta que desapareció en la planta alta y sonrió con frialdad. Que se divirtiera todo lo que quisiera. Que mintiera todo lo que pudiera. Antes de que se diera cuenta, sabría que ella se había convertido en la mujer más despiadada con la que se cruzaría jamás.—Lo siento, señora. Su tarjeta fue rechazada.Estrella frunció el ceño. Sin decir una palabra, sacó una segunda tarjeta de crédito de su bolso.—Esta tampoco funciona.—Es imposible. Ayer mismo la usé.El empleado del taller negó con la cabeza, incómodo.Estrella probó una tercera tarjeta, una cuarta y hasta una quinta: la última que le quedaba. El resultado fue el mismo.—Lo siento, señora. El sistema rechaza todas sus tarjetas.A Estrella se le tensó la mandíbula.Maldita sea. Esto tiene que ser obra de Sebastián.Esas tarjetas estaban vinculadas a las cuentas y los fondos de la familia Montalvo. Si Sebastián le había cortado el acceso, significaba que pretendía ponerle las cosas difíciles después de su partida.—Un momento.Estrella sacó el teléfono y lo encendió. En cuanto la pantalla se iluminó, aparecieron decenas de notificaciones de llamadas perdidas y mensajes. Entre ellas también figuraba el nombre de Renata.Antes de que pudiera revisar los mensajes, recibió una llamada de
Estrella permanecía sentada frente al tocador, inmóvil, con la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Acababa de recibir un mensaje de Héctor, el hombre de confianza de su padre. Ella misma le había pedido que investigara el asunto, pero la realidad resultó ser mucho peor de lo que imaginaba.[Llevan tres meses viviendo allí. Lo he confirmado. Se trata del ático que su suegro le regaló a usted].Sus dedos se aferraron al borde del tocador. La rabia le apretó el pecho. Aquel ático no era solo una propiedad valiosa, sino también parte del acuerdo matrimonial que su suegro había destinado exclusivamente a ella. Apenas lo utilizaba porque no lo necesitaba, pero Sebastián se había atrevido a instalar allí a Elsa y a su hijo.Estrella soltó una risa amarga. Aquello ya no era una simple infidelidad. Sebastián había ido demasiado lejos.Se levantó y tomó el sobre con los documentos de divorcio que había preparado. No iba a seguir posponiéndolo.Cruzó el pasillo en dirección al despacho de
Un mensaje de texto llegó a su teléfono.[Surgió algo en la oficina. Tengo que irme, no me esperes.]Desde la ventana del dormitorio, Estrella vio el auto de Sebastián salir de la propiedad. Una sonrisa fría se dibujó en la comisura de sus labios. Él nunca podía quedarse mucho tiempo en casa; menos ahora que Elsa había regresado. Sabía perfectamente que no iba a la oficina.Sin perder el tiempo, se giró hacia el armario y se cambió rápido. Quedarse en esa casa solo le consumía energía. Como su auto seguía en el taller, tomó su bolso y pidió un taxi por la aplicación.El vehículo se detuvo frente a la reja unos minutos después. Estrella salió sin dudarlo. No tenía por qué pedir permiso ni darle explicaciones a Sebastián; él mismo se había ido a toda prisa sin despedirse a la cara.Subió al taxi, apoyó la espalda en el respaldo y le dio la dirección al chofer. Veinte minutos más tarde, el auto frenó justo enfrente del despacho jurídico de Carmen.Estrella entró a la oficina de su
—¿Estás bien?Estrella levantó la vista hacia el hombre alto que permanecía bajo el paraguas negro.—Cuñado… —su voz salió baja y rasposa. Así era como siempre llamaba a Damien Montalvo.Desde que entró a formar parte de la familia Montalvo, Estrella nunca se sintió cercana a él. Damien era un hombre reservado, distante. Tampoco mostró jamás demasiada simpatía hacia ella desde el día en que se casó con Sebastián.Su mirada solía ser fría, como si la presencia de Estrella en la familia fuera algo no deseado.Y, sin embargo, esa noche se encontraban en una situación como aquella.—Estoy… estoy bien —respondió en voz baja.Aún tenía la cabeza hecha un caos. Darse cuenta de que acababa de chocar contra el auto del hermano de su esposo le oprimía el pecho con más fuerza.—Lo siento mucho, cuñado.Estrella miró el auto de lujo de Damien; el lateral estaba destrozado.—No estaba prestando atención. Me pasé el semáforo en rojo. Ha sido totalmente mi culpa. Yo me haré cargo de todos l
El mensaje llegó a las tres de la tarde. [Ven a La Terraza a las siete de la tarde. Ya reservé una mesa.] Estrella Paredes se quedó mirando la pantalla del teléfono un buen rato. Era de Sebastián, su esposo. En sus tres años de matrimonio, esta era la primera vez que la invitaba a cenar a solas. Nunca antes lo había hecho sin que hubiera de por medio una cena de negocios, un compromiso familiar o alguna rueda de prensa del grupo Montalvo. Por lo general, Sebastián solo la buscaba cuando necesitaba algo: un escándalo que apagar, periodistas exigiendo explicaciones sobre sus amoríos o la imagen de una esposa ejemplar al lado de la cual sonreír para fingir que todo marchaba bien. Esta vez era distinto. Él mismo la había invitado. El corazón de Estrella aceleró el ritmo. Esa noche, además, cumplía veinticinco años. Tendría que haber sido un día feliz, pero a Estrella esa fecha siempre le recordaba a su madre, fallecida años atrás. Hacía tiempo que no celebraba su cumpleaños







