INICIAR SESIÓN―Ángela…
Por un momento temió estar soñando, sus sentidos se adormecieron, el tiempo pareció ralentizarse y el sonido del mundo se apagó. Todo lo demás, alrededor de ambos, dejó de tener forma y colores, solo existía ella, que se alejaba en dirección contraria a él.
Aunque no tenía el mismo aspecto que recordaba, la reconoció de inmediato; la mujer que él tenía en su memoria llevaba el cabello corto, justo al borde del cuello; también estaba bastante delgada debido al trote de estudio y trabajo, Angie siempre sonreía, no solo con los labios, sino con los ojos y el semblante, transmitiendo una sensación positiva que te hacía querer quedarte a su lado.
La persona que observaba en ese instante había cambiado, desde el largo del cabello hasta la mirada, aún quedaba un remanente de esa energía especial, sin embargo no era tan cálida como antes; sus ojos no brillaban del mismo modo, y su expresión era la de una persona un tanto cordial pero fría, como si se hubiese distanciado del mundo.
―¡Angie! ¿Pudiste hablar con el proveedor?
Un hombre alto, de poco más del metro ochenta, de buena constitución física, se acercó a ella con semblante afable; su cabello era castaño claro, largo hasta las mejillas y levemente ondulado reforzaba su aire juvenil, aunque podía suponer que eran más o menos de la misma edad, sus ojos de color miel resplandecían al verla, él le prestaba toda su atención y ella parecía relajada con su presencia.
«Son cercanos» pensó con tristeza, «solo unas pocas personas solíamos llamarla así…»
Se planteó la posibilidad de aproximarse, de hablarle y preguntarle cómo estaba. La urgencia apretaba el centro del pecho de David, a medida que sentía cómo se acumulaban las lágrimas en sus ojos.
No tenía derecho de interferir en su vida, no podía solo llegar y decirle que estaba allí. Gruñó, era un sonido dolorido y frustrado.
«Esto apesta…»
El sonido de su móvil lo ancló a la realidad, sacudió un poco esas emociones intensas que amenazaban con ahogarlo y miró la pantalla.
―¿Qué sucede, Stella? ―preguntó con voz amarga.
―Solo llamo para recordarte que tienes una reunión a las once de la mañana ―dijo ella―. ¿Vienes en camino? El punto de reunión es en el otro extremo de la ciudad.
―¿Laura está indagando dónde estoy por medio de ti? ―inquirió con un deje de ironía.
―Sí, exactamente ―respondió su secretaria con su tono profesional―, con ellos es la reunión.
―¿Está frente a ti?
―En efecto.
David suspiró con exasperación. La noche anterior la pelirroja optó por refugiarse en las píldoras para dormir para no confrontarlo, pero en ese instante, temiendo lo que él pudiese hacer, andaba rastreando cada paso que daba, y apostaba que el chofer que lo estaba trasladando de un lado a otro, era quien le informaba de todo lo que hacía.
―Estoy tomando un café en un local en el centro de la ciudad ―explicó tratando de mantener la calma―. Puedes decirle que tras nuestra conversación de anoche, necesitaba tomarme un respiro en un sitio neutral.
Del otro lado de la línea se hizo el silencio, supuso que estaba poniendo a Stella en una posición difícil, pero era mejor que Laura supiera la verdad.
―¿Quieres que mueva la reunión para otra hora? ―indagó la secretaria, agradeció en silencio que ni hiciera preguntas incómodas.
―No es necesario, estaré a tiempo en la oficina para eso.
Colgó la llamada, miró por un breve instante la taza sobre la mesa, la infusión se había enfriado y solo quedaba un triste color amarillento. Cuando hizo su pedido, solicitó la manzanilla sin pensarlo demasiado, era el té que Ángela le preparaba en los momentos en que el estrés le ganaba la partida, convirtiéndose en una especie de ritual, incluso de panacea, que ayudaba a calmar sus nervios con el simple hecho de sostener la taza tibia en sus manos.
―¿Qué estás haciendo aquí, David?
Abrió los ojos sorprendido, nunca esperó que aquello sucediera, que entre el montón de gente que entraba y salía a esa hora de la mañana, ella pudiese encontrarlo; se giró en dirección a la voz, emocionado, nervioso y con miedo.
―Hola, Ángela ―saludó con voz temblorosa, mirándola directo a los ojos.
Encontrarse con ellos fue como recibir un golpe en la boca del estómago, ella no lo veía de la misma forma que antes, y aunque él sabía que eso podría pasar, igual le causó dolor.
―La última vez que viniste, te pedí que no regresaras ―acusó la morena―. Te dije que no necesito nada de ti y que no quiero tener nada que ver con esa familia.
―¿La última vez que qué..?
David no comprendía nada y debió notarse en su rostro porque Ángela no siguió insistiendo, por el contrario, frunció el ceño y lo observó con atención:
―¿Qué te sucede? ―inquirió―. Estás pálido.
―¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? ―preguntó David, su tono de voz expresaba aprensión.
―Hace dos semanas, aproximadamente ―respondió ella con sospecha―. Viniste aquí, me dijiste que tenías cómo acabar con los Miller si yo lo deseaba, y yo te respondí que no estaba interesada.
―¿No te dije nada más? ―insistió―. ¿No te dije si iba a hacer algo?, ¿si me iba a divorciar?
Ángela hizo una mueca con su boca, soltó un suspiro cansado y negó.
―No hablamos más después de que te dije que no quiero tener nada que ver con los Miller ―contestó la morena, se llevó una mano a la frente y la frotó con frustración―. ¿Acaso no te acuerdas? ¿Perdiste la memoria o algo así?
Ella soltó la última pregunta con un deje de sarcasmo, incluso la acompañó con una risita, que cortó de inmediato tras la respuesta que él le dio.
―Sí, padezco de amnesia. ―David miró su taza, revolviendo el contenido de manera nerviosa―. Hace unos diez días, más o menos, me desperté una mañana y no recordaba nada de los últimos seis o siete años.
No quería inspirarle lástima, pero el tono de su voz sonó apagado y contrito. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho, debido a la mezcla de emociones que experimentaba a una velocidad de vértigo.
―¿Me estás jodiendo, verdad? ―preguntó ella, sin poder ocultar la mofa en su voz. David negó.
―La condición se llama Amnesia Global Transitoria ―explicó, se sentía avergonzado por alguna razón, pero al mismo tiempo, no podía borrar la insipiente felicidad que comenzaba a crecer dentro de su corazón―. No recuerdo nada de lo que ha pasado en mi vida, para mí, todo esto es un infierno…
―¿Tuviste algún accidente?, ¿te golpeaste la cabeza? ―interrogó Ángela, sentándose en la silla frente a él. David negó, suprimiendo la sonrisa, ella se preocupaba por él, así fuese mero interés médico, eso le hizo feliz.
―No, de hecho, el neurólogo hizo los estudios correspondientes y dice que no hay causa física ―dijo. Ángela lo observa con perplejidad―. Lo único que dicen es que puede ser una causa emocional, demasiado estrés… También dijeron que mi memoria volvería en un par de horas, pero aquí estoy diez días después, sintiéndome perdido porque mi vida no es lo que esperé que sería a los treinta y dos años.
―¿En serio? ―preguntó ella sin poder evitar el sarcasmo―. Tienes el empleo que siempre quisiste, alcanzaste las metas que te trazaste: dinero, reconocimiento, y todo lo demás… Desde mi punto de vista, obtuviste justo lo que deseabas…
―Pero no estás tú…
Ambos se quedaron callados, sondeándose mutuamente; él con la esperanza de ver la reacción de Ángela, esperando encontrar el más mínimo indicador de que ella aún sentía algo por él; aunque hubiesen pasado casi siete años, ellos estuvieron juntos al menos por una década, sin importar la realidad, compartían una historia que no podían ignorar.
En cambio, la morena lo miraba con incredulidad.
―No sé si sorprenderme por tu coraje o molestarme por tu estupidez… ―Ángela soltó un resoplido y se puso de pie―. Me parece ridículo de tu parte que te inventes todo esto de la amnesia ―replicó molesta―. Por un instante, de verdad, me preocupé por ti… ¿cómo se te ocurrió? ¿Estás aprendiendo nuevos trucos de tu esposa o qué? ―Se dispuso a marcharse―. No es gracioso, David.
―¡No miento! ―exclamó, levantándose con velocidad; la tomó del brazo para evitar que se marchara―. ¡No sé qué te dije hace unos días, pero de verdad, ni siquiera recordaba que tú trabajaras aquí!
»Tengo tantas preguntas, me siento como la m****a, y desde hace diez días vivo un infierno… ¡No miento, Angie! Sabes que nunca te mentiría…
Ella apretó las mandíbulas con fuerza, pero no se volvió a encararlo.
―No me llames así ―exigió en voz baja―, perdiste ese derecho hace mucho tiempo.
―Ángela…
―¿Está todo bien? ―preguntó una voz masculina. El hombre que había estado hablando con ella cuando entró al local se acercó a ellos, mirando con abierta hostilidad a David―. Creo que deberías soltarla.
David miró su mano, cerrada en torno al codo de Ángela, apretando con fuerza. La dejó ir de inmediato.
―Lo siento ―se disculpó con sinceridad―, no quería lastimarte. No estoy en mi mejor momento, me encuentro redescubriendo muchas cosas, y esto es… ―Se detuvo al ver a Ángela, que se esforzaba por no posar sus ojos en él, por el contrario, había colocado al hombre que los interrumpió entre ambos, como una especie de muro protector para evitar que se acercara a ella.
Miró a su alrededor, por fin notó todos los ojos que se fijaban en ellos con demasiado interés; imaginó la clase de historias que estarían imaginándose: él, vestido con su elegante traje de diseñador, discutiendo emocionalmente con una mujer de aspecto promedio.
Soltó el aire, se enderezó y acomodó su traje. Ángela no se merecía ser humillada de ese modo, tal vez no lo recordaba, pero le quedaba claro que él la había lastimado de manera profunda.
Se aclaró la garganta, procurando llamar la atención de la morena; esta no la miró, por el contrario, se concentró en el panorama del ventanal que daba a la calle.
―Mejor me retiro ―anunció―. Lamento el mal rato que te hice pasar, Angie. ―Sonrió de manera triste―. Sé que no me crees, no tienes por qué, pero en verdad, no te miento…
»Cuando me desperté esa mañana y me di cuenta que no eras tú la mujer que no estaba a mi lado, me sentí miserable y ruin, y lo primero que hice fue correr a buscarte para contarte lo que había hecho y pedirte perdón…
»Te busqué por todos lados, hasta en el hospital donde solías trabajar. ―Una sonrisa pesarosa se dibujó en sus labios―. Jade puede confirmarte que no miento.
Abandonó el café sintiendo que su corazón se rompía, un nudo se apretaba alrededor de su garganta, cortando su respiración.
No importaba lo que le hubiesen dicho durante todos esos días, aunque él mismo supiese que la historia entre ambos era amarga y triste, aun así no podía aceptarlo.
Había olvidado sus más grandes logros, olvidó que tuvo un hijo, incluso no recordaba el momento en que alcanzó la cúspide de su carrera y al mismo tiempo descubrió la terrible verdad de su matrimonio; pero no la olvidó a ella.
Esa mañana, cuando despertó, su primer pensamiento fue para ella.
Cuando creyó que la había engañado, su primer instinto fue buscarla y pedirle perdón.
Ángela era la mujer de la que se enamoró a primera vista, a la que aún amaba sin dudar.
Y aunque no pudiese recordarlo, estaba seguro que, a pesar de haberse separado, él siempre pensaba en ella.
―Mamá va a matarte ―dijo Noah con voz preocupada, mirando de medio lado a su padre. En el suelo, David se encontraba sentado con sus dos hijas, jugando. Se suponía que él había subido para ayudar a las niñas a terminar de arreglarse, Ángela sabía que las niñas necesitaban supervisión y tiempo para poder vestirse, por eso le pidió a David que las ayudara… dos horas antes. En ese momento, no solo las niñas no estaban listas, sino que la ropa que llevaban eran disfraces de princesas, el cabello de ambas tenía moñitos por todos lados y en ese instante maquillaban a David. Rodeados de muñecas y peluches. ―Aún tenemos tiempo ―le respondió su padre, restándole importancia―. Terminamos aquí y nos arreglamos para salir. ―¡Es verdad, hermano! ―dijo la más pequeña, tenía seis años y unos adorables ojos ámbar, iguales a los de Noah. Su color era tan puro que contrastaban con el cabello castaño oscuro―. Además, papá está quedando muy lindo, no podemos parar ―explicó, mientras su hermana mayor
El verano se acabó, las lluvias se espaciaron y aunque el clima comenzó a enfriarse, las hojas de los árboles se tiñeron de vivos rojos vinos.David tardó tres semanas en recuperarse por completo, durante esos días encontró un nuevo lugar donde vivir, esta vez una villa a las afueras de la ciudad, en una zona rodeada de altos árboles y algunas lomas. El sitio cumplía con todas sus demandas: seguro, tranquilo y para el gusto de Noah, su propiedad tenía un estanque artificial.Al momento de la mudanza ya habían adoptado dos perros, un labrador y un pastor alemán, con el que el niño se encariñó de inmediato. La casa requería que hubiese más personal, así que pronto contaba con un grupo de personas viviendo con ellos.Ángela los visita seguido, Noah desarrolló un fuerte apego por la morena, que jamás demostró molestia por eso. Ella le enseñaba a tomar fotografías, corrían juntos con los perros y construían cosas en medio de la sala.Robin regresó al país junto con Jade y Oscar, aunque los
Abrió los ojos y se encontró con un techo color crema que no conocía; le tomó alrededor de un minuto recolectar cierta información sobre sí mismo. Recordó su nombre, edad y que tenía un hijo; luego, de golpe, las imágenes de Laura amenazando a Ángela con un arma y lo que siguió después, invadió su mente.Todo eso disparó el malestar físico, se hizo consciente de su cuerpo, las extremidades pesaban, la piel le hormigueaba y un dolor creciente y agudo se irradiaba desde su pecho y un lado del abdomen.Se sorprendió de no escuchar a nadie en la habitación, había abiertos los ojos y aunque aún no emitió palabra, le pareció extraño que no notaran que estaba despierto. Giró su cabeza hacia la derecha, lo que vio hizo que un calor agradable se esparciera dentro de él.Ángela se encontraba sentada al lado de la cama, sobre sus piernas, estaba Noah. Ella lo sostenía, abrazándolo con fuerza, mientras el niño descansaba su cabeza sobre el pecho de la morena. Los dos dormitaban profundamente, inc
Sentía su cuerpo extraño, como si su mente discurriera por un camino a una velocidad diferente mientras su cuerpo lo hacía por otro lado.Miró su móvil una vez más, cavilando si llamaba a Ángela o no. La extrañaba demasiado, tanto que le dolía el corazón, pensó que tras tantas peleas y discusiones su ausencia no se sentiría, que por el contrario, en vez de experimentar vacío solo sería alivio, pero no.Por supuesto estaba nervioso, la culpa lo invadía cada vez que recordaba lo que hizo con Laura; sin embargo, si consideraba las cosas de manera objetiva, tal vez podrían pasar la página, resolver los problemas y regresar.A veces las parejas se fortalecían cuando superaban cosas como aquellas.Además no había pasado tanto tiempo, solo un par de semanas.Fuera del bar, se sintió mejor, a pesar de que hacía calor a pesar de que era de noche, al menos escapó del sofocante ambiente del salón privado. No soportaba a las amistades de Laura Miller, eran tan arrogantes como ella, hablando siemp
David iba de camino a su casa cuando recibió la llamada de Laura. Desde hacía un par de días tenía una sensación de peligro inminente que le causaba ansiedad; atribuyó eso al hecho de que la pelirroja seguía prófuga, y que podía aparecer en cualquier instante y causar estragos.Una vez que ella le colgó, él manejó como un poseso, rompiendo varias leyes de tránsito. Con manos temblorosas marcó el número del detective y vociferó que Laura se hallaba en su departamento, con su hijo. El policía le dijo que mantuviera la calma que ya estaban enviando patrullas para allá y llegarían en pocos minutos.Cuando entró al elevador sentía el corazón obstruyendo su garganta, los nervios le daban la ilusión que el tiempo pasaba mucho más lento de lo que en realidad fluía. Una vez que las puertas se abrieron salió corriendo y casi se llevó por delante a Noah y la empleada.―¡Papá! ¡Papá! ―lloró su hijo al verlo―. ¡Mi mamá está apuntando con una pistola a la tía Angie!David soltó una exclamación de a
David recibió un mensaje directo a su móvil con una fecha y hora, supuso que provenía de Laura, quien le estaba indicando el momento en que se verían.Antoni dudó en decirle sobre la llamada, porque sabía que él contactaría a la policía para arrestar a la pelirroja; no obstante, accedió a hacerlo, tras pensar que la forma en que su hermana se estaba comportando solo la conduciría a un final nefasto.Se dirigió al café una vez que confirmó con la policía que estarían allí, planeaban atraparla a como diera lugar. Entró al local, pidió una mesa y esperó.Por dos horas estuvo a la expectativa.Cuando estuvo seguro que Laura no iba a presentarse, salió del local y se subió a su auto. Mientras conducía rumbo a la empresa de Alex, conversó con el detective.―Es posible que se haya dado cuenta de que estábamos allí ―explicó el oficial, su voz llenó todo el habitáculo del auto, porque se encontraba en alta voz―. Si los Stracci la están ayudando, significa que debe tener a alguno de sus hombres







