ANMELDENLa luz de la mañana se filtraba suavemente a través de los inmensos ventanales de la suite principal del penthouse, acariciando las sábanas oscuras de seda que parecían un mar revuelto.
Scarlett despertó lentamente. No había sedantes en su sistema. No había alarmas. No estaba el frío aséptico de la mansión Pierce.
Lo primero que sintió fue un peso cálido y firme rodeando su cintura, y un
El yate Aegis no era una embarcación de recreo; era una fortaleza flotante de ciento veinte metros de eslora, anclada en las aguas oscuras y privadas de la marina. Pertenecía al Grupo Nexus, y su diseño de acero negro y cristales polarizados gritaba dinero soberano e inmunidad diplomática.A las ocho en punto de la noche, un sedán negro se detuvo en el muelle.Kassian Bordeaux bajó primero. Llevaba un esmoquin de corte italiano, negro sobre negro, desprovisto de cualquier bulto que delatara un arma. Su presencia, imponente y letal, hizo que los cuatro guardias suizos apostados al pie de la pasarela se tensaran al instante.Pero las miradas de los mercenarios se desviaron de inmediato hacia la mujer que bajó después de él.Scarlett llevaba un vestido de noche de seda esmeralda oscura que se ceñía a su figura, con una capa ligera que ondeaba con la brisa del oc&ea
El pitido de la línea cortada sonó en la inmensa sala de la mansión de Malibú como el latido de un corazón mecánico.Scarlett seguía con el teléfono en la mano. La pantalla se había congelado en el último fotograma del video en vivo: Victoria Sterling, encogida en el sofá de cuero en Mónaco, pálida y destruida, y en primer plano, Roman Pierce.Los ojos de Roman en la pantalla no reflejaban el vacío baboso de la celda de aislamiento. La medicación suiza lo había estabilizado, sí, pero no lo había curado. Había canalizado toda su locura en un solo foco. Miraba a la cámara con una sonrisa retorcida, lúcida y aterradora. Sabía que del otro lado del lente estaba la mujer de rojo. Sabía que era Scarlett.La imagen desapareció cuando la pantalla se bloqueó.El teléfono crujió.
El viento del océano Pacífico golpeaba los inmensos ventanales de la mansión en Malibú, pero en el interior, el silencio era un templo dedicado al triunfo.Kassian no había comprado un terreno vacío; había adquirido, mediante transferencias fantasma que se cerraron en menos de tres horas, la propiedad más moderna y aislada del acantilado. Una fortaleza de cristal, acero oscuro y mármol blanco que parecía flotar sobre el abismo del mar.El sol estaba a punto de ocultarse, tiñendo el cielo de tonos rojizos y púrpuras.Scarlett estaba descalza sobre la alfombra de piel blanca del inmenso salón hundido. Se había quitado la chaqueta de su traje sastre, quedando solo con la blusa de seda que se adhería a su piel. Sostenía una copa de champaña, mirando el horizonte donde el agua se fundía con el cielo.No había vecinos. No hab&iacu
La mañana en Los Ángeles estaba inusualmente despejada, como si el viento hubiera barrido las cenizas del distrito financiero para dar paso a una nueva era.A las nueve en punto, una caravana de tres todoterrenos negros blindados, ahora sin el logotipo de L'Éclipse y portando placas diplomáticas privadas, se detuvo frente a la escalinata de la sede central de Pierce Industries.El caos mediático del día anterior había sido reemplazado por un cordón de seguridad impecable.Scarlett bajó del vehículo. No vestía de rojo. Llevaba un traje sastre de seda color crema, con un corte afilado y elegante, proyectando una luz y un poder que deslumbraban a las cámaras. Era la imagen de la resiliencia corporativa; la viuda que había sobrevivido a un escándalo y regresaba para salvar el legado de su padre.A su lado, Kassian Bordeaux caminaba con la cadenc
El reloj de pie en la oficina del piso cuarenta del bufete de abogados Sterling & Vance marcaba las 4:55 p.m.La sala de conferencias estaba revestida en roble oscuro y olía a cera para muebles y a pura codicia. En el centro, sobre una inmensa mesa de cristal esmerilado, descansaban dos pesadas carpetas de cuero.A un lado de la mesa, Arthur Pierce estaba sentado con la postura relajada de un emperador. Victoria Sterling estaba a su derecha, revisando compulsivamente cada cláusula de los documentos de cesión.Al otro lado, Scarlett se mantenía de pie. Llevaba un traje sastre negro, implacable, proyectando una autoridad que helaba la sangre. Kassian Bordeaux estaba junto a ella, con las manos en los bolsillos, el rostro esculpido en la misma frialdad sociópata que lo había mantenido vivo en las calles durante quince años.—Todo está en orden, Arthur —confirmó Victoria,
La palabra "quiebra" quedó flotando en el cálido aire de Bel Air, más afilada que el cristal roto de una botella de champaña.Arthur Pierce detuvo su copa a milímetros de sus labios. La sonrisa cultivada y gélida no desapareció de su rostro, pero la comisura de sus ojos se tensó levemente. Victoria, a su lado, palideció bajo el sol de California. Ella, mejor que nadie, conocía los estatutos internos que Scarlett acababa de invocar.—Estás faroleando —siseó Victoria, perdiendo un poco de su altivez—. Para iniciar una liquidación forzosa necesitas la aprobación de un juez federal alegando insolvencia, y la inyección suiza nos dejó en números verdes.Scarlett no le prestó atención a la directora financiera; mantuvo sus ojos oscuros, fríos e insondables, clavados en Arthur. —Roman perdió la mitad d







