登入Pasaron tres semanas...
Bastian siempre está ocupado, su teléfono no para de sonar, y las pocas veces que está presente, apenas me dirige la palabra. Es complicado vivir con alguien tan reservado, es... incómodo, a éste punto prefiero la soledad. Al principio éste lugar me pareció interesante. Místico incluso. Ahora simplemente es aburrido. —Esto se siente como un arresto domiciliario —le digo una tarde mientras él vuelve a revisar su maldito teléfono por décima vez—Ya estoy recuperada, quiero hacer algo. —No es un arresto, es protección. —Parezco tu prisionera, no tengo televisor, ni wifi, no hay nada de señal en mi celular. ¿Por qué tú sí tienes señal?, ¿acaso es una red inalámbrica celestial?, dame la contraseña... —Tienes una biblioteca repleta de libros. —En idiomas que no entiendo. —No estás aquí de vacaciones, es por protección—menciona por enésima vez. —Por supuesto que no son vacaciones—me siento en el sillón, cruzando los brazos—Me estás encerrando porque podrían venir a hacerme daño. Pero dime algo… ¿Qué clase de vida es esta? —Una vida segura. —No es vida. Es espera. Esperar a que alguien me encuentre. Esperar a que tú vuelvas. Esperar a que pase algo. Y yo odio esperar. —No es mi culpa que seas impaciente. No sé que me enoja más, si lo que responde o la manera tan cortante con la que contesta. —No es impaciencia. Si continúo aquí voy a terminar perdiendo la cordura—me inclino hacia él, bajando la voz—. Yo tenía una rutina, Bastian. Un trabajo. Un lugar al que ir cada mañana, donde por unas horas al menos sentía que era alguien útil. ¿Sabes lo que es eso? Él me mira de reojo, con la mandíbula tensa. —Necesitas estar fuera del radar. —Lo que yo necesito es sentir que existo. No hubo más que un silencio. —Quiero volver a mi trabajo —digo con firmeza—Solo unas horas. Tú puedes llevarme, y cuando termine, te llamo y me traes de vuelta. —No. —¿Por qué no? —Porque no. —Pero si ya estoy recuperada y...—se da vuelta y desaparece, dejándome con la palabra en la boca—¡Bastián! Reaparece. —¿No ves que estoy ocupado?, mi trabajo no es un juego. —¡No es justo! —me levanto de un salto—¡No puedes tenerme aquí como una prisionera y pretender que me quede callada mientras tú desapareces por horas! —No es una prisión —menciona una vez más—. Es el único lugar donde estás a salvo. —Tu puedes ir conmigo—insisto—, acompañarme. Sé mi sombra. Quédate vigilando. Pero no me encierres. —¿Crees que tengo tiempo para escoltarte como si fuera tu niñera? —Pues hazte el tiempo. Yo no te pedí que me salvaras. Pero lo hiciste. Así que asume las consecuencias. Me clava los ojos como si pudiera atravesarme con ellos. —No sé que tan rápido puedan rastrearte si te expones. —Esas consecuencias las asumo yo. —No voy a dejarte salir —repite—y no porque me importes, sino por qué no tengo tiempo para estar actuando como superhéroe. Punto. —Pues entonces prepárate para vivir con una mujer insoportable y malhumorada —respondo amenazante. —¿Y cuando no ha sido así? Abrí la boca con una expresión de sorpresa exagerada. —Entonces será todo lo contrario, me comportaré amable, cariñosa, incluso te abrazaré de vez en cuando. Me le acerco y él retrocede de inmediato. "Encontré su talón de Aquiles." —Ven aquí cariño, te besaré en la mejilla—comencé a perseguirlo por toda la casa. —Te comportas como una niña... —Lo mejor es que no puedes escapar de mí... Bastian, Bastian, Bastian...—repito su nombre para que no desaparezca. —¡Basta Legna! Se detiene, y yo igual. Deja un dedo colocado en mi frente, como asegurándose de que me mantenga alejada. Hay un fuego contenido en su mirada, puedo verlo. Luego resopla y pasa la mano que tiene libre por su rostro. —Te odio —murmura entre dientes. —Mentira —respondo con una sonrisa. —Esto es una estupidez... —También fue una estupidez salvarme. —Ni lo menciones—se queja, cerrando los ojos. —Entonces... ¿puedo ir? Vuelve el silencio. Largo. Pesado. Y entonces, con la peor cara de resignación que he visto en mi vida, asiente con la cabeza. —Un par de horas. Solo si haces exactamente lo que te digo. —Trato hecho. —Y ni se te ocurra decirle a nadie quién soy. —ja' ¿Y qué diría? “Vivo con una entidad espiritual con trauma emocional y cara de estatua”. No te preocupes, no quiero que me internen en un psiquiátrico. Bastian me lanza una mirada asesina, pero no dice nada más. Acaba de perder una batalla y yo acabo de recuperar un pedazo de mi vida...Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros