Beranda / Romance / Mi campeón / Capítulo 3

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Capítulo 3

Penulis: Edgar Romero
last update Tanggal publikasi: 2026-09-15 03:36:28

Teniendo un trabajo fijo en el diario "El Soplón", estaba no solo más tranquila y reposada, sin apremios económicos, de mejor humor y sobre todo con mi ánimo y estima personal recuperados después de tantos fracasos sentimentales. Fue entonces que empecé a salir con Bryan. Él escribía en el periódico "El Fisgón" y me gustó su porte y su elegancia, además que tenía un carro último modelo Bryan lucía siempre muchas joyas y era hermoso como una divinidad helénica. Coincidíamos a cada momento en las comisiones de policiales, hablábamos mucho, hacíamos bromas, nos contábamos anécdotas, intercambiábamos informaciones, incluso primicias que yo me guardaba para "El Soplón" y una cosa llevó a la otra y nos enamoramos. Fue un flirteo bastante rápido en realidad porque nos gustábamos mucho y yo pensé que hacíamos buena química.

    Nuestro romance se tornó en tórrido, casi de inmediato, Bryan me acaparaba, me comía a besos, disfrutaba de mis encantos y estaba súper embelesado conmigo. Yo también estaba prendada del encanto varonil de Bryan y él me hacía sentir la dueña del mundo.

   Pero Bryan  era demasiado celoso, quería controlarme, le molestaba que me pusiera minifaldas, leggins o jeans pegados y por él yo debía vestir siempre túnicas y no estar pintada ni con los pelos sueltos. Es demasiado machista y malgeniado y se la pasaba discutiendo con todo el mundo porque me miraban o me reían. 

    Bryan se peleó varias veces con otros hombres dejándome perpleja y asustada viéndolo darse de patadas y puñetes con sujetos que le doblaban en tamaño simplemente porque me vieron las caderas, yo les reía o me preguntaban por tal o cual dirección. Bryan no soportaba que ni siquiera me miraran o me dieran los buenos días. Él parecía una bomba de tiempo siempre a punto de explotar.

    El colmo era que antes de salir a pasear, a comer, al cine o al parque debía llamarlo y preguntarle qué debía ponerme. ¡¡¡Bryan controlaba hasta mi ropa íntima!!! él detestaba que me pusiera tanga y como les digo, prefería que vistiera sotana.

   La relación con Bryan, entonces, se hizo insoportable. Apenas llevábamos juntos  tres meses y yo ya no lo aguanté más. Me gustaba, es verdad, sin embargo su mal carácter lo hacía detestable. Le dije que lo nuestro no podía funcionar y lo dejé.

   Bryan se molestó, me insultó, me dijo cosas feas, dijo que yo le pertenecía, que era suya y que no iba a permitir que esté con otro hombre, me amenazó, incluso con darme una paliza si me veía con otro hombre y que me arrancharía mis hermosos cabellos,  pero no me intimidé. -Si me tocas un pelito te meto preso-, le advertí  furiosa e indignada porque, como les cuento, me dijo cosas muy feas y peyorativas tratando de humillarme y someterme delante de mucha gente que miraba absorta la pelea.

  Bryan finalmente se fue echando chispas, lanzando rayos de los ojos, maldiciéndome, diciéndome cosas feas y nunca más lo volví a ver a mi vida.

   El fracaso en mi relación con Bryan me hizo confirmar que yo no tenía fortuna en el amor. Todos mis compromisos terminaban mal y de remate me enredé con un tipo casado, un tal Travis, que parecía pintado para mí, muy romántico, dulce, cariñoso, sin embargo tenía esposa e hijos y yo no lo sabía. Me engatusó y yo caí como una mansa paloma en sus redes.

   Yo me sentía un volcán en erupción y no medí consecuencias y me fue a la cama con ese hombre, sedienta de pasión, emociones fuertes y de amor que padecía y ansiaba. Estaba eclipsada por él y quería reivindicarme luego de haber sufrido tantas decepciones. Me sentía tan frustrada y fracasada que no dudé en irme a la cama con Travis.

    La pasé bien sin embargo.  Fuimos a un hotelucho de mala muerte. Travis me besó  enloquecido, mordiendo mis labios,  estrujando mis nalgas y aplastándome sobre la cama como si fuera una aplanadora. En realidad yo no me iba a resistir. Tenía ganas de pasión, era la verdad.  Travis mordió mi cuello y metió las narices a mi escote, buscando mis pechos con afán y vehemencia. Yo empecé a gemir enajenada disfrutando del momento. 

  Quedé completamente obnubilada por los besos,  las caricias y el fuego que brotaba de los poros de Travis y que me calcinaba por completo. Fue tanto su afán de él por poseerme que rompió los botones de mi blusa para descubrir al fin, mi sostén. 

   Ardí en fuego, otra vez. Me incendié en un santiamén. Sentí sus manos viajar por mis curvas, mis caderas, por toda mi piel que empecé a quemarme, convirtiéndome en una gran antorcha, tanto que hasta perdí la noción del tiempo. No sé en qué momento y cómo pudo sacar mi jean que estaba bien pegado. Me hizo suya igual que un náufrago, sumergiéndose en mis profundidades, alcanzando los límites más lejanos de mi ser e invadió mis fronteras lejanas y se adueñó, completamente de mis entrañas.

   Yo deliraba en los brazos de Travis, me sentía en el paraíso rodeada de mucha luces, incluso el arco iris me regalaba sus colores y estaba tan estremecida que me sentía extraviada en el espacio sideral, eclipsada, disfrutando de la virilidad de mi ocasional amante.

   En ese instante que él se volvió un caudaloso río entando en mis profundidades, me jalé los pelos y le hundí mis uñas en la espalda, con desesperación, febril y vehemente, extasiada de tanto gozo y placer. Lo mordí en todas partes, en su cuello, sus manos,  en sus brazos, porque Travis no dejaba de taladrar mi ser interior provocándome toda suerte de descargas eléctricas atronando en mi cabeza.

  Quedé exánime, tumbada sobre la almohada,  exhalando fuego hasta de las orejas, en mis narices, en mi aliento, tumbada como una piltrafa completamente maltratada.

 -Eres maravillosa, Alana-, me dijo Travis, rendido también, sudoroso, cansado y vencido por mi máxima sensualidad que descubrió con sus besos y caricias.

  Yo permanecí largo rato obnubilada, cabalgando nubes , perdida en mi inconsciencia, saboreando sus besos, disfrutando aún de sus manos recorriendo mi piel y sentía burbujear mis entrañas  con pasión y deleite. No sé qué hablamos ni qué pasó después, me quedé dormida, echando humo convertida en una pila de carbón. Cuando desperté, la mañana siguiente, vi mi calzón despedazado, mi blusa con los botones rotos y mi jean tirado en el piso, cerca de la cómoda pero aún tenía los botines puestos. Me reí de mi misma.

  Travis se había ido tempranito y olvidó su celular en el velador. Pensé que debía reportarse en su trabajo o algo por el estilo que salió tan precipitado, dejando su móvil. 

   Me duché, llamé al delivery por nueva ropa y mientras esperaba el servicio, se me ocurrió fisgonear en el celular de Travis y fue entonces que descubrí que él era casado, que tenía tres hijos, que me había engañado y que yo había sido una gran tonta yéndome a la cama con ese sujeto que no valía la pena.

    Indignada, furiosa, colérica, fuera de mis cabales, estrellé el celular contra la pared y  el pobre aparato estalló en un millón de pedazos regando sus chips por toda la habitación. Luego hice lo que mejor sabía hacer en la vida: llorar.  

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