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Capítulo 3

مؤلف: Bernaldma Marín
Cuando regresé al departamento, empecé a hacer la maleta.

Estrella y yo habíamos elegido ese lugar juntos. Ella decía que, cuando volviéramos del trabajo, encontraríamos la luz de la entrada encendida y una cena caliente esperándonos en la cocina. Solo imaginarlo le parecía maravilloso.

Pero ahora me daba cuenta de que la presencia de Sebastián estaba por todas partes. El refrigerador estaba repleto de botellas de su agua con gas favorita; el abrigo de Sebastián seguía sobre el sofá y hasta su traje de padrino, colgado junto al mío, era más refinado que el del propio novio.

Me quedé en el vestidor, contemplando las dos prendas con una amargura difícil de explicar. La boda ni siquiera había comenzado y el lugar que me correspondía en el corazón de Estrella ya había sido ocupado, poco a poco, por Sebastián.

Guardé mis documentos, el pasaporte y algo de ropa en la maleta.

A mitad de la tarea, oí girar la llave en la cerradura. Estrella había regresado. Traía una bolsa de una tienda de lujo y me habló en tono conciliador.

—Amor, ya no te enojes. Pasé frente a una tienda y vi estas mancuernillas. Recordé que una vez dijiste que te gustaba la obsidiana.

Abrió el estuche. Dentro había un par de mancuernillas de obsidiana.

Era cierto que me gustaba esa piedra. Una vez me había quedado mucho tiempo mirando unas mancuernillas de obsidiana en un escaparate, pero no las compré porque eran demasiado caras. Estrella me tomó de la mano aquel día y me prometió con una sonrisa:

—Cuando nos casemos, te compraré unas mejores.

Ahora, por fin había cumplido su promesa. El problema era que yo nunca usaba camisas de puño francés. Quien sí las usaba era Sebastián.

Estrella me abrazó.

—Olvidemos lo que pasó esta noche, ¿sí?

Miré las mancuernillas sin responder. Entonces cayó de la bolsa otro recibo. El monto saltaba a la vista: correspondía a una corbata que había costado diez veces más que las mancuernillas.

Reconocí la marca. Media hora antes, Sebastián había publicado una foto en redes sociales. En ella lucía esa misma corbata y sonreía radiante. El texto decía: "Regalo de cierta persona. La próxima semana seré el padrino más elegante de su boda".

Me quedé mirando el recibo. La expresión conciliadora de Estrella desapareció.

—¿Otra vez estás triste? Daniel, cuando te pones así, de verdad me agotas.

Me quedé paralizado al oírla. Antes, cuando yo estaba triste, Estrella se alteraba. Me estrechaba entre sus brazos y repetía una y otra vez:

—Daniel, no estés triste. Cuando te veo así, no sé qué hacer para que te sientas mejor.

Una vez tuve una pesadilla y desperté en mitad de la noche.

—Cuando eras niño, no tenías a nadie que te consolara —me dijo entonces—. De ahora en adelante, cada vez que estés triste, yo estaré aquí para ti.

La Estrella de aquellos días me tomaba en serio. Ahora, lo único que recibía era un "de verdad me agotas".

Cuando tus sentimientos ya no le importan a alguien, es hora de guardártelos.

Respondí en voz baja:

—Estoy bien.

Estrella pareció aliviada. Se acercó para besarme, pero yo aparté el rostro por instinto. Su expresión se enfrió.

Se pasó una mano por el cabello, irritada.

—Como quieras. Tómate un tiempo para calmarte.

Luego dio media vuelta y entró al estudio.

Esa noche, cuando estaba a punto de apagar la luz, se encendió la tableta que estaba sobre la mesa de noche. En la pantalla seguía abierta la conversación de WhatsApp entre Estrella y Sebastián. Solo iba a apagarla, pero entonces vi los últimos mensajes.

"¿Ya se le pasó?", preguntó él.

"No. Cada vez cuesta más contentarlo", respondió Estrella.

Sebastián envió un emoji sonriente.

"¿Y esta noche lo compensaste como se debe?"

Unos segundos después, Estrella contestó:

"Ni me lo recuerdes. Me rechazó. Después de siete años, ya no me atrae. Por suerte se apartó; si no, habría tenido que obligarme a acostarme con él".

Me quedé mirando aquellas líneas.

Para Estrella, hasta acostarse conmigo se había convertido en una obligación.

Apagué la tableta, guardé de nuevo las mancuernillas de obsidiana en la bolsa y las dejé sobre el mueble de la entrada junto al anillo de promesa que Estrella me había regalado siete años atrás. Con aquel gesto, dejaba atrás un sueño del que por fin había despertado.

En ese momento, recibí en el celular la confirmación de la compra del boleto. El vuelo con destino a la capital de Altavera saldría dos noches después, a las tres de la madrugada.

A partir de entonces, podría ir adonde quisiera, pero nunca volvería con Estrella.

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    Nevaba en Altavera aquel día. Acababa de terminar una serie de tomas a intervalos de la aurora y tenía los dedos entumecidos por el frío.Al otro lado de la línea, la voz de Estrella sonaba ronca.—Daniel, sé que ya es tarde para todo lo que pueda decirte, pero de verdad estoy arrepentida. Todos los días pienso en lo que habría pasado si, durante aquella reunión, no hubiera dicho que tu única cualidad era ser tan comprensivo; si hubiera salido detrás de ti; si no hubiera eliminado el mural de fotografías del diseño de la boda; si hubiera visto antes cuánto estabas sufriendo…Al final, su voz se quebró por completo.—¿Crees que habríamos evitado llegar hasta aquí?Miré la llanura nevada a lo lejos y respondí con suavidad:—Estrella, no hay "si hubiera" que valga. No me rompiste el corazón de una sola vez; lo fuiste haciendo poco a poco. Yo tampoco dejé de amarte en un instante; fui acumulando decepciones una tras otra. Así que tu arrepentimiento es asunto tuyo. Ya no tiene nada que ver

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  • Mi Novia Eligió a Mi Mejor Amigo   Capítulo 6

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  • Mi Novia Eligió a Mi Mejor Amigo   Capítulo 4

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