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Mi campeón
Mi campeón
Penulis: Edgar Romero

Capítulo 1

Penulis: Edgar Romero
last update Tanggal publikasi: 2026-09-15 03:32:35

 -¡¡¡Me engañaste, me estafaste, me robaste, eres un malnacido!!!-

   La furia no cabía en Harold Reynolds. Se había tornado en un volcán a punto de hacer erupción. Tenía la ira pintada en los ojos y echaba humo de las narices. Reynolds había descubierto que Bruce Warren se quedaba con el mayor porcentaje de sus peleas y únicamente le entregaba unas migajas que a duras penas le alcanzaba para sobrevivir. Había estado haciendo lo mismo por años y Reynolds no se daba cuenta ni se enteraba porque confiaba en su amigo y creía que las taquillas eran exiguas y paupérrimas, pero eso no era cierto. A Warren lo conocía desde tiempo atrás, lo consideraba noble, justo y pensaba que era fiel y responsable, por eso le brindaba su amistad a ciegas, sin embargo finalmente había descubierto que Warren lo engañaba impunemente.

   -Mi hijo ha pasado hambre mientras tú te has dado la gran vida a mis costillas-, Reynolds quería estallar igual a un petardo de dinamita. Descubrir todo ese embuste de su mejor amigo le provocaba una cólera incontrolable, porque no eran centavos sino miles de dólares con los que Warren lo  había engañado todo ese tiempo que lo aporrearon a golpes en el ring, dándole tan solo una miseria y quedándose él con el mayor porcentaje de las peleas que afrontaba estoicamente.

   -Yo no te he engañado, es lo que siempre te ha correspondido, migajas-, le respondió irónico Warren, meciéndose en su silla, allí en su oficina del gimnasio donde entrenaba Reynolds, indiferente a la ira y furia de su amigo. Warren lo había explotando en más de cien peleas, y se le hizo costumbre timarlo, a darle propinas de las bolsas que le correspondían, diciéndole que eso era lo que dejaba la taquilla, después de deducir todos los gastos, le aclaraba que él debía pagar a los asistentes de Reynolds, a su entrenador y también a los encargados de ventanillas, de  las puertas, a las chicas del ring side y que finalmente había que darle un porcentaje grande a la organización de boxeo. -Todos comen del mismo plato Harold, esa es la realidad-, le enfatizó Warren, además,  riéndose y encendiendo un gran cigarro sin importarle los reclamos y la ira de su amigo.

    Nada de eso no era cierto.  Warren se quedaba con casi todo el dinero porque simplemente estaba a Reynolds. Los gastos no eran tan onerosos como decía Warren. Reynolds se enteró por los otros boxeadores que el porcentaje que le correspondía era abismal a diferencia de lo que le daba Warren, sin embargo él siempre estuvo confiado porque Warren era su amigo, se apoyaban siempre, se ayudaban e hicieron esa promotora de boxeo juntos. Warren era el mánager y Reynolds peleaba. El acuerdo era cincuenta y cincuenta, pero Warren se lo llevaba casi todo. Eso fue lo que descubrió Reynolds. Los otros boxeadores cobraban buenos porcentajes pese a que no tenían el mismo cartel y fama de Reynolds y eran novatos en el deporte de los puños. Ellos tenían otros manejadores que eran honrados.

-Te denunciaré con la organización, te acusaré ante la policía y terminarás tus días en la cárcel, no eres más que una sabandija-, dio un gran bufido Reynolds, súper enojado por haber descubierto las trampas que le hacía su amigo, pero Warren únicamente reía y disfrutaba de su enorme cigarro a sabiendas que Reynolds no tenía pruebas para demandarlo o denunciarlo por e****a.

   -Di  todo lo que quieras, ¿total? ya estás viejo Harold, ya no puedes seguir peleando, tienes la retina hecha una miseria, tus manos se han vuelto mantequilla, lo mejor que puedes hacer es irte a tu casa a morir de viejo, ya no te quiero en el gimnasio, vete-, le dijo peyorativo  Warren sin dejar de reírse.

   Tod0 eso era verídico, también. Reynolds estaba acabado. Había dejado toda su vida en el ring y en efecto, la comisión médica le prohibió seguir peleando porque tenía demasiadas fracturas en las manos y corría el riesgo de perder un ojo.  El diario "El Soplón" lo tildaba de viejo, acabado, menesteroso y le exigía que debía retirarse del boxeo, que no era nada más que  un zombi con guantes. Eso decía ese diario.

   Dolido por esos comentarios, Reynolds sacó cuentas de lo que había ganado en el boxeo y en efecto comprobó que su mejor amigo era en realidad su peor enemigo y le había estado robando todo ese tiempo sus porcentajes, que esa ínfima cantidad  de dinero que recibía era un engaño, que Warren se quedaba con casi todo lo que él ganaba en el ring recibiendo golpes y golpes de sus rivales hasta dejarlo, en efecto, menesteroso y hecho una piltrafa. 

    -Yo me di íntegro por nosotros, Warren ¿por qué me has traicionado? ¿acaso no éramos muy buenos amigos? Lo compartíamos todo, teníamos los mismos sueños, queríamos ganar el campeonato mundial-, intentó Reynolds aclarar sus ideas.  

  Warren echó mucho humo de una gran bocanada. - ¿Campeón mundial? pero si tú eres un mediocre Reynolds, ganabas tus peleas porque con la parte de tu dinero yo arreglaba las peleas,  le pedía a tus rivales que se dejaran ganar, ja ja ja, nunca fuiste un buen boxeador, eras un payaso en el ring, la gente venía a verte para reírse de ti-, se mofaba Warren.

   -Es mentira lo que dices, entonces no estaría mal de un ojos si las peleas estaban arregladas-, se encrespó aún más Reynolds.

   -No seas tonto, en el boxeo siempre caen  los golpes, los puñetazos, los cabezazos, lo cierto que todo acabó para ti, Reynolds, ya no puedes boxear, mejor ándate a tu casa que tengo mucho qué hacer-, hizo un gesto despectivo Warren para ver portales de internet en su ordenador. Reynolds se sintió humillado, frustrado, herido en su amor propio. Su corazón se aceleró aún más, su sangre empezó hacer olas en los tubos de sus venas y enceguecido por la furia y la ira, le sujetó del cuello a Warren y se lo apretó con tanta cólera que Warren ya no podía respirar, y su cabeza se infló como un globo a punto de reventar.

   -¡¡¡Te haré pagar todo lo que mas hecho, granuja!!!-, repetía una y otra vez Harold Reynolds. Su sangre hacían olas en los tubos de sus venas y se había tornado igual a un petardo de dinamita a punto de reventar. Jadeaba y exhalaba humo de las narices, echaba baba además y era como un tiro furioso y desbocado, embistiendo sobre Warren que a duras penas podía sostener esa mole de carne y hueso que lo aplastaba enfurecido.

   Warren no podía respirar. las enormes manos de Reynolds le apretaban más y más la garganta y era como un garrote que pronto acabaría con su vida. Desesperado rebuscó su pistola en el cajón grande su pupitre.

   -Te arrancaré la cabeza, malnacido-, insistió furioso Reynolds con la ira incendiando sus ojos.

   Y fue entonces, en ese instante ¡pum! reventó un balazo que remeció el gimnasio que pusieron juntos Warren y Reynolds para entrenar y dar ocasión a jóvenes valores del boxeo pero que nadie visitaba o se inscribía ni pisaba. Luego de ese retumbo que fue tan o más estruendoso que un trueno, todo se hizo silencio, Tan solo se escuchaba a un joven empleado de limpieza pasando la escoba por los pasadizos y la voz de Warren llamando a "Malagua" para que limpie su oficina. 

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