Tara Stuart acaba de convertirse en abogada.
A sus veintiséis años, tiene una vida sencilla: un departamento propio, un trabajo que apenas comienza a despegar y un futuro que todavía está construyendo.
Hasta que una noche escucha una pelea en el callejón detrás de su departamento y encuentra a un hombre herido.
Su nombre es Vicente Espartaco.
Tara decide ayudarlo sin imaginar que ese encuentro la llevará directamente hasta su tío.
Neakail Espartaco.
A sus treinta y ocho años, Neakail está en la cima de un mundo al que nadie quiere pertenecer. Controla las peleas clandestinas, los negocios que nadie pregunta cómo funcionan y a hombres que prefieren obedecer antes que enfrentarlo.
Todos conocen su nombre.
Muy pocos se atreven a pronunciarlo.
Cuando Vicente es acusado de un crimen que asegura no haber cometido, Neakail necesita una abogada. Y Tara, sin saberlo, se convierte en la persona que puede poner en peligro todo su imperio.
Ella conoce la ley.
Él conoce las reglas de un mundo donde la ley no siempre importa.
Y mientras Tara intenta descubrir la verdad detrás del caso, comienza a descubrir también al hombre que existe detrás de la leyenda.
El problema es que acercarse a Neakail puede costarle mucho más que su carrera.
Porque hay hombres de los que una puede alejarse.
Y después está Neakail Espartaco.
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Tiempo después...
Narra Tara
—No podés seguir haciendo esto.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba, casi como una súplica disfrazada de reproche.
Neakail permaneció frente a mí, inmóvil.
No respondió.
Nunca lo hacía cuando sabía que cualquier palabra podía empeorar las cosas. Prefería guardar silencio, encerrarse detrás de esa calma impenetrable que utilizaba como una armadura. Como si no decir lo que sentía pudiera evitar que todo se rompiera.
La habitación estaba en silencio.
Un silencio pesado, incómodo, lleno de todo aquello que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.
Afuera, la ciudad continuaba con su ruido habitual. Los autos pasaban por la avenida, alguien reía en la calle y, a lo lejos, una sirena atravesó la noche. El mundo seguía avanzando, completamente ajeno a lo que estaba sucediendo detrás de aquella puerta.
Yo tenía los brazos cruzados contra el pecho, intentando contener el temblor de mis manos.
Él tenía las manos dentro de los bolsillos de su pantalón.
Siempre tan tranquilo.
Siempre tan imposible de leer.
Aunque yo sabía que aquella tranquilidad era una mentira.
—¿Haciendo qué? —preguntó finalmente.
Su voz sonó serena, pero demasiado controlada. Como si hubiera medido cada sílaba antes de dejarla escapar.
Solté una risa amarga.
—Alejarme.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Durante un instante, ninguno de los dos apartó la mirada. En sus ojos había algo que no quería mostrarme: cansancio, culpa, miedo. Quizá todo junto.
—Es lo que tengo que hacer.
—No —respondí, negando lentamente con la cabeza—. Es lo que querés hacer.
Su mandíbula se tensó.
Por primera vez aquella noche, algo cambió en su expresión. La máscara de indiferencia se resquebrajó apenas, lo suficiente para que pudiera ver al hombre que se escondía detrás de ella.
—Tara...
—No.
La palabra salió más firme esta vez.
—No me digas mi nombre como si eso fuera a hacer que desaparezca lo que está pasando.
Neakail dio un paso hacia mí.
Yo no retrocedí.
No iba a volver a hacerlo. Durante demasiado tiempo había permitido que él decidiera cuándo acercarse y cuándo desaparecer. Había aceptado sus silencios, sus secretos y sus despedidas incompletas porque creía que, en algún momento, confiaría en mí.
Pero esa noche algo dentro de mí se había agotado.
—Tenés veintiséis años —dijo.
—Ya lo sé.
—No sabés lo que estás eligiendo.
—Sí lo sé.
—No.
Su voz fue firme, casi dura.
—No sabés lo que significa estar conmigo.
Lo miré durante unos segundos. Quise encontrar en su rostro una respuesta, una señal que me indicara que todavía había algo por lo que luchar.
La encontré.
Estaba en la forma en que sus dedos se cerraron dentro de los bolsillos. En la tensión de sus hombros. En el modo en que evitaba mirarme demasiado tiempo, como si hacerlo pudiera destruir la poca distancia que aún intentaba mantener entre nosotros.
—Entonces explicámelo.
El silencio volvió a caer sobre la habitación.
Neakail apartó la mirada.
Y ahí entendí.
No era que no quisiera estar conmigo.
Era que tenía miedo de hacerlo.
Miedo de lo que podía pasarme si me quedaba a su lado. Miedo de que su mundo terminara alcanzándome. Miedo de quererme tanto que ya no pudiera protegerme de aquello que él mismo había construido.
Pero su miedo no hacía que doliera menos.
—¿Por qué no podés simplemente dejarme decidir?
Sus ojos volvieron a mí.
—Porque yo ya decidí por vos.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta.
—No tenés ese derecho.
—Lo sé.
Su voz se quebró apenas.
Fue un cambio mínimo, casi imperceptible. Tan pequeño que cualquier otra persona podría haberlo pasado por alto.
Pero yo lo conocía.
Conocía sus silencios. Sus gestos. La manera en que respiraba cuando estaba furioso y la forma en que desviaba la mirada cuando algo realmente le dolía.
—Entonces mirame —dije.
Neakail no se movió.
—Mirame y decime que no sentís nada.
Sus ojos permanecieron fijos en los míos.
No respondió.
El aire entre nosotros parecía haberse vuelto demasiado denso. Cada segundo de silencio se sentía como una herida abierta.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Tan cerca que bastaba con extender la mano para tocarlo, aunque sabía que hacerlo podía ser el último error que me permitiera cometer.
—Decímelo.
Sus labios se separaron, pero ninguna palabra salió de ellos.
—Decime que no me querés.
Neakail cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a mirarme, ya no estaba el hombre al que todos temían. No estaba el hombre frío, calculador e intocable que podía entrar en una habitación y hacer que todos guardaran silencio.
Solo estaba Neakail.
El hombre que había pasado toda su vida creyendo que podía controlar absolutamente todo.
Excepto aquello.
Excepto lo que sentía por mí.
—Ese es el problema, Tara.
Respiré lentamente, intentando que mi voz no se quebrara.
—¿Cuál?
Se acercó un poco más.
Lo suficiente para que su voz se convirtiera en un susurro. Lo suficiente para que sus palabras me alcanzaran antes de que pudiera protegerme de ellas.
—Que te quiero demasiado como para dejarte quedarte.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
No fue un dolor repentino, sino una certeza lenta y devastadora. La confirmación de que, a veces, amar a alguien no era suficiente para que esa persona eligiera quedarse.
Neakail levantó una mano, como si quisiera tocarme, pero se detuvo antes de hacerlo.
Ese gesto me dolió más que cualquier despedida.
Porque demostraba que él también estaba sufriendo.
Y aun así, seguía eligiendo irse.
Esa fue la última vez que intenté convencerlo.
No porque hubiera dejado de amarlo.
Sino porque comprendí que no podía obligar a alguien a quedarse cuando estaba decidido a desaparecer.
Me alejé de él con el corazón hecho pedazos y una pregunta que no dejaría de perseguirme:
¿Cuánto de mí estaba dispuesta a perder para salvarlo?
Todavía no sabía que, antes de que aquella historia terminara, iba a tener que elegir entre salvar al hombre que amaba...
o salvarse a sí misma.