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Capítulo 5

Author: Lágrima de Papel
En la habitación, una hilera interminable de cosas para bebé estaba acomodada con todo detalle. Con solo mirarlas quedaba claro: Alberto lo había comprado todo para Camila y el hijo que esperaba.

—¿Y mis cosas? ¿Dónde quedó lo de mi cuarto? —pregunté con la voz tensa.

Camila puso cara de víctima.

—Ay, Andrea, lo siento... no sabía que esas cosas eran tuyas. Alberto me dijo que podía acomodar la casa a mi gusto, y pues…

Me reí con amargura.

—¿Y desde cuándo, dime, desde cuándo esta casa es tuya? Si apenas firmé hace unos días. La mitad la pagué yo. Aunque me divorcie de Alberto, ¡a ti no te toca nada!

Sin hacerle caso, subí con decisión en busca de Alberto. Y al ver que no podía detenerme, Camila se arrancó la ropa interior que llevaba, se dio una bofetada delante de mí y se dejó caer al suelo, llorando a gritos.

En ese instante, Alberto bajó corriendo las escaleras, descalzo y en bóxer, con arañazos todavía frescos en el pecho, como prueba viva de en qué había estado ocupado.

—¡Andrea! ¿Qué diablos vienes a armar ahora? —me gritó apenas me vio.

—Alberto —sollozaba Camila, fingiendo la voz rota—. Andrea llegó temprano y se quedó afuera sin poder entrar. Yo bajé a abrirle, sin tiempo de vestirme, y al verme así se enfureció. Me llamó puta, me rompió la ropa y me pegó...

Las lágrimas le corrían antes de que pudiera terminar. Al verla parpadear con los ojos llenos de agua, Alberto se derritió al instante.

—¡Andrea! ¿Tú entiendes que Camila está embarazada? ¡Tú también fuiste madre, sabes lo duro que es! ¿Cómo te atreves a levantarle la mano? Si algo le pasa al bebé, ¡te juro que no te lo perdono!

Mientras hablaba, Alberto le sostenía la cara con cuidado y le soplaba despacio en la mejilla.

—Ya, mi vida, tranquila. No llores más. No le hagas caso... está celosa, no soporta verme contigo.

Viéndolos tan juntos, tan melosos, ya no pude más.

—¡Alberto, abre los ojos de una vez!

Me lancé hacia adelante, levanté la mano y la bofetada retumbó seca en la cara de Camila.

Al instante, la piel se le tiñó de rojo.

—¡Esa sí fue mía! —escupí entre dientes.

Camila quedó helada, tan sorprendida que por un momento hasta olvidó seguir fingiendo.

No tuve tiempo ni de respirar cuando todo se volvió borroso.

Alberto me sujetó de los hombros y me estampó contra el suelo de la sala.

Me inmovilizó con la rodilla y empezó a golpearme sin tregua.

—¡Camila es mía! ¡Si la tocas, me tocas a mí!

Gemí de dolor, atrapada bajo su peso, sin poder defenderme. La nariz me sangraba, pero a Alberto no le bastó.

—¡Mírate! ¡Deberías verte en un espejo! ¿Así crees que luce una mujer?

Agarró el espejo de mano que estaba sobre la mesa y lo estrelló contra mi cabeza, haciéndolo pedazos.

Los fragmentos salieron disparados por el suelo. En uno de ellos vi mi reflejo: el rostro hinchado por el embarazo, el cabello grasiento, el aspecto dejado.

Un hilo de sangre me resbaló por la frente, bajó hasta la barbilla y cayó sobre los pedazos de vidrio.

La casa entera se quedó en silencio.

Solo se escuchaba el goteo de mi sangre en el piso... gota tras gota.
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