LOGINTiempo antes...
Narra Tara Era lunes por la mañana y, como ya se había convertido en una especie de ritual, me encontraba sentada detrás de mi escritorio, con una taza de café entre las manos y la bandeja de entrada de correo abierta frente a mí. Casos. Consultas. Documentos. Audiencias. Una lista interminable de asuntos que, a simple vista, parecían sencillos. Sin embargo, bastaba con leer unas pocas líneas para descubrir que cada uno escondía otros diez problemas debajo de la superficie. A veces me preguntaba en qué momento había dejado de imaginar la abogacía como una profesión elegante y apasionante para empezar a verla como una sucesión interminable de expedientes, plazos y llamadas urgentes. Si años atrás alguien me hubiera advertido lo agotador que podía ser aquel trabajo, quizá habría dudado antes de arriesgarme. Aunque, siendo sincera, probablemente habría seguido adelante de todos modos. Había pasado demasiados años estudiando. Había sacrificado fines de semana, reuniones familiares, noches de sueño y más de una relación por conseguir aquel título. No podía arrepentirme ahora, justo cuando por fin había logrado convertirme en lo que siempre había querido ser. El problema era que obtener el título no había hecho que todo resultara más fácil. Solo había cambiado el tipo de presión. Tomé otro sorbo de café, ya tibio, y abrí el primer correo de la mañana.De: Martín ReynoldsAsunto: Solicitud de representación legalEstimada Dra. Stuart:Mi nombre es Martín Reynolds. Me pongo en contacto con usted porque me recomendaron su estudio para llevar mi caso.El pasado viernes recibí una citación relacionada con una denuncia por daños a la propiedad. El hecho ocurrió frente al edificio donde vivo y, aunque reconozco que tuve una discusión con el propietario del local, niego haber provocado los daños que se me atribuyen.Tengo una audiencia prevista para el próximo mes y quisiera contar con representación legal antes de presentarme.Adjunto a este correo una copia de la citación y de la documentación que me entregaron. Si considera que puede hacerse cargo del caso, agradecería que me indicara cómo proceder y cuándo podría reunirme con usted.Desde ya, muchas gracias por su tiempo.Saludos cordiales,Martín Reynolds Leí el mensaje una segunda vez. No parecía un caso demasiado complicado. Al menos, no a primera vista. Abrí los documentos adjuntos y revisé rápidamente la citación. Había una denuncia por daños materiales, una declaración del propietario y algunas fotografías tomadas frente al local. Nada que, en principio, no pudiera resolverse con una buena revisión de los hechos y una estrategia adecuada. Respondí el correo y coordiné una reunión para el miércoles. Antes de aceptar formalmente el caso, tendría que estudiar la documentación con más detenimiento. La experiencia me había enseñado que los problemas más peligrosos eran precisamente aquellos que parecían demasiado simples. Cerré el correo y miré la hora. El día apenas comenzaba. Y yo ya sentía que necesitaba que terminara. --- Cuando finalmente terminé mi jornada, lo único que quería era llegar a casa. Había sido un día largo. Más largo de lo habitual. Demasiadas consultas. Demasiados documentos. Demasiadas personas esperando respuestas que yo todavía no tenía. Ser abogada había sido mi objetivo durante años. Había imaginado muchas veces el momento en que finalmente trabajaría en un estudio, llevaría mis propios casos y tomaría decisiones importantes. Lo que nunca había imaginado era el cansancio. Ese agotamiento que no se quedaba en el cuerpo, sino que se instalaba detrás de los ojos y hacía que hasta pensar resultara pesado. Ahora empezaba a comprender que recibir un título no significaba tener la vida resuelta. Al contrario. Recién estaba empezando. Subí al ascensor y apoyé la cabeza contra la pared metálica mientras esperaba que llegara a mi piso. Cuando las puertas se abrieron, salí con el bolso colgado del hombro y busqué las llaves. Entré al departamento y cerré la puerta detrás de mí. Dejé el bolso sobre el sofá, me quité los zapatos y caminé directamente hacia el baño. Después de la ducha, me puse un pantalón cómodo y una camiseta vieja. La ropa no combinaba demasiado, pero a esa hora me importaba poco. Solo quería sentirme cómoda, como si cambiarme pudiera ayudarme a dejar el día atrás. Preparé algo rápido para comer y me senté en el sofá con el portátil apoyado sobre las piernas. La comida se enfrió casi intacta mientras revisaba los documentos del estudio que había llevado a casa. No era exactamente lo que una persona normal haría después de trabajar todo el día. Pero nunca había sido demasiado buena para desconectarme. Siempre encontraba una excusa para seguir trabajando: un expediente pendiente, un correo sin responder, una declaración que debía leer una vez más. Tal vez era responsabilidad. Tal vez miedo. Miedo a cometer un error, a no estar a la altura, a descubrir que después de tantos años de esfuerzo no era tan buena como todos esperaban. Pasaron casi dos horas antes de que finalmente cerrara el portátil. El silencio del departamento se había vuelto más profundo. Afuera, la ciudad continuaba moviéndose, pero desde mi sala apenas llegaba el murmullo lejano del tráfico. Miré la hora y suspiré. Era demasiado tarde. Apagué las luces de la sala y caminé hacia mi habitación. Dejé el teléfono sobre la mesa de noche, me metí en la cama y tiré de las sábanas hasta el pecho. Cerré los ojos. Por fin. Silencio. O eso creí. Un golpe seco resonó desde el callejón. Abrí los ojos de inmediato. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando el techo oscuro. Tal vez había sido una puerta. Una caja cayendo. Algún objeto arrastrado por el viento. Esperé. Otro ruido llegó desde afuera. Después, una voz. —¡Te dije que no! Fruncí el ceño. Otra vez. Siempre pasaba lo mismo. Mi departamento tenía una vista directa hacia un callejón estrecho y oscuro, encajonado entre dos edificios viejos. No era precisamente el lugar más tranquilo de la ciudad. Durante el día parecía inofensivo, pero por la noche se transformaba en una especie de refugio para todo lo que la gente prefería mantener lejos de la luz. Había noches en las que escuchaba discusiones. Otras veces, botellas rompiéndose contra el suelo. Alguna pelea. Gente entrando y saliendo con pasos apresurados. Con el tiempo había aprendido a ignorarlo. No porque no me importara, sino porque prestar atención a cada ruido habría significado no dormir nunca. Me giré en la cama y cerré los ojos otra vez. Intenté convencerme de que no era asunto mío. Intenté volver a dormir. Entonces escuché un golpe mucho más fuerte. El sonido hizo vibrar ligeramente los vidrios de la ventana. Me incorporé de golpe. El corazón empezó a latirme con fuerza. Después llegó el silencio. Un silencio demasiado repentino. Esperé unos segundos, conteniendo la respiración. Y entonces lo escuché. Un quejido. No fue un grito. Fue algo más bajo, casi apagado. Un sonido ahogado, cargado de dolor, que se deslizó por el callejón y se metió en mi habitación. Me quedé inmóvil. —¿Hola? —pregunté, aunque mi voz apenas fue un susurro. No obtuve respuesta. Miré el teléfono sobre la mesa de noche. Podía llamar a la policía. Era lo más sensato. Lo que cualquier persona razonable habría hecho. Pero mis dedos no se movieron. No sabía por qué. Probablemente debería haberme quedado dentro. Probablemente debería haber cerrado las cortinas y fingido que no había escuchado nada. Sin embargo, algo en aquel sonido no me dejó hacerlo. Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana. Cada paso parecía demasiado fuerte en el silencio del departamento. Aparté lentamente la cortina. La luz amarillenta de un farol apenas alcanzaba a iluminar una parte del callejón. El resto permanecía cubierto por sombras densas, inmóviles. Al principio no vi nada. Solo ladrillos húmedos, bolsas de basura y el reflejo opaco de la luz sobre el pavimento. Entonces distinguí una figura. Un hombre. Estaba tirado contra la pared. —Dios... Sentí que el estómago se me cerraba. Tomé el teléfono y salí del departamento antes de poder arrepentirme. Bajé las escaleras rápidamente, sujetándome del pasamanos para no tropezar. El aire frío me golpeó de lleno cuando abrí la puerta que daba al callejón. —¿Hola? —llamé. No respondió. Me acerqué con cautela. El hombre estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra los ladrillos. Tenía una mano sobre la cabeza y la otra descansaba sobre su abdomen. La sangre se filtraba entre sus dedos y descendía por el costado de su rostro, perdiéndose en el cuello de su camisa. Me agaché frente a él. —¿Me escuchás? Sus ojos se abrieron lentamente. Eran oscuros, pero no solo por el color. Había algo inquietante en su mirada: desorientación, dolor y una alerta desesperada, como si incluso herido siguiera esperando que alguien apareciera para terminar lo que había empezado. Me miró como si estuviera intentando entender de dónde había salido. —No... Su voz apenas fue un susurro. —¿No qué? Intentó moverse, pero una mueca de dolor le cruzó el rostro. —No llames. Miré la herida de su cabeza. —Estás sangrando. —Ya lo sé. —Necesitás un hospital. Negó con la cabeza, demasiado rápido. El movimiento pareció marearlo. —No. Lo observé durante unos segundos. Había algo extraño en él. No parecía simplemente un hombre que había tenido una pelea. La ropa estaba sucia y arrugada, pero no tenía el aspecto de alguien que hubiera estado bebiendo o buscando problemas. Su respiración era irregular. Sus músculos permanecían tensos, preparados para reaccionar ante cualquier ruido. Y estaban sus ojos. Había miedo en ellos. Pero no era miedo a morir. Era miedo a que alguien lo encontrara. —¿Quién te hizo esto? No respondió. En cambio, miró hacia el fondo del callejón. Sus ojos recorrieron las sombras con rapidez, buscando algo que yo no podía ver. Después volvió a mirarme. —Tenés que irte. —No voy a dejarte tirado acá. —No sabés dónde estás metida. —Estoy en el callejón detrás de mi departamento. Intentó sonreír, pero el gesto terminó convertido en otra mueca de dolor. —No me refiero a eso. Miré nuevamente la herida. La sangre seguía corriendo entre sus dedos. No podía dejarlo allí. —¿Podés caminar? —Sí. Apoyó una mano en el suelo e intentó levantarse. Durante un instante pareció conseguirlo, pero sus piernas cedieron casi de inmediato. Su cuerpo volvió a caer contra la pared y lo sujeté antes de que se golpeara nuevamente la cabeza. —Bien —murmuré—. Eso fue convincente. Me miró con una mezcla de fastidio y agotamiento. —¿Sos enfermera? —No. —Entonces... —Soy abogada. Por alguna razón, aquello pareció desconcertarlo más que la herida. —¿Abogada? —Sí. —Eso explica por qué hacés tantas preguntas. No pude evitar que una pequeña sonrisa apareciera en mis labios. —Y vos hablás demasiado para alguien que acaba de recibir una paliza. Durante un segundo, algo parecido a la diversión cruzó su rostro. Pero desapareció enseguida. Volvió a cerrar los ojos, como si incluso mantenerlos abiertos le exigiera demasiado esfuerzo. —No debería estar acá. —Ya me quedó claro. Miré hacia la puerta de mi edificio y después hacia él. Sabía que estaba tomando una mala decisión. Lo sabía con la misma claridad con la que sabía que debía llamar a una ambulancia. Aun así, había algo en su estado que me impedía abandonarlo. Tal vez era la sangre. Tal vez era el miedo. O tal vez era la forma en que me había mirado, como si yo fuera la última persona a la que podía pedir ayuda. Tomé aire. —Vas a entrar conmigo. Abrió los ojos. —No. —No era una pregunta. —No podés... —Puedo dejarte acá y llamar a una ambulancia. Se quedó en silencio. La amenaza pareció surtir efecto, aunque no de la manera que esperaba. Su mandíbula se tensó y volvió a mirar hacia el fondo del callejón. —O podés entrar, dejar que te cure y después te vas —añadí—. Nadie tiene por qué enterarse. Me observó durante varios segundos. No sabía qué estaba evaluando. Si podía confiar en mí. Si yo era una trampa. Si entrar a mi departamento sería más peligroso que quedarse allí afuera. Finalmente, asintió. —Está bien. Pasé uno de sus brazos por encima de mis hombros. Su cuerpo era más pesado de lo que había imaginado y el esfuerzo hizo que mis pies resbalaran ligeramente sobre el pavimento húmedo. —Despacio. —Estoy bien. —Claro. Dimos unos pasos. Él se tambaleó y tuve que sujetarlo con más fuerza. Llegamos a la puerta. Saqué las llaves con una mano mientras sostenía su peso con la otra. Me costó abrir, pero finalmente lo conseguí y lo ayudé a entrar. Antes de cerrar, miré detrás mío. Estaba vacío. No había nadie. Sin embargo, la sensación no desapareció. Alguien había estado allí. Alguien podía habernos observado desde una de aquellas ventanas oscuras o desde el extremo del callejón. Tal vez seguía cerca, oculto en algún lugar que la luz no alcanzaba. Cerré la puerta y pasé el pestillo. El sonido metálico de la cerradura resonó en el departamento. —Sentate —le indiqué, señalando una de las sillas de la cocina. Caminó con dificultad hasta la silla y se dejó caer sobre ella, apoyando una mano en el borde de la mesa para no perder el equilibrio. Intentaba aparentar que estaba bien, pero cada movimiento lo traicionaba. Su respiración era pesada y su rostro había perdido parte del color. Fui hasta el baño y regresé con el botiquín. Mientras lo abría sobre la mesa, sentí su mirada sobre mí. No era una mirada insistente, sino cautelosa. Como si estuviera intentando descubrir quién era yo, qué podía querer de él o si, en realidad, había cometido un error al aceptar mi ayuda. Me arrodillé frente a él y aparté con cuidado la mano que todavía mantenía sobre su cabeza. La sangre seguía bajando desde un corte profundo, deslizándose por su sien y manchando parte de su rostro. De cerca, podía ver otros golpes: un moretón oscuro junto a su pómulo, una pequeña herida en el labio y la piel enrojecida alrededor de su cuello. —Esto puede doler —le advertí. —No importa. La respuesta fue inmediata. Demasiado inmediata. Humedececí una gasa y comencé a limpiar la herida con cuidado, tratando de no lastimarlo más de lo necesario. Apenas reaccionó. No se quejó. No apartó la cabeza. Ni siquiera cerró los ojos cuando el antiséptico entró en contacto con la piel abierta. Eso me llamó la atención. La mayoría de las personas habría apretado los dientes o habría soltado algún insulto. Él, en cambio, permaneció completamente quieto, como si el dolor fuera algo cotidiano. Como si ya estuviera acostumbrado a soportarlo sin permitir que nadie lo notara. —¿Cómo te llamás? —pregunté, más para romper el silencio que por otra cosa. Tardó unos segundos en responder. —Vicente. Esperé, pero no agregó nada más. —¿Vicente qué? Sus ojos se desviaron hacia la ventana de la cocina. Durante un instante pareció escuchar algo que yo no podía oír. Después volvió a mirarme. —Vicente Espartaco. No conocía ese apellido. Era extraño. Fuerte. Difícil de olvidar. Pero no hice ningún comentario. Continué limpiando la herida, concentrándome en mis manos y en la tarea que tenía delante. Había algo en él que me decía que no convenía hacer demasiadas preguntas. Cuando terminé, coloqué una gasa sobre el corte y la sujeté con cuidado. —Listo. Vicente levantó una mano y tocó el vendaje. Comprobó que el sangrado había disminuido y bajó la mirada hacia la gasa, como si le costara aceptar que alguien se hubiera tomado el tiempo de ayudarlo. —Gracias. La palabra fue sencilla, pero su tono no lo fue. Sonó sincera. —Deberías ir a un hospital —insistí—. No sé qué tan profunda es la herida y podrías tener una conmoción. Negó con la cabeza. —No puedo. —¿Por qué? Vicente no respondió. Su silencio fue más claro que cualquier explicación. Había algo detrás de aquella negativa. Algo que no tenía que ver únicamente con el miedo a los médicos o con el deseo de evitar preguntas. Era como si un hospital representara un peligro mayor que la herida que llevaba en la cabeza. No insistí. Había aprendido que algunas personas no necesitaban que las presionaran para hablar. Necesitaban sentirse seguras. Y Vicente no parecía sentirse seguro en ningún lugar. Se levantó lentamente. Esta vez consiguió mantenerse de pie, aunque tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla durante unos segundos. Yo estuve a punto de sujetarlo, pero él levantó una mano para detenerme. —Tengo que irme. —¿Así nomás? Mi voz sonó más molesta de lo que pretendía. No entendía por qué me irritaba tanto que quisiera marcharse. Apenas lo conocía. Era un desconocido al que había encontrado herido en un callejón y al que había dejado entrar en mi departamento por impulso. Sin embargo, después de verlo sentado allí, bajo la luz cálida de mi cocina, ya no parecía un extraño del todo. —Es mejor que no estés involucrada —dijo. Fruncí el ceño. —Yo solo te ayudé. —Lo sé. —Entonces no entiendo por qué hablás como si hubiera cometido un error. Vicente sostuvo mi mirada. Durante un instante, su expresión se suavizó. Parecía querer decirme algo, pero se contuvo. Como si las palabras pudieran ponerme en peligro. —Porque no sabés quiénes son las personas que podrían estar buscándome. Sentí un escalofrío. —¿Te están buscando? No respondió. Y esa vez su silencio me dio una respuesta. Vicente se dirigió hacia la puerta. Caminaba con más firmeza que antes, aunque todavía se notaba el dolor en cada paso. Yo lo seguí a cierta distancia, sin saber si quería detenerlo o simplemente asegurarme de que no se desplomara antes de salir. Antes de cruzar la puerta, se detuvo. Me miró una última vez. —No voy a olvidarme de vos. No supe qué responder. La frase me tomó por sorpresa. No sonó como un simple agradecimiento. Había algo más en su voz. Una promesa, quizá. O una advertencia. Solo sonreí. Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria, nacida más de los nervios que de la alegría. Vicente sostuvo mi mirada durante un instante más. Sus ojos recorrieron mi rostro con una atención que me hizo sentir extrañamente expuesta. Entonces sus labios se curvaron apenas. —Tenés una linda sonrisa. Sentí que el calor me subía al rostro. No tuve tiempo de responder. Vicente salió y cerró la puerta detrás de él. Me quedé inmóvil en el recibidor, mirando la madera como si todavía pudiera verlo del otro lado. Durante unos segundos no escuché nada más que mi propia respiración. Después oí sus pasos alejándose por el pasillo. Uno. Dos. Tres. Hasta que desaparecieron. Cerré la puerta con llave y apoyé la espalda contra ella. No sabía qué acababa de pasar. No sabía quién era Vicente Espartaco, quién lo había golpeado ni por qué había preferido seguir herido antes que acudir a un hospital. Tampoco sabía por qué sus últimas palabras seguían repitiéndose en mi cabeza. Tenés una linda sonrisa. Sacudí la cabeza, intentando apartar aquella idea. —No empieces —murmuré para mí. Volví a la cocina para guardar el botiquín. La gasa ensangrentada seguía sobre la mesa y, al verla, recordé que todo había sido real. No había sido una escena extraña producto del cansancio. Vicente había estado allí. Había sangrado en mi casa. Me había pedido ayuda y después se había marchado como si temiera que quedarse un minuto más pudiera condenarnos a los dos. Fue entonces cuando sentí algo extraño. Una sensación incómoda, persistente. Como si alguien estuviera observándome. Me quedé quieta. El departamento volvió a parecerme demasiado silencioso. El zumbido del refrigerador, el tic tac del reloj y el ruido lejano de la ciudad se mezclaron hasta formar una tensión difícil de explicar. Giré lentamente hacia la ventana. Era la misma que daba directamente al callejón. Me acerqué con cuidado y aparté apenas la cortina. La oscuridad se extendía entre los edificios. El farol continuaba encendido, proyectando una luz amarillenta sobre el pavimento húmedo. A simple vista, el callejón parecía vacío. Pero algo no estaba bien. Tuve la certeza de que una sombra se había movido cerca del extremo más oscuro. Esperé. No ocurrió nada. Entrecerré los ojos y volví a mirar. Nada. Solo paredes, basura y oscuridad. Cerré la cortina lentamente. Probablemente estaba imaginando cosas. El cansancio, la tensión de la noche y la presencia de un desconocido herido dentro de mi casa habían alterado mis sentidos. Eso quise creer. Me repetí que no había nadie allí. Que nadie me había visto. Que Vicente simplemente había sido un hombre desafortunado que había aparecido en el lugar equivocado. Pero me estaba mintiendo. Aquella noche, alguien más había visto a Vicente entrar a mi departamento.—¿Qué encontraste?La pregunta de Neakail quedó suspendida en el despacho, pesada y afilada, como una hoja apoyada sobre la mesa.Afuera, el club continuaba funcionando. Se escuchaban golpes secos contra los sacos de entrenamiento, voces apagadas y el sonido lejano de una puerta cerrándose. Sin embargo, dentro de aquella habitación todo parecía haberse detenido.Vico permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados y el rostro serio. Yo tenía el teléfono entre las manos y una fotografía abierta en la pantalla. La luz azul iluminaba mis dedos, que todavía temblaban ligeramente.Podía mentir.Decir que no había encontrado nada importante. Que el mensaje no era más que una amenaza sin sentido. Que había ido al depósito, había visto un sobre vacío y había regresado.El problema era que Neakail tenía esa manera irritante de mirarte como si ya supiera que estabas ocultando algo. No necesitaba levantar la voz ni hacer preguntas insistentes. Le bastaba con quedarse quieto, observando, es
Estaba por irme a dormir cuando el teléfono vibró sobre la mesa de luz.Lo ignoré al principio. Llevaba toda la tarde intentando terminar unos escritos atrasados y lo único que quería era acostarme sin pensar en Neakail, en sus negocios ni en la maldita costumbre que tenía de aparecer en mi cabeza cuando menos lo necesitaba.El teléfono volvió a vibrar.Lo agarré con desgano.Número desconocido.Abrí el mensaje.Si querés saber algo sobre Ethan Cole, mañana a las diez. Depósito 17, calle Rivadavia 1840.Leí la dirección dos veces.Llegó otro mensaje.Vas a encontrar un documento que te interesa. Vení sola. Es una condición.Antes de que pudiera responder, apareció el último.Si venís acompañada, las cosas se van a poner feas.Sentí un frío incómodo en el estómago.No era la primera amenaza que recibía. Durante las últimas semanas había aprendido a reconocer esa mezcla de intimidación y misterio con la que alguien intentaba hacerme retroceder. Pero aquello era diferente.No me estaban
La mañana me recibió con una luz gris y desganada, pero fue el frío en mi nuca lo que realmente me despertó. Al girar la esquina hacia el estudio, la confirmación de que Neakail no soltaba sus presas me golpeó de frente.Allí estaba. Un auto oscuro, una mancha de tinta que contrastaba con la claridad de la acera. Apoyado contra la carrocería, con los brazos cruzados y una postura que irradiaba una paciencia forzada, había un hombre. Me detuve en seco, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. No estaba feliz de estar ahí, su expresión hosca lo gritaba a voces, pero su presencia era tan sólida que parecía parte del mobiliario urbano. Lo reconocí al instante, aunque él solo levantó la vista, escaneándome con ojos profesionales y distantes. Era uno de los hombres que había visto entre las sombras del club de boxeo. La extensión física de la voluntad de Neakail. —¿Sos el que mandó Neakail? —pregunté, tratando de ocultar el temblor de mi voz bajo una capa de irritación. —Sí
El zumbido del teléfono sobre la mesa de madera fue un golpe seco, un sonido que cortó el silencio de mi habitación como una navaja. Lo miré con desgana, intentando fingir que no me afectaba, pero el pulso ya me martilleaba en las sienes.Otro mensaje.Otro número desconocido que se ocultaba tras una pantalla de cristal.Lo abrí, y las palabras se clavaron en mis ojos como cristales rotos:"Todavía no entendiste que tenés que dejarlo"Solté el aire lentamente, un intento inútil por calmar la descarga de adrenalina. No era la primera vez. Hacía tiempo qué convivía con este acoso, una sombra digital que me seguía a todas partes. Algunos mensajes eran directos, casi vulgares; otros, sin embargo, eran mucho más aterradores: frases sutiles que me confirmaban que alguien me estaba observando, conociendo mis pasos, midiendo mis silencios.Los había bloqueado una y otra vez.Los había archivado como pruebas, por si llegaba el día de necesitarlas.Había intentado ignorarlos, como si al no darl
El agua caliente golpeaba mi espalda con una insistencia casi violenta, como si intentara lavar el rastro de semanas de insomnio y expedientes manchados de café. El vapor llenaba el baño, convirtiéndolo en un refugio hermético contra el resto del mundo.De repente, el silencio fue interrumpido por la vibración del teléfono sobre el borde del lavamanos. Un sonido metálico, estridente, que hizo que mi corazón diera un vuelco.No salí inmediatamente de la ducha. Me quedé inmóvil, con el agua corriendo, paralizada por el miedo a que esa llamada fuera el portador de una mala noticia. Lo dejé sonar una vez. Después otra. El mundo parecía detenerse mientras esperaba el veredicto invisible que decidiría mi futuro y, sobre todo, el de Vicente.Cuando finalmente estiré la mano y atendí, mi voz sonó ronca. Reconocí la voz de Eliseo al instante; estaba tensa, pero había un matiz de victoria que no había escuchado nunca.—Salió —dijo, sin más preámbulos.Cerré los ojos. Durante un segundo, el aire
El escrito estaba presentado. La documentación, incorporada. Eliseo tenía todo lo necesario. Vicente tenía una oportunidad. Y yo debería haber podido respirar, debería haber sentido que el peso se aliviaba, pero no pude. Desde que había conocido a Neakail, tenía la sensación de que siempre había algo ocurriendo detrás de lo que podía ver, una maquinaria invisible moviéndose en la oscuridad. Y odiaba no saber qué era.Cerca del mediodía salí del estudio. Necesitaba ver a Vicente, una última vez antes de la audiencia. No llevé carpeta, ni computadora, solo mi bolso. Sentía que, si iba sin papeles, quizá por fin podríamos hablar como dos personas reales.Cuando llegué, Vicente estaba esperando. Pero esta vez, su sonrisa habitual no estaba. Se lo veía distinto, con una carga en la mirada que me preocupó.—¿Qué pasa? —pregunté.—Nada —respondió, negando con la cabeza, pero no le creí.Me senté frente a él.—Cuando salgas, quiero que pienses seriamente en lo que vas a hacer —le dije, buscan







