LOGINJim Reynolds tocó la puerta de la oficina de Warren. -¡¡¡Pase!!!-, le pidió el tipo, mascando un cigarro. Reynolds abrió la puerta con timidez y coló la nariz. Estaba muy nervioso y dubitativo y tenía un nudo en la garganta. Sabía de la fama de Warren, de que era un sujeto tosco, malo, cruel , déspota y tirano, que maltrataba a los boxeadores, se burlaba, incluso, de ellos, pero que, finalmente, de congeniar, brindaba un decidido apoyo para su carrera deportiva que tanto requería.
Warren se deleitaba con su cigarro, echando mucho humo, mirando divertido al joven. Le daban risa sus nervios y miedos. -¿Así es que quieres ser un gran campeón de box como tu padre?-, le preguntó distendido, sonriendo, mostrándose incrédulo de las cualidades de Reynolds. Lo veía escuálido, sin forma, demasiado enjuto y con pocas posibilidades para ser un buen boxeador y por ende jamás sería monarca mundial de los pesos completos. -Sí, señor, necesito un buen empresario, usted es el mejor-, tartamudeaba Reynolds, tragando saliva. Warren lo intimidaba. -¿De dónde vienes?-, no sabía Warren. -Estuve entrenado en el gimnasio de Donato Law, me fue bien, gané varias peleas, aprendí mucho, pero ahora necesito más mejores peleas, enfrentar a rivales poderosos-, enfatizó Reynolds dubitativo, jadeando por lo turbado que estaba. -Me falta un manejador, usted es un promotor experimentado y capaz, puede llevarme al título-, le insistió Jim. -Tu padre era un gran boxeador. Este gimnasio lo hicimos los dos juntos, éramos socios, ganamos mucho dinero, en cierta forma la mitad del gimnasio es tuyo-, dijo Warren recordando su amistad con Harold Reynolds, el campeón que fue encontrado muerto, después que le dispararon en el pecho, ya hacía muchos años. -Sí, él me lo dijo, también que le debía mucho a usted, porque lo ayudó, lo aconsejó, le permitió destacar en el boxeo y ser el número uno del mundo-, reconoció Jim. El joven le tenía suma veneración a su padre. Harold Reynolds le había enseñado los secretos del deporte de los puños. Ahora quería seguir sus pasos en el ring. -Una tragedia su muerte, Jim, lo encontraron sin vida en un basural, un asalto, ya sabes, por aquí pulula gente de mal vivir, aún no puedo creer lo que pasó-, se meció en su silla Warren. -Sí, así es señor Warren, la policía dice que le robaron la billetera, el reloj, la cadena de oro, el anillo, todo, ya han pasado varios años de eso y tampoco puedo superar su muerte, la pasamos muy mal en la familia, nos quedamos sin recursos, dejé el colegio, tuve que trabajar en muchas cosas para poder comer-, estrujó Jim Reynolds su boca. -¿Varios años? ¿En serio? ¿Tanto tiempo? parece que fue ayer que Harold entraba por esa puerta, corpulento, enorme como un mastodonte, hablando, haciendo chistes con ese vozarrón que despeinaba a todo el mundo. Harold entrenaba duro, hacía pesas, soga, golpeaba el saco, también guantes con sus sparrings, era un buen profesional, mereció ser campeón mundial, pero sufrió esa lesión al ojo que le impidió seguir boxeando y después lo mataron alevosía-, Warren echó más humo dibujando figuras en el aire. -Usted fue el último con el que habló mi padre, me dejó un mensaje en la mesa diciendo que iba arreglar un asunto con usted, después lo encontraron muerto-, recordó Jim. -Es verdad, hablamos de hacer más peleas para tu padre, yo quería que fuera campeón mundial, él tenía todas las condiciones para ganar la corona de los pesados, pero ya era imposible, la comisión médica de la entidad de boxeo le había detectado su grave lesión en el ojo, él ya no podía seguir peleando, yo se lo dije, pero Harold no quería resignarse, el boxeo era su vida, luego salió de mi oficina apesadumbrado y resignado, dijo que iba a beber algunas cervezas con unos amigos para olvidar las penas y ya no lo volví a ver, al día siguiente lo encontraron muerto, una tragedia, yo estimaba y quería a tu papá, ya te lo dije, era un buen hombre -, estiró una sonrisa hipócrita Warren. No era difícil distinguir su hipocresía. El tipo ese no tenía escrúpulos. Era cierto todo lo malo que decían de él. -Yo cumpliré los sueños de papá y de usted, yo seré campeón mundial-, dijo entonces Reynolds, inflando pecho y alargando la sonrisa, convencido en sus condiciones y sus cualidades. Reynolds trajo un USB con videos de algunas peleas que había hecho en el gimnasio de Law. Warren vio las imágenes en su ordenador con interés. El chico era bueno, tenía un estilo propio, era hábil, valiente y con una pegada fuerte. Lo malo era su vehemente, resultaba demasiado impetuoso e iba al choque y quedaba lastimado frente a sus contrincantes. Necesitaba de un buen entrenador si es que quería llegar lejos en el exigente mundo de los deportes de los puños. - Tienes muchas condiciones muchacho, eres fuerte, resisten bien las piñas de los rivales, eso me gusta, es importante en un boxeador, ¿qué edad tienes, ya, chico?-, se interesó Warren. Pese a que su apariencia frágil, Jim Reynolds resultaba un buen boxeador. Warren estaba sorprendido. -.Veintidós años señor-, se entusiasmó Reynolds. -Este almanaque cumplo veintitrés, je je je, mi padre empezó a pelear a los veinte-, reía Jim emocionado. -No, chico, tu padre ya peleaba desde los dieciocho y vaya que pegaba ese hombre, tenía dos bazucas en ves de manos-, recordó Warren. -Nuestra primera victoria internacional fue cuando Harold ya tenía 19, le ganó al "Troglodita" Helmut por nocaut al primer asalto, qué digo, al primer puñete ja ja ja. A partir de allí hicimos mucha plata, pero ya sabes todo lo invertíamos en el gimnasio, tu padre y yo éramos socios, ya te dije, luego él se apartó del negocio, se dedicó a pelear y al final lo mataron-, agregó Warren. -Sí, la pasábamos mal porque papá y usted lo invertían todo el gimnasio, no nos alcanzaba el dinero, yo tenía que trabajar en muchas cosas para ayudar a la casa, papá decía que el boxeo requiere de esfuerzo y sacrificio, pero que pronto íbamos a mejorar cuando se proclame campeón del mundo, me decía y sostenía que con su ayuda, señor Warren, lograría su caro anhelo, ahora yo quiero conseguir lo que mi padre no pudo -, aceptó Jim. -Lo menos que puedo hacer por tu padre es apoyarte, Jim, porque se lo debo eso a tu padre, él era mi mejor amigo, mi socio y estoy en deuda con él, está bien, chico, trabajarás conmigo, te pagaré un sueldo, te buscaré peleas, te pondré en el ranking, entrenarás con Colman, es el mejor entrenador del país, si trabajas mucho, hijo, te esfuerzas, entrenas con bastante entusiasmo, serás campeón mundial-, se alborozó Warren y le extendió a Jim la mano derecha, la misma que había apretado el gatillo que mató al padre de Jim, pero él no lo sabía. La policía y Warren habían dicho que Harold Reynolds fue asaltado y que lo mataron en un callejón baldío. Ahora esa misma mano asesina la recibía Jim Reynolds estrechándola, ignorando toda la verdad de lo que había sucedido con su padre. -Entrena desde ahora aquí en mi gimnasio, tendrás a Colman de entrenador y te conseguiré asistente, ya te digo, éste gimnasio es tuyo, lo hicimos con tu padre éramos socios y buenos amigos. Yo estoy en deuda con tu papá por siempre, gracias a él soy millonario-, insistió Warren. -No lo defraudaré, señor, ganaré todas mis peleas y seré campeón mundial-, le aseguró Jim contento, emocionado y eufórico y se retiró de la oficina de Warren dando puñetazos al aire dichoso e inflado de felicidad. Warren marcó un número en su móvil. -El sábado incluye a Jim Reynolds en la cartelera, que pelee con Simpson, dos semanas después combatirá con Harry y finalmente al mes con Jump. Sí, sí, sí, diles a los tres que se tiren, claro. ya sabes cómo es, les das un sencillo extra, ajá, sí, vamos a encumbrar a Jim, a ver qué puede hacer, después lo haré pelear con Floyd, con Thompson, quizás algún día pueda pelear con el "Águila" Burns, o de lo contrario morirá en el ring ja ja ja-, sonrió Warren y colgó. -De tal palo tal astilla, Reynolds-, subrayó Warren y rompió a reír a gritos.La tónica del combate continuó igual en los siguientes episodios. Jones no había podido conectar ni un golpe certero a Reynolds, que, de atinarle, le hubiera arrancado la cabeza a mi enamorado y por el contrario, sus ataques se estrellaban siempre en los brazos y el plexo de Jim sin mayor contundencia. Por el contrario Jim pegaba y pegaba y sumaba puntos. Era lo que me decía Rick. Él también estaba eufórico viendo el buen despliegue que hacía Reynolds en el ring. La multitud que colmaba las graderías del coliseo empezó a gritar al unísono ¡¡¡Rey-nolds!!! ¡¡¡Rey-nolds!!! ¡¡¡Rey-nolds!!! ¡¡¡Rey-nolds!!! golpeando el suelo con sus pies, haciendo una estridencia contagiosa y musical. Eso entusiasmó demasiado a Jim lo volvió un huracán impetuoso y febril. Empezó a hacerle fintas a Jones, le acercaba la cara, le movía los hombros y no dejaba de bailarle o menearlas caderas, enardeciendo aún más al "Mastodonte" que lentamente se volvía un volcán en erupción. Justo en el último r
El coliseo lucía un verdadero y bullicioso lleno de bandera. Habían aún enormes filas fuera del recinto queriendo entrar a las butacas pese a que las graderías ya estaban colmadas y no cabía un alfiler. Yo misma tuve que abrirme paso entre el enorme gentío para entrar. Mi seguridad me ayudó y ellos casi debieron cargarme en vilo para poder traspasar el alud de aficionados pretendiendo entrar y ver el esperado combate. Ya el programa de peleas se había iniciado con los chicos del gimnasio, peleando frente a rivales calificados. El público estaba enardecido, eufórico y frenético. Todo el mundo gritaba, retumbaban las vuvuzelas, los tamboriles, las matracas y los cornetines y estallaban bombardas. Roxana tenía separada mi butaca. -Hay una sorpresa, Alana-, me dijo enigmática mi secretaria, riendo misteriosa. Quedé desconcertada.-¿Sorpresa?-, me rasqué los pelos. -¡¡¡Hugh Bryan!!!-, me anunció y de repente se alzó de su butaca el dueño de la cadena GMT. Estaba al lado del ring
Warren quería que "Malagua" me mate. Eso me lo dijo Luis. Uno de sus amigos lo llamó y le dijo que Warren le había ordenado a ese sicario que me aniquile, exactamente con esas palabras. Luis alarmado me buscó en la oficina. Yo estaba ultimando los detalles de la pelea de Jones contra Jim, ajustando algunos pormenores de la transmisión de la televisión, el pago y los uniformes de las chicas de ring side y la venta de los boletos por internet y ventanillas y la contratación de acomodadores en las graderías. -Es mejor que te cuides, Alana, Warren ha ordenado que te maten-, me dijo Luis con un tono muy dramático. Yo me imaginaba algo así, porque Warren no quería que se lleve a cabo la pelea de Jones y Jim, en realidad no deseaba que mi promotora llevase a cabo ningún combate y ansiaba y procuraba no solo hundir a Jim, sino, sobre todo, a mí. Yo le era un dolor agudo en su hígado. -No me asusta Warren-, le dije distendida, sin prestarle mayor atención a los planes de Warren de ma
La conferencia de prensa anunciando al pelea entre Jones y Reynolds se hizo en mi gimnasio con mucha prensa y con transmisión en directo para la cadena GMT. Pude darme una escapadita del diario para estar en la presentación del esperado combate. Tomé un taxi y llegué casi al momento y tuve que esquivar a los reporteros que se amontonaban esperando por los protagonistas del espectáculo boxeril. Era un centenar de periodistas de diarios impresos, canales de televisión y portales de internet, incluso reporteros extranjeros que colmaban las butacas y ya habían pedido credenciales para el esperado combate. Numerosos aficionados igualmente colmaron también el coliseo para ver Reynolds y a Jones. No debía sorprenderme porque la pelea era decisiva en las aspiraciones de Jones y de Reynolds de disputar el título del mundo, sin embargo, ya saben, yo no estaba muy enterada de las reglas del boxeo, de sus entretelones, expectativas y normas que regían el deporte de los puños. Vic Jaso
"Mastodonte" Jones e negó a pelear con Jim cuando apenas faltaba una semana para la esperada pelea. Yo no lo sabía. Estaba cubriendo la información de un desfalco en el banco de reserva del país cuando me llamó alarmada Roxana. -Jones canceló la pelea, Alana-, me dijo chillando enloquecida. Ya habíamos vendido casi todas las entradas para el programa, incluso la cadena GMT tenía separado el espacio y cobró por adelantado a sus auspiciadores. Las autoridades de la entidad mundial de boxeo y el árbitro de la esperada pelea tenían separados sus respectivos alojamientos y la conferencia de prensa se haría en el gimnasio. Todos estaba listo para el combate y a la hora nona, Jones se negaba a pelear con Reynolds. -No puede hacer eso. ¡¡¡Lo demandaremos por daños y perjuicios!!!-, me enfurecí, alzando la voz, interrumpiendo las declaraciones del procurador de la república, dando cuenta del desfalco en el banco de reserva. Los periodistas colegas voltearon a verme y el porocurador qued
En realidad yo no le iba a pegar aunque Jim se lo merecía. Además de que estaba cansada y exhausta, me encantó ese beso tan viril de Reynolds. Lo necesitaba además. Toda esa presión, la tensión de mi debut como promotora de boxeo y el éxito de la velada boxeril, las dudas del comienzo, el miedo de que no tengamos suerte y haber vendido mi casa e hipotecar hasta mi sostén me habían angustiado sobremanera. El beso de Jim me devolvió a confianza. -Había olvidado lo deliciosos que son tus labios-, me dijo Reynolds, además, muy goloso, saboreando mi boca. -Te portaste muy mal conmigo cuando lo único que yo quería hacer era ayudarte a continuar tu carrera-, intenté aclararle, pero eso fue inútil. Reynolds continuó besándome apasionado, saboreando mi boca, sus manos, incluso me tomaron la cintura y se deslizaron a mis muslos. ¡¡¡Yo estaba con falda!!! -Sabes que siempre te he amado, Alana, desde el primer momento que te conocí-, me subrayó Jim. Eso era mentira, una más de Re







