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El encuentro

Author: RoxLu
last update publish date: 2026-10-19 10:41:10

El bosque era más frío de lo que había imaginado.

Había visto montañas en los cuadros de mi padre, en los tapices que colgaban de las paredes del palacio. Pero nunca había estado en una. Nunca había sentido la nieve bajo mis pies, ni el viento helado que se colaba por el cuello de mi vestido, ni ese olor a pino y a tierra que no se parecía en nada al incienso y la cera de la corte.

El carruaje se detuvo en la linde de un bosque que parecía no tener fin. La luna, ya teñida de un rojo sutil, iluminaba los árboles con una luz extraña, como si el mundo entero estuviera a punto de sangrar.

—Señorita Blackthorn —dijo el capitán de mi escolta, abriendo la puerta—. Hemos llegado.

Llegado. A un bosque. A ninguna parte.

Salí del carruaje con la elegancia que me habían enseñado, la espalda recta, la barbilla alta, las manos unidas frente a mí. La armadura de la heredera. La única protección que me quedaba, ahora que me habían arrancado todo lo demás.

—¿Dónde está la guarida? —pregunté, mirando a mi alrededor. No había nada. Solo árboles, nieve y silencio.

—Ahí —dijo el capitán, señalando la ladera de la montaña.

Seguí su mirada. Y entonces lo vi: una abertura apenas visible entre los pinos, camuflada con ramas y nieve, tan bien escondida que cualquiera que no supiera exactamente dónde mirar habría pasado de largo sin verla.

Los lobos vivían ocultos. Lo sabía, me lo habían contado. Pero verlo era distinto. Ver la guarida excavada en la montaña, invisible para el mundo, me hizo entender por fin lo que significaba ser una especie que los humanos creían erradicada.

No era un palacio. No era una corte. Era una madriguera.

Y yo, la heredera de la corte Blackthorn, la sangre pura, iba a vivir allí.

—Elizabeth.

La voz llegó desde la entrada de la guarida, grave y contenida. Me volví, y el aire se me atascó en los pulmones.

Era alto. Más alto de lo que había imaginado, con los hombros anchos y el pelo castaño oscuro despeinado, como si el viento lo hubiera azotado durante horas. Vestía cuero y pieles, ropa práctica de cazador, sin el lujo de la corte. Y tenía unos ojos ámbar que, bajo la luz de la luna roja, parecían brillar con un fuego interno.

Kaelen Mooncove.

El prescindible.

Mi esposo.

—Señorita Blackthorn —dijo, y su voz era tan contenida como su mirada—. Bienvenida a la guarida Mooncove.

—Señor Mooncove —respondí, con la frialdad que me había protegido toda mi vida—. No esperaba que me recibieras en persona.

—El alfa me ordenó que te recibiera con respeto. —Hizo una pausa, y algo cruzó por sus ojos, algo que no supe descifrar—. Y yo cumplo las órdenes.

Cumplo las órdenes. Como yo cumplía las mías. Como ambos cumplíamos con un destino que no habíamos elegido.

—¿Y el alfa? —pregunté—. ¿No está aquí para recibir a su nueva... aliada?

—Está dentro. —Kaelen se hizo a un lado, señalando la entrada de la guarida—. Te espera.

Lo seguí. No porque quisiera, sino porque no tenía elección. Y mientras caminaba tras él, con la nieve crujiendo bajo mis botas, no pude evitar notar la forma en que se movía: con una economía de gestos, una precisión que no tenía nada que ver con la elegancia de la corte. Era el movimiento de un cazador. De alguien que había aprendido a no desperdiciar ni un solo gesto.

La guarida era más grande por dentro de lo que sugería por fuera. Pasillos excavados en la roca, iluminados por antorchas, que olían a humo y a tierra y a algo más, algo salvaje que no sabía nombrar. Los lobos me miraban pasar, algunos con curiosidad, otros con desconfianza, la mayoría con un desprecio apenas disimulado.

Yo era la vampira. La extranjera. La moneda que habían comprado.

—El alfa está aquí —dijo Kaelen, deteniéndose frente a una puerta de madera—. Entra tú sola.

—¿Y tú?

—Yo no soy bienvenido en las negociaciones. —No había amargura en su voz, solo un hecho—. Soy solo el precio.

El precio. Las mismas palabras que yo había pensado. La misma verdad que nos unía sin que ninguno de los dos la hubiera elegido.

Entré en la sala. El alfa Ronan Mooncove me esperaba sentado en un trono de piedra y pieles, con los brazos cruzados y los ojos ámbar duros, idénticos a los de Kaelen pero sin el fuego, sin la profundidad. Solo cálculo.

—Elizabeth Blackthorn —dijo, y su voz era un gruñido—. La sangre pura.

—Alpha Ronan —respondí, con la barbilla alta—. Me han dicho que el tratado está firmado.

—Está firmado. —Se inclinó hacia delante, y sus ojos se estrecharon—. Y tú eres parte de él. A partir de mañana, en la luna roja, pertenecerás a esta manada. A mi hijo. A mí.

—Perteneceré a la alianza —corregí, con cuidado—. No a ti.

El alfa soltó una risa corta, sin humor.

—Aquí no hay alianza, vampira. Hay obediencia. Tú harás lo que el tratado exige, y el tratado exige un heredero. Un híbrido que pueda salvar a tu especie y fortalecer la mía.

—¿Y si no puedo darle un heredero?

—Entonces lo intentarás hasta que puedas. —Se levantó del trono, y de pronto pareció más grande, más amenazante—. No hay otra opción. Para ti, ni para mi hijo.

Para ti, ni para mi hijo.

Las palabras me quedaron resonando en la cabeza mientras salía de la sala, acompañada por una loba que me llevó a mis aposentos. Eran pequeños, excavados en la roca, con una cama de pieles y una vela que parpadeaba en la oscuridad. Nada que ver con el lujo del palacio Blackthorn.

Me senté en el borde de la cama y respiré. El aire olía a tierra y a humo, a un mundo que no era el mío.

Mañana. En la luna roja, me entregarían a Kaelen. A un hombre que me había recibido con respeto, que había cumplido las órdenes de su alfa, que me había mirado con unos ojos que no supe descifrar.

No sabía qué esperar de él. No sabía si era cruel o amable, si me tomaría por la fuerza o me dejaría en paz, si me vería como una moneda o como una persona.

Lo único que sabía era que no quería estar allí.

Y que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía control sobre nada.

Me quité el vestido y me metí bajo las pieles, temblando de frío. La vela parpadeó, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra. Cerré los ojos e intenté dormir.

Pero el sueño no llegó.

Y cuando finalmente llegó, cuando la oscuridad se cerró sobre mí, no soñé con el palacio ni con mi padre ni con el tratado.

Soñé con un bosque.

Con nieve bajo mis pies descalzos. Con el frío clavándose en mis huesos. Con una voz grave que me hablaba en la oscuridad, demasiado baja para entender las palabras.

Y con unos ojos ámbar que brillaban en la noche, mirándome con algo que no supe nombrar.

Me desperté con un sobresalto, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. La vela se había apagado. La guarida estaba en silencio.

—¿Qué fue eso? —murmuré, mirando la oscuridad.

No hubo respuesta. Solo el latido de mi propio corazón, y el eco de unos ojos ámbar que no podía quitarme de la cabeza.

No sabía qué significaba. No sabía de dónde venía ese sueño, ni por qué me había dejado con esa sensación de miedo y alivio a la vez, como si hubiera escapado de algo y hubiera llegado a un lugar seguro.

No sabía que era la memoria dormida, despertando por fin.

No sabía que, días después de conocerlo, los sueños empezarían.

Pero esa noche, por primera vez, soñé con el bosque.

Y con los ojos ámbar.

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