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Capitulo 06

last update publish date: 2025-11-25 23:30:49

La reunión se transformó en un campo de batalla verbal. Algunos de los miembros se levantaron y salieron, mientras Víctor y Albín se enfrentaban a Derek con acusaciones y reproches por su actitud cruel e injustificada. El ambiente se volvió insostenible.

Para Naomi, estar en aquella reunión fue el peor error de su vida. Un trago amargo que jamás debió probar. Nunca debió insistir en ir, porque terminó siendo testigo de la humillación más grande que su hermano, la luz de sus ojos, había sufrido.

Observó cómo las esperanzas de Tyler se desmoronaban, su talento y esfuerzo pisoteados sin piedad por un hombre que creía que el dinero le daba derecho a tratar a los demás como objetos desechables.

La sangre le hervía.

La rabia le subía por el pecho, quemándole la garganta. Quería gritar. Quería enfrentarlo. Quería hacerle entender que Tyler no era menos que nadie.

Tyler, con una frialdad sorprendente, se dispuso a salir, pero antes sujetó a Naomi por el brazo y prácticamente la arrastró fuera de la sala. La conocía demasiado bien. Esa mirada en sus ojos era peligrosa. Sabía que, si la dejaba atrás, no tardaría en enfrentarse a Derek Torres.

—Suéltame, Tyler. ¡Déjame decirle a ese infeliz lo que se merece! —gritó Naomi, intentando zafarse del agarre de su hermano.

—Ahora no, Naomi. No es el momento para otro escándalo —respondió Tyler mientras la conducía hacia la habitación.

Una vez allí, Naomi comenzó a caminar de un lado a otro, incapaz de calmarse.

—¡No puedo creer que ese imbécil te hiciera eso! —exclamó, con la voz quebrada por la impotencia.

—Algo me decía que esto iba a pasar —murmuró Tyler mientras se desplomaba sobre la cama.

Quería llorar. Quería liberar la frustración que le quemaba el pecho, pero se prohibía hacerlo. Desde que se hizo cargo de sus hermanas, había jurado ser la roca que las sostendría.

Y las rocas no derraman lágrimas.

—No te preocupes, Tyler. Otras agencias valorarán tu gran trabajo. Él se lo pierde —lo animó Naomi, intentando devolverle un poco de esperanza, aunque la suya se había esfumado.

Minutos después, decidió volver con las demás empleadas. Apenas había avanzado por el pasillo cuando se encontró con Nelly.

Su hermana se acercó con los ojos llorosos, el rostro pálido y la tristeza marcada en cada gesto.

—¿Qué te pasa? —preguntó Naomi, sintiendo un escalofrío.

—Me despidieron —sollozó Nelly—. Me quedé sin empleo.

Naomi se quedó sin aliento.

—¿Qué? ¡No entiendo!

—Al parecer, Derek Torres no solo es arrogante, también es vengativo —explicó Nelly con la voz ahogada por las lágrimas.

Una opresión le cerró el pecho a Naomi.

Primero Tyler.

Ahora Nelly.

El mismo hombre había conseguido destruir en cuestión de horas la tranquilidad de su familia.

La rabia volvió a apoderarse de ella. Buscó un rincón apartado y se refugió allí, dejando que las lágrimas que había contenido durante todo el día finalmente brotaran y le quemaran las mejillas.

—Naomi, ¿por qué te pones así? Es solo un trabajo —dijo Nelly, quien la había seguido y se acomodó a su lado.

—Ese maldito humilló a Tyler. Lo trató como a un don nadie, como si no tuviera ningún valor —respondió Naomi con la voz rota—. Lo trató como a un simple limpiador de pisos.

—¿Qué? —preguntó Nelly, incapaz de creerlo.

—¡Fue horrible! —gimió Naomi—. Gracias a Dios que no estuviste ahí para presenciarlo. El rostro de Tyler se tiñó de rojo por la vergüenza. Derek Torres es un desgraciado. Puede tener mucho dinero, pero carece de sentimientos.

Nelly la abrazó.

—Cálmate.

—Ese hombre es el ser más inhumano que existe. No tiene ni idea de cuánto luchó mi hermano para terminar sus estudios. Pero, claro, ¿qué va a saber él? Si siempre lo ha tenido todo sin hacer el más mínimo esfuerzo. Nunca ha pasado hambre ni necesidades como nosotros.

—Siento tanta pena por Tyler. Estaba tan ilusionado con ese puesto —dijo Nelly, con la voz cargada de compasión.

Naomi se secó las lágrimas con el dorso de la mano.

—¡Dios! Los señores Torres no le enseñaron a su hijo el significado de la humildad ni a tener empatía con los demás, sin importar su estatus económico. Para Derek, las personas pobres no somos nada. No tenemos ningún valor. ¡Cómo me gustaría tener la oportunidad de decirle en su cara que no es superior a mi hermano ni a nadie!

Las hermanas Ross mantuvieron aquella conversación durante casi una hora, desahogando su rabia y frustración en un torrente de palabras contra Derek Torres.

Lo que no sabían era que, a pocos pasos de ellas, oculta entre la vegetación del jardín, doña Alba descansaba del bullicio de la fiesta.

Había escuchado cada palabra.

Cada reproche.

Cada lamento.

No quiso interrumpirlas. Solo dejó escapar un largo suspiro.

Se sentía culpable por el carácter de su nieto y lamentaba haberlo consentido tanto. Las palabras de aquellas jóvenes la habían entristecido profundamente.

Eran de bajos recursos, sí.

Pero eso no las hacía menos.

Y, mucho menos, merecedoras de ser humilladas.

La celebración se tornó aburrida para muchos de los presentes, especialmente para el festejado, quien conversaba con su esposa sobre lo ocurrido en la reunión. El señor Víctor se molestó con Albín porque siempre le sacaba en cara las cosas que hacía Derek. Él sabía que su hijo tenía una conducta agresiva, pero, de todos modos, era su hijo.

Horas más tarde, a pesar de los inconvenientes, la fiesta fue todo un éxito. En el salón de eventos, familiares y amigos brindaban con el señor Víctor por un año más de vida.

Dicen que la noche guarda secretos que jamás deberían salir a la luz.

Y aquella noche no sería diferente.

Pasada la medianoche, la mayoría de los visitantes de la villa ya se encontraba en sus habitaciones, rendidos por el alcohol o agotados por el bullicio de la fiesta.

Derek permanecía en una esquina del salón, pensativo y distante de todos. Había bebido más de la cuenta. Sentía la cabeza pesada y el cuerpo inestable.

Odiaba aquella sensación.

Odiaba no tener el control.

Dejó el vaso sobre la mesa y decidió dirigirse a su habitación.

Apenas entró, tropezó con la mesita que adornaba el espacio y derribó la botella de whisky.

El cristal golpeó el suelo.

La botella rodó unos centímetros mientras el líquido se extendía sobre la madera.

Derek cerró los ojos y apretó los dientes.

—¡Maldita sea!

Entonces escuchó algo.

Un ruido leve.

Unos pasos al otro lado de la puerta.

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