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Capítulo 8

Author: Shadow Hunter
last update publish date: 2026-10-30 20:22:48

Punto de vista de Viola

—¿Evan está aquí?

Él permanecía de pie frente a mí, con sus penetrantes ojos clavados en mi rostro. Desde que llegamos a Luna Plateada, no había podido dejar de pensar en él. Incluso antes de verlo, ya podía sentir su presencia.

Su aroma me golpeó como una cuchilla. Era intenso, cálido y almizclado, mezclado con el olor a pino y algo profundamente salvaje. Un aroma que antes me había confundido en medio de la pasión y que ahora hacía temblar todo mi cuerpo.

El hombre permanecía tranquilo, vestido con un elegante traje formal negro y gris. Sin embargo, sus ojos no reflejaban la misma calma. Su mirada era afilada y penetrante, como si pudiera desnudarme por completo desde la distancia.

—¿Viola? —susurró Edward mientras apretaba un poco más mi mano.

—Te tiemblan las manos.

Me sobresalté y retiré rápidamente la mano de la suya.

—Es el viento nocturno, Alfa. Hace un poco de frío —murmuré, intentando mantener la voz serena.

—Está bien.

Edward asintió, aunque siguió observándome durante unos segundos. Sabía que empezaba a sospechar. Después volvió a tomarme de la mano e incluso me dedicó una dulce sonrisa.

—Haré que entres en calor —susurró.

No respondí. Me limité a asentir lentamente y aparté la mirada enseguida, porque al otro lado del salón vi a Evan observándome sin siquiera parpadear.

La noche cayó y la luz de la luna se derramó suavemente sobre el patio principal del Palacio de Luna Plateada. El lugar se había transformado en un magnífico altar, decorado con velas blancas y flores lunares que brillaban tenuemente bajo la luz de la luna llena. La música de las flautas resonaba con suavidad, llenando el ambiente de serenidad y elegancia.

Permanecía junto a Edward, envuelta en un aire de distinción. Mi vestido azul y plateado brillaba sobre mi piel. Sin embargo, por dentro estaba temblando, casi tanto como mi piel parecía palidecer. Todos nos observaban.

—Somos el centro de atención, mi reina. ¿Sabes? Eres la Luna más hermosa que he conocido. Me siento orgulloso de que seas mi Luna, la Luna de la Manada Sangre Invernal —dijo Edward, sin dejar de halagarme.

—Muchas gracias, Alfa —respondí con indiferencia.

Aquel Alfa… Era muy diferente del hombre que había conocido cuando nos casamos. Antes era frío, grosero e indiferente conmigo. Pero ¿por qué ahora se mostraba tan amable y atento?

¿Qué le había ocurrido exactamente a Edward?

El cielo nocturno estaba despejado, lo que hacía resaltar aún más el resplandor de la Diosa Luna sobre el altar de piedra blanca. La luz lunar iluminaba el altar, situado en el centro de un amplio terreno rodeado por los ancianos, los nobles y todos los miembros de la Manada Luna Plateada. A la derecha del altar, la música de las flautas flotaba suavemente en el aire, creando una atmósfera solemne y sagrada.

Mi corazón latía con fuerza. No por los nervios, sino por el miedo.

Unos instantes después, la voz imponente del anciano de mayor rango resonó por todo el lugar.

—Bajo la luz de la Diosa Luna, unimos dos espíritus, dos almas y dos linajes en un vínculo sagrado.

Aquellas palabras fueron la señal para que avanzáramos.

Caminé lentamente hacia el altar, de la mano de Edward, quien parecía tranquilo y seguro de sí mismo. Sus pasos eran firmes y lucía una sonrisa orgullosa.

¿Y yo?

Cada paso era como caminar sobre el fuego. Sentía un dolor en el pecho, los oídos me zumbaban y el mundo parecía cerrarse a mi alrededor. Tenía las piernas tan pesadas que apenas podía avanzar.

Entre los miembros de la manada, aquella figura destacaba por su porte imponente y sus vestiduras ceremoniales de la realeza. Su mirada penetrante no se apartaba de mí.

Evan, pensé para mis adentros.

Volvía a observarme. A diferencia de los demás, que sonreían o inclinaban la cabeza en señal de respeto, él permanecía en silencio. Pero su mirada parecía desnudarme por completo. Antes de que pudiera apartar los ojos, sus labios comenzaron a moverse lentamente. De pronto, su voz resonó con claridad en mis oídos.

—¿Cómo está el bebé, Luna?

Mi cuerpo se tensó al instante. Me quedé sin aliento, como si hubiera dejado de respirar por completo.

—¿Qué? —susurré apenas.

Pero Evan solo sonrió. Una sonrisa pequeña y escalofriante, como si acabara de lanzarme una maldición en silencio.

Me detuve por un instante.

—¿Viola? —Edward se volvió hacia mí. Su voz adquirió rápidamente un tono preocupado—. Estás pálida. ¿Te encuentras...?

—Solo estoy… nerviosa, Alfa —respondí, sacudiendo rápidamente la cabeza.

¿Nerviosa? Mentía.

La angustia me golpeaba el pecho. ¿Y si mi secreto salía a la luz aquella noche?

Cuando volví a mirar, Evan seguía observándome sin intención de rendirse. Sus labios se movieron otra vez y eso me hizo temblar aún más. Esta vez, su voz sonó todavía más clara.

—¿Crees que no lo sé?

¡Ah!

Casi tropecé con mi propio vestido. El corazón me latía desbocado, como un caballo al galope.

Lo sabía.

Evan lo sabía.

Intenté apartar la mirada y concentrarme en el altar. El anciano seguía hablando y pronunciando las plegarias sagradas. Sin embargo, todas aquellas voces se desvanecieron para mí. Ahora solo podía escuchar las palabras que resonaban en mi cabeza.

—Hablaremos. Tarde o temprano.

Tenía ganas de gritar y salir corriendo de aquel altar. Pero todas las miradas estaban puestas en mí. Me veían como la Luna que sería reclamada por el Alfa más poderoso de todos. No podía hacer ninguna locura en ese momento.

Edward me apretó los dedos con suavidad y calidez. Pero aquel gesto solo consiguió hacerme sentir más culpable.

—Luna, ¿estás segura de que quieres continuar? —susurró.

Su voz era dulce y sincera. Sin embargo, sus palabras se sintieron como una daga que se hundía lentamente en mi pecho.

—Sí, Alfa. Continuaremos —respondí, obligándome a aceptar.

La plegaria sagrada continuó.

—Con la sangre como testigo, sellamos nuestros juramentos.

El Alfa Aldric avanzó hacia el altar. Llevaba una pequeña daga adornada con gemas lunares, símbolo del vínculo sagrado.

—Estás preciosa esta noche, Viola. La Diosa Luna debe de haber bendecido vuestra unión —dijo con orgullo.

Forcé una sonrisa y apenas pude asentir. Mi boca parecía incapaz de responder. No conseguía pronunciar ni una palabra.

Edward extendió la mano para recibir la daga. Había llegado el momento de comenzar el ritual de sangre. Yo debía hacer lo mismo.

Pero, de repente, el mundo comenzó a girar. Me costaba respirar y sentía una presión insoportable en el pecho, como si algo me aplastara desde dentro. Mi cuerpo había perdido por completo la estabilidad.

—¿Viola? —Edward me sujetó del brazo para sostenerme.

—¡Viola, mírame!

La música se detuvo. El ambiente quedó sumido en un silencio repentino. Todas las miradas se volvieron hacia mí y varios ancianos comenzaron a acercarse.

—¡Aaah!

Dejé escapar un gemido. Mi cuerpo se tambaleó de repente. Sin embargo, entre todo aquel caos, solo había algo que podía distinguir con claridad: la mirada de Evan.

Seguía observándome. Sus ojos se habían vuelto aún más penetrantes y aterradores. Aquella mirada era una auténtica amenaza. Y justo cuando pensé que ya no podía soportarlo, vi que sus labios volvían a moverse.

Esta vez, sus palabras me golpearon con una fuerza brutal.

—Sé que ese niño no es de Edward.

Sentí como si me estrujaran el corazón desde dentro. Era como si todo el aire de mis pulmones hubiera desaparecido.

—¡No! —dejé escapar un pequeño grito.

Edward me abrazó con fuerza de inmediato.

—¡Viola!

Pero ya era demasiado tarde.

Todo se volvió oscuro. De repente, mi cuerpo cayó sobre el frío altar.

—¡Oh, Luna! ¿Qué le ha ocurrido?

Se escuchó un grito ahogado. Unos pasos apresurados se acercaron.

—¡Se ha desmayado! —exclamó alguien.

—¡Rápido, llamen a un sanador!

Las voces comenzaron a confundirse.

Una sombra…

¿Era Nathan?

Se precipitó hacia mí y se arrodilló a mi lado. Después, todo desapareció. Pero antes de perder completamente el conocimiento, alcancé a distinguir una última figura frente a mí.

Evan seguía de pie. No se acercaba, pero tampoco se alejaba.

No sé cuánto tiempo permanecí inconsciente. Cuando finalmente abrí los ojos, la luz que se filtraba por el techo de piedra del Castillo de Luna Plateada me deslumbró. Desde el jardín, al otro lado de la ventana, llegaba el suave sonido del agua corriendo.

—Por fin has despertado.

La voz sonaba tranquila, fría y demasiado familiar.

Giré la cabeza rápidamente. Al principio pensé que era Edward. Sin embargo, mi cuerpo se tensó en cuanto reconocí al hombre que tenía delante.

¡El hombre con el tatuaje en el brazo!

—Evan, ¿tú...?

Sí, sabía que no era Edward. Su aroma era diferente al de mi esposo. El hombre que tenía aquel tatuaje en el brazo era Evan.

El Alfa de la Manada Viento Sangriento estaba sentado en una silla, en un rincón de la habitación. Tenía los brazos cruzados y una expresión seria, aunque tranquila.

—¿Qué haces aquí? —pregunté apresuradamente mientras intentaba incorporarme.

—Quédate acostada —ordenó con voz firme y monótona.

—¡Sal de mi habitación, Evan! Si Edward descubre que estás aquí...

—¿Crees que Edward está aquí? —preguntó, mirándome con indiferencia.

—Está hablando con Nathan, el sanador, sobre tu estado y tu embarazo.

Abrí los ojos de par en par. Sentí que todo mi cuerpo se congelaba al instante.

—Tú… ¿Qué acabas de decir? —pregunté con un hilo de voz.

Evan se puso de pie. Caminó lentamente hacia mí.

—No he dicho nada. Pero tampoco necesito decirlo, porque lo sé todo —respondió en voz baja.

Aparté la mirada de inmediato. No soportaba mirarlo a los ojos.

—Viola —dijo esta vez con un tono más suave—. No soy tu enemigo. Pero deberías dejar de mentirte a ti misma.

—No. No lo haré. No es asunto tuyo —respondí, sacudiendo rápidamente la cabeza.

Se inclinó hacia mí, acercándose tanto que su aliento rozó mi oído.

—Pero sabes que es mi hijo, ¿verdad?

Sentí que el corazón dejaba de latirme por completo. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas y no pude hacer otra cosa que llorar.

—Este niño… Yo...

Antes de que pudiera terminar la frase, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

¡Edward había entrado!

Su mirada se quedó fija de inmediato en mí, llorando y con el rostro pálido, y en Evan, que permanecía de pie junto a mi cama.

—¡Evan! ¡Viola!

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