ログインLa segunda noche en la guarida, volví a soñar con el bosque.
Era el mismo sueño, o casi. La nieve bajo mis pies descalzos, el frío clavándose en mis huesos como cuchillos, el viento aullando entre los árboles con ese olor a pino y a sangre que ya empezaba a reconocer. Pero esta vez había algo más. Una figura en la distancia, apenas una sombra entre los troncos, con unos ojos ámbar que brillaban en la oscuridad como brasas.
Me desperté con el corazón latiéndome con fuerza, la respiración entrecortada, la sensación de haber estado a punto de alcanzar algo que se me escapaba entre los dedos. Me quedé un momento tendida bajo las pieles, mirando el techo de piedra, intentando aferrarme a los restos del sueño antes de que se desvanecieran por completo.
Ojos ámbar.
¿Por qué soñaba con ojos ámbar? ¿Por qué ese bosque, esa nieve, esa voz grave que nunca llegaba a entender? No tenía sentido. Nunca había estado en un bosque así. Nunca había sentido esa nieve bajo mis pies descalzos, ni ese frío, ni ese miedo que se mezclaba con algo que no sabía nombrar. Y sin embargo, el sueño se sentía real, más real que el palacio, más real que mi propia vida, más real que todo lo que me habían contado sobre mí misma.
Me obligué a levantarme. La luz de la luna roja se filtraba por la estrecha ventana, tiñéndolo todo de un rojo sutil, como si el mundo entero estuviera sangrando lentamente. Fuera, en los pasillos de la guarida, se oía el murmullo de la manada despertando, los olores de la comida, las voces graves de los lobos que se llamaban unos a otros.
La vida aquí era distinta. Más ruidosa, más salvaje, más viva que la corte. Aquí no había criados que se apartaran a mi paso, ni velas de plata, ni mármol pulido. Había fuego, y pieles, y risas que estallaban sin aviso, y miradas que me juzgaban sin disimulo. Pero yo seguía siendo una extraña, una vampira en medio de una manada que no me quería, una moneda que habían comprado y que aún no sabían qué hacer con ella.
Esa mañana, el alfa me convocó a la gran sala para "presentarme" a la manada. Fue una ceremonia breve y fría, tan distinta de las fastuosas recepciones de la corte Blackthorn que casi me hizo reír, si hubiera tenido humor para ello. Los lobos se reunieron en un semicírculo, algunos en forma humana, otros en forma de lobo, y me miraron con desconfianza, algunos con abierta hostilidad, como si yo fuera una amenaza que habían decidido tolerar por orden del alfa.
—Elizabeth Blackthorn —dijo el alfa, y pronunció mi nombre como si fuera una maldición—. La sangre pura de la corte Blackthorn. A partir de mañana, será parte de esta manada.
No hubo aplausos. No hubo bienvenida. Solo silencio, y miradas, y el peso de saber que no era bienvenida.
Yo mantuve la barbilla alta y la espalda recta, la armadura de la heredera bien puesta, y no dejé que ninguno de ellos viera el miedo que me recorría por dentro. Había aprendido a sonreír con frialdad, a sostener las miradas sin parpadear, a fingir que nada me afectaba. Era lo único que me quedaba, lo único que nadie podía arrebatarme.
—La luna roja es mañana —dijo el alfa, al final, con los ojos fijos en mí, como si quisiera asegurarse de que entendía—. Prepárate.
Prepárate.
Como si fuera posible prepararse para entregarse a un hombre que no conocía, en una noche que no había elegido, para cumplir con un trato que no había firmado. Como si hubiera algún ritual, alguna ceremonia, alguna forma de armarse para lo que me esperaba.
Salí de la gran sala con la cabeza alta, pero en cuanto estuve sola, en el pasillo que llevaba a mis aposentos, me detuve y respiré hondo. El aire olía a humo y a tierra, a ese mundo que no era el mío. Me apoyé contra la pared de piedra y cerré los ojos, contando las respiraciones como me habían enseñado, intentando calmar el latido desbocado de mi corazón.
—¿Estás bien?
La voz me sobresaltó. Me volví y me encontré con Kaelen, de pie al final del pasillo, con los brazos cruzados y esa mirada contenida que ya empezaba a conocer. No había avanzado hacia mí, como si supiera que acercarse demasiado me pondría a la defensiva, como si entendiera mi necesidad de espacio sin que yo tuviera que explicársela.
—Estoy perfectamente —dije, con la frialdad que me protegía.
—Mientes.
Las palabras me golpearon. No por el contenido, sino por la seguridad con que las dijo, como si pudiera ver a través de mí, como si mi armadura de heredera no le impresionara en absoluto. Nadie me hablaba así. Nadie se atrevía a decirme que mentía, a desafiar la fachada que había construido durante años.
—¿Y cómo lo sabes? —pregunté, desafiante, con la barbilla levantada.
—Porque lo conozco. —Kaelen dio un paso hacia mí, y su voz bajó, se volvió más íntima—. Ese miedo que llevas dentro. Lo conozco bien.
—No tengo miedo.
—Todos lo tenemos. —Se detuvo a unos pasos de mí, sin cruzar la línea, sin invadir mi espacio—. Yo también. Mañana, cuando la luna esté roja, tendré que hacer algo que no quiero hacer. Y tú también.
El silencio se extendió entre nosotros, denso y pesado, roto solo por el crepitar de las antorchas y el ulular del viento en la montaña. Por un momento, quise decirle la verdad, quise confesarle que no sabía qué esperar, que tenía miedo de que me tomara por la fuerza, que no quería estar allí, que quería volver a casa aunque no supiera si mi casa seguía existiendo. Pero las Blackthorn no mostraban debilidad. Las Blackthorn no confesaban sus miedos a extraños.
—¿Y qué es lo que no quieres hacer? —pregunté, con cuidado, midiendo cada palabra.
Kaelen me miró durante un largo momento. Sus ojos ámbar, bajo la luz de las antorchas, parecían más dorados, más profundos, como si contuvieran secretos que no estaba dispuesto a compartir. Algo en esa mirada me resultaba extrañamente familiar, aunque no sabía por qué.
—Todo lo que el tratado exige —dijo, finalmente—. Y nada de lo que él espera.
No entendí del todo sus palabras. Pero algo en su tono, en la forma en que evitó mi mirada, en la tensión de su mandíbula, me dijo que había más de lo que estaba dispuesto a compartir. Que cargaba con un peso que no me mostraba.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté—. Somos extraños.
—Porque mañana dejaremos de serlo. —Se volvió para irse, pero se detuvo, sin mirarme—. Y porque, aunque no lo creas, sé lo que se siente ser una moneda.
Se fue antes de que pudiera responder. Me quedé en el pasillo, mirando la esquina por la que había desaparecido, con una sensación extraña en el pecho que no supe nombrar. No era miedo. No era odio. Era algo más suave, más confuso, algo que no quería examinar demasiado de cerca.
Esa noche, el sueño volvió.
Esta vez era más nítido, más vívido, como si la memoria estuviera cobrando fuerza con cada noche que pasaba. La nieve bajo mis pies descalzos, el frío, el viento. Pero la figura entre los árboles estaba más cerca, y pude ver más detalles: el pelo castaño oscuro, despeinado por el viento, los hombros anchos, la ropa de cuero de cazador manchada de sangre. La voz grave, por fin, pronunció palabras que casi pude entender, que rozaron el borde de mi conciencia.
—...vas a estar bien. Te lo prometo.
Me desperté de golpe, con el nombre de esa voz en los labios, aunque no sabía cuál era. El corazón me latía con fuerza, y la sensación de seguridad que me había envuelto en el sueño se desvanecía rápidamente, dejándome con una tristeza que no entendía, un vacío que no sabía llenar.
Me senté en la cama, temblando. La luna roja se filtraba por la ventana, más intensa que nunca, tiñendo mis manos de un rojo sutil. En la penumbra, mi reflejo en el cristal me devolvió una mirada que no reconocí del todo.
Mañana.
Mañana sería la noche de bodas. Mañana me entregaría a Kaelen. Y yo no sabía si estaba lista, no sabía si quería estarlo, no sabía por qué ese sueño me hacía sentir como si estuviera a punto de encontrar algo que llevaba mucho tiempo buscando sin saberlo.
Cerré los ojos e intenté dormir de nuevo. Pero el sueño no volvió.
Solo quedó el eco de esa voz, prometiéndome que iba a estar bien.
Y por primera vez en mucho tiempo, casi le creí.
La luna roja brillaba en el cielo como un ojo abierto, como si el mundo entero estuviera observándome.Llevaba horas vestida, esperando, con las manos unidas frente a mí y la espalda recta contra la pared de piedra. La loba que me habían asignado como doncella —si se podía llamar doncella a una mujer que me miraba con desconfianza— me había ayudado a ponerme el vestido, un traje negro y sencillo, sin el lujo de la corte, sin el brillo de la plata. Nada de joyas. Nada de adornos. Solo el vestido, y el peso de lo que estaba por venir.—El alfa te espera —dijo la loba, desde la puerta—. Es hora.Es hora.Respiré hondo y salí. El pasillo estaba iluminado por antorchas, y los lobos se habían reunido a ambos lados, formando un pasillo humano que llevaba hasta la gran sala. Me miraron pasar en silencio, sin aplausos, sin bienvenida. Solo miradas, y el peso de saber que aquello no era una celebración.Era una transacción.La gran sala estaba llena de humo y de olor a carne asada. El alfa Rona
La segunda noche en la guarida, volví a soñar con el bosque.Era el mismo sueño, o casi. La nieve bajo mis pies descalzos, el frío clavándose en mis huesos como cuchillos, el viento aullando entre los árboles con ese olor a pino y a sangre que ya empezaba a reconocer. Pero esta vez había algo más. Una figura en la distancia, apenas una sombra entre los troncos, con unos ojos ámbar que brillaban en la oscuridad como brasas.Me desperté con el corazón latiéndome con fuerza, la respiración entrecortada, la sensación de haber estado a punto de alcanzar algo que se me escapaba entre los dedos. Me quedé un momento tendida bajo las pieles, mirando el techo de piedra, intentando aferrarme a los restos del sueño antes de que se desvanecieran por completo.Ojos ámbar.¿Por qué soñaba con ojos ámbar? ¿Por qué ese bosque, esa nieve, esa voz grave que nunca llegaba a entender? No tenía sentido. Nunca había estado en un bosque así. Nunca había sentido esa nieve bajo mis pies descalzos, ni ese frío,
El bosque era más frío de lo que había imaginado.Había visto montañas en los cuadros de mi padre, en los tapices que colgaban de las paredes del palacio. Pero nunca había estado en una. Nunca había sentido la nieve bajo mis pies, ni el viento helado que se colaba por el cuello de mi vestido, ni ese olor a pino y a tierra que no se parecía en nada al incienso y la cera de la corte.El carruaje se detuvo en la linde de un bosque que parecía no tener fin. La luna, ya teñida de un rojo sutil, iluminaba los árboles con una luz extraña, como si el mundo entero estuviera a punto de sangrar.—Señorita Blackthorn —dijo el capitán de mi escolta, abriendo la puerta—. Hemos llegado.Llegado. A un bosque. A ninguna parte.Salí del carruaje con la elegancia que me habían enseñado, la espalda recta, la barbilla alta, las manos unidas frente a mí. La armadura de la heredera. La única protección que me quedaba, ahora que me habían arrancado todo lo demás.—¿Dónde está la guarida? —pregunté, mirando a
El bosque olía a pino y a nieve, y a algo más. A sangre.No la sangre de un animal. Esa la conocía bien, la había olido miles de veces en las cacerías. Esto era distinto. Era sangre de vampiro, vieja y metálica, mezclada con el olor a incienso que los humanos habían dejado en el aire como una maldición que no se iba.Me detuve en la linde del claro y respiré hondo. El viento me traía los olores, los separaba, me contaba la historia del lugar sin necesidad de verlo. Era una habilidad que había aprendido a pulir en los años que llevaba patrullando los límites del territorio, en los años que llevaba siendo invisible.—Kaelen.La voz de Dorian llegó desde atrás, cargada de ese desprecio que me conocía tan bien. No me volví. No hacía falta. Sabía exactamente la cara que pondría: la mandíbula apretada, los ojos ámbar estrechos, la mano en la empuñadura de su cuchillo como si yo fuera una amenaza.—¿Qué encontraste? —preguntó, y no era una pregunta. Era una exigencia.—Rastros de Necroa —dij
El frío de la cripta no era el frío de la muerte.Era peor. Era el frío de la espera, el de saber que algo terrible se acercaba y no poder hacer nada para detenerlo. Yo lo conocía bien. Había crecido con él, con ese frío que se filtraba por los pasillos del palacio Blackthorn como un invitado que nunca se iba, que se instalaba en los rincones y en los huesos y no se marchitaba jamás.Era el mismo frío que había sentido la noche en que la Necroa se llevó a mi tía abuela Marguerite. El mismo que recorrió la corte cuando los primeros Bathory empezaron a toser esa tos seca que no era tos, sino el sonido de un alma quemándose desde dentro. El mismo que ahora me apretaba el pecho mientras mi padre pronunciaba las palabras que cambiarían mi vida para siempre.—Señorita Blackthorn.La voz de mi padre me arrancó de mis pensamientos. No me había dado cuenta de que había entrado en la sala del trono. O quizá sí, y simplemente me había negado a mirarlo, a aceptar que este momento, que llevaba año







