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Novia del Enemigo
Novia del Enemigo
作者: RoxLu

La venta

作者: RoxLu
last update 公開日: 2026-10-19 10:38:28

El frío de la cripta no era el frío de la muerte.

Era peor. Era el frío de la espera, el de saber que algo terrible se acercaba y no poder hacer nada para detenerlo. Yo lo conocía bien. Había crecido con él, con ese frío que se filtraba por los pasillos del palacio Blackthorn como un invitado que nunca se iba, que se instalaba en los rincones y en los huesos y no se marchitaba jamás.

Era el mismo frío que había sentido la noche en que la Necroa se llevó a mi tía abuela Marguerite. El mismo que recorrió la corte cuando los primeros Bathory empezaron a toser esa tos seca que no era tos, sino el sonido de un alma quemándose desde dentro. El mismo que ahora me apretaba el pecho mientras mi padre pronunciaba las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

—Señorita Blackthorn.

La voz de mi padre me arrancó de mis pensamientos. No me había dado cuenta de que había entrado en la sala del trono. O quizá sí, y simplemente me había negado a mirarlo, a aceptar que este momento, que llevaba años temiendo, por fin había llegado.

—Padre.

Me volví hacia él con la elegancia que me habían enseñado desde que aprendí a caminar: la espalda recta, la barbilla alta, las manos unidas frente a mí. El uniforme de la heredera. La armadura invisible que me protegía de todo, incluso de él. Incluso de la verdad.

Lord Constantine Blackthorn me miró desde su trono de piedra negra, con esos ojos rojos que habían visto morir a imperios enteros. Tenía más de trescientos años, pero aparentaba cincuenta, inmutable, eterno, como todo en esta corte que se desmoronaba mientras fingía estar en pie. Las venas de su cuello eran azules bajo la piel pálida, demasiado visibles, demasiado frágiles. La Necroa no lo había tocado todavía, pero se acercaba. Se acercaba a todos.

—El tratado está firmado —dijo, sin preámbulos.

El aire se me escapó de los pulmones.

—¿Qué tratado?

—El de Vesperia. —Pronunció el nombre como si fuera una bendición, no una sentencia—. Los lobos aceptan la alianza. A cambio de territorio, protección y una alianza de sangre.

—¿Una alianza de sangre? —repetí, y mi voz sonó más frágil de lo que quería.

Mi padre no respondió. Se limitó a mirarme, y en esa mirada entendí todo.

No hizo falta que lo dijera. Lo supe por la forma en que sus dedos jugaban con el anillo de sello Blackthorn, el gesto que hacía cuando tomaba una decisión de la que se arrepentiría. Lo supe por la forma en que evitó mi nombre, llamándome "señorita Blackthorn" en lugar de "Elizabeth". Lo supe por el frío, ese frío que siempre me avisaba antes de que la desgracia llegara, que se me trepaba por la espalda como una mano helada.

—No —dije, y la palabra salió antes de que pudiera contenerla.

—Elizabeth.

—No me casaré con un lobo.

—No tienes elección.

—Siempre tengo elección. —Di un paso hacia él, y por primera vez en mi vida, mi voz tembló—. Soy tu única heredera. Soy la sangre pura de la corte Blackthorn. No puedes—

—Justamente por eso. —Se levantó del trono, y de pronto pareció más viejo, más cansado de lo que lo había visto nunca. La luz de las velas le hundía las mejillas, le marcaba las arrugas que tres siglos no habían conseguido borrar—. Eres la sangre pura, Elizabeth. La más vulnerable a la Necroa. La que moriría primero.

La Necroa.

Dos sílabas que habían cambiado el mundo. La plaga que los humanos habían creado, fusionando su ciencia con su religión, para destruir todo lo que les causara temor. Los vampiros éramos lo que más temían. Y nos estaban matando, uno a uno, lenta y dolorosamente, con un arma que no podíamos combatir, que no entendíamos, que se filtraba por nuestras cortes como el frío que yo conocía tan bien.

Los humanos habían dejado de temernos. Nos habían aprendido a odiar, y el odio, bien dirigido, era un arma más afilada que cualquier colmillo.

—Los lobos son inmunes —continuó mi padre, y su voz se quebró apenas, un matiz que solo yo, que lo conocía desde siempre, podía notar—. Son la única especie que la Necroa no toca. Nadie sabe por qué. Quizá su sangre es demasiado salvaje, demasiado natural para que la corrupción la alcance. Si nos unimos a ellos, si su sangre se mezcla con la nuestra...

—¿Los híbridos? —solté una risa amarga, y el sonido rebotó en las paredes de piedra—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que me convierta en una yegua de cría para salvar a nuestra especie?

—Quiero que sobrevivas.

La frase me golpeó más fuerte que cualquier orden. No era el patriarca hablando. Era mi padre. Y en sus ojos rojos, apagados por siglos de poder y pérdida, vi algo que nunca había visto antes: miedo. Un miedo viejo, profundo, que no era por sí mismo ni por su trono, sino por algo mucho más grande que ambos.

—La Necroa está en nuestras puertas —dijo, más bajo, y por primera vez noté que sus hombros, que siempre habían cargado con el peso de un imperio, se hundían—. Los Bathory ya han perdido a dos de los suyos. La corte Aeternus se está desmoronando. Cassian... —Hizo una pausa, y el nombre de su hermano colgó en el aire como una acusación—. Cassian ya ha empezado a negociar por su cuenta. No sé con quién. No sé a qué precio.

Lord Cassian Aeternus. Mi tío. El hombre que siempre había codiciado el trono de mi padre, que se había separado de la familia para fundar su propia casa, que ahora, con la especie al borde del abismo, veía su oportunidad.

—Si no hacemos algo —continuó mi padre, y su voz se volvió un susurro—, si no sellamos esta alianza, no quedará ningún vampiro en Vesperia en una década. No habrá cortes, ni tronos, ni sangre pura. Solo ceniza.

—¿Y yo? —Mi voz apenas fue un susurro—. ¿Qué queda de mí en todo esto?

—Todo. —Cruzó la sala y se detuvo frente a mí, tan cerca que pude ver el cansancio en su rostro, las líneas que la inmortalidad no había podido borrar—. Tú eres la que queda. La única. Por eso te pido esto, Elizabeth. No como tu patriarca. Como tu padre.

La palabra "padre" me dolió más que la orden. Porque en ella había una súplica, una rendición, algo que el Lord Constantine Blackthorn jamás habría permitido que nadie viera. Y yo, su hija, su única heredera, la sangre pura que debía salvar a su especie, no sabía si odiarlo o compadecerlo.

—¿Y si me niego?

—Entonces morirás. —Sus ojos rojos se clavaron en los míos, y no había amenaza en ellos, solo la verdad, desnuda y cruel—. Y tu especie morirá contigo. Y yo moriré sabiendo que pude evitarlo y no lo hice.

No había nada que responder. No había argumento, ni súplica, ni amenaza que pudiera contra esa verdad. La Necroa no negociaba. Los humanos no negociaban. Y yo, la heredera de la corte Blackthorn, la mujer que había pasado su vida entera controlando cada aspecto de su existencia, me enfrentaba por fin a algo que no podía controlar.

En ese momento, de pie frente al trono de piedra negra, con el frío de la espera clavado en los huesos, entendí que mi vida nunca me había pertenecido.

No era una heredera. Era una moneda.

Una moneda que mi padre estaba dispuesto a gastar para salvar lo que quedaba de su reino.

—¿Cuándo? —pregunté, y mi voz salió plana, vacía, como si ya no fuera mía.

—La noche de bodas será en tres días. —Mi padre se volvió hacia la ventana, hacia la luna que empezaba a teñirse de un rojo sutil, como si la sangre del cielo anunciara lo que estaba por venir—. El día de la luna roja.

La luna roja.

La noche en que los híbridos podían ser concebidos. La noche en que, según las leyendas, la frontera entre las especies se desdibujaba, la sangre podía mezclarse y nacer algo que no era ni vampiro ni lobo, sino ambas cosas a la vez. La noche en que, según decían, los antiguos habían forjado las alianzas más poderosas y las traiciones más sangrientas.

La noche en que me entregarían a un lobo.

—¿Y él? —pregunté, sin querer saber la respuesta—. ¿Quién es?

—Kaelen Mooncove. —Mi padre pronunció el nombre con cuidado, como si pesara, como si cada sílaba fuera una piedra que añadía a la carga que ya llevaba—. El segundo hijo del alfa. El que la manada considera...

—¿Prescindible? —completé, con una sonrisa amarga que no llegó a mis ojos.

Mi padre no respondió. No hacía falta. El silencio era respuesta suficiente.

Me habían casado con el hijo que nadie quería. Con el lobo que la manada podía permitirse perder. Con el hombre que, como yo, era una moneda en el tablero de otros.

Dos monedas gastadas en el mismo trato. Dos prescindibles unidos por una alianza que no habían elegido.

—Puedes retirarte, Elizabeth.

Me di la vuelta sin despedirme. No porque fuera grosera, sino porque si abría la boca, si decía una sola palabra más, el grito que llevaba años acumulando en la garganta se escaparía y no podría volver a contenerlo. Y una Blackthorn no gritaba. Una Blackthorn no lloraba. Una Blackthorn soportaba, con la espalda recta y la barbilla alta, hasta que el mundo entero se derrumbaba a sus pies.

Caminé por los pasillos del palacio sin verlos. Los criados se apartaban a mi paso, como siempre, con esa reverencia que era más miedo que respeto. Las velas parpadeaban en los candelabros de plata, proyectando sombras danzantes en las paredes de mármol negro. El aire olía a incienso y a cera, a siglos de historia que se estaban desvaneciendo.

Todo era hermoso. Todo era eterno.

Todo estaba muriendo.

Pasé junto al retrato de mi madre, colgado en el pasillo principal, con su vestido negro y su sonrisa fría. Había muerto cuando yo tenía apenas unos años, consumida por una enfermedad que ni siquiera la sangre pura pudo detener. A veces me preguntaba si ella habría aprobado esto, si habría entregado a su hija para salvar a su especie, o si habría encontrado otra manera.

Nunca lo sabría. Y quizá era mejor así.

Llegué a mis aposentos y cerré la puerta a mis espaldas. Solo entonces, cuando nadie podía verme, cuando la armadura de la heredera ya no era necesaria, me dejé caer contra la madera y respiré. El aire entró en mis pulmones como un cuchillo, cortante y frío.

Tres días.

En tres días me entregarían a un lobo. A un extraño. A un hombre que me vería como una moneda, igual que mi padre, igual que todos. A un hombre que quizá ni siquiera me miraría a los ojos, porque para él yo también sería un instrumento, un medio para un fin.

—Tres días —murmuré, y mi voz sonó extraña en la habitación vacía.

No lloré. Las Blackthorn no lloraban. Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no pude dormir. Me quedé despierta, mirando el techo de piedra, contando las grietas que conocía de memoria, imaginando un futuro que no quería imaginar.

Y cuando finalmente el sueño llegó, cuando la oscuridad se cerró sobre mí como un abrazo, no soñé con nada.

Nada en absoluto.

Porque la memoria dormida aún no había despertado.

Aún no lo había conocido.

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