LOGINBecca Sinclair lo perdió todo en una sola noche: su bebé, su dignidad y la fe en el hombre que juró amarla. Humillada públicamente por su peso y repudiada por su propia familia, Becca huye de las cenizas de su antigua vida con una sola promesa: nadie volverá a usar sus curvas como un arma contra ella. Pero el destino tiene un nombre: Connor Beaumont. Un hombre tan letalmente atractivo como frío, dueño de un imperio que el padre de Becca codicia. Cuando sus mundos chocan, nace una propuesta peligrosa. Él finge necesitar una esposa para consolidar su poder; ella necesita un aliado para destruir a quienes la pisotearon. Es un contrato firmado con fuego. Es un pacto donde el deseo es el riesgo y la venganza es el precio. En este juego de apariencias, Becca descubrirá que la mirada de Connor esconde un secreto... y que el amor puede ser la trampa más dulce de todas.
View MoreEl sonido metálico de la cremallera de la pequeña maleta de mano resonó en la habitación del hospital como el inicio de una cuenta regresiva. Becca se tomó un momento para apoyarse contra la mesa auxiliar, respirando hondo. Se había quitado la bata de clínica para ponerse unos pantalones deportivos holgados y una camiseta de algodón suave. Se recogió el cabello en una coleta alta, intentando con ese gesto mecánico recuperar un poco del control que los últimos días le habían arrebatado.Estaba lista. Físicamente seguía débil, con una palidez que delataba la gravedad de la amenaza de aborto, pero mentalmente su norte era uno solo: salir de allí y no mirar atrás. Confiaba ciegamente en Luisa. Sabía que su amiga, a pesar del temor que podría infundir Connor, habría encontrado un apartamento discreto o, al menos, un hotel donde pudiera quedarse mientras las aguas se calcaban y los abogados hacían su trabajo.Miró el reloj de la pared. Luisa ya se estaba retrasando unos minutos. Becca se
El goteo del suero en la habitación 402 marcaba el ritmo de una condena. Becca mantenía la mirada fija en el ventanal, donde el cielo de Nueva York empezaba a teñirse con los tonos grises del atardecer. No había luz en la estancia, solo la penumbra que la envolvía como un manto protector. Su mano derecha seguía fija sobre su vientre, un gesto que ya no era una caricia, sino un escudo.Cuando la puerta se abrió con un suave clic, Becca no se movió. Pensó que sería Connor otra vez, regresando con sus ojos cargados de una culpa que ella ya no tenía la capacidad de sanar. Pero el paso ligero y el perfume familiar la hicieron girar la cabeza. Era Luisa.Luisa entró con el rostro desencajado, sosteniendo su bolso contra el pecho. Al ver a Becca tan pálida, tan extrañamente serena en medio de la tormenta, sintió que un nudo se le formaba en la garganta. Caminó a paso rápido y se sentó en la silla junto a la cama, tomando la mano libre de su amiga.—Dios mío, Becca... —susurró Luisa, con
El pasillo del hospital, con sus paredes de un blanco aséptico y su olor a desinfectante, se sentía como un túnel sin fin. Connor mantenía la vista fija en las puertas batientes, con el corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. Cada vez que una enfermera pasaba, él se tensaba, esperando la noticia que temía que destruiría lo poco que quedaba de su alma.Finalmente, el doctor apareció. Caminaba con una lentitud que a Connor le pareció tortuosa. Su rostro era una máscara de seriedad profesional, pero había una sombra de reproche en sus ojos que no pasó desapercibida para el abogado.—¿Cómo está ella? —soltó Connor antes de que el médico pudiera hablar. Su voz sonaba ronca, gastada por la angustia.El doctor se detuvo frente a él y suspiró, ajustando su estetoscopio.—La señora Beaumont está estable por el momento, pero su condición es sumamente preocupante, especialmente considerando su historial previo. Ya le habíamos advertido en su última visita que la tran
El motor del coche rugió por las calles de Manhattan como una bestia herida. Connor no veía semáforos, no veía peatones; solo veía el rostro de Becca, apoyado contra la ventana, con los ojos cerrados y una palidez que bordeaba lo irreal. El aroma metálico de la sangre llenaba el habitáculo, impregnando su ropa, sus manos y el cuero de los asientos. Era un olor que lo perseguiría por el resto de sus días.Al llegar a la entrada de urgencias del Presbyterian, Connor frenó en seco, dejando el coche cruzado en mitad de la vía. Salió de un salto y rodeó el vehículo para sacar a Becca. Ella apenas pesaba en sus brazos; se sentía como una muñeca de porcelana a punto de hacerse añicos.—¡Necesito ayuda! ¡Ayuda, ahora! —rugió Connor al cruzar las puertas automáticas. Su voz, la misma que solía dominar las salas de audiencia, sonó quebrada, cargada de un pánico primario.Un equipo de enfermeros y un médico de guardia aparecieron con una camilla en segundos. Connor depositó a Becca con una de






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