LOGINMe despierto con el olor a... ¿pan tostado?
No debería haber pan. Ni tostadora. Pero al parecer, el señor “No tengo alma” decidió improvisar un desayuno decente que no fuese cereal o avena. Me asomo desde el sofá, medio despeinada, con los pies fríos y cara de sueño. —¿Estás cocinando? —Estoy calentando —corrige Bastian, sin siquiera mirarme—No es lo mismo. —¿Y de dónde sacaste pan? —Lo traje del plano material hace un par de horas. No hagas preguntas innecesarias. Me acerco y me siento frente a él, apoyando la barbilla en la mesa como si fuera una niña. Él me lanza una mirada. —Pareces un gato hambriento. —Y tú pareces menos... apático hoy. ¿Dormiste bien? —Yo no duermo. —Ah, cierto. Entonces lo tuyo es solo mal humor natural. Bastian pone los ojos en blanco y me lanza una rebanada de pan. Literalmente. La atrapo a tiempo y empiezo a comer en silencio. La verdad es que me sorprende. Nunca imaginé que compartiría el desayuno con una entidad espiritual desconocida y refunfuñona. Y sin embargo, aquí estamos. —¿Cuántas almas has guiado? —pregunto entre mordiscos. —No lo sé. —¿Miles? —Más. —¿Recuerdas alguna? Se queda en silencio. Luego deja el cuchillo sobre la mesa, con lentitud. —Sí. Algunas. —¿Y por qué solo algunas? —Porque ninguna es igual a la otra, unas se aferraban. Otras… lloraban. Y otras me miraban como si yo fuera su salvación. —¿Y tú lo eras? —No —responde tajante—. Yo solo soy el paso final. La última figura que ven. A veces eso basta. —Y tu... ¿te llevaste a mi abuelo? Sus manos se detuvieron, todo él quedó paralizado, y entonces comprendí que estaba en lo cierto. No quise preguntar más, quizás más adelante. Por ahora ese tema es como una herida expuesta para mí, no puedo tocarla porque sé que dolerá demasiado. Me quedo en silencio, saboreando el pan. Luego me levanto y camino hasta la estantería, donde unos libros parecen observarte en vez de dejarse leer. —¿Sabes?, pensé que no eras empático. —No lo soy. —Si lo eres... Solo eres torpe con las emociones. Algo me dice que si sientes y no lo quieres admitir. Eres como un robot defectuoso que empieza a sospechar que tiene corazón. Él me observa con una mezcla de fastidio y... algo más. Una pizca de duda. Quizás miedo. —Déjalo hasta ahí, Legna. —¿Por qué? —Te dije que no hicieras preguntas innecesarias. —¿Y si intentamos ser amigos? —No soy tu amigo, te estoy protegiendo. —¿Y quién te protege a ti? Silencio. De esos que no necesitan respuesta. Porque ambos sabemos que la única respuesta sería "nadie". ... Pasamos el resto del día sin hablar mucho. Yo leo lo poco que puedo descifrar de los libros, y de los que él me deja tocar, porque tiene su "sección prohibida". Camino de un lado al otro de la casa como una leona enjaulada, y él desaparece cada tanto por “trabajo”. Empiezo a notar que siempre vuelve más cansado. Como si cada cruce de almas le quitara algo. O quizás sea solo el hecho de volver... a mí. Por la noche, Bastian está sentado frente al fuego. No hay leña. No hay chispa. Pero el fuego existe igual, porque este lugar hace lo que él quiere. Es su extensión. Me acerco y me siento a su lado. No dice nada. Ni yo. Solo dejamos que el calor nos envuelva. —¿Por qué no quieres que seamos amigos? —pregunte curiosa, minutos después. —Ya te habías tardado en abrir la boca... —Solo responde—me arrime hacia él y se rodó de inmediato. —Ya estamos demasiado cerca. —No me lo dirás, ¿verdad? —No. Bastian es tan... Bastian. No quise insistir, me quedé en silencio observando una de sus manos, empuñadas, como si escondieran un secreto. —Ponte ésto —murmuró, extendiendola hacía mí, sin mirarme. Cuando estiró la mano, vi una pulsera descansando sobre su palma. Era sencilla, pero hermosa. Inesperadamente, algo en mi pecho dio un vuelco. Sentí cómo mis mejillas se encendían. —¿Para mí?—pregunté en un hilo de voz, evitando mirarlo demasiado porque temía que descubriera la sonrisa que trataba de esconder. Jamás esperé que él me diera un obsequio. —Si. Mientras la tomaba, sus dedos rozaron los míos por un instante. Un instante que se sintió como si todo alrededor hubiera quedado en silencio. —No te emociones, es por protección, con eso puedo rastrearte sin necesidad de que me llames. "Un rastreador". Y yo pensando que me estaba dando un regalo, que ilusa. Me fijé que el fuego parpadea con más fuerza. Ese era el calor que sentía en las mejillas. No es que me sonrojara con su gesto. —Te queda bien—comentó algo tenso, cuando me la coloqué en la muñeca, y de nuevo sentí esas extrañas ganas de sonreír. —Tengo miedo de volver allá afuera —confieso—. Pero tengo más miedo de quedarme. —Lo sé. —¿Y tú?, ¿a qué le tienes miedo? —A ti. No lo dice con dureza. Lo dice como quien finalmente acepta una verdad que le pesa. Me volteo para mirarlo, y él también lo hace. Nuestras miradas se cruzan por un instante eterno. Pero él es el primero en romperla. —Mañana... —dice—iremos a tu trabajo. —¿De verdad? —Sí. Solo unas horas. —¿Y si vuelve a suceder algo extraño? —Pronuncia mi nombre. —¿Y si me escapo? —Entonces te arrastro de vuelta. Sonreí. Él no. Pero sus ojos tienen algo distinto… ya no son los mismos.Cuando regresamos, Legna se sentó en el sofá y se quedó mirando al vacío. Ya no lloraba. No sé si eso era bueno o malo. Creo que lo segundo. Me quedé de pie frente a ella sin saber qué hacer. Ignorando el hecho de que mi teléfono no paraba de vibrar con nuevos mensajes. Una parte de mí quería gritarle "te dije que no debías venir conmigo, testaruda", y la otra solo quería hacerle compañía. Había aceptado llevarla conmigo porque solo quería quitarmela de encima. Ahora me arrepiento. Me senté a su lado. —Legna... No respondió. —Lo lamento. Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. —¿Por qué? —Por permitir que vieras eso. No fué mi intención... Bajó la mirada. —Yo te lo pedí, te pedí que me llevaras. —Aun así. Guardó silencio. Me quedé observándola, continuaba con la mirada perdida. No me había percatado de la presión que sentía en el pecho. Cómo una especie de tristeza, aunque eso era imposible. Llevo cuatro siglos sin saber lo que es tener esa clase de e
Aparecimos en un lugar que Legna no conocía. Una calle estrecha, oscura y silenciosa. La noche estaba particularmente fría. El viento atravesaba las calles casi desiertas y era tan fuerte que hacía temblar los árboles. Ella se abrazó a sí misma. —Hace frío. Caminé unos pasos y el teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. La pantalla mostró un nuevo mensaje. SIN NOMBRE — RECIÉN NACIDO — HIPOTERMIA Me quedé inmóvil. Legna se acercó con curiosidad. —¿Qué sucede? Guardé el teléfono. —Nada. —Bastian. —Quédate aquí. No me sigas. —¿Por qué? —Porque sí. Ella intentó seguirme. —Te dije que te quedaras. —Pero... —Legna. Lo prometiste. Mi tono fue suficiente para detenerla. Caminé hasta el final de la calle y lo único que vi fue una pequeña caja de cartón que se encontraba junto a un contenedor. No había nadie más alrededor, solo el viento. Me acerqué lentamente. Y allí se encontraba, un cuerpo diminuto envuelto en una manta de color azul cielo,
BASTIAN —Ya entiendo a que sé refería Uno cuando mencionó que no quería que tuvieses el mismo destino que tuvo Seis.—Comenta Legna alterada—¿Y si nos descubren?. No quiero que temines exiliado por mi causa. No podría con la culpa. —Eso no sucederá, yo no soy Seis. Y tú... bueno, eres... diferente. Levantó lentamente la mirada hacia mí. —¿Diferente? —Solo... confia en mí. —¿Y ya haz hallado alguna solución?, o quizas una pista de lo que debemos hacer. —Por los momenton no—fui sincero. —"Perfecto", "estamos avanzando." Odio su sarcasmo. —Hago lo que puedo con el poco conocimiento que manejo del tema. Y te recuerdo que mi trabajo es algo que no puedo dejar para despues. —¿Y que otra cosa tienen prohibido hacer ustedes los guardianes? Ahí vamos otra vez con un nuevo interrogatorio. Decidi ir al grano. Descubrí que no cierra la boca hasta que no le contesto todas sus preguntas. Todo sea por mi paz mental. —No debemos intervenir en el equilibrio del universo,
Los días en la casa espiritual comenzaron a cambiar, o tal vez los que cambiamos fuimos nosotros. No habían discusiones matutinas, solo unos cuantos gestos, de vez en cuando unas sonrisas y por suerte silencios menos pesados. Bastian se había recuperado por completo. A veces al volver de su trabajo, lo encontraba recostado en el sofá, con los parpados cerrados y los cuchillos cerca, como si incluso en su descanso se negara a dejar de ser lo que era. Yo me encargaba de todo lo demás. Preparaba cosas sencillas para comer, organizaba la enorme biblioteca que parecía llevar siglos sin tocarse, incluso descubrí cómo encender la música de esa casa extraña que parecía no estar en ningún lugar. La primera vez que lo escuché tararear, creí que lo había imaginado. —¿Estás… cantando? —le pregunté desde la cocina. —Estás delirando —respondió él, sin dejar de leer. Pero sonrió. Apenas, pero lo vi. De alguna forma la convivencia dejó de sentirse, no se... impuesta. Días atrás pare
Volver a la casa se sintió diferente esta vez. Bastian se apoyaba en mí con más peso del que reconocería. Su túnica se resbaló dejando uno de sus hombros al descubierto y yo traté de acomodarsela como pude. Sus cuchillos apenas colgaban de su cinturón. Respiraba lento, pero cada vez que lo miraba de reojo, sus labios seguían tensos… como si se negara a aceptar que estaba sintiendo dolor. —¿Te lastimó mucho? —pregunté mientras lo ayudaba a sentarse en el sofá. —No lo suficiente... no voy a morir—dijo, intentando sonreír. No le salió. —¿Y lo suficiente como para que tengas que quedarte quieto al menos unas horas? No contestó. —Eso pensé. Fui por una toalla húmeda, me senté a su lado y sin pedir permiso, comencé a limpiarle la sangre seca que tenía en el cuello. Él ni siquiera protestó. Me resultaba extraña su falta de resistencia. Era la primera vez que me permitiera estar cerca de él. —¿Sabes qué fue lo peor? —dije sin mirarlo—Pensé que no vendrías, no me salían las
LEGNA. Cuando creí que Bastian lo tenía, una onda oscura lo golpeó de lleno en el pecho. Salió disparado contra una pared del callejón, golpeando con un estruendo seco. La túnica se rasgó en el torso y él cayó de rodillas. —¡NO! —grité, logrando por fin ponerme de pie. El Lóbrego se abalanzó sobre él. Pero antes de que pudiera tocarlo, Bastian se impulsó de nuevo hacia arriba, clavando ambas cuchillas en el pecho del espectro, con una fuerza que me hizo contener la respiración. Una luz amarillenta e intensa, surgió del centro del espectro. El Lóbrego chilló, se retorció… y finalmente se desintegró en una nube de humo oscuro. Se hizo un silencio, solo se podía escuchar mi respiración pesada y mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza descomunal. Corri hacía él lo más rápido que pude. —¿Estás bien? Bastian cayó de rodillas, apoyándose en una de sus cuchillas como si fuera un bastón. El otro cuchillo se le cayó de la mano. Su capucha ya no cubría su ros