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Capitulo 2

Author: Agus
last update publish date: 2026-09-08 01:09:47

A la mañana siguiente me obligué a convencerme de que lo de la noche anterior no había ocurrido.

Mientras sostenía la taza de café frente al espejo del baño, observé un reflejo que no terminaba de reconocer: ojos un poco hinchados, mandíbula apretada, esa sensación incómoda de haber abierto una puerta que después no supiste cómo cerrar. Un hombre herido había aparecido en el callejón detrás de mi edificio. Lo había dejado entrar. Le había curado una herida en la cabeza. Y luego se había ido sin explicarme nada. Una noche normal, me repetí, como si la insistencia pudiera transformar lo extraordinario en cotidiano.

—Dejá de pensar en eso —me dije, y procuré que la voz sonara convincente.

Me puse el abrigo, agarré el bolso y salí. El aire de la mañana era frío y la ciudad se armaba de a poco: vendedores que abrían puestos, autos que arrancaban, gente con prisa. Caminé hacia el estudio intentando que el trabajo fuera una muralla contra cualquier idea insistente. Quería hundirme en pliegos y fechas y evitar que el recuerdo de la sangre en la cocina me persiguiera.

Al entrar, una voz conocida me recibió desde el fondo.

—Llegás tarde.

Levanté la mirada. Eliseo estaba apoyado en el marco de su oficina, con un café en la mano y un montón de expedientes en la otra, esa mezcla de jefe exigente y amigo irritantemente perspicaz.

—Son las ocho y tres —contesté.

—Exactamente. —Sonrió—. El estudio abre a las ocho y media.

Me sonrió con esa complicidad que venía de años de facultad compartida: apuntes prestados, noches de estudio, promesas de dormir después del final. Eliseo fue quien me ofreció trabajar aquí cuando me recibí; era mi jefe, sí, pero antes que nada era quien me conocía sin filtros.

—¿Dormiste? —me preguntó.

—Sí.

—Mentira.

—¿Cómo sabés?

—Porque tenés esa cara —dijo, y sus ojos fueron directos a los míos—. La de cuando pasás toda la noche pensando en algo que no querés contarme.

Sonreí, resignada. No podía ocultarle nada, ni aunque quisiera. Cuando me ofreció los papeles del día dijo algo que me clavó el estómago:

—Primero, alguien intentó comunicarse con vos. Tres veces.

Me entregó un papel con un número que no reconocía. Guardé el número en el teléfono por reflejo. Tenía el celular en silencio, claro; la noche había sido larga. Eliseo no supo dar más datos: "Decía que necesitaba hablar con vos", se limitó a comentar. ¿Quién podría necesitar hablar conmigo a la madrugada? La idea quedó como un pequeño estallido de inquietud en el pecho.

Esperé unos segundos antes de marcar. El pulso me temblaba apenas; lo atribuí al café frío. El teléfono sonó una vez. Dos. Una voz masculina, grave y firme, respondió.

—Tara Stuart.

No fue una pregunta. Me quedé callada, buscándole el nombre.

—¿Quién habla? —logré.

—Necesito verte.

La voz no dejaba lugar a dudas: exigía. Respondí con cautela.

—¿Para qué?

—Tengo algo importante que hablar con vos.

—¿Sobre qué?

Silencio. Un silencio que pesaba.

—Una cafetería. Calle Madison. A las seis.

—No voy a reunirme con un desconocido sin saber siquiera de qué se trata —dije, tratando de no sonar temeraria.

—Vas a querer escucharme.

—Eso no responde mi pregunta.

—A las seis, Tara.

La llamada cortó sin más. Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pantalla. Ni siquiera había tenido tiempo de saber su nombre. Había en esa voz algo autoritario, acostumbrado a que los otros cumplieran sin rechistar. Guardé el celular, diciéndome que no tenía intención de ir. Al menos, eso quise creer.

A la hora del almuerzo salí a un restaurante de siempre ,ese de mesas de madera y mozo amable y pedí lo de siempre. Me senté junto a la ventana a revisar mensajes, intentando que la rutina me calmara. Entonces alguien pronunció mi nombre con un timbre que me atravesó como un filo.

—Tara.

Dante.

La aparición de su voz hizo que el estómago se me cerrara. Habían pasado meses desde que habíamos terminado; demasiadas preguntas sin responder flotaban desde aquella ruptura. No le di tiempo siquiera para sentarse.

—¿Qué hacés acá? —fue lo primero que dije.

—Necesitaba hablar con vos.

—No. —Corté en seco—. No tenemos nada que hablar.

Él insistió: "Sí tenemos". Y tomó asiento frente a mí, con esa mezcla de familiaridad e imposición que siempre había tenido. Recordé la noche que ya me perseguía como una sombra: el mensaje anónimo, la dirección, la hora. Fui. Y vi. Dante, en una habitación oscura, golpeando a un hombre atado a una silla. La sangre. La mirada de Dante cuando me vio. Nunca pude borrar esa imagen.

—No quiero volver a hablar de esto —dije.

—Lo que viste no era lo que parecía —respondió él, bajando la voz—. Estaba investigando algo.

Reí por lo bajo, incrédula.

—¿Y por eso tenías que golpearlo?

—No entendés —replicó, con esa ley de silencio que siempre lo protegía.

—No. Ya no te entiendo —le dije, cansada.

Dante quiso seguir. Yo me levanté.

—Esperá —murmuró.

—No —contesté y dejé dinero sobre la mesa—. Terminamos. Y quiero que respetes eso.

Me alejé sin mirar atrás, pero su presencia reavivó dudas que no sabía si quería responder. ¿Por qué había buscado hablar conmigo? ¿Quién me había enviado aquel mensaje? Las preguntas se alinearon y se mezclaron con el recuerdo del desconocido herido.

---

A las seis menos diez estaba frente a la cafetería.

No sabía exactamente por qué había ido. Mientras observaba el letrero sobre la entrada, una parte de mí buscaba una razón lógica, algo que justificara estar allí. Pero no encontraba ninguna que me convenciera del todo.

Quizás era curiosidad.

Quizás aquella voz, profunda y tranquila, había conseguido despertar algo que no podía ignorar.

O quizás, después de la noche anterior, empezaba a sospechar que algunas cosas no eran simples coincidencias.

Respiré hondo y entré.

El lugar estaba completamente vacío.

No había un solo cliente. Las mesas estaban impecables, como si nadie hubiera ocupado ninguna en horas, y una música suave sonaba de fondo, envolviendo el ambiente en una calma extraña. Demasiado perfecta. Demasiado silenciosa.

Miré alrededor, buscando al hombre de la llamada.

Entonces lo vi.

Estaba sentado junto a la ventana, con la luz tenue de la tarde recortando su silueta.

Era un hombre de aspecto imponente.

Vestía un traje negro, sencillo, pero perfectamente ajustado. Tenía los hombros anchos, la mandíbula marcada y el cabello corto. En su rostro podían verse algunas líneas, aunque no lo hacían parecer mayor. Al contrario: le daban una apariencia experimentada, como si hubiera atravesado situaciones que la mayoría de las personas ni siquiera podía imaginar.

Tenía treinta y tantos, quizás.

Pero no fue su aspecto lo que me hizo detenerme.

Fue su mirada.

Oscura. Fija. Tranquila.

La clase de mirada que no necesitaba elevar la voz para hacerse escuchar. Una mirada que parecía analizarlo todo sin prisa, como si ya supiera más de mí de lo que yo sabía de él.

Levantó los ojos cuando me acerqué.

—Tara.

Su voz.

La misma del teléfono.

Sentí una leve tensión en el pecho, aunque intenté que no se notara.

—¿Tu me llamaste?

—Sí.

Señaló la silla frente a él.

Me senté, aunque no dejé de mirar alrededor. La ausencia de personas seguía resultándome incómoda. No era normal que una cafetería estuviera completamente vacía a esa hora, y mucho menos que alguien hubiera preparado el lugar para una conversación privada sin siquiera avisarme.

—¿Por qué está vacío?

—Pedí que nos dejaran solos.

Fruncí ligeramente el ceño.

Claro.

Por supuesto que lo había hecho.

Había algo en su forma de hablar, en la seguridad con la que daba cada explicación, que dejaba claro que estaba acostumbrado a conseguir lo que quería.

—¿Por qué querías verme?

El hombre apoyó las manos sobre la mesa. Sus movimientos eran tranquilos, controlados, pero había una tensión contenida en ellos. Como si incluso al quedarse quieto estuviera preparado para cualquier cosa.

—Necesito que saques a una persona de prisión.

Lo miré sorprendida.

Por un instante pensé que quizá había escuchado mal.

—¿Perdón?

—Está detenido desde anoche.

—No sé quién sos, pero si esperás que...

—Cometió algo —me interrumpió—. Pero no fue como dicen.

Me quedé callada.

La seguridad de su voz no dejaba claro si estaba intentando convencerme o simplemente informándome de algo que, para él, ya era una certeza.

—Necesito que lo saques antes de que llegue a juicio.

Negué con la cabeza.

—No puedo hacer eso.

—Sí podés. La audiencia es la próxima semana

—No. Tengo otros casos, otros clientes y apenas estoy empezando a organizar mi trabajo. Si acepto algo así, voy a necesitar tiempo para revisar pruebas, hablar con él y estudiar el expediente.

Mientras hablaba, intenté mantener la calma. No quería que notara cuánto me había desconcertado la situación. No sabía quién era ese hombre, quién estaba detenido ni por qué había decidido buscarme a mí. Y, aun así, hablaba como si mi participación ya estuviera decidida.

El permaneció en silencio.

No discutió. No insistió de inmediato. Solo me observó, con esa expresión serena que empezaba a incomodarme más que cualquier amenaza.

—Te pagaré lo que quieras.

Lo miré.

—No es eso

—El dinero no es un problema.

—Ya te dije que no es eso.

Me incliné ligeramente hacia atrás, intentando marcar distancia entre los dos.

—Es el tiempo. Si esa persona entró anoche en prisión, no puedo prometerte que voy a resolverlo todo de un día para el otro. Y si la audiencia es la próxima semana, mucho menos.

Por primera vez, algo cambió en su expresión.

No era enojo.

Era seguridad.

Una seguridad tan firme que me hizo sentir que, de alguna manera, él ya conocía el resultado de aquella conversación. Como si mis objeciones no fueran más que obstáculos pequeños, destinados a desaparecer tarde o temprano.

—Es alguien que cree en vos.

Lo miré sin entender.

—¿Quién?

El sostuvo mi mirada.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. La música continuó sonando a nuestro alrededor, suave e indiferente, mientras la luz de la ventana comenzaba a apagarse lentamente.

Entonces respondió:

—Alguien que está seguro de que vas a sacarlo.

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