Mag-log inLa luna roja brillaba en el cielo como un ojo abierto, como si el mundo entero estuviera observándome.
Llevaba horas vestida, esperando, con las manos unidas frente a mí y la espalda recta contra la pared de piedra. La loba que me habían asignado como doncella —si se podía llamar doncella a una mujer que me miraba con desconfianza— me había ayudado a ponerme el vestido, un traje negro y sencillo, sin el lujo de la corte, sin el brillo de la plata. Nada de joyas. Nada de adornos. Solo el vestido, y el peso de lo que estaba por venir.
—El alfa te espera —dijo la loba, desde la puerta—. Es hora.
Es hora.
Respiré hondo y salí. El pasillo estaba iluminado por antorchas, y los lobos se habían reunido a ambos lados, formando un pasillo humano que llevaba hasta la gran sala. Me miraron pasar en silencio, sin aplausos, sin bienvenida. Solo miradas, y el peso de saber que aquello no era una celebración.
Era una transacción.
La gran sala estaba llena de humo y de olor a carne asada. El alfa Ronan Mooncove esperaba sentado en su trono de piedra y pieles, y a su lado, de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, estaba Kaelen.
Llevaba ropa de ceremonia, o algo parecido: cuero oscuro y pieles, más arreglado de lo que lo había visto antes, pero sin el lujo de la corte. Sus ojos ámbar me encontraron al entrar, y algo cruzó por ellos, algo que no supe descifrar. No era deseo. No era desprecio. Era algo más complicado, algo que no quería examinar demasiado de cerca.
—Elizabeth Blackthorn —dijo el alfa, y su voz llenó la sala—. Hoy, bajo la luna roja, te unes a la manada Mooncove. Hoy te conviertes en la esposa de mi hijo Kaelen. Hoy empieza tu deber.
Mi deber.
Las palabras me golpearon como un látigo. Mi deber. Como si yo fuera una herramienta, un instrumento, una moneda que habían gastado. Como si mi vida, mis deseos, mis miedos, no tuvieran ningún valor.
—Acércala —ordenó el alfa.
La loba me empujó hacia delante, y caminé hasta detenerme frente a Kaelen. Estaba tan cerca que podía olerlo: a pino, a humo, a tierra, a algo salvaje que no sabía nombrar. Sus ojos ámbar me miraron fijamente, y por un momento, el mundo entero se redujo a ese instante, a esa mirada que me atravesaba.
—Tómalo —dijo el alfa, y la loba me puso en las manos un objeto frío y pesado.
Un collar.
Un collar de hierro, simple y brutal, con un sello grabado: el símbolo de la manada Mooncove. El símbolo de mi nueva vida.
—Póntelo —dijo el alfa—. Es la marca de tu pertenencia.
Pertenencia.
Miré el collar en mis manos, y por un momento, el mundo se detuvo. Podía negarme. Podía arrojarlo al suelo, gritar, luchar, hacer que todos vieran que no era una moneda, que no era una herramienta, que no pertenecía a nadie.
Pero entonces pensé en mi padre. En la Necroa. En los vampiros que morían uno a uno, consumidos por una plaga que no podían combatir. En la corte Blackthorn, desmoronándose. En la única esperanza que quedaba: el híbrido que yo podía dar a luz.
Y levanté las manos, y me puse el collar.
El metal frío me rozó el cuello, y sentí el peso de la cadena, el peso de mi nueva vida. Los lobos soltaron un murmullo, no de aprobación, sino de reconocimiento. La transacción estaba hecha.
—Llévatela —dijo el alfa, dirigiéndose a Kaelen—. Y cumple con tu deber.
Kaelen no respondió. Se limitó a tomarme del brazo, con una firmeza que no era brutal, y me guió fuera de la gran sala. Los lobos nos miraron pasar en silencio, y yo caminé con la espalda recta y la barbilla alta, la armadura de la heredera bien puesta, negándome a mostrar el miedo que me recorría por dentro.
Sus aposentos eran más grandes que los míos, pero igual de sobrios: una cama de pieles, una mesa de madera, una ventana estrecha por la que se filtraba la luz roja de la luna. El aire olía a él, a pino y a humo, y por un momento, el instinto me dijo que huyera, que corriera, que no me quedara allí.
—Elizabeth.
Su voz era baja, contenida. Me volví hacia él, con las manos unidas frente a mí, la armadura bien puesta.
—¿Qué esperas de mí? —pregunté, y mi voz salió más frágil de lo que quería.
Kaelen me miró durante un largo momento. La luz roja de la luna le iluminaba el rostro, le marcaba las facciones, le hacía brillar los ojos de un modo que me desarmaba.
—Nada —dijo, finalmente—. No espero nada de ti.
—¿Nada? —repetí, incrédula—. ¿El tratado no exige...?
—El tratado exige un heredero. —Se acercó un paso, sin cruzar la línea—. Pero no te tomaré por la fuerza.
Las palabras me golpearon como un puñetazo. Me quedé mirándolo, sin saber qué decir, sin saber qué pensar. No te tomaré por la fuerza. Era lo último que esperaba oír de un lobo, de un hombre al que el alfa había ordenado cumplir con su deber a cualquier precio.
—¿Por qué? —pregunté, y mi voz apenas fue un susurro—. El alfa te ordenó...
—El alfa me ordenó muchas cosas. —Kaelen desvió la mirada, y por primera vez, vi algo en sus ojos que no era contención: era cansancio, un cansancio viejo y profundo—. No todas las obedezco.
—¿Y qué harás entonces? —pregunté—. ¿Qué harás cuando el alfa descubra que no has cumplido con tu deber?
—Eso es asunto mío. —Se volvió hacia la ventana, mirando la luna roja—. Tú no tienes que preocuparte por eso.
El silencio se extendió entre nosotros, denso y pesado. Me quedé de pie en el centro de la habitación, con el collar de hierro al cuello, sin saber qué hacer, sin saber qué decir. No te tomaré por la fuerza. Las palabras me resonaban en la cabeza, y no podía creerlas, no podía creer que este lobo, este hombre que el alfa había elegido como instrumento, estuviera dispuesto a desobedecer las órdenes para protegerme.
—¿Por qué? —pregunté de nuevo, y mi voz tembló—. ¿Por qué haces esto?
Kaelen se volvió hacia mí, y sus ojos ámbar brillaron bajo la luz roja de la luna.
—Porque sé lo que se siente ser una moneda —dijo, lentamente—. Y no quiero que tú lo sientas también.
Las palabras me atravesaron. Por un momento, quise decirle algo, quise agradecerle, quise confesarle que tenía miedo, que no sabía qué esperar, que por primera vez en mucho tiempo no sabía qué hacer. Pero las Blackthorn no mostraban debilidad.
—Puedes dormir en la cama —dijo Kaelen, señalando las pieles—. Yo dormiré en el suelo.
—No tienes que...
—Sí tengo que. —Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y cerró los ojos—. Duerme, Elizabeth. Mañana será otro día.
Me quedé mirándolo, sin saber qué hacer. El collar de hierro me pesaba en el cuello, y la promesa de sus palabras me pesaba en el pecho. No te tomaré por la fuerza. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me había tratado como una persona, no como una moneda.
Me acerqué a la cama y me senté en el borde, sin quitarme el vestido. La luz roja de la luna se filtraba por la ventana, y el sonido de la respiración de Kaelen, lenta y regular, me envolvía como un abrigo.
No sabía qué significaba aquello. No sabía si podía confiar en él, si sus palabras eran sinceras o una estrategia para ganarse mi confianza. Pero por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que no era miedo.
Sentí esperanza.
Cerré los ojos, y el sueño llegó.
El bosque. La nieve. El frío. Pero esta vez, la figura entre los árboles estaba más cerca, y pude ver su rostro por fin: el pelo castaño oscuro, los ojos ámbar, la cicatriz en el antebrazo derecho. La voz grave, por fin clara, pronunció las palabras que llevaba noches escuchando:
—Vas a estar bien. Te lo prometo.
Me desperté de golpe, con el corazón latiéndome con fuerza. La luz roja de la luna se filtraba por la ventana, y Kaelen seguía dormido en el suelo, con la espalda contra la pared.
La cicatriz.
La cicatriz en el antebrazo derecho.
Me quedé mirándolo, con el corazón desbocado, y por un momento, el mundo entero se detuvo. La cicatriz que acababa de ver en el sueño, la misma cicatriz que ahora veía en su brazo, bajo la luz roja de la luna.
No podía ser una coincidencia.
No podía ser.
Pero no sabía qué significaba. No sabía por qué esa cicatriz me resultaba tan familiar, por qué ese sueño me hacía sentir como si estuviera a punto de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Cerré los ojos e intenté dormir de nuevo. Pero el sueño no volvió.
Solo quedó el eco de esa voz, prometiéndome que iba a estar bien.
Y la imagen de esa cicatriz, grabada en mi memoria.
La luna roja brillaba en el cielo como un ojo abierto, como si el mundo entero estuviera observándome.Llevaba horas vestida, esperando, con las manos unidas frente a mí y la espalda recta contra la pared de piedra. La loba que me habían asignado como doncella —si se podía llamar doncella a una mujer que me miraba con desconfianza— me había ayudado a ponerme el vestido, un traje negro y sencillo, sin el lujo de la corte, sin el brillo de la plata. Nada de joyas. Nada de adornos. Solo el vestido, y el peso de lo que estaba por venir.—El alfa te espera —dijo la loba, desde la puerta—. Es hora.Es hora.Respiré hondo y salí. El pasillo estaba iluminado por antorchas, y los lobos se habían reunido a ambos lados, formando un pasillo humano que llevaba hasta la gran sala. Me miraron pasar en silencio, sin aplausos, sin bienvenida. Solo miradas, y el peso de saber que aquello no era una celebración.Era una transacción.La gran sala estaba llena de humo y de olor a carne asada. El alfa Rona
La segunda noche en la guarida, volví a soñar con el bosque.Era el mismo sueño, o casi. La nieve bajo mis pies descalzos, el frío clavándose en mis huesos como cuchillos, el viento aullando entre los árboles con ese olor a pino y a sangre que ya empezaba a reconocer. Pero esta vez había algo más. Una figura en la distancia, apenas una sombra entre los troncos, con unos ojos ámbar que brillaban en la oscuridad como brasas.Me desperté con el corazón latiéndome con fuerza, la respiración entrecortada, la sensación de haber estado a punto de alcanzar algo que se me escapaba entre los dedos. Me quedé un momento tendida bajo las pieles, mirando el techo de piedra, intentando aferrarme a los restos del sueño antes de que se desvanecieran por completo.Ojos ámbar.¿Por qué soñaba con ojos ámbar? ¿Por qué ese bosque, esa nieve, esa voz grave que nunca llegaba a entender? No tenía sentido. Nunca había estado en un bosque así. Nunca había sentido esa nieve bajo mis pies descalzos, ni ese frío,
El bosque era más frío de lo que había imaginado.Había visto montañas en los cuadros de mi padre, en los tapices que colgaban de las paredes del palacio. Pero nunca había estado en una. Nunca había sentido la nieve bajo mis pies, ni el viento helado que se colaba por el cuello de mi vestido, ni ese olor a pino y a tierra que no se parecía en nada al incienso y la cera de la corte.El carruaje se detuvo en la linde de un bosque que parecía no tener fin. La luna, ya teñida de un rojo sutil, iluminaba los árboles con una luz extraña, como si el mundo entero estuviera a punto de sangrar.—Señorita Blackthorn —dijo el capitán de mi escolta, abriendo la puerta—. Hemos llegado.Llegado. A un bosque. A ninguna parte.Salí del carruaje con la elegancia que me habían enseñado, la espalda recta, la barbilla alta, las manos unidas frente a mí. La armadura de la heredera. La única protección que me quedaba, ahora que me habían arrancado todo lo demás.—¿Dónde está la guarida? —pregunté, mirando a
El bosque olía a pino y a nieve, y a algo más. A sangre.No la sangre de un animal. Esa la conocía bien, la había olido miles de veces en las cacerías. Esto era distinto. Era sangre de vampiro, vieja y metálica, mezclada con el olor a incienso que los humanos habían dejado en el aire como una maldición que no se iba.Me detuve en la linde del claro y respiré hondo. El viento me traía los olores, los separaba, me contaba la historia del lugar sin necesidad de verlo. Era una habilidad que había aprendido a pulir en los años que llevaba patrullando los límites del territorio, en los años que llevaba siendo invisible.—Kaelen.La voz de Dorian llegó desde atrás, cargada de ese desprecio que me conocía tan bien. No me volví. No hacía falta. Sabía exactamente la cara que pondría: la mandíbula apretada, los ojos ámbar estrechos, la mano en la empuñadura de su cuchillo como si yo fuera una amenaza.—¿Qué encontraste? —preguntó, y no era una pregunta. Era una exigencia.—Rastros de Necroa —dij
El frío de la cripta no era el frío de la muerte.Era peor. Era el frío de la espera, el de saber que algo terrible se acercaba y no poder hacer nada para detenerlo. Yo lo conocía bien. Había crecido con él, con ese frío que se filtraba por los pasillos del palacio Blackthorn como un invitado que nunca se iba, que se instalaba en los rincones y en los huesos y no se marchitaba jamás.Era el mismo frío que había sentido la noche en que la Necroa se llevó a mi tía abuela Marguerite. El mismo que recorrió la corte cuando los primeros Bathory empezaron a toser esa tos seca que no era tos, sino el sonido de un alma quemándose desde dentro. El mismo que ahora me apretaba el pecho mientras mi padre pronunciaba las palabras que cambiarían mi vida para siempre.—Señorita Blackthorn.La voz de mi padre me arrancó de mis pensamientos. No me había dado cuenta de que había entrado en la sala del trono. O quizá sí, y simplemente me había negado a mirarlo, a aceptar que este momento, que llevaba año







