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Capítulo 7

Author: Shadow Hunter
last update publish date: 2026-10-30 20:21:54

Punto de vista de Viola

—Dime, ¿qué me estás ocultando?

La pregunta me golpeó con más fuerza que cualquier espada. La mirada de Edward era inquisitiva, cargada de sospecha. No podía negarlo. Sentía el pecho oprimido, pero hice todo lo posible por mantener la calma.

—Solo estoy cansada, Alfa. Últimamente he tenido demasiadas cosas en la cabeza.

Pasaron unos segundos de silencio que me dejaron los oídos zumbando. Entonces, Edward soltó un profundo suspiro. Me observó durante un largo momento, como si esperara que terminara confesando la verdad. Pero no cedí. No podía decirle nada.

Todavía no.

Finalmente, se levantó y caminó hacia la puerta. Su rostro reflejaba decepción, aunque también había cierta culpa en sus ojos.

—Está bien, Luna. Si necesitas algo, llámame. Te daré un poco de tiempo.

Y se marchó, dejándome sola en la habitación.

La puerta se cerró suavemente tras él, pero su voz seguía resonando en mi cabeza. Solté el aire que había estado conteniendo y sentí que las rodillas casi me fallaban. Me llevé las manos al pecho, como si así pudiera evitar que el corazón se me saliera del cuerpo.

—Tres días… —murmuré mientras me acariciaba suavemente el vientre, que todavía seguía plano.

Sí, solo tenía tres días antes de que Nathan revelara mi secreto. Tres días para ocultar este embarazo de un Alfa capaz de castigarme sin pensárselo dos veces.

Me acerqué al balcón y levanté la mirada hacia el cielo nocturno, cubierto de estrellas. Una brisa fría me revolvió el cabello, pero ni siquiera el aire fresco consiguió tranquilizar mis pensamientos.

—Diosa Luna, ¿qué debo hacer ahora? —susurré.

Aquella noche decidí salir de mi habitación. Caminé despacio por los jardines del palacio, procurando evitar a los guardias que patrullaban la zona.

Necesitaba respirar. Necesitaba tiempo y espacio para pensar.

Sin embargo, fue entonces cuando la escuché.

—Viola.

Su voz resonó suavemente en mi mente.

—¿Lily? —Me detuve un instante y bajé la cabeza.

—¿Por qué no se lo has contado todo al Alfa? —volvió a preguntarme la mujer.

—No puedo, Lily. Lo sabes. Si descubre que llevo en mi vientre el hijo de otro hombre, me matará. Y mi bebé también sufrirá las consecuencias.

Mi voz se apagó poco a poco. De repente, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Bajé la mirada hacia mi vientre, todavía plano, aunque ahora lo sentía diferente. Aquella pequeña vida latía débilmente dentro de mí, recordándome que ya no era solo una Luna. Ahora también era madre.

—No entres en pánico, Viola. Podemos ocultarlo. Solo necesitas encontrar una excusa convincente —volvió a decir Lily.

—¿Qué clase de excusa?

—Puedes decir que necesitas tiempo para fortalecer tu vínculo con Edward o que todavía no estás preparada para que te reclame como suya. Así podrás evitar intimar con él durante las próximas semanas.

Asentí lentamente. Me pareció una buena idea. Sin embargo, sabía que el tiempo se agotaba y que Nathan cumpliría su palabra.

—Necesito encontrar algo que distraiga al Alfa.

\*

Aquella noche seguía caminando de un lado a otro de la habitación. Tenía las palmas empapadas de sudor frío y la mente no dejaba de dar vueltas. Me preguntaba qué ocurriría si Edward percibía de repente algún cambio en mi aroma. O peor aún, si Nathan decidía contarle la verdad.

—¿Y ahora qué? ¿Qué excusa puedo darle al Alfa?

Seguía inquieta cuando una voz me hizo detenerme en seco.

—Pero, Alfa, la invitación viene directamente de su padre, el Alfa Aldric. Se sentirán decepcionados si no asiste.

Reconocí la voz de Adrian, el Beta.

Me acerqué a la puerta y pegué el oído a la madera. Sus voces se escuchaban algo apagadas, pero podía distinguir perfectamente lo que decían.

—Está bien. Diles que la Luna y yo asistiremos —respondió Edward finalmente.

—Como ordene, Alfa.

Al escuchar aquello, mi ánimo cambió de inmediato. Contuve la respiración.

¿Una invitación?

Retrocedí lentamente.

Si se trataba de un gran acontecimiento, Edward estaría demasiado ocupado para prestarme atención. Quizá Nathan tampoco tendría oportunidad de hablar con él durante la celebración.

De pronto, la puerta de la habitación se abrió.

—¿Luna? —Edward entró con una sonrisa amable.

Nerviosa, me aparté rápidamente de la puerta.

—¿Alfa? ¿Qué ocurre?

Se acercó y, sin previo aviso, me estrechó entre sus brazos. Casi di un salto del susto. Su abrazo era cálido y reconfortante, pero al mismo tiempo me provocaba miedo.

—Luna, dentro de dos días iremos a la manada Luna Plateada. Mi madre y mi padre celebrarán allí una gran ceremonia de unión. Quieren que asistamos —explicó mientras me acariciaba la espalda.

Me quedé en silencio, intentando asimilar sus palabras.

Luna Plateada. La manada de la que procedían Edward y su hermano gemelo, Evan.

Mi corazón latía desbocado, pero en aquel momento solo podía pensar en una cosa: por fin tenía una excusa para evitar a Edward durante el evento. Y eso bastaba para aplazar el problema.

—Gracias, Alfa. Me… me alegra saberlo.

Me observó con sus ojos penetrantes, como si intentara descubrir lo que pasaba por mi mente.

—Me aseguraré de que estés cómoda durante nuestra estancia.

—Aprecio tus buenas intenciones, Alfa —respondí con una sonrisa de alivio.

\*

Por fin llegó el día señalado.

Me puse un vestido azul claro y me cubrí los brazos con un chal fino. Mi vientre todavía no había crecido, pero no quería correr ningún riesgo. Edward estaba tan apuesto como siempre. Llevaba un elegante traje ceremonial de la realeza, con el emblema de la Manada Sangre Invernal bordado en el lado izquierdo del pecho.

Un lujoso carruaje nos condujo hasta el corazón de la Manada Luna Plateada. Edward sostuvo mi mano durante todo el trayecto, mientras yo hacía lo posible por no temblar. Mantuve la mirada fija en la ventana, intentando distraerme con el paisaje que pasaba rápidamente ante mis ojos.

Después de un largo viaje, finalmente llegamos a nuestro destino.

El ambiente era festivo. Las banderas de la Manada Luna Plateada ondeaban por todas partes. La música de flautas y tambores llenaba el aire, mientras los guardias formaban filas para recibirnos.

—Hemos llegado, mi reina. Bajemos —dijo Edward.

Él descendió primero y luego me ofreció la mano para ayudarme. Edward realmente me trataba como a una reina.

—Gracias, Alfa.

Entramos juntos en el palacio. Y allí estaban ellos.

El Alfa Aldric y la Luna Elsa.

Sus rostros se iluminaron al vernos. Se acercaron de inmediato y nos abrazaron. La Luna Elsa incluso me besó ambas mejillas y elogió mi elegancia.

—Estás preciosa, Viola. Te mereces ser la Luna de Edward.

Le respondí con una sonrisa cortés.

—Gracias, mamá.

El ambiente entre nosotros era muy cálido. Sin embargo, de pronto lo vi.

Me detuve en seco. Abrí los ojos de par en par y sentí que el corazón dejaba de latirme durante unos segundos.

Un hombre estaba de pie no muy lejos de sus padres. Vestía un traje ceremonial negro y dorado. Sus ojos permanecían clavados en mí, sin parpadear. Su mirada me atravesó como una lanza directo al corazón.

Me quedé paralizada cuando nuestras miradas se encontraron. El mundo pareció detenerse. Todos los sonidos desaparecieron, como si en aquel instante solo existiéramos él y yo.

—¿Evan?

No sonrió. Ni siquiera parpadeó. Se limitó a mirarme fijamente, como si conociera mi secreto.

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